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El sufrimiento del hambre

La larga carta de Kumiko

El pájaro profeta

Me adormecí varias veces, pero enseguida volvía a despertarme. Momentos de sueño breves e inquietos como los que se descabezan en el asiento de un avión. Cada vez que parecía que iba a sumergirme en un sueño profundo, me despertaba de repente; siempre a punto de desvelarme, sin darme cuenta, volvía a adormecerme. Eso se repitió indefinidamente. A causa de la ausencia de cambios en la luz, el tiempo se había vuelto tan inestable como un vehículo con los ejes flojos, y mi postura, incómoda y antinatural, iba privando poco a poco de estabilidad a mi cuerpo. Cada vez que me despertaba echaba una ojeada al reloj y miraba la hora. El paso del tiempo era lento e irregular.

Como no tenía nada que hacer, tomé la linterna y fui dirigiendo el chorro de luz acá y allá. Iluminé el suelo, las paredes, la tapa. Pero siempre había el mismo suelo, las mismas paredes, la misma tapa. Con las fluctuaciones de la luz, las sombras se alargaban y acortaban, crecían y se empequeñecían como un cuerpo que se retuerce. Cuando me cansé me palpé la cara, centímetro a centímetro, con atención. Intenté descubrir qué diablos de cara tenía. Hasta entonces jamás me había preocupado seriamente la forma de mis orejas. Si alguien me hubiera pedido que las dibujara, no habría sabido cómo hacerlo, ni siquiera a grandes trazos. Pero en aquel momento yo era capaz de reproducir cada hueco y cada curva con el detalle del miniaturista. Al compararlas con atención, descubrí para mi sorpresa que la oreja derecha y la izquierda eran diferentes. No sabía a qué podía deberse ni qué consecuencias podía conllevar esa falta de simetría (alguna conllevaría, tal vez).

Las agujas del reloj marcaban las siete y veintiocho. Debía de haber mirado la hora unas dos mil veces desde que había bajado al pozo. De todos modos, eran las siete y veintiocho minutos de la tarde. En el partido nocturno de béisbol debían de estar en la segunda mitad de la tercera entrada o en la primera de la cuarta. De pequeño me gustaba sentarme en lo alto de las gradas y ver cómo terminaban en verano los días. El sol había desaparecido ya bajo la línea del horizonte, pero aún quedaba un resplandor crepuscular bello y brillante. Las sombras de las luces del estadio se alargaban sobre la hierba como si indicaran algo. Al poco rato de empezar el partido, iban encendiéndose con cautela, una tras otra, todas las luces. Pero aún había claridad suficiente para leer el periódico. La memoria de un largo día de calor permanecía apostada en el umbral de la puerta para impedir que entrara la noche.

Pero la luz artificial, con calma y paciencia, y de forma certera, vencía a la luz del sol. Y los alrededores se teñían de colores festivos. El verde brillante del césped, el hermoso negro de la tierra, las líneas blancas recién trazadas, el brillante barniz de los bates de los jugadores que esperaban su turno, el humo de los cigarrillos flotando en los rayos de luz (en días sin viento era como una procesión de almas esperando a que alguien las poseyera) todo ello empezaba a mostrarse con una claridad absoluta. A la luz, los jóvenes vendedores de cerveza se ponían como visera los billetes que llevaban entre los dedos, y la gente se levantaba para seguir la trayectoria de una pelota alta gritando o soltando un suspiro. Se veía cómo los pájaros que regresaban al nido volaban en bandadas en dirección al mar. Esto era el estadio a las siete y media de la tarde.

Me vinieron a la memoria diversos partidos de béisbol que había visto. Cuando todavía era muy niño, los Saint Louis Cardinals vinieron a Japón para un partido amistoso. Los vi con mi padre desde un buen asiento. Antes del partido, los jugadores del Cardinals dieron vueltas alrededor del campo con una cesta repleta de pelotas de tenis con sus autógrafos y fueron arrojándolas hacia las gradas con rapidez, una tras otra, como si se tratara de una competición de enceste en el día del Deporte. La gente, enloquecida, iba recogiéndolas. Yo me limité a permanecer inmóvil en mi asiento, pero, en un momento dado, me encontré con una pelota sobre las rodillas. Fue un acontecimiento tan repentino y extraño que me pareció obra de magia.

Volví a mirar el reloj. Las siete treinta y seis. Habían pasado ocho minutos desde que lo había consultado por última vez. Sólo ocho minutos. Me quité el reloj y me lo acerqué al oído, funcionaba. En la oscuridad, me encogí de hombros. Había ido perdiendo la noción del tiempo. Decidí no mirar más el reloj. Aunque no tuviera nada más que hacer, no era sano comprobar tanto la hora. Pero no hacerlo requería un gran esfuerzo. Parecido al sufrimiento que había experimentado al dejar de fumar. Pese a haber decidido olvidarme del tiempo, no hacía más que pensar en él. Era una especie de contradicción, de esquizofrenia. Cuanto más deseaba olvidar el tiempo, más me obsesionaba con él. Antes de darme cuenta, mis ojos ya estaban dirigiéndose hacia el reloj de pulsera en la muñeca izquierda. Cada vez que sucedía desviaba la cabeza, cerraba los ojos y me esforzaba en no mirar. Al final me quité el reloj y lo arrojé dentro de la mochila. A pesar de ello, mi conciencia estuvo pendiente de la existencia de aquel reloj que continuaba marcando la hora dentro de la mochila.

Y, así, el tiempo fue discurriendo en las tinieblas privado del avance de las agujas del reloj. Era un tiempo no dividido, no medido. Al perder su escala, el tiempo dejaba de ser una línea continua y se convertía en un fluido sin forma que se dilataba y encogía a su capricho. En ese tiempo me dormí, me desperté, volví a dormirme y volví a despertarme. Y, poco a poco, me acostumbré a no mirar el reloj. Aprendí con mi propio cuerpo que no lo necesitaba. Pero me poseyó una ansiedad insoportable. Era cierto que me había librado del acto neurótico de mirar el reloj cada cinco minutos. Pero, al desaparecer completamente el punto de referencia del tiempo, me sentía como si, en plena noche, me hubieran arrojado por la borda de un barco en movimiento. Gritaba a pleno pulmón pero nadie me oía, y el barco, dejándome atrás, proseguía su marcha y se iba alejando poco a poco hasta desaparecer de mi vista.

Desistí, saqué el reloj de la mochila y me lo puse de nuevo en la muñeca izquierda. Las agujas marcaban las seis y cuarto. Posiblemente las seis y cuarto de la mañana. La última vez que había mirado el reloj marcaba más de las siete. Las siete y media de la tarde. Lo lógico era pensar que habían transcurrido once horas. No podían haber pasado veintitrés. Pero no estaba seguro. ¿Qué diferencia esencial había entre once y veintitrés horas? En cualquiera de los dos casos —once o veintitrés— la sensación de hambre se había agudizado mucho. Y era muy diferente de lo que yo, de forma vaga, había imaginado. Siempre había supuesto que el hambre era esencialmente una sensación de vacío. Pero, en realidad, se acercaba más al sufrimiento físico. Era un dolor extremadamente físico y directo, parecido a una puñalada o al estrangulamiento. Un dolor desigual y discontinuo. Al igual que la marea, a veces crecía hasta estar a punto de hacerme desfallecer, y, llegado a este punto, iba decreciendo poco a poco.

Para olvidar el hambre intenté concentrarme en algo. Pero era inútil pensar seriamente en otra cosa. De vez en cuando me venían a la cabeza pensamientos fragmentarios, pero enseguida se desvanecían. Cuando intentaba atraparlos, se me escapaban de entre los dedos como animales escurridizos.

Me levanté, me desperecé y respiré profundamente. Me dolía todo el cuerpo. Había mantenido durante largo tiempo una postura forzada y ahora mis músculos y articulaciones se lamentaban. Estiré el cuerpo despacio hacia arriba e hice ejercicios de flexibilidad. Pero, tras repetirlos diez veces, de repente me mareé. Me senté en el fondo del pozo y cerré los ojos. Me zumbaban los oídos y el sudor me caía por la cabeza. Quise agarrarme a algo, pero no había nada a que agarrarse. Tenía ganas de vomitar, pero no tenía nada que vomitar. Respiré hondo varias veces. Para renovar el aire de mis pulmones, reactivar la circulación de la sangre y aclarar mi mente. Pero se me nublaba todo el rato la mente. Pensé que me sentía muy débil. Y, sin darme cuenta, intenté decir realmente estas palabras: «Me parece que estoy muy débil». Pero mi boca no era capaz de articular con normalidad. «Si al menos pudiera ver las estrellas», pensé. Pero no se veían. May Kasahara había sellado la boca del pozo.

Pensaba que May Kasahara volvería antes de mediodía, pero no lo hizo. La esperé con paciencia recostado en la pared del pozo. Aún sentía el malestar de la mañana y había perdido la capacidad de concentrarme en algo, aunque fuera momentáneamente. La sensación de hambre continuaba viniendo y desapareciendo. También la oscuridad que me envolvía se espesaba y aclaraba. Todo esto había ido despojándome poco a poco de mi poder de concentración como un ladrón que entra en una casa vacía y va robando los muebles.

Pasó el mediodía y May Kasahara no apareció. Cerré los ojos e intenté dormir. Pensaba que tal vez podría soñar con Creta Kanoo. Pero dormía de forma demasiado poco profunda para soñar. Cuando renuncié a esforzarme en pensar en algo concreto, acudieron a mi memoria recuerdos fragmentarios. Me asaltaron en secreto, como el agua que llena en silencio un agujero. Lugares adonde había ido, personas a las que había visto, heridas que había sufrido en mi carne, conversaciones que había mantenido, objetos que había comprado, cosas que había perdido: fui capaz de recordarlo todo claramente. De manera tan vívida y detallada que me sorprendió a mí mismo. Recordé las casas donde había vivido. Recordé las ventanas, los armarios empotrados, los muebles y las lámparas. Profesores que había tenido desde la escuela primaria a la universidad. En la mayoría de los casos, los recuerdos no estaban hilvanados. No seguían un orden cronológico y, en su mayor parte, se trataba de cosas absurdas e insignificantes. Y, de vez en cuando, los interrumpía aquella violenta sensación de hambre. Pero cada recuerdo era asombrosamente vívido y me estremecía con la fuerza de un poderoso torbellino.

Mientras seguía mis recuerdos, me vino a la memoria un acontecimiento que ocurrió en el bufete tres o cuatro años atrás. Una cosa absurda y sin importancia. Pero mientras lo revivía de principio a fin para matar el tiempo fue adueñándose de mí una sensación desagradable. Y pronto el desagrado se convirtió en cólera. Me poseyó una ira tan violenta que olvidé el cansancio, el hambre y la ansiedad. Me hizo temblar y jadear. Mi corazón latió con fuerza y la ira inundó mi sangre de adrenalina. Se trataba de una disputa causada por un pequeño malentendido. Un compañero me había ofendido con sus palabras y yo, por mi parte, le había dicho todo lo que pensaba. Al tratarse de una tontería nacida de un equívoco, más tarde nos disculpamos los dos y la cosa no fue a mayores. Ni siquiera nos dejó mal sabor de boca. Cuando se tiene mucho trabajo y se está cansado, a veces se dicen cosas desagradables. Por eso me había olvidado completamente de ello. Pero, en el fondo de la negrura del pozo, alejado de la realidad, aquel episodio resurgió con una viveza extrema que abrasó mi mente. Sentí su calor en la piel y pude oír cómo me quemaba la carne. Con los labios apretados, me pregunté cómo había permitido que me hablaran de aquel modo y por qué no había respondido yo de manera más contundente. Formulé en mi cabeza una y otra vez las palabras que tendría que haber dicho entonces, pero, más que pulirlas, lo que hacía es radicalizarlas cada vez más. Y cuanto más las radicalizaba, más intensa era la ira que sentía.

Luego, como si me hubieran exorcizado, se me pasó todo de súbito. ¿Por qué tenía que volver a enfadarme por una tontería así? Seguro que mi compañero ni siquiera se acordaba de la pelea. Tampoco yo la había recordado hasta entonces. Respiré hondo, relajé los hombros y acostumbré mi cuerpo a la oscuridad. Traté de evocar otros recuerdos. Pero, una vez hubo pasado aquella ira absurda, el hilo de mis recuerdos se cortó. Mi cabeza había quedado tan vacía como mi estómago.

Sin darme cuenta, me puse a hablar solo. Susurraba pensamientos fragmentarios sin apercibirme de ello. No podía impedirlo. Me oía musitar algo. Pero ni yo mismo entendía lo que estaba diciendo. Mi boca, desligada de mi mente, se movía sola, a su capricho, lanzando a la oscuridad una palabra absurda tras otra. Las palabras surgían de la oscuridad y eran absorbidas por otra oscuridad. Mi cuerpo parecía haberse convertido en un túnel vacío. Simplemente dejaba que me atravesaran las palabras. Sin duda, eran fragmentos de pensamientos. Pero aquellos pensamientos se gestaban fuera de mi conciencia.

¿Qué diablos ocurriría a continuación? ¿Estaban empezando a ceder mis nervios? Miré el reloj. Las agujas marcaban las tres cuarenta y dos minutos. Probablemente, las tres cuarenta y dos minutos de la tarde. Imaginé la luz de las tres cuarenta y dos minutos de la tarde estival brillando sobre mi cabeza. Me vi envuelto por esa luz. Agucé el oído. No se oía nada. Ni el chirrido de las cigarras, ni el canto de los pájaros ni la voz de los niños llegaban a mis oídos. Quizá, mientras permanecía dentro del pozo, como el pájaro que da cuerda al mundo no le había dado cuerda, éste se había detenido completamente. La cuerda se había ido aflojando y, en cierto punto, todo el movimiento —las corrientes de los ríos, el susurro de las hojas, el vuelo de los pájaros, todo— se había detenido. ¿Qué estaría haciendo May Kasahara? ¿Por qué no venía? Ya hacía mucho tiempo que se había marchado. De repente se me ocurrió que podía haberle ocurrido algo imprevisto. Quizás hubiera sufrido un accidente de tráfico. Si así fuera, no quedaría nadie en el mundo que supiera dónde me hallaba. Y en verdad me iría muriendo poco a poco en el fondo del pozo. Cambié de idea. May Kasahara no era tan imprudente. No era fácil que la atropellara un coche. Sin duda estaba en su habitación mirando hacia el jardín con los prismáticos, imaginándome dentro del pozo. Me dejaba tiempo ex profeso para que me invadiera la ansiedad. Me sintiera abandonado. Ésa fue mi conclusión. Y si ése era el propósito de May Kasahara, sus designios se cumplían al pie de la letra. Me embargaba una terrible sensación de ansiedad y abandono. Al pensar que iría pudriéndome despacio en aquella terrible negrura, el miedo casi me cortaba la respiración. Probablemente, con el paso del tiempo, me iría debilitando más y el hambre se haría más crudo y mortal. Quizás acabara por no poder moverme siquiera. Aunque colgaran la escala, a lo mejor no podía subir por ella. Quizá se me caerían todo el cabello y todos los dientes.

¿Y el aire? Tantos días dentro de un pozo de cemento, estrecho y profundo, con la boca sellada. Apenas circulaba el aire. Al pensarlo, el aire que me rodeaba me pareció viciado y asfixiante. Si era impresión mía o si de verdad estaba enrarecido por falta de oxígeno, no podía discernirlo. Para comprobarlo, aspiré y espiré profundamente varias veces. Pero cuanto más respiraba, más asfixiante me parecía. Empecé a sudar de ansiedad y de pánico. Pensando en el aire, en mi cabeza se hacía más real e inminente la presencia de la muerte. Como unas aguas negrísimas que se acercaran en silencio y anegaran mi mente. Hasta entonces, la posibilidad de morir por inanición me había parecido remota. Pero si faltaba el oxígeno, todo iría mucho más rápido.

¿Qué se debía de sentir al morir por asfixia? ¿Cuánto tiempo se tardaba? ¿Morías tras una larga agonía o ibas perdiendo gradualmente la conciencia hasta sumirte en una especie de sueño? Imaginé a May Kasahara viniendo y descubriendo que estaba muerto. Me llamaría varias veces y, al no obtener respuesta, me tiraría varias piedras pequeñas. Pensando que estaba dormido. Pero yo no despertaría. Y ella comprendería que me había muerto.

Quería llamar a alguien a voces. Gritarle que estaba encerrado allí dentro. Que tenía hambre, que el aire se iba viciando. Tuve la sensación de que volvía a ser niño, pequeño e indefenso. Se me había antojado escaparme de casa y ahora no sabía volver. Había olvidado el camino de regreso. Lo había soñado muchas, muchísimas veces. Era una pesadilla recurrente en mi niñez. Que me perdía, que no encontraba el camino de vuelta a casa. Había olvidado este sueño durante mucho tiempo. Pero, ahora, en el fondo del pozo, la pesadilla resurgía con fuerza. En la oscuridad, el tiempo retrocedía y era absorbido hacia otra dimensión.

Saqué la cantimplora de la mochila, la destapé, eché un trago con las máximas precauciones para que no se me escapara ni una gota y, después de dejarla un tiempo para que se me humedeciera bien toda la boca, me la tragué. Al ingerirla se oyó un fuerte ruido en el fondo de mi garganta. Como si un objeto duro y pesado cayera al suelo. Pero no era más que un sorbo de agua.

—¡Señor Okada! —me llamó alguien. Oí la voz en sueños—. ¡Señor Okada! ¡Señor Okada! ¡Despierte!

Era la voz de Creta Kanoo. Abrí los ojos, pero seguía rodeado de tinieblas y no podía ver nada. La frontera entre el sueño y la vigilia no estaba clara. Intenté incorporarme, pero me faltaba fuerza en las puntas de los dedos. Tenía el cuerpo yerto, acartonado y torpe como un pepino que llevara mucho tiempo olvidado en el fondo del refrigerador. Mi mente estaba embotada por el cansancio y la impotencia. No importa. Haz lo que quieras. Volveré a tener una erección en la mente y a eyacular en la realidad. Hazlo, si así lo quieres. En mi mente embotada, esperé a que las manos de Creta Kanoo me desabrocharan el cinturón de los pantalones. Pero la voz de Creta Kanoo venía de algún lugar sobre mi cabeza. «¡Señor Okada! ¡Señor Okada!», llamaba. Levanté la cabeza. La media tapa estaba abierta y se veía un hermoso cielo estrellado. Recortado en forma de media luna.

—¡Estoy aquí! —Me incorporé como pude, me levanté, miré hacia arriba y repetí a voz en grito—: ¡Estoy aquí!

—¡Señor Okada! —dijo la Creta Kanoo real—. ¿Está usted ahí?

—Sí, aquí estoy.

—¿Cómo es que se ha metido ahí?

—Es un poco largo de explicar.

—Lo siento. No le oigo bien. ¿Le importaría hablar un poco más alto?

—¡Que es largo de explicar! —grité—. Cuando salga, ya se lo contaré. No puedo hablar muy alto.

—¿Es suya la escala que hay aquí?

—Sí.

—¿Cómo se lo ha hecho para subirla y enrollarla? ¿La ha arrojado usted hacia arriba?

—Claro que no —dije. ¿Por qué habría de hacer yo una cosa así? ¿Cómo podía ser yo capaz de hacer algo así?—. Claro que no. No he sido yo. Lo hizo alguien sin que yo me diera cuenta.

—Pero, entonces, usted ya no puede salir del pozo.

—Pues claro —dije con paciencia—. Exacto. No puedo salir. ¿Hará el favor de bajarme la escala? Entonces sí podré subir.

—Sí, por supuesto. Ahora se la bajo.

—Oiga, antes de bajarla, compruebe que esté bien sujeta al tronco del árbol. Si no lo estuviera…

No hubo respuesta. Parecía que ya no había nadie. Agucé la vista, pero no logré ver a nadie en la boca del pozo. Saqué la linterna de la mochila y dirigí el chorro de luz hacia arriba, pero no iluminó a nadie. Sin embargo, la escala estaba colgada. Casi parecía que había estado allí desde el principio. Exhalé un profundo suspiro. Al suspirar, se deshizo el apretado nudo que tenía en mi interior.

—¡Oiga, señorita Creta Kanoo! —grité.

No hubo respuesta. Las agujas del reloj marcaban la una y siete minutos. Por supuesto, la una y siete minutos de la noche. Lo sabía por las estrellas que brillaban sobre mi cabeza. Me colgué la mochila a la espalda y, tras respirar hondo, emprendí la escalada. Subir por aquella escala inestable no fue tarea fácil. Al hacer fuerza, todos mis músculos, huesos y articulaciones crujieron y yo grité de dolor. Pero, conforme iba subiendo con cautela un escalón tras otro, el aire que me envolvía fue volviéndose tibio y empezó a traer el olor a hierba. Los chirridos de los insectos comenzaron a llegar a mis oídos. Apoyé las manos en el brocal del pozo. Con un último acopio de fuerzas, pasé por encima y caí rodando al suelo blando. La superficie de la tierra. Por unos instantes, permanecí tendido boca arriba sin pensar en nada. Alcé la vista al cielo y respiré hondo repetidas veces hasta llenarme los pulmones de aire. Era el aire tibio y pesado de una noche de verano, pero estaba lleno de un fresco olor a vida. Pude oler la tierra. También olí la hierba. Sólo con el olor pude percibir en la palma de mi mano el suave tacto de la tierra y la hierba. Incluso deseé tomar tierra y hierba en mis manos y devorarlas.

En el cielo no se veía una sola estrella. Únicamente podían verse desde el fondo del pozo. En el cielo sólo flotaba una luna redonda, ya casi llena. No sé cuánto tiempo permanecí allí tendido. Durante un buen rato sólo estuve atento a los latidos de mi corazón. Me pareció que podía seguir viviendo de forma indefinida escuchándolos, sin hacer nada más. Pero poco después me incorporé y miré despacio a mi alrededor. No había nadie. Sólo el jardín extendiéndose en la noche y el pájaro de piedra mirando, como siempre, fijamente al cielo. Las luces de la casa de May Kasahara estaban apagadas y sólo había una lámpara de vapor de mercurio encendida en el jardín. Proyectaba una luz pálida e inexpresiva sobre el callejón desierto. ¿Dónde diablos se habría metido Creta Kanoo?

Pero lo primero era volver a casa. Regresar, beber algo, comer algo y tomar una larga ducha. Mi cuerpo debía de apestar. Ante todo, tenía que quitarme aquel mal olor. Después, llenar mi estómago vacío. Luego, todo lo demás.

Volví a casa por el mismo camino de siempre. Pero el callejón, a mis ojos, se mostraba distinto, desconocido. Quizá fuera culpa de la luz extrañamente cruda de la luna, pero los indicios de putrefacción y estancamiento eran mucho más palpables. Percibí el olor de algo parecido al cadáver putrefacto de un animal y un inconfundible olor a excrementos. Pese a ser más de medianoche, en la mayoría de los hogares la gente aún estaba levantada mirando la televisión, hablando o comiendo. Desde una ventana se extendía un olor a frito que me removió el estómago. Zumbaba un aparato de aire acondicionado exterior y, al pasar por su lado, recibí una bocanada de aire caliente. De un cuarto de baño llegaba el rumor de la ducha y en el cristal de la ventana se reflejaba, borrosa, una silueta humana.

Logré saltar el muro y entrar en mi jardín. Desde allí, la casa se veía negra, tan silenciosa como si estuviera conteniendo la respiración. No mostraba un solo signo de calor o intimidad. Había vivido en aquella casa día tras día, pero en ese momento no era más que un edificio vacío y desierto. Sin embargo, era el único lugar al que yo podía volver.

Subí al cobertizo y abrí la puerta de cristal. La casa llevaba tiempo cerrada y en su interior el aire se sentía denso, estancado. Olía a una mezcla de fruta madura e insecticida. Sobre la mesa de la cocina todavía estaba la nota que había escrito. Encima del escurridor, apilados tal como los había dejado, había unos cacharros de cocina limpios. Alcancé un vaso y bebí, uno tras otro, varios vasos de agua del grifo. Dentro de la nevera no había nada que valiera la pena. Restos de comida y verduras abandonados allí dentro en desorden. Huevos, jamón, ensalada de patata, berenjenas, lechuga, tomate, toofu, crema de queso. Vertí el contenido de una lata de sopa vegetal en una olla y la puse a calentar. Me comí unos cereales con leche. Debería haber tenido un hambre canina, pero al abrir el refrigerador y ver lo que contenía, apenas sentí apetito. Sentí más bien una ligera náusea. Pese a ello, y para calmar el dolor de estómago producido por el hambre, me comí unas cuantas galletas saladas.

Fui al cuarto de baño, me desnudé y arrojé la ropa dentro de la lavadora. Me puse bajo el agua caliente y me froté a conciencia todo el cuerpo con jabón, me lavé el pelo. En la ducha aún colgaba el gorro de baño de Kumiko. Estaban allí su champú, su acondicionador, el cepillo de pelo que usaba en la ducha. Su cepillo de dientes, su hilo dental. Desde su marcha, el aspecto de la casa no había cambiado en absoluto. Lo único que conllevaba su ausencia era algo muy simple: ella ya no estaba allí.

Me planté ante el espejo y me examiné el rostro. Lo cubría una barba negra. Tras dudar unos instantes, decidí no afeitarme. Probablemente acabaría cortándome. Ya lo haría por la mañana. Tampoco pensaba ver a nadie. Me lavé los dientes, hice gárgaras y salí del cuarto de baño. Luego abrí una lata de cerveza, saqué tomate y lechuga del frigorífico y me preparé una ensalada sencilla. Fue después de comérmela cuando se me despertó el apetito, así que saqué una ensalada de patata de la nevera, me la puse entre dos rebanadas de pan de molde y me la comí. Miré el reloj sólo una vez. Y me pregunté cuántas horas, en total, había estado dentro del pozo. Sólo de pensar en el tiempo empecé a sentir un sordo dolor de cabeza. No quería pensar más en el tiempo. Era en lo que menos me apetecía pensar en aquel momento.

Fui al cuarto de baño y, con los ojos cerrados, oriné larga, tan largamente que ni yo mismo acababa de creérmelo. Mientras orinaba, me sentí desfallecer. Me tendí sobre el sofá de la sala de estar y me quedé mirando al techo. Era una sensación extraña. Mi cuerpo estaba cansado. Pero mi mente estaba despejada. No tenía ni pizca de sueño.

Se me ocurrió de improviso. Me incorporé, fui al recibidor y miré dentro del buzón. Pensé que quizás había llegado alguna carta mientras yo estaba fuera. Había una sola carta. No llevaba remitente, pero sólo con echar una ojeada a las señas adiviné que era de Kumiko. Era su característica letra menuda. Los caracteres estaban tan primorosamente trazados, uno a uno, que parecían dibujados. Era una escritura que requería tiempo. Pero ella no sabía escribir de otro modo. Mis ojos se dirigieron de forma automática al timbre. Estaba borroso, casi ilegible, pero se podía descifrar el carácter «taka». Podía tratarse de Taka-matsu. ¿Takamatsu en la prefectura de Kagawa? Por lo que yo sabía, Kumiko no conocía allí a nadie. De casados, nunca habíamos estado en Takamatsu y jamás había oído que Kumiko hubiese ido antes allí. Ese nombre jamás había surgido en nuestras conversaciones. Quizá no se tratara de Takamatsu.

De todos modos, tomé la carta, volví a la cocina, me senté frente a la mesa y abrí el sobre con unas tijeras. Lo abrí despacio, con mucho cuidado, para no cortar por equivocación la carta en su interior. Me temblaban los dedos. Para tranquilizarme, me acabé de un trago la cerveza que quedaba.

«Debiste de sentirte sorprendido y preocupado cuando desaparecí sin decir nada», escribía Kumiko. Era la tinta azul de la Mont Blanc que ella solía utilizar. El papel era un fino papel de carta de color blanco de los que pueden encontrarse en cualquier parte.

«Quería haberte escrito antes y explicártelo todo, pero mientras pensaba qué debía decir para describirte bien mis sentimientos y cómo debía contártelo todo para que comprendieras bien mi situación, el tiempo ha pasado volando. Me sabe muy mal por ti. Como ya debes de haber comprendido, me he estado viendo con un hombre. He tenido relaciones sexuales con él durante los últimos tres meses. Lo conocí por cuestiones de trabajo y tú no lo has visto jamás. Tampoco importa demasiado quién es. No pienso volver a verlo. Al menos por lo que a mí respecta, todo ha terminado. Aunque no sé si eso va a ser un consuelo para ti. Si me preguntaras si lo amaba, no sabría qué responderte. De hecho, el amor poco tiene que ver con aquello. Pero si me preguntaras si te amaba a ti, podría responderte sin dudarlo un instante. Te amaba. Siempre me he alegrado de haberme casado contigo. Incluso ahora me sigue alegrando. Así las cosas, me preguntarás por qué te he sido infiel y, luego, te he dejado, ¿verdad? Yo también me he hecho esta misma pregunta muchas, muchísimas veces. ¿Por qué tuve que hacer una cosa así?

»No puedo explicártelo. Jamás había deseado tener un amante, serte infiel. Tampoco al principio de mi relación con este hombre me sentí culpable. Nos vimos algunas veces por cuestiones de trabajo, simpatizamos, empezamos a hablar por teléfono de cosas ajenas al trabajo. Él es mucho mayor que yo, tiene mujer e hijos y, como hombre, no es especialmente atractivo, así que ni siquiera se me había pasado por la cabeza llegar a tener con él una relación más profunda.

»No se puede decir que yo no deseara devolverte la pelota. En el fondo, aún seguía doliéndome que, tiempo atrás, hubieras pasado la noche en casa de aquella chica. Me dijiste que no había sucedido nada y yo te creí, pero eso no lo solucionaba todo. A fin de cuentas, era una cuestión de sentimientos. Pero no ha sido por venganza por lo que te he sido infiel. Recuerdo haberte amenazado alguna vez, pero sólo eran palabras. Me acosté con él simplemente porque me apeteció hacerlo. No pude contenerme. No pude reprimir mi deseo.

»Por cierto asunto relacionado con el trabajo, nos citamos y comimos juntos. Después fuimos a tomar algo. Ya sabes que apenas bebo, así que el zumo de naranja que me tomé no contenía ni una gota de alcohol. De lo que sucedió, el alcohol no tuvo, pues, ninguna culpa. Nos vimos como siempre y hablamos como siempre. Pero cuando, en un determinado momento, nos rozamos accidentalmente, me entraron de repente unas irrefrenables ganas de hacer el amor con él. Al tocarnos, adiviné de manera instintiva que él me deseaba. Y que él sabía que yo lo deseaba a él. Fue algo irracional, una especie de descarga eléctrica paralizadora que saltó entre nosotros. Sentí cómo el cielo se derrumbaba sobre mí. Mis mejillas empezaron a arder, el corazón me palpitó con fuerza, sentí una pesada presión en el bajo vientre. Casi me resultaba difícil permanecer sentada en el taburete. Al principio no sabía qué me estaba sucediendo. Pero pronto comprendí que era deseo sexual. Era tan acuciante que casi se me entrecortaba la respiración. Sin que ninguno de los dos lo propusiera, entramos en un hotel cercano e hicimos el amor como si nos devoráramos el uno al otro.

»Quizás hiera tus sentimientos que te describa todo con pelos y señales. Pero, a la larga, creo que será mejor que te lo cuente de manera sincera y detallada. Por eso, aunque te duela, sigue leyendo, por favor.

»Eso no guardaba relación alguna con el amor. Lo único que yo quería era tener relaciones sexuales con él, sentirlo dentro de mí. Por primera vez en mi vida deseaba a un hombre hasta el punto de faltarme el aliento. Antes había leído la expresión “un deseo irrefrenable” en los libros, pero jamás había sabido de qué se trataba con exactitud.

»¿Por qué me ocurrió a mí de repente? ¿Por qué me sucedió con alguien que no eras tú? No lo sé. Lo que sí sé es que, en aquel momento, no pude frenarme. Ni siquiera lo intenté. Entiéndelo, por favor. Ni se me pasó por la cabeza que te estuviera traicionando. Y, en la cama de aquel hotel, hice el amor con aquel hombre como una posesa. Te lo digo de todo corazón: nunca me había sentido mejor en mi vida. No, no era algo tan simple como sentirse bien. Me estaba revolcando en barro cálido. Mi mente absorbía el placer hinchándose hasta el punto de estallar. Y estallaba. Un auténtico milagro. Una de las cosas más maravillosas que me han sucedido en la vida.

»Y luego, como tú muy bien sabes, lo mantuve oculto. Tú no te diste cuenta de que te era infiel y jamás sospechaste nada, ni siquiera cuando llegaba tarde a casa. Debías de confiar ciegamente en mí. Pensabas que yo no te traicionaría jamás. Pero yo, en aquellos momentos, no tenía el menor sentimiento de culpa por engañarte. A veces te llamaba desde la habitación del hotel para decirte que se había alargado una reunión. Decía una mentira tras otra sin sentir el menor remordimiento. Me parecía la cosa más natural del mundo. Mi corazón anhelaba una vida junto a ti. Nuestro hogar era el lugar al que yo debía volver. El mundo al que yo debía pertenecer. Pero mi cuerpo sentía un deseo irrefrenable de sexo con aquel hombre. Una mitad mía estaba en casa, la otra mitad, allí. Era obvio que, antes o después, sobrevendría la catástrofe. A mí, en aquel momento, me parecía que aquel tipo de vida podría durar de forma indefinida. Una doble vida en la que, en casa, vivía feliz contigo y, allí, hacía el amor desenfrenadamente con él.

»Quiero que entiendas al menos una cosa: no se trataba de que tú fueras sexualmente inferior a él, ni de que carecieras de atractivo sexual, ni de que yo me hubiera cansado de hacer el amor contigo. Era que mi cuerpo, en aquel momento, sentía un apetito voraz, irresistible. Y no pude controlarme. No sé por qué ocurrió. Lo único que puedo decirte es que fue así. Durante el periodo que mantuve relaciones físicas con él, pensé varias veces en hacer también el amor contigo. Acostarme con él y no hacerlo contigo me parecía una terrible injusticia hacia ti. Pero en tus brazos no sentía nada en absoluto. Tal vez te dieras cuenta incluso tú. Por eso, durante los últimos dos meses, he buscado diferentes pretextos para no tener relaciones sexuales contigo.

»Un día, me pidió que te dejara y me fuera con él. Que, ya que estábamos hechos el uno para el otro, no había ninguna razón para no vivir juntos. Dijo que él también dejaría a su familia. Le respondí que me diera tiempo para pensarlo. Tras despedirnos, en el tren de vuelta a casa, me di cuenta de súbito. Había perdido todo el interés por él. No entiendo la razón, pero en el instante en que surgió la idea de vivir juntos, aquel algo especial que había en mi interior se extinguió como barrido por un fuerte viento. No quedó ni un ápice de mi deseo hacia él.

»Fue después cuando empecé a sentirme culpable. Tal como te he dicho antes, mientras sentía aquel violento deseo sexual no experimentaba culpabilidad alguna. Sólo pensaba que me convenía que no te dieras cuenta de nada. Incluso llegué a pensar que, mientras tú no te enteraras, yo podía hacer lo que quisiera. Mi relación con él y mi relación contigo pertenecían a dos mundos diferentes. Pero cuando el deseo desapareció, me sentí completamente perdida.

»Siempre había creído ser una persona honesta. No hace falta decir que tengo muchos defectos. Pero sobre cuestiones importantes, ni miento ni me engaño a mí misma. Jamás te había ocultado nada. Y yo me enorgullecía de ello. Sin embargo, durante meses dije gravísimas mentiras sin sentir el menor remordimiento. Esto me hizo sufrir. Me sentí un ser vacío sin valor ni sentido alguno. Posiblemente, así sea en realidad. Pero, además, hay otra cosa que me preocupa: ¿por qué sentí de repente un anormal e irrefrenable deseo sexual por un hombre a quien no amaba? No puedo comprenderlo. De no haberlo sentido, yo aún viviría feliz y contenta junto a ti. Y él todavía sería un amigo con quien poder charlar a gusto. Pero aquel absurdo deseo sexual ha derrumbado desde la base todo lo que habíamos construido los dos durante estos años y lo ha arruinado. Y me lo ha arrebatado todo: a ti, el hogar que había creado contigo, mi trabajo. ¿Por qué ha tenido que suceder una cosa así?

»Hace tres años, después del aborto, te anuncié que tenía algo que decirte. ¿Lo recuerdas? Quizá debería haberme sincerado entonces contigo. De haberlo hecho, quizás esto no hubiera ocurrido jamás. Pero ni siquiera ahora me siento con fuerzas para decírtelo. Porque tengo la impresión de que, una vez pronuncie esas palabras, todo se habrá acabado definitivamente entre nosotros. Por eso decidí que era mejor guardármelo para mí misma y desaparecer.

»Me duele mucho decírtelo, pero yo, ni antes ni después de casarme, he sentido contigo un auténtico placer sexual. Hacer el amor contigo era maravilloso, pero en aquellos momentos yo no sentía más que sensaciones terriblemente vagas, tan lejanas que, incluso, me parecían ajenas. No era en absoluto culpa tuya. La responsabilidad de que yo no fuera capaz de sentir nada era al cien por cien mía. Dentro de mí había una especie de obstáculo que detenía el placer sexual justo en la entrada. Sin embargo, cuando me acosté con aquel hombre, no sé por qué razón, este obstáculo desapareció de repente. Me quedé completamente desconcertada.

»Desde el principio, entre tú y yo hubo algo muy íntimo y delicado. Ahora también eso se ha perdido. Aquel perfecto engranaje, casi mítico, se ha estropeado. Lo he estropeado yo. Hablando con exactitud, había algo que me ha hecho estropearlo. Siento muchísimo que haya sucedido. No todo el mundo es tan afortunado de disponer de una oportunidad como la que yo he tenido contigo. Odio con todas mis fuerzas la existencia de ese algo que ha provocado todo esto. No sabes cuánto lo odio. Quiero saber con exactitud de qué se trata. Debo saberlo, sea como sea. Debo erradicarlo, juzgarlo y castigarlo. No sé si seré lo bastante fuerte para hacerlo. De todos modos, es algo que me atañe sólo a mí, nada tiene que ver contigo.

»Por favor, de aquí en adelante no te preocupes más por mí. Tampoco intentes averiguar mi paradero. Olvídame e intenta rehacer tu vida. Por lo que respecta a mi familia, les escribiré diciéndoles que todo ha sido culpa mía y que tú no tienes ninguna responsabilidad. No creo que te ocasionen molestia alguna. Quizá pronto se inicien los trámites de divorcio. Creo que será lo mejor para los dos. Te ruego que no te opongas. Respecto a mi ropa y mis cosas, tíralas o haz con ellas lo que consideres oportuno. Pertenecen al pasado. Todas las cosas que he usado durante nuestra vida en común, ya no tengo derecho a seguir usándolas. Adiós».

Releí la carta una vez más con calma y volví a meterla en el sobre. Saqué otra cerveza del refrigerador y me la bebí.

Que Kumiko quisiera iniciar los trámites de divorcio quería decir que no tenía intención de suicidarse a corto plazo ni nada por el estilo. Esto me tranquilizó un poco. Después caí en la cuenta de que durante cerca de dos meses yo no había hecho el amor con nadie. Tal como ella había escrito, Kumiko había rehusado a lo largo de todo ese tiempo acostarse conmigo. Me dijo que tenía una ligera cistitis y que el médico le había aconsejado que se abstuviera de mantener relaciones sexuales durante un tiempo. Me lo creí, por supuesto. No tenía ningún motivo para dudar de su palabra. A lo largo de estos dos meses, en el mundo de los sueños —o en lo que, dentro del ámbito de mi vocabulario, no se puede llamar de otro modo— había mantenido relaciones con otras mujeres. Con Creta Kanoo y con la mujer de las llamadas. Pero, pensándolo bien, ya casi hacía dos meses que no tenía relaciones con una mujer real en el mundo real. Me tendí sobre el sofá y mientras me observaba las manos, que descansaban sobre el pecho, recordé la última vez que había visto el cuerpo de Kumiko. Recordé la suave curva de su espalda mientras le subía la cremallera del vestido y el olor a agua de colonia detrás de sus orejas. Pero si lo que me anunciaba Kumiko en su carta era una decisión irrevocable, ya no volvería a acostarme con ella jamás. Y, habiéndose expresado con una claridad tan meridiana, debía de ser una decisión irrevocable.

Cuanto más pensaba en la posibilidad de que mi relación con Kumiko fuera algo que perteneciese al pasado, más añoraba la dulzura y calidez de aquel cuerpo que una vez había sido mío. A mí me gustaba acostarme con ella. Me gustaba, obviamente, antes de casarnos, pero incluso cuando, con el paso de los años, se hubo apagado la pasión del principio, me siguió apeteciendo tener relaciones sexuales con ella. Recordaba con vívida frescura el tacto de su espalda esbelta, de su nuca, de sus piernas, de sus senos. Recordaba cada una de las cosas que durante el acto sexual yo le había hecho a ella y que ella me había hecho a mí.

Pero Kumiko había hecho el amor de una manera tan desenfrenada que apenas podía imaginarlo. Con alguien a quien yo no conocía. Y con él había descubierto un placer que no había obtenido conmigo. Probablemente, mientras hacía el amor con él lanzaba unos gemidos tan intensos que podían oírse en la habitación de al lado y se retorcía de tal modo que hacía temblar la cama. Probablemente había tomado la iniciativa y le había hecho cosas a él que a mí jamás me había concedido. Me levanté, abrí el refrigerador, saqué una cerveza y me la bebí. Después comí más ensalada de patata. Me apeteció escuchar música y sintonicé un programa de música clásica en la radio, FM, a bajo volumen.

«Oye, estoy muy cansada y no tengo ganas. Me sabe mal. Lo siento, ¿eh?», decía Kumiko.

«No, no te preocupes», respondía yo.

Cuando hubo terminado la Serenata para cuerda de Tchaikovsky, empezó una pequeña pieza que me sonaba a Schumann. La melodía me resultaba familiar, pero no logré recordar el título. Al acabar, la locutora anunció que se trataba de «El pájaro profeta», la séptima pieza de Escenas del bosque de Schumann. Imaginé a Kumiko retorciéndose debajo de aquel hombre, las piernas abiertas, clavándole las uñas en la espalda, babeando sobre las sábanas. «Schumann», explicaba la locutora, «nos describe una escena fantástica donde un maravilloso pájaro vive en el bosque prediciendo el futuro». Pero ¿qué diablos sabía yo de Kumiko en realidad? Estrujé en silencio la lata de cerveza vacía y la arrojé a la basura. La Kumiko que yo creía conocer, la Kumiko con quien había hecho el amor como esposa durante tantos años no era, en definitiva, más que una máscara superficial de la auténtica Kumiko. Exactamente como si la mayor parte de este mundo perteneciera al reino de las medusas. Y si era así, aquellos seis años que Kumiko y yo habíamos vivido juntos, ¿qué diablos representaban? ¿Qué sentido tenían?

Estaba releyendo la carta una vez más, cuando de repente sonó el teléfono. El timbre me hizo saltar literalmente del sofá. ¿Quién llamaría a las dos de la madrugada pasadas? ¿Kumiko? No, no podía ser ella. No llamaría a casa bajo ningún concepto. Quizá se tratara de May Kasahara. Tal vez me había visto salir de la casa abandonada y ahora llamaba. O Creta Kanoo. Para explicarme por qué razón había desaparecido. O quizá fuera la mujer de las llamadas. Quizá quería transmitirme algún mensaje. En verdad, May Kasahara tenía razón. Había demasiadas mujeres a mi alrededor. Tras secarme la cara con una toalla que tenía a mano, descolgué despacio.

—¿Sí?

—¿Sí? —repitieron al otro lado del hilo. No era la voz de May Kasahara. Tampoco era la voz de Creta Kanoo. Ni era la voz de la mujer misteriosa. Era Malta Kanoo—. ¿Oiga? ¿Es usted el señor Okada? Soy Malta Kanoo. No sé si se acordará de mí.

—Pues claro que sí —dije calmando los latidos de mi corazón. ¡Vamos! Como si no fuera a acordarme.

—No sé cómo disculparme por llamarle a estas horas. Pero se trata de una emergencia. Soy consciente de que estoy ocasionándole una gran molestia y que usted debe de estar enfadado por ello, pero me he visto en la obligación de hacerlo. Lo siento muchísimo.

Le dije que no se preocupara. Que todavía estaba levantado. No tenía mayor importancia.