Capítulo 4
Aún no habíamos visto ni sospechado nada contra lo que tuviésemos que defendernos, pero Daila, tal como había hecho en todas las etapas, dispuso cada jornada centinelas y una patrulla a caballo que recorría los alrededores de donde nos alojábamos. Nuestro alojamiento en Pautalia era tan fácil de vigilar como cualquiera de los campamentos que habíamos tenido a campo abierto, por tratarse de una ciudad formada por una serie de aldeas diseminadas con arreglo a los manantiales, en torno a los cuales se habían ido creando; en cada uno de estos manantiales hay un pandokheíon formado por una posada central y una serie de casitas con dormitorio y un baño privado; y en todos hay herrero, tienda de artículos de viaje, carreteros y similares. En el pandokheíon que elegimos contraté una casita para mí y otra para Amalamena «y su criada», y los hombres durmieron en patios, cuadras y en el campo de las proximidades, por lo que formábamos una comunidad unida, vigilada por centinelas y patrullas.
Como casi todos nos veíamos unos a otros, di instrucciones a la princesa para que se dejase ver de vez en cuando durante el día fuera de su alojamiento vestida con las ropas de Swanilda y con un pañuelo en la cabeza para tapar su rubio cabello, y así mantener el engaño de que compartía la casita con una cosmeta. Y, cuando se ponía el sol, yo iba sin que me viesen desde mi casita a la suya, con espada, coraza y casco para fingir que dormía en el umbral de su puerta o al pie de su cama.
Como he dicho, dormía en su cama y la abrazaba cada noche hasta que se quedaba dormida; además, la ayudaba a bañarse, pues las aguas minerales, cálidas y astringentes minaban sus fuerzas más que cualquier ejercicio. Al principio no quería usar la terma, alegando que un simple baño con esponja era suficiente.
—Vamos —le dije—, todos los que han venido a Pautalia, desde el propio emperador Trajano han ponderado la virtud curativa de estos manantiales. Bañarte en estas aguas no puede dañar tu salud.
—No es por el baño, Veleda. No puede haber nada que me haga empeorar. Lo que no quiero es destapar mi… mancha y que tengamos que verla las dos tanto tiempo.
—Muy bien —dije, contento por no tener que quitarme la faja—. Nos bañaremos las dos con arreglo al pudor romano, y después te cambiaré la venda por otra seca.
Cuando la tercera noche salíamos de la terma, la princesa dijo como embelesada:
—No acabo de creérmelo, Veleda, y quizá no debiera decirlo, no sea que el destino me castigue, pero creo que las aguas me benefician. Aún estoy débil, pero me siento mejor… de cuerpo y de espíritu. Y el dolor ha cedido bastante… ¿Sabes que hoy no he tomado ninguna mandrágora?
Yo sonreí y me congratulé.
—Creo que es el baño de agua caliente lo que hace que estés más rosada y contenta. Y me parece que la úlcera es más pequeña y tiene mejor aspecto.
Lo cierto es que pensaba que la úlcera se había reducido y cerrado algo por efecto de la astringencia de las aguas, aunque el bromos musarós no había disminuido. No obstante, decidí decirle a Daila al día siguiente que íbamos a quedarnos unos días más para ver si la princesa seguía mejorando. En cualquier caso, aquella noche se metió en la cama conmigo muchísimo más animada que de costumbre y fue en plena noche cuando ocurrió lo imprevisto.
—¡Saio Thorn! —tronó una voz fuera de la casita. Yo me desperté inmediatamente y vi que había amanecido. Casi simultáneamente salté de la cama y corrí a vestirme apresuradamente con mis ropas y la coraza.
—¡Ya voy, Daila! —grité, al reconocer la voz, y, mientras me ponía una bota con una mano, metí la otra bajo el colchón, buscando el pergamino para guardármelo. Pero no estaba. Sorprendido y aún medio despierto, levanté aquel trozo de colchón para mirar bien y comprobé que no había ningún pergamino.
—¡Amalamena! —musité, y vi que estaba despierta, sentada en el lecho, tan sobresaltada como yo y tapándose los pechos con la sábana—. ¡El pergamino! ¿Lo has cogido tú o lo has cambiado de sitio?
—Ne, yo no —contestó con voz débil.
—Pues, haz el favor de vestirte de Swanilda, y, como los hombres no te pueden ver bien por estar lejos, déjate ver como si fueses la criada.
Sin aguardar a que me dijese nada, me embutí el casco sin peinarme y me llegué a la puerta, abrochándome aún. El optio me aguardaba con gesto furioso, pero —los dioses sean loados— con el pergamino sellado en la mano. Y no estaba solo. Le acompañaban otros guerreros y dos de ellos sujetaban a otro que parecía desmayado o herido.
—Saio Thorn —añadió Daila con aspereza—, si has dormido con un ojo abierto, te aconsejo que le dejes descansar y utilices el otro durante un tiempo.
Difícilmente podía reprenderle por falta de respeto a un superior, y me limité a preguntar anonadado:
—¿Cómo lo han robado?
—Un traidor en nuestras filas —contestó Daila, señalando al que sostenían los otros dos. Tenía el rostro tan golpeado y ensangrentado, que tardé un momento en reconocer a uno de mis dos arqueros. El optio me apartó del grupo para hablarme a solas.
—Los otros centinelas siguen siendo leales y vigilan con los ojos bien abiertos. Ellos le vieron entrar y salir del alojamiento de la princesa y le atraparon antes de que pudiera romper los sellos y descubrir que se había apoderado de una imitación.
Sus palabras me tranquilizaron, pero aún seguía atónito y por dos motivos. No sólo mi propio guardia había estado a punto de echar por tierra lo que con tanto esfuerzo había elaborado, sino que debía saber que yo, el saio Thorn, no era lo que decía, pues se había apoderado del pergamino de debajo del colchón en la cabecera, y, aún a oscuras, habría debido darse cuenta de que el saio Thorn y «la criada de Khazar» eran una misma persona. Bien, tanta culpa tenía yo como el ladrón. La relación de hermanas entre Amalamena y Veleda se había vuelto tan íntima y cálida que me había dejado caer en la molicie y la complacencia de un modo reprobable. Ahora, Thorn y Veleda corrían peligro de ser descubiertos y puede que castigados y desterrados o ajusticiados; pero Daila aun no había dicho nada en tal sentido, ni me había dirigido una mirada inquisitiva ni equívoca —tan sólo aquel gesto de desaprobación— y, así, yo sólo comenté el asunto que más nos preocupaba.
—¿Qué puede haber inducido a un ostrogodo a traicionar a su propio rey, a su país y a un compatriota?
—Se lo hemos preguntado —respondió secamente el optio—, y ya ves que con bastante energía, y ha confesado que se enamoró de una de las criadas de Khazar en Constantinopla y ella le indujo a traicionarnos.
Otra cosa de la que yo tenía la culpa, porque había sido yo quien había mandado a los arqueros dormir dentro de la residencia y no en el patio con los demás.
—He sido muy negligente —dije con un suspiro.
—¡Ja, waíla! —gruñó Daila.
—Sí que me imaginé que las criadas del xenodokheíon serían espías, pero no pensé que podrían persuadir a uno de mis hombres para que nos traicionase.
—Y por tan sórdido motivo —bramó el optio—. ¡Nada menos que por amor! Por enamorarse de un objeto de posada ya utilizado por muchos huéspedes. No se le concederá la muerte del guerrero —añadió Daila, llegándose al traidor y abofeteándole repetidas veces—. ¡Despierta, desgraciado! ¡Despierta para que podamos colgarte!
—Cierto que lo merece —dije yo—. Pero no demos un espectáculo que llame la atención de la gente y puedan preguntarse a qué se debe esta disensión en nuestras filas. Ne, optio. Eliminémosle ahora mismo y hagamos un bulto para cargarlo en las acémilas y ya tiraremos el cadáver en algún lugar solitario.
Daila lanzó un gruñido, pero finalmente dijo:
—Ja, tienes razón —y se llevó la mano a la empuñadura de la espada—. ¿Lo haces tú, saio Thorn, o yo?
—Un momento —añadí, preocupado de pronto por una idea, llevándole aparte—. ¿No habrá contado el arquero a su enamorada que hemos enviado un mensajero por delante?
—No puede haberlo hecho. Eso no lo sabe nadie más que tú y yo, saio Thorn. Fui yo quien acompañó a la muchacha hasta la puerta de la ciudad. Este traidor no puede habérselo dicho a nadie; ni tampoco que llevamos un pactum falso.
Como Daila seguía tratándome de hombre, me atreví a preguntar:
—Y, al confesar, ¿no ha contado nada más…?
—Simples barboteos —contestó el optio, encogiéndose de hombros—. Creo que le sacudí demasiado fuerte.
Como si el comentario le hubiese despertado, el flácido prisionero se rebulló y levantó la cabeza. Nos miró a Daila y a mí con el ojo sano que le quedaba, dejándolo malévolamente clavado en mí, mientras farfullaba con los labios partidos, escupiendo sangre:
—Tú… no eres… mariscal… ni guerrero… ni Thorn —dijo atragantándose y respirando con dificultad—. No hay ningún Thorn.
—¿No oyes? —dijo Daila—. Barboteos.
—Ningún Thorn… y la princesa no tiene cria…
No dijo nada más, porque desenvainé rápidamente la espada, me acerqué y le corté la garganta.
—Quitadle de en medio —dije a los que le sujetaban—. Envolvedle en una manta y cargadle en una acémila.
Por fin había estrenado mi nueva espada gótica, pero no podía sentirme muy orgulloso de que la primera víctima fuese un compatriota ostrogodo. Y le había matado, no realmente por habernos traicionado, sino para evitar que descubriese mi secreto… porque aquello habría sido una revelación más terrible para los ostrogodos que la propia traición. Pero me dije que tampoco le había matado totalmente por eso, pues en aquel momento el principal motivo de mantener el secreto era permitir que Veleda siguiese cuidando a la princesa enferma, y por el bienestar de Amalamena valía la pena matar a varios canallas como aquél. De todos modos, ojalá mi espada hubiese tenido un bautismo de sangre con un guerrero enemigo.
Mientras arrastraban al muerto, el optio dijo:
—Dudo mucho que fuese a desertar, llevando el pergamino a Constantinopla, pues se imaginaría que le perseguiríamos y le daríamos alcance. Lo más probable es que fuese a entregárselo a alguien. Y, como ha esperado hasta ahora para robarlo, ese alguien debe rondar por aquí.
—Exacto —dije—. Pues si tenemos un enemigo o varios al acecho, vámonos en seguida de aquí. Ahí está la cosmeta de Amalamena cogiendo flores para su ama (y advertí, complacido, que se tapaba el rostro con las flores), así que la princesa ya debe estar levantada. No saldremos hasta que haya desayunado. Ocúpate de que coman los hombres y los caballos y que todos estén preparados para marchar.
Se lo expliqué todo a Amalamena mientras desayunábamos y me alegró el corazón ver que comía con verdadero apetito.
—Me habría gustado quedarme algo más —dijo—. La terma me ha sentado maravillosamente y hoy he desayunado con ganas. Pero, tienes razón, tenemos una misión que cumplir. Estoy preparada y me siento con bastantes fuerzas para continuar.
—Pues viste tus galas de princesa para el viaje —dije—. Y esta noche, cuando acampemos, vuelves a vestirte como Swanilda. Y yo —añadí sacando el pergamino de la túnica—, creo que dormiré con esto entre los dientes.
Una vez formada la columna, mientras los caballos piafaban impacientes, el optio se llegó hasta la carruca, junto a la cual yo montaba en Velox, y dijo:
—Podemos tomar por dos caminos, saio Thorn. El traidor muerto esperaba que siguiésemos la misma por la que habíamos venido, la que va directamente a Naissus y a Singidunum.
—Comprendo. Luego su cómplice o banda de cómplices nos estarán esperando en ésa. Gracias por la observación. ¿Y cuál es el otro camino, Daila?
—El que sigue el curso del río Strymon desde aquí y lleva en dirección más al norte a la ciudad de Serdica.
—Serdica nos desvía mucho —comenté—, pero seguiremos ese camino hasta que estemos bien lejos de aquí. Luego, esperemos que haya otra ruta hacia el oeste que nos vuelva a situar en el itinerario. De acuerdo; da la orden de marcha.
Debíamos ser los únicos viajeros que utilizaba el camino del río aquel día, pues no pasamos ni nos cruzamos con nadie, salvo algunos rebaños de ovejas y unas piaras de cerdos, lo que me causó cierta inquietud —y a Daila— en cuanto a la seguridad de aquel tramo.
Lo que más me preocupaba era que, al apartarnos del camino más recto a Singidunum, ya no seguíamos el itinerario de Swanila. Hasta entonces, en todos los altos que habíamos hecho, yo había preguntado discretamente y nadie recordaba que hubiese pasado por allí un jinete pequeño de pelo castaño, lo cual era buen signo, pues nadie había visto ni oído que el jinete se hubiese visto detenido, hubiera caído o sufrido un accidente. Podía dar por sentado que Swanila había llegado a Pautalia sin incidentes, pero hasta que no volviésemos a situarnos sobre su itinerario, no me quedaba más remedio que esperar hubiese continuado su ruta hasta Teodorico y ansiaba con todo mi corazón que ya hubiese dado con él, entregándole el pactum.
En cualquier caso, pronto dejé de preocuparme por la suerte de Swanilda, pues Daila y yo encontramos más motivos de inquietud por la nuestra dado que el terreno comenzó a cerrarse por los lados. Estábamos en un lugar montañoso en el que el río Strymon había ahondado un profundo desfiladero por el que discurría también el camino, bordeado de altos acantilados que nos hacían temer una emboscada.
Empero, cuando el optio y yo intercambiábamos tales temores, la columna ya se había internado mucho en el desfiladero como para hacerle dar la vuelta y salir de él antes de que anocheciera, y fue preciso seguir adelante con la esperanza de salir de la garganta antes de que oscureciera. No fue así, pero no sufrimos ningún asalto ni incidente mientras había luz. Así, cuando ya estaba demasiado oscuro para seguir avanzando, aprovechamos el lugar más espacioso que encontramos para apartarnos del camino y acampar.
—No quiero que nos echen peñascos encima —dijo Daila. Y lo primero que hizo fue enviar dos hombres a trepar a las alturas y establecer turnos de vigilancia nocturna. Luego, envió dos guerreros a observar el camino en ambas direcciones a considerable distancia del campamento y situó centinelas a intervalos en la orilla del río.
Mientras el resto de los hombres atendían a los caballos, encendían los fuegos y sacaban las provisiones, yo me aseguré de que Amalamena fuese vista, y dos veces, por quien tuviera interés. Primero, descendió de la carruca vestida de princesa y estiró brazos y piernas sin recato; volvió a montar en la carruca y —al cabo de un rato, cuando ya había oscurecido del todo— salió vestida de «criada de Khazar» y tocada con la pañoleta, se dirigió al río con un aguamanil, lo llenó y volvió a meterse en la carruca.
Luego, por si los centinelas de las alturas no podían impedir un deslizamiento de tierras provocado por nuestros enemigos, tomé las riendas de los caballos de la carruca y la hice retroceder hasta cerca del centinela que vigilaba el camino y que estaba apoyado en su lanza, dejé allí el vehículo, llamé a otro soldado y, mientras desenganchaba los caballos para llevarlos con Velox y los otros a pastar, entré en la carruca y pregunté a la princesa qué tal había viajado aquel día.
—Estupendamente —contestó, más alegre y animada que nunca—. Otro día que no he tenido necesidad de tomar la droga.
—Sí que parece una recuperación milagrosa. Y no quiero dudar como santo Tomás. Recomendaré esas aguas a todos los enfermos que conozca.
—Y tengo más hambre que una loba —añadió ella, riendo—. He venido comiendo fruta todo el camino, pero ahora me gustaría algo más sólido.
—Ya están haciendo la cena. Deja que te cambie las vendas mientras la acaban.
Cuando abrió sus ropas de Swanila y destapé la úlcera, no se deprimió como antes, sino que dijo eufórica:
—¿No ves? ¡Es más pequeña que esta mañana! —yo no estaba muy seguro, pero no la contradije—. Ya no hará mucha falta que te afanes tanto —prosiguió—. Ahora ve a por nuestro nahtamats, nos acostamos pronto y después de un buen sueño, querida Veleda, ya verás como mañana me encuentro mucho mejor.
Mientras volvía hacia donde estaba la columna iba pensando en que las vivaces hogueras, proyectando su fuerte luz sobre los acantilados, hacían que el campamento pareciese una habitación sin techo pero cómoda y tranquila, una isla en medio de la noche. Los hombres que no tenían servicio ya formaban fila ante los fuegos para que les sirvieran la cena, pero, por supuesto, me abrieron paso. Un criado me dio una bota de vino y me la colgué al hombro; otro me dio dos cuencos de madera en los que el coquus sirvió un estupendo estofado. Y en aquel momento oímos un grito que procedía del oscuro camino:
—¡Hiri! ¡Anaslaúhts!
Era el centinela más alejado, que daba la alarma: «¡Atención! ¡Nos atacan!». Aún logró lanzar el grito de «¡Thusundi!» antes de que le acallaran.
Bien; no eran mil, pero por el ruido de los cascos en el apisonado camino era evidente que nos superaban en número. No tardaron en caer sobre nosotros por todas partes y, a la vacilante luz de los fuegos antes de que los apagaran con sus caballos, vimos que eran jinetes godos con armaduras y cascos como los nuestros. Pero no esgrimían sus armas. La primera embestida debió ser para intimidarnos y apagar los fuegos, pues volvieron grupas. Luego nos dimos cuenta de que su intención había sido soltar a nuestros caballos para espantarlos y dejarnos sin monturas.
Todos, yo incluido, habíamos dejado caer la comida y los trastos para echar mano de la espada, y los demás echaron a correr hacia donde tenían las armas; pero yo me quedé indeciso un instante sin saber cómo reaccionar. Y en aquel momento noté que a mi lado estaba Daila, apenas visible al fulgor de los escasos rescoldos, gritando órdenes:
—¡Preparados para la defensa a pie! ¡Lanza en ristre y a lancearles los caballos! ¡Ve a por la princesa y…! —gritó, volviéndose hacia mí.
—Está vigilada, Daila.
—Ne, no lo está. Ese centinela tenía órdenes de si nos atacaban matar al otro traidor y reunirse a toda prisa con nosotros. Ahí llega corriendo. Ve a por ella y…
—¿Matar… a qué otro traidor? —inquirí yo perplejo.
—Es evidente que sabían que íbamos a tomar por este camino. Debe haberles informado a través de la esclava de Khazar.
—Aj, Daila, Daila… —repliqué yo, o probablemente exclamé con un gemido—… estás equivocado…
—¿No me oyes? ¡Corre! Si capturan a la princesa la tendrán de rehén. Llévala al río y procura alejarte corriente abajo, lejos…
Pero los atacantes volvían a echársenos encima, esta vez esgrimiendo furiosos las espadas, las hachas de combate y las mazas con pinchos. Daila alzó su escudo para parar un hachazo que sin duda me habría partido la cabeza, porque yo estaba atónito y paralizado, hasta que un golpe de acero sobre el cuero me sacó del atolondramiento. Asesté un golpe con la espada al que me atacaba y eché a correr tal como me había dicho Daila.
Me costaba correr por aquella congoja que hacía que sintiera el corazón como una piedra de molino, pero corrí. Y conforme lo hacía iba pensando en que no cabía reprocharle nada a Daila por su error. Al fin y al cabo, si una esclava de Khazar había intentado trastornar nuestros planes, era lógico que pensase que la «otra» también. Claro, era lógico que el que quisiera quitarnos el pactum, al haber fracasado la entrega por parte del traidor, pensase que le habíamos descubierto y que, ya conscientes de que nos seguían, hubiésemos optado por salir de Pautalia por otro camino. De todos modos, aunque hubiese sido práctico, en medio de un ataque relámpago, explicárselo a Daila, ¿de qué habría servido? Yo había hecho lo indecible por hacerle creer que había otra sirvienta de Khazar en la columna. Por consiguiente, el tremendo error no había que imputárselo a él, sino a mí. Otra vez a mí.
Dentro de la carruca hallé a Amalamena tal como me había temido: había encendido un candil y, a su tenue luz, el centinela no había distinguido si era la «de Khazar» pero sí que le había bastado para asestarle un golpe mortal en el blanco pecho virginal, justo debajo del frasquito de leche de la Virgen. La herida no había sangrado mucho; a mi hermana querida no le quedaba mucha sangre.
Bueno, pensé, había sido una muerte más rápida, limpia y piadosa que la que los dos médicos le habían augurado. Y había muerto con orgullo, tratando desesperadamente de aferrarse al último hilo de vida y no implorando el final de tan implacable sufrimiento. Aquel día había estado contenta y despreocupada y así la había sorprendido la muerte; en su rostro perduraba un rastro de aquella sonrisa maliciosa, y sus ojos abiertos, aunque habían perdido su brillo, conservaban el hermoso color de los fuegos de Géminis.
Cerré despacio los párpados marfileños de aquellos ojos azules y besé suavemente aquellos labios rosados que aún tenía cálidos. Luego, con un suspiro, me dispuse a acudir junto a mis compañeros para perecer con ellos. Aun desde allí lejos, oía el fragor del combate, pero sabía que no duraría mucho. Como el enemigo —que suponía era Teodorico Estrabón— no había podido hacerse con el pergamino merced a subterfugios, era evidente que iba a apoderarse de él por la fuerza, y nos había atacado con un contingente capaz de aniquilarnos. Volví a lanzar un suspiro, recordando que había desenvainado por primera vez mi espada precisamente aquella mañana, que ahora iba a empuñarla por última vez y que los hombres de Estrabón, pese a ser detestables traidores, también eran ostrogodos; por lo que la única sangre que iba a derramar mi espada sería sangre de compatriotas.
Pero en aquel momento me detuve. No tenía miedo a morir ni me repugnaba el hecho; era el fin esperado y más honorable para un guerrero. Pero sería inútil morir siendo posible ser más útil con vida a mi rey y a mi pueblo. Daila me había dicho que me alejase con Amalamena para que no se apoderara de ella Estrabón; y es lo que habría sucedido de no haber muerto. Pues de ese modo Estrabón habría logrado lo que quisiera de Teodorico, teniendo a su hermana de rehén, incluso la cesión de todas las concesiones del pactum del emperador Zenón. Afortunadamente, Estrabón no podía ahora valerse de la princesa para tal propósito, pero… ¿y si le hacíamos creer que la había capturado? ¿Una falsa princesa —cautiva, sí, pero cautiva dentro de los círculos más altos del enemigo en su reducto más fuerte— no sería un guerrero más útil que todos los ejércitos acampados ante la plaza fuerte?
Con toda premura me quité coraza y botas y todo lo demás y lo arrojé todo a la maleza cercana a la carruca. Y ya iba a tirar hasta mi valiosa espada, cuando me lo pensé mejor, y me limité a desprenderme del cinturón y la vaina y volví a ensangrentar la hoja, aunque sólo de modo fingido y deplorable, clavando la punta cuidadosamente en la misma herida que el centinela había hecho en el pecho de Amalamena, diciéndola para mis adentros unas palabras de adiós, y hundiéndola hasta la empuñadura.
Me desvestí, dejándome únicamente la faja de las caderas, saqué del arca de la princesa los mejores atavíos y adornos y con un strophion suyo me sujeté los senos para que me quedasen altos, orondos y con un filete de sombra en el centro. Me puse su mejor vestido, un sutil amiculum blanco, me ceñí un cinturón plateado, me puse una fíbula de oro en cada hombro y unas sandalias de cuero sobredorado. Tenía el cabello aplastado por el casco, me lo ahuequé lo más femeninamente que pude, y me habría gustado arreglarme el rostro con cosméticos, pero el fragor del combate cesaba y me contenté con ponerme un poco de esencia de rosas en la garganta, detrás de las orejas, en las muñecas y en los pechos, para ocultar el bromos musarós que impregnaba las ropas de la princesa. Luego, me arrodillé junto al cadáver y, musitando su perdón, desabroché la cadenita de oro con los tres amuletos, se la quité y me la colgué al cuello. Finalmente, me guardé el falso pactum entre los pliegues del vestido y en ese momento llegó el enemigo.
Con un estruendo semejante al del rayo que rasga el cielo, se abrieron violentamente las cortinas de la carruca, al tiempo que el que las había descorrido profería un grito de triunfo. Estaba ante la puerta, manteniéndola abierta con sus musculosos brazos, pero era tan alto que su casco casi rozaba el techo. Siguió lanzando aquel grito bestial y yo instintivamente —sin fingirlo— me aparté intimidado como una auténtica doncella atemorizada. Como llevaba un casco gótico, no podía verle del rostro más que la barba, boca y ojos; era una barba gris-amarillenta que le llegaba hasta el pecho, despeinada e hirsuta como las púas de un erizo; tenía la enorme boca vociferante abierta del todo, con saliva en los labios, y detrás de ellos unos dientes largos y amarillentos casi equinos. Los labios rojos y los ojos sanguinolentos parecían los de una monstruosa rana gigante, y parecían escrutar el interior de la carruca de un rincón a otro sin apenas moverse de tan protuberantes como eran.