Capítulo 4
A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, el anciano dijo:
—Saio Thorn, he decidido que hoy voy a mortificar vuestra curiosidad e incredulidad.
—Vamos, venerable Fillein —repliqué—, hay otras cosas sobre los tiempos antiguos que quisiera preguntaros.
—Ne, ne. Yo, mi vieja esposa y vuestra joven compañera pasaremos el día reparando las redes. No quiero que quede sin hacer. Vos podéis ir a hacer vuestras preguntas a mi vecino Galindo.
—¿Un vecino? —dije yo sin acabar de creérmelo, pues no habíamos visto ninguna otra casa.
—Aj, en todo el delta no hay vecinos, pero podéis acercaros a casa de Galindo y regresar antes del anochecer.
—Galindo es un nombre gépido, ¿verdad?
—Ja. Como es gépido, os obsequiará con una versión distinta de la historia. Ha viajado más que yo, pues cuando era joven sirvió en una legión romana en la Galia.
—Estoy seguro de que será menos interesante que hablar con vos, venerable Fillein, pero seguiré vuestro consejo. ¿Cómo daré con ese Galindo?
—Ya se lo he explicado a Maghib para que os guíe. Como Galindo es gépido y, por tanto, perezoso, se ha recluido como una ostra en una de las zonas desérticas más lejanas del delta, pero hay por lo menos tres senderos de tierra firme desde aquí y podéis ir a caballo los dos.
—Si es tan reacio a ver gente, ¿creéis que recibirá a un mariscal del rey?
Fillein se rascó la barba.
—Cierto. Que seáis mariscal no le impresionará, pero decidle que vais de parte mía y os recibirá, aunque sea a regañadientes. Desde luego, siendo gépido no se molestará en daros de comer. Así que haré que Baúths os prepare unos bocados para llevar.
Afuera, Maggot estaba ensillando los dos caballos, entre canturreos, como un niño ilusionado. Recordé que Meirus el Barrero me había dicho que no le diera caprichos, y pensé que debía ser una de las pocas ocasiones en su vida en que no iba a tener que trotar a pie junto a su amo a caballo. Pero cuando Baúths y Swanilda trajeron las provisiones, Maggot me observó atentamente cómo montaba a Velox y, después, trató de emularme con tanta fuerza que cayó por el otro lado de la silla, para sorpresa de todos nosotros y de los caballos. Comprendí que al pobre nunca le habían consentido ningún capricho ni había montado a caballo, por lo que le dije que cambiase de caballo, ofreciéndole la seguridad de los estribos de Velox. Y no es que quisiera hacerme el amo complaciente, sino que no quería perder el tiempo teniéndole constantemente en tierra.
Durante buena parte de la mañana, Maggot estuvo inusitadamente quieto, atento a mantenerse ensillado y a las indicaciones que le había dado Fillein; pero al cabo de cierto tiempo, intentó iniciar conversación y poco después ya estaba conduciéndose como el voluble armenio que era. Yo agradecía su cháchara, pues en aquella inmensa extensión herbosa por la que avanzábamos bajo aquel cielo azul lleno de nubecillas, no había nada interesante que ver u oír —ni siquiera qué pensar, salvo considerar la inmensidad de hierba y cielo— y, así, su verborrea paliaba en algo el aburrimiento.
Sus confesiones versaban principalmente sobre las hazañas más relevantes de su fráuja Meirus en adivinaciones y previsiones, las cuales habían producido grandes ganancias para el negocio del barro y ni el más mínimo aumento de nummus en su bolsa ni en la de los otros trabajadores, por cuyo motivo, decía, estaba deseando cada vez más poner sus talentos al servicio de un amo más generoso. Añadió que, si tenía tan buen olfato para las mejores calidades de barro, estaba convencido de que podría oler sustancias mucho más valiosas del suelo o subterráneas. Tras lo cual me miró de soslayo, diciendo:
—El fráuja Meirus dice que vais a descubrir la antigua ruta que siguieron los godos desde aquí a las lejanas orillas del golfo véndico.
—Ja.
—¿Y ese golfo se llama costa del Ámbar?
—Eso es.
—¿Y allí hay ámbar en grandes cantidades?
—Aja.
—¿Y vais a buscar ámbar cuando estéis allí con dama Swanilda?
—No voy a buscarlo, ne. Tengo otras cosas que hacer. Pero si me tropiezo con un trozo, no lo dejaré tirado.
Maggot abandonó el tema del ámbar y comenzó a hablar de cosas triviales, con el evidente propósito de dejarme reflexionar sobre la posible utilidad de llevarme al Norte a una persona capaz de oler el suelo. Pero volvió a hacer otra referencia a sus talentos cuando avistábamos una choza misérrima.
—¿No veis, fráuja, qué bien se me da encontrar cosas? Ése ha de ser el lugar que el viejo Fillein me indicó; la morada de Galindo.
Si lo era, en efecto, el viejo Galindo estaba sentado en la puerta, como veíamos desde lejos, porque o era mucho más grande que la casa o ésta no era mucho más grande que él. Efectivamente, la «morada» era una simple cúpula de barro seco, pero su dueño la había tapiado para defenderla de intrusos cual si hubiese sido una ciudad fortificada. Por aquel sendero no habría podido sorprenderle ningún jinete —Maggot y yo no habíamos visto ninguno en toda la mañana—, pero a casi dos estadios de la puerta había excavado un foso ancho y profundo para detener una carga de caballería.
Allí el terreno era sólido, por lo que seguramente habríamos podido dar la vuelta al obstáculo, pero decidí respetarlo y desmontar, dejándole a Maggot las riendas, mientras yo cruzaba el foso a pie y me dirigía hasta donde estaba el hombre sentado. Le saludé con la mano sin que él me respondiera y hasta que no estuve delante de él no dijo nada. Sólo en aquel momento me espetó:
—Marchaos.
No sería tan viejo como Fillein, pues tenía menos arrugas y conservaba algunos dientes, pero sería tan viejo como mi antiguo compañero Wyrd habría sido por entonces; tenía un pelo gris que le llegaba a la casaca de piel de lobo, por lo que parecía un bulto peludo con ciertos rasgos faciales. Comprendí que estuviese afuera, ya que la choza de barro no era más que un cobertizo para dormir, con unas piedras ennegrecidas a guisa de hogar, junto a las cuales estaban todos los utensilios que debía tener: un puchero, una escudilla y un jarro.
—Si eres Galindo, vengo desde muy lejos para hablar contigo —dije.
—Entonces ya sabéis el camino para volver. Marchaos.
—Vengo de parte de Fillein, a quien conoces. Me ha dicho que serviste en una legión romana en la Galia.
—Fillein siempre fue muy hablador.
—¿No sería la legión once, la Claudia Pia Fidelia, en la Galia Lugdunensis?
—Si estáis haciendo un census —dijo, mirándome por primera vez—, habéis hecho un largo camino para evaluar la propiedad más insignificante del imperio. Mirad en derredor.
—No soy censor. Soy historiador y no busco impuestos, sino datos.
—No tengo ni lo uno ni lo otro. Pero siento curiosidad. ¿Qué sabéis de la Claudia Pia, niu?
—Tenía un buen amigo que fue veterano en esa legión. Un bretón de las islas del estaño, llamado Wyrd, el amigo de los lobos, o Uiridus, en latín.
—¿A caballo o a pie?
—A caballo. En la batalla de los campos Cataláunicos, iba con los antesignani.
—¿Ah, sí? Yo era un simple soldado de a pie, un pediculus.
Pensé que Galindo hablaba con ironía militar, pues la palabra latina para el soldado de infantería era «pedes», y «pediculus» no es el diminutivo sino que significa piojo.
—Entonces, ¿no conociste a Wyrd?
—Si sois historiador, debéis saber que una legión consta de más de cuatro mil hombres. No todos van a conocerse, ¿niu? Ahora estáis tan cerca que me hacéis estar sentado a vuestra sombra, y no os conozco.
—Excúsame —dije, apartándome para que le diera el sol—. Me llamo Thorn, y soy mariscal del rey Teodorico Amalo, que me ha enviado a estas regiones para realizar una historia detallada de los godos. Fillein pensó que tú podías darme datos sobre los gépidos.
—Os enviaría derecho a la Gehenna si no hubieseis mencionado a ese legionario que iba con los antesignani. Yo también luché contra los hunos en esa llanura, cerca de Cabillonum. Si un hombre era tan valiente para ir delante de los estandartes en aquella batalla, hay que decir que era muy hombre. Y si después fue amigo vuestro, debéis tener cierto mérito —dijo, haciendo un gesto cual si me ofreciera un trono en vez del suelo—. Podéis sentaros. Bien, ¿qué es lo que queréis saber?
—Bien… Espero que me perdones que comience así, pero… ¿qué sentís por tener esa denominación de gépidos?
Se me quedó mirando de hito en hito un buen rato y contestó:
—¿Qué se siente por tener un nombre u otro, niu? Thorn tampoco es un nombre, sino una letra rúnica.
—Lo sé, pero es mi nombre. Sólo puedo decir que ya hace tiempo que me acostumbré.
—Yo también a ser un gépido. Otra pregunta.
—Es que… considerando la connotación peyorativa de la palabra gépido…
—¡Vái! —exclamó, escupiendo en el suelo—. ¡La antigua fábula! Que gépido procede de la palabra «gepanta»… perezoso, lento, vago, y todo lo demás. Decís que sois historiador ¿y creéis en esa infantil balgs-daddja?
—Es que… me lo han asegurado gente que sabe; varias personas.
—Si eso os satisface —replicó, encogiéndose de hombros—, ¿quién soy yo para hacer objeciones a un historiador? Otra pregunta.
—Ne, ne, ne, por favor, buen Galindo. Si conoces otro origen del nombre, me gustaría saberlo.
—Sé de dónde procede el nombre. En la antigua Skandza, de donde venimos todos los godos, los amalo y los balto vivían en llanuras. Nosotros los gépidos éramos de las montañas, los «bairgos», y cuando más tarde ámalos y baltos llegaron a llamarse los godos del este y los godos del oeste, nosotros seguimos llamándonos los godos de las montañas. Gépido es simplemente la pronunciación moderna abreviada de «gabaírgs», los nacidos en la montaña. Podéis creerlo o no, como os plazca.
—Aj, lo creo, lo creo —dije, sorprendido y complacido de la versión—. Es mucho más creíble que la explicación que dan casi todos.
—Os advierto, joven historiador, que no deis demasiado crédito a ningún nombre. ¿Cuántas Placidias, Irenes y Virginias habéis conocido que no son plácidas, pacíficas o virginales? Un nombre puede ser algo endeble, ambiguo, incluso falaz.
—Es cierto —dije, sin mencionar que yo mismo a veces deliberadamente, incluso para engañar, cambiaba de nombre.
—A propósito de nombres, recuerdo una cosa de cuando estaba en la Claudia Pía —añadió Galindo, mirando hacia la vasta extensión de hierba, con gesto pensativo, cual si estuviese viendo los campos Cataláunicos cuarenta años atrás—. Cantábamos muchas canciones marciales y no todas eran romanas, pues los legionarios éramos de diversos pueblos —incluso gente de las islas del estaño, como sabéis—, pero, independientemente de la canción, la cantábamos en el latín corriente que se hablaba en la legión. Bien, los britanos tenían canciones propias, pero cantaban con nosotros los godos las saggwasteis fram aldrs, y recuerdo que nosotros cantábamos las antiguas saggws sobre la vida y proezas del héroe visigodo Alareikhs. En latín romano, su nombre sería Alaricus, pero los de las islas del estaño decían en su incorrecto latín Arthurus. ¡Maldita sea, mariscal, otra vez me estáis tapando el sol! —espetó el viejo Galindo volviendo bruscamente a la realidad del momento.
—Yo no. Es otra de las malditas tormentas repentinas del delta.
Las nubecillas se habían transformado de pronto en nubarrones que se unían, transformándose en una manta blanca que ya ennegrecía.
—Aj, ja —asintió Galindo—. A Thor le gusta descargar el martillo por aquí.
—¿Crees en Thor? —inquirí yo, con la habitual irritación al oír ese nombre—. ¿Profesas la antigua religión?
—De creer en algo, creería en Mitra, por haber sido legionario romano; pero creo que no se hace ningún mal reconociendo la existencia de otros dioses. Y ¿quién si no Thor es el dios del trueno, niu?
Como si Galindo lo hubiese invocado, un relámpago bífido surcó el horizonte por el Este y el aire tembló con el retumbar del trueno, al tiempo que comenzaban a caer las primeras gotas y yo mascullaba una maldición.
—¿Teméis la ira de Thor? —dijo el viejo, mirándome.
—Ni éste ni ningún otro —repliqué—. Es que me desagradan las tormentas cuando son molestas.
—A mí los aguaceros no me molestan —dijo él, quitándose inopinadamente la piel de lobo y los harapos que llevaba debajo—. La lluvia me libra de tener que recorrer la distancia hasta el riachuelo para lavarme. ¿No me acompañáis, mariscal?
—Ne, thags izvis —contesté, apartando la vista de su viejo cuerpo escuálido y peludo, desnudo bajo aquella lluvia que arreciaba. Ya no veía a Maggot y a los caballos detrás el foso, donde los había dejado; confiaba en que no corrieran ningún riesgo ni ellos ni Maggot, naturalmente, pues sin él los animales se habrían escapado. Mientras seguía descargando el aguacero, permanecí sentado incómodo, al contrario de Galindo, que lo recibía encantado, sin dejar de contar la historia de su pueblo.
—Como prueba de que los gépidos han sido siempre, cuando menos, iguales a los demás godos, os mencionaré dos batallas que se libraron no lejos de aquí durante el reinado de Constantino el Grande. Aún no le llamaban «el Grande» en aquella época, pero daba ya muestras de grandeza derrotando a un ejército de ostrogodos y visigodos. Luego, ocho o nueve años después, cuando los godos gépidos luchaban contra los vándalos, Constantino vino con su ejército en auxilio de los vándalos y sufrió la primera derrota de su vida; una de las pocas derrotas de su vida.
—Ja, eso vindica el honor de los gépidos —dije yo con el mayor entusiasmo posible en la penosa situación en que me hallaba.
—Mariscal, ved cómo ahora que estoy limpio disminuye la tormenta de Thor. El benéfico sol de Mitra saldrá dentro de poco para secarme.
—Me congratulo de que tengas tan buenas relaciones con los dioses —comenté, mirando la lluvia que amainaba y complacido al ver que Maggot y los caballos seguían donde los había dejado—. Pero ¿por qué vives aquí en esta desolación, buen Galindo, cuando tienes inteligencia sobrada para estar en la civilización?
Él volvió a escupir antes de contestar.
—Ya he visto mundo de sobra en el ejército romano durante casi treinta años.
—Pero podrías vivir retirado sin estar tan aislado y con tantas privaciones.
—¿Aislado? ¿Privaciones? ¿Teniendo la compañía de Mitra y Thor y los beneficios de su calor y su lluvia? Tengo huevos de las aves, ranas, langostas y verdolaga para alimentarme. Y tengo humo de hanaf para comodidad. ¿Qué más necesita un hombre de mis años?
—¿Humo de hanaf?
—Una de las pocas herencias que nos dejaron los escitas. ¿No lo habéis probado? Hay leña seca dentro de la choza, mariscal. Tened la bondad de encender fuego en el hogar y os lo mostraré.
Mientras encendía el fuego, dije:
—He oído muchas cosas interesantes de los godos cuando se asentaron en estas Bocas del Danuvius, pero ¿no puedes decirme cómo vivían y cómo viajaban en sus largas migraciones antes de llegar aquí?
—Nada —contestó alegre—. Tomad, poned este puchero al fuego y echad en él el hanaf —añadió, sacando de la piel de lobo, con que volvía ya a cubrirse, un puñado de algo reseco y desmenuzado. Lo eché en el puchero y vi que eran hojas secas y semillas de la planta que en latín se llama cannabis.
—Pero os diré una cosa —prosiguió Galindo—. Lo mejor que les sucedió a los godos —a todos los godos— fue que les expulsaran de aquí los hunos.
—¿Por qué dices eso? —inquirí mientras las semillas se tostaban por efecto del calor, desprendiendo humo.
—Aquí vivían demasiado bien, y establecidos como buenos ciudadanos romanos que adoptaron las costumbres y maneras de Roma, y pronto se volvieron indolentes, presumidos y complacientes, olvidando su tradición de independencia, su fuerza de voluntad y su audacia.
Se inclinó sobre el puchero e inhaló con fuerza el espeso humo que brotaba de las semillas tostadas, haciéndome seña de que hiciera igual. Lo hice y aspiré una bocanada agridulce que no era desagradable del todo, pero sin entender por qué Galindo lo había denominado «comodidad».
—Esos godos sedentarios e indolentes —prosiguió— imitaron a los romanos hasta en su conversión a la religión cristiana, y ése fue su más grave sometimiento.
—¿Por qué lo dices? —inquirí de nuevo casi sin pensarlo. A decir verdad, hablaba con cierta dificultad, pues el humo me había embotado levemente los sentidos.
Galindo volvió a aspirar con fruición el humo antes de contestar.
—¿Qué necesidad tenían los godos de adoptar una religión oriental? El cristianismo es una fe idónea para comerciantes… que buscan el intercambio para hacer beneficio, una religión que predica «Haz el bien y serás recompensado».
No habría podido rebatírselo de haber querido, porque comenzaba a sentir una especie de vacío embriagador; aunque Galindo estaba sentado delante de mí, sus palabras parecían llegar de lejos, sonaban a hueco y resonaban en ecos, como si se empujasen unas a otras.
—Aj, mariscal, estáis tumbándoos —me dijo, sonriendo—. Empezáis a sentir el efecto del humo del hanaf. De todos modos, es mejor sentirlo en un sitio cerrado —añadió, haciéndome seña para que volviese a inhalar, pero yo meneé la cabeza aturdido. Esta vez, cuando se inclinó sobre el recipiente, se tapó la cabeza con la piel de lobo al acercarla al puchero y efectuó varias inhalaciones. Cuando volvió a destaparse, tenía los ojos brillantes y una sonrisa difusa y bobalicona; pero siguió hablando de aquella manera que a mí me sonaba tan distante.
—Felizmente para los godos, los hunos les expulsaron de estas tierras y hasta hace pocos años los perseguían y acosaban por todas partes. Pasaron hambre, sed y toda clase de padecimientos, y los que no murieron en combate perecieron por enfermedad o inanición. Pero eso también fue bueno.
—¿Por qué?
Me di cuenta de que repetía como un bobo la misma pregunta por tercera vez, cual si no fuese capaz de decir otra cosa; y mi trabajo me había costado pronunciar esas dos palabras con una pausa, pues lo que decía también me daba la impresión de que resonaba dentro de mi cabeza.
—Fue bueno porque los que murieron eran los débiles y apocados, y los que sobrevivieron eran los fuertes y audaces. Ahora que el imperio romano está tan deplorablemente fragmentado, ha llegado el momento de un resurgir de los godos. Podrían ser una fuerza más poderosa que nunca. Podrían ser los nuevos romanos…
El anciano ermitaño sufría sin duda los efectos embriagadores del humo de hanaf y desbarraba; pero apenas me sentía con ánimo de decírselo porque mis facultades de raciocinio y habla estaban casi tan alteradas como las suyas.
—Y si los godos suplantan a los romanos como amos del mundo occidental… pues… el mundo quedará agradecido por que los godos hayan adoptado el cristianismo arriano y no el atanasiano como han hecho los romanos.
Para mi gran horror, ya que temía no ser capaz de volver a decir nada, me oí preguntar por cuarta vez:
—¿Por qué?
—A través de la historia, los europeos de distintas religiones han luchado, matándose entre sí, por uno u otro motivo, pero en el mundo occidental, hasta la llegada del cristianismo, la gente nunca se había matado por cuestiones de fe… o por imponer una religión concreta —dijo Galindo, haciendo una nueva pausa para inhalar su horrendo humo—. Aun así, los cristianos arrianos son tolerantes, al menos, con otras religiones, con el paganismo y con los que no profesan ninguna religión. Por consiguiente, si se impone el poder de los godos, no exigirán ni esperarán que todos tengan sus creencias. ¡Saggws galiuthjon!
Sus últimas palabras me produjeron un sobresalto, pues las cantó a voz en grito:
«Saggws was galiuthjon, ¡Haífsís was gahaftjon!».
Con toda evidencia, era un recuerdo de su pasado militar: «¡Se cantó la canción y comenzó la batalla!». Ahora estaba convencido de que Galindo, por muy sensato que me hubiera parecido al principio, debía llevar mucho tiempo enviciado con el humo de aquellas semillas y se había vuelto loco.
Nos despedimos sin gran ceremonia, me puse en pie torpemente y le dije adiós. Él me contestó con el saludo romano, pues seguía cantando a gritos, y yo me dirigí tambaleante hasta el foso en donde aguardaba Maggot con los caballos. Cerré los ojos con fuerza para concentrarme antes de hablar, y oí con alivio que no volvía a decir «¿Por qué?», sino, en una especie de graznido:
—Volvamos a casa de Fillein.
—¿Estáis bien, fráuja? —inquirió Maggot, mirándome extrañado.
—Eso espero —fue cuanto pude contestar, pues no sabía si los efectos del humo del hanaf serían permanentes.
En cualquier caso, el aire puro y fresco por la lluvia reciente y el ejercicio de cabalgar a paso lento, fueron disipando aquel letargo mental y ya me sentía sobrio y bien cuando, poco después del atardecer, llegamos a casa de Fillein y Baúths. Maggot desmontó no tan precipitadamente como había montado y, al verle caminar con paso vacilante y torpe, fui yo quien preguntó:
—¿Estás bien?
—Ne, fráuja —contestó con un hilo de voz—. Creo que se me han quedado arqueadas las piernas. Y despellejadas. ¿Sienten siempre los jinetes estos dolores y escozores cuando cabalgan?
—Sólo la primera o la segunda vez. O la tercera.
—Aj, espero no tener que volver a montar. A partir de hoy me consideraré satisfecho con correr junto a mi amo, como creo que están dotados para hacerlo los armenios por naturaleza.
—Balgs-daddja —repliqué yo, riendo—. Ve a arrancar un rábano picante, te lo restriegas por las partes doloridas y ya verás cómo mañana te sientes mejor.
Fillein y Baúths habían esperado amablemente para cenar con nosotros, aunque volvieron a obsequiarnos otra vez únicamente con tocino de jabalí y verduras. Como de costumbre, Maggot se llevó su ración a comérsela afuera y fue a desensillar y dar de comer a los caballos. Me senté con Swanilda y el viejo matrimonio, y durante la cena conté parte de lo sucedido en la choza de Galindo, incluida su adopción del hábito escita de inhalar aquel humo que inducía la locura.
—Ya os dije que era menos inteligente que yo —comentó Fillein con maligna satisfacción—. Al fin y al cabo, él es gépido.