Capítulo 1

Como dice el proverbio, todos los caminos conducen a Roma; pero tuvimos que recorrer muchos y transcurriría largo tiempo antes de que llegásemos.

Primero, Teodorico tuvo que ir a Constantinopla, a donde le acompañamos Soas y yo y sus generales Pitzias y Herduico, más un considerable séquito militar de sus mejores tropas, pues fue llamado a aquella ciudad para recibir un señalado honor jamás otorgado por un emperador romano a un extranjero. El emperador Zenón, al conocer la incruenta victoria contra Estrabón, insistió en que Teodorico acudiese a la capital para homenajearle por partida triple: con un triunfo, con el sobrenombre de Flavius y con el consulado imperial de aquel año.

Muchos generales romanos victoriosos habían sido objeto de la celebración popular denominada triunfo, y numerosos ciudadanos romanos, e incluso algunos que no tenían la ciudadanía, habían recibido el nomen gentilicus de Flavius, antepuesto oficialmente a su nombre; igualmente, cada año, se designaba por lo menos a un notable romano cónsul del imperio (y con frecuencia el interesado era capaz de arruinarse por comprar el cargo), pero Teodorico fue el primer godo que recibía los tres honores y al mismo tiempo.

Algunos dirían después que con ello Zenón había sobornado a Teodorico y con buenos resultados, pero en mi opinión fue más bien el medio para ganárselo. Desde que el emperador había reconocido a Teodorico rey de los ostrogodos, nombrándole comandante en jefe imperial de la frontera del Danuvius, mi rey le había servido con lealtad y respeto. Empero, Teodorico había seguido siendo quien era, negándose, por ejemplo, a que Zenón le enviase refuerzos para aplastar la insurrección de Estrabón. Así, ahora, me parecía a mí que Zenón quería estrechar los lazos más allá de la simple avenencia entre señor y subordinado y buscaba establecer una relación más equitativa y amistosa entre hombres.

Y así fue como, junto a Flavius Amalus Theodoricus y escoltado por sus espléndidos jinetes acorazados, tuve el privilegio de cabalgar de nuevo por la vía Egnatia y cruzar la Puerta Dorada de Constantinopla. Bajo los tres arcos de la puerta se agolpaban los senadores, magistrados y prelados del imperio para darnos la bienvenida. Teodorico desmontó del caballo para hacerse coronar con el laurel de manos del patriarca obispo Akakiós, quien le saludó con el título de «Christianorum Nobilissime et Nobilium Christianissime». Los senadores le invistieron la toga picta oro y púrpura y le hicieron obsequio del cetro, tratándole de «patricius» y felicitándole por su cargo de Cónsul Ordinarius de aquel año de 1237 ab urbe condita de Roma, o de 484, según el calendario cristiano. Acto seguido, Teodorico subió a la tradicional cuadriga de forma circular usada exclusivamente para los triunfos y reemprendió la marcha llevando los caballos a paso lento para que el séquito de dignatarios le precediera como guardia de honor.

Yo y mi colega el mariscal Soas cabalgábamos detrás del rey, seguidos por la tropa de guerreros; como constituíamos un contingente impresionante, y no teniendo cautivos ni botín que mostrar, acrecentaban el cortejo columnas de infantería y caballería de la Legio III Cyrenaica de Zenón y varias bandas de música que entonaban marchas militares con tambores y gaitas, desde luego, pero también con otros instrumentos de inusitada variedad, como la trompeta de latón de la infantería, la trompeta de madera y cuero de la caballería ligera, el cuerno retorcido llamado buccina, la trompa que se enrosca al hombro del instrumentista, la trompeta larga llamada tuba y el larguísimo lituus que requiere dos hombres para transportarlo. Marcando marcialmente el paso al son de la música, recorrimos la anchurosa avenida Mese, atiborrada por la multitud que nos gritaba ¡míke!, ¡bépo!, e ¡íde!, mientras los niños nos arrojaban pétalos de flores.

Los ostrogodos desfilábamos revestidos con la coraza de guerra y los adornos habituales, pero era la primera vez que yo veía legionarios romanos de gala; sus atavíos eran muy llamativos y consistían en corazas de cuero de diversos colores y extraños cascos rematados por cimeras de plumas; digo extraños, porque los cascos corrientes protegen el cráneo, la frente, la nariz y las mejillas, y aquellos cascos de desfile cubrían toda la faz y sólo llevaban unos orificios para ver. Los legionarios llevaban también vistosas banderas, estandartes y guiones, y algunos de ellos no eran simples trozos de tela largos, sino de ingeniosas formas a guisa de animales; había banderas dragonadas y cintas multicolores cosidas a largos tubos que, al agitarlos en el aire, se retorcían y ondulaban y hasta silbaban como sierpes.

Al llegar al Forum de Constantino, Zenón nos aguardaba y allí recibió a Teodorico para acompañarle desde la cuadriga hasta un estrado adornado con guirnaldas de flores. El cortejo de infantes, jinetes y músicos continuó girando en torno a la gran columna central del foro para que los dos monarcas pasaran revista a las tropas. Todas las formaciones, conforme desfilaban ante el estrado, gritaban al unísono el «¡Io triumphe!», haciendo el saludo romano del puño en alto o el saludo ostrogodo del brazo derecho estirado. Y los ciudadanos apelotonados en la circunferencia del foro repetían con entusiasmo los gritos de «¡Io triumphe!».

A continuación, Zenón y Teodorico se dirigieron a la iglesia de Hagía Sophía para cumplir otros ritos más píos.

Al salir del templo, Teodorico dio la orden de rompan filas, que repitieron los oficiales de todas las columnas para que infantes, jinetes y músicos deshicieran la formación; luego, de todos los figones de la ciudad surgieron obsonatores con bandejas y fuentes rebosantes de manjares y jarros, aguamaniles y ánforas llenos, y soldados y civiles se entregaron sin reservas al festín, mientras los personajes se encaminaban al Palacio Púrpura para celebrar un banquete más formal y discreto.

Nos condujeron al triclinium más lujoso de palacio, el salón llamado comedor de las Diecinueve Camillas; y, como sólo había diecinueve, únicamente tuvimos acceso los de rango igual al de Soas, el mío y el obispo Akakiós, siendo acomodados los senadores, magistrados y prelados menores en otros comedores. Mientras los elegidos nos reclinábamos y degustábamos pechuga de faisán en salsa de frambuesa y cabrito asado en salsa de garon y bebíamos el más selecto khíos, oí a la esposa de Zenón, la basílissa Ariadna, una mujer robusta de mediana edad pero aún hermosa, dar la enhorabuena a Teodorico por el consulado.

—Incluso la gente común aprueba vuestro nombramiento —dijo—; el pueblo os aclamaba de todo corazón. Debéis sentiros ufano, cónsul.

—Me esforzaré por mantenerme humilde, señora —contestó Teodorico animoso—. Al fin y al cabo, el emperador Calígula propuso en cierta ocasión conceder el consulado a su caballo preferido.

La emperatriz se echó a reír, pero Zenón puso cara de ofendido y un tanto compungido de que sus imperiales honores no hubieran servido para ganarse el afecto fraterno de Teodorico. Pero Zenón no dejaría de cortejarle, y, durante los días y semanas que siguieron, no dejó de hacerle objeto de bondades, de las que, naturalmente, participábamos los acompañantes del rey. Yo, desde luego, estaba más impresionado por las atenciones y deferencias que el propio Teodorico, ya que él había vivido gran parte de su infancia en medio de los esplendores de Constantinopla.

Nos mostraron los tesoros religiosos; un cayado que había pertenecido a Moisés se guardaba allí mismo en palacio, y en la iglesia de Hagía Sophía, además del pozo en el que Jesús había pedido de beber a la Samaritana, se conservaba también la túnica y el ceñidor de la Virgen María. De todos modos, como he dicho, a aquella ciudad fundada por el «Nobilium Christianissime» emperador Constantino no había llegado aún la intolerancia cristiana, y la iglesia de Hagía Sophía estaba rodeada de numerosas estatuas —exactamente 427—, casi todas ellas de personajes paganos como el Apolo Pitio, la Hera de Samos, el Zeus de Olimpia y otros de igual tenor.

En el anfiteatro que daba al bello Propontís, nos entretuvieron toda una tarde con danzas pírricas interpretadas por un numeroso grupo de graciosas doncellas, encarnando no sólo diosas como Venus, Juno y Minerva, sino semidioses como Castor y Pólux, las musas, las gracias y las horas. Lo más sorprendente del espectáculo era el escenario que los artífices del teatro habían dispuesto, ya que en escena aparecía una montaña auténtica con árboles, un riachuelo y cabras pastando, y en ella danzaban alegremente los actores al son de la flauta. Los números de danza representaban una serie de mitos tradicionales y culminaron con la aparición de Paris presentando la manzana de oro a Venus, en cuyo momento, música y danza se hicieron apoteósicos y, lo creáis o no, la montaña sufrió una erupción y del cráter surgió un surtidor de agua que cayó cual lluvia sobre los actores; era un agua con cierto tinte amarillo, quizá de azafrán en polvo, y todo lo que mojaba —danzarines, músicos y cabras— se trocó en oro a la vista de los espectadores, que nos pusimos en pie aplaudiendo y dando gritos de sorpresa y admiración.

Hubo juegos dispuestos en nuestro honor en el hipódromo de la ciudad, la construcción de su género más impresionante del mundo, y en él entramos no por la puerta normal, sino directamente desde palacio a través de la escalera privada que llevaba desde los aposentos oktágones de Zenón a la tribuna imperial que dominaba la vasta arena oval. Se cernía sobre la tribuna una columna de serpientes de bronce entrelazadas que sujetaban un cuenco de oro con fuego; la pista de arena, digna de las altísimas gradas de asientos, medía por lo menos cien pasos en un sentido y cuatrocientos en el otro, y adornaban todo su perímetro enormes obeliscos traídos de Egipto, estatuas de Messana y Panormus, trípodes y pebeteros de Dodona y Delfos y los enormes caballos de bronce traídos del arco de Nerón de Roma. Los concursos de carreras de carros, de caballos, de lucha y pugilismo entre las dos facciones de la ciudad, los azules y los verdes, eran apasionantes y suspendían el ánimo; Teodorico y yo, así como nuestros acompañantes, apostamos mucho, pero aun en las ocasiones en que perdíamos estimábamos que había sido un dinero gracias al cual habíamos visto el mayor hippodrome del mundo.

Cuando no nos invitaban a una fiesta o a un espectáculo o nos enseñaban la ciudad, solíamos sentarnos a conversar con el emperador, con los intérpretes de rigor para que la charla resultase más fácil para todos, y la regábamos con vino de Khíos para hacerla más fluida; yo aguardaba que Zenón abordase el tema de la deposición de Odoacro del trono de Roma o, mejor dicho, que hablase con Teodorico a solas de ello; pero era evidente que no tenía prisa en hacerlo, pues no hablaba más que por alusiones de asuntos del imperio y hacía que los intérpretes tradujesen sus palabras a todos los presentes, sin jamás mencionar a Odoacro.

Recuerdo que una noche dijo pensativo:

—Ya habéis visto los yelmos que llevaban mis legionarios en el desfile del triunfo. Pues no son más que máscaras para mantener la ficción de que las legiones romanas siguen estando formadas totalmente por romanos de tez olivácea, indígenas de la península de Italia; pero esas máscaras ocultan la tez pálida de germanos, la amarillenta de los asiáticos, la atezada de los griegos y hasta la negra de los libios. Hay muy pocos con piel olivácea. Más… papau —añadió, encogiéndose de hombros—, hace ya mucho tiempo que las cosas son así y para qué afligirme, yo, a quien se llama emperador romano y soy griego isaurio.

Vái, Sebastos —gruñó Soas—, los romanos más auténticos son igual que los griegos, si nos remontamos lo bastante en el pasado. Todos los indígenas italianos tienen sangre de albanos, samnitas, celtas, sabinos, etruscos y de griegos que fueron los primeros en establecer colonias en la península.

—Y en tiempos más recientes, también una infusión de sangre germánica —añadió Teodorico—. Y no sólo entre el campesinado, sino entre las clases altas. Hombres como el vándalo Stilikho y los francos Bauto y Arbogasto y el visigodo-suevo Ricimero, una vez famosos en Roma, casaron a sus hijos con vástagos de las mejores familias romanas.

Todos advertimos que Teodorico se había abstenido a tiempo de nombrar al estirio Odoacro, última celebridad germánica.

—Mucho antes de que la península recibiera el nombre de Italia —terció Pitzias— se denominaba Oenotria, la tierra del vino, y se dice que hubo un romano que se enemistó con sus compatriotas y decidió hacerles una mala jugada enviando muestras del vino a los bárbaros germánicos de allende las fronteras, que no lo habían probado, y ellos quedaron tan extasiados que acudieron en horda hacia Oenotria. Y se dice que aquélla fue la primera invasión bárbara en el imperio.

Todos contuvimos la risa, y Zenón dijo:

—Una fábula interesante, y no muy apartada de la verdad. En la antigüedad, los romanos enviaban obsequios a los vándalos y visigodos y otros pueblos allende sus fronteras, y es posible que entre esos regalos se contaran vinos selectos. Naturalmente que el propósito de esos regalos era convencer a los extranjeros para que no cruzaran las fronteras, pero ejercieron el efecto contrario y los extranjeros apreciaron tanto aquellas novedades que quisieron adquirir más. ¿Qué mejor manera que llegarse a Roma y hacerse con ellas?

—Pero, tal como decís, Sebastos —terció Herduico—, eso fue en la antigüedad, y hoy todos los germanos que habitan en el imperio, de Oriente u Occidente, se consideran no ostrogodos, suevos o gépidos, sino ciudadanos romanos, y ven el imperio como algo eterno, inviolable y sagrado, una institución que merece conservarse y por la que harán cuanto sea necesario. Esos ciudadanos son hasta mejores romanos que los indígenas de tez olivácea de Italia.

—Los indígenas de piel olivácea no estarían de acuerdo —replicó Zenón con frialdad— y te diré por qué. Todos esos extranjeros germánicos que has mencionado y todos los que ocuparon cargos en los consejos de Roma, desde Bauto hasta Ricimero, eran paganos o arrianos, y como en el imperio de Occidente la religión oficial y la predominante es la católica cristiana, y esos personajes no lo son, el populacho romano acepta que se encumbren, pero sólo hasta cierto punto y durante cierto tiempo. Bien, amigos invitados, ¿quién desea más vino?

Más tarde, cuando el emperador hubo bebido bastante vino de Khíos y se hubo retirado con sus intérpretes, Teodorico nos comentó:

—Zenón ha insinuado en lo que ha dicho el motivo por el que desea que Odoacro sea derrocado. Porque Odoacro es católico cristiano.

Ja —tronó Herduico—, Odoacro afirma incluso que fue un eremita católico, al que conoció en su juventud, un tal Severino, quien predijo que subiría al trono de Roma.

—Odoacro sigue teniendo por capellán a ese Severino —añadió Pitzias—. Sólo que ahora es san Severino.

—Se dice que el nuevo patriarca obispo de Roma —comentó Soas— ha obtenido la prelatura por haber accedido a santificar al viejo Severino. Ja, ja, ya lo creo que es católico Odoacro.

—Por eso —terció Teodorico—, Zenón teme que Odoacro pueda alcanzar la fama imposible para sus antecesores paganos y arrianos, llegando tal vez a hacerle sombra en la estima popular y en los anales del imperio.

—Y por eso el emperador quiere derrocarle —musitó Soas— y quien le sustituya, además de ser capaz de derrocarle, no ha de ser otro católico cristiano.

—Estrabón reunía esas cualidades —dije yo—. Veterano guerrero, jefe de un pueblo belicoso, y, por ende, arriano. No le habría desagradado al emperador ver a ese despreciable tirano en el trono de Roma; pero ahora cuenta con un candidato con iguales cualidades y muy superior a él, y ése eres tú, cónsul.

—Ni siquiera a cambio de todo el imperio occidental me avendría a ser el peón de Zenón —replicó Teodorico con firmeza—. No aprovecharé la ocasión. Lo que haré será dejarme querer —añadió, sonriendo— y hacer que Zenón me corteje hasta que tenga que pedírmelo de rodillas. Entonces, amigos, veremos qué condiciones ofrece y entre todos decidiremos si nos parecen aceptables.

Transcurrieron meses y el emperador siguió sin decir nada respecto a Odoacro, pero no dejó de obsequiarnos con gran hospitalidad, muy obsequioso. Como Teodorico se mostraba satisfecho luciendo la púrpura y llevando la vida despreocupada de un hedonista, y como para eso no necesitaba ayuda, yo le pedí que me dejase emprender un viaje.

—Ya que estoy en el imperio de Oriente —le dije—, me gustaría ir algo más lejos de Constantinopla.

—Claro, claro, Thorn —me contestó magnánimo—. Si tuviese necesidad de ti, enviaría un mensajero a buscarte.

Así, un barquero de palacio nos trasladó a mí y a Velox desde el puerto del Boukóleon por el Propontís hasta Chrysopolis en la orilla opuesta; es decir, que pasé del continente de Europa al de Asia. No me aparté mucho de las llanuras y playas costeras, viajando al albur, tranquilo y casi sin tropiezos. Con ciudades y pueblos no muy distantes, buenas vías romanas que los unen y un confortable pandokheíon griego en casi todas las poblaciones, no hay riesgos ni inconvenientes en el viaje. Además, el clima era suave como en el Mediterráneo y, como avanzaba en dirección sur, apenas noté el cambio del otoño al invierno y la llegada de la primavera.

Primero crucé la región situada al sur del Propontís que habitan los misios; en otros tiempos, estas gentes eran muy belicosas, pero con el tiempo sufrieron tantas derrotas y se vieron tan oprimidos, que renunciaron a su belicosidad y, efectivamente, tal es su decadencia que actualmente viven principalmente contratándose para hacer de plañideros en los funerales, ya que por su triste historia y melancólico legado son capaces de derramar espontáneamente copiosas lágrimas por difuntos que no son de su parentela.

En la costa del Egeo vi muchas poblaciones que con toda evidencia habían sido más populosas y prósperas en tiempos pretéritos; Esmirna era Esmirna desde los más remotos orígenes de la historia de la humanidad y sigue siendo un importante puerto, pero su esplendor ya ha pasado. Assos no es más que una ciudad rústica, pero debe haber sido una urbe poderosa en sus tiempos, pues en sus terrazas terraplenadas de las laderas se ven imponentes construcciones —teatro, agora, baños— solitarias, descuidadas y en ruinas. En Pérgamo, Éfeso y Mileto quedan ruinas de templos, termas y bibliotecas que nunca más volverán a usarse pero que perdurarán eternamente, pues aún conservaban muchos de sus elementos —columnas, arcos, pórticos, frontones— en el asentamiento de roca.

En Esmirna vi camellos por primera vez; incluso bebí su leche, aunque no la recomiendo encarecidamente; en el campo vi también otros animales desconocidos, como chacales y hienas, y en cierta ocasión (creo, pero no estoy seguro) atisbé un leopardo. En Mileto vi el Meandro, un río serpenteante que se dice inspiró a Dédalo el impenetrable Laberinto.

Tomé un barco desde el continente hasta la isla de Kos, en donde se hacen las mejores prendas de algodón y se produce el mejor tinte de púrpura; las mujeres de la isla se muestran tan orgullosas de sus artículos, que los lucen a diario en las labores más corrientes y en sus paseos; para ello, una mujer debe sentirse también orgullosa de su cuerpo, pues una estola o una túnica de aquel algodón son de transparencia escandalosa. Compré tinte de púrpura y prendas de algodón para el vestuario de Veleda, aunque no pensara ponérmelas en público y mostrar desvergonzadamente el cuerpo como hacen las mujeres de Kos.

Desde un promontorio muy al sur del continente embarqué hacia la isla de Ródhos para contemplar los restos del célebre coloso, una gigantesca estatua de bronce de Apolo que, hasta que fue derribada por un terremoto hace casi siete siglos, se erguía ante el puerto, dando la bienvenida a los navíos, y que se dice tenía la altura equivalente a veinte hombres; y lo creo, porque el pulgar apenas pude abarcarlo con los dos brazos, y dentro del deformado torso podía verse la escalera de caracol que otrora ascendían los visitantes para mirar el Egeo por los ojos del dios. El coloso, para quien estaba en tierra o en el mar, debía aparecer más alto de lo que era. Antes de este monumento, los escultores hacían las estatuas de tamaño natural, conservando las proporciones humanas, con arreglo a la altura de siete veces y media la cabeza, pero aquel Apolo lo fundieron artistas que habían aprendido a hacer la figura humana en la proporción de ocho o nueve cabezas, y hasta diez, para así darle una prestancia más heroica y airosa. Por eso desde entonces a las estatuas —tanto de dioses, como de hombres y mujeres— se les da esa proporción.

Ya hacía tiempo que había salido del Palacio Púrpura, pero iba dejando un rastro claro, dando mi nombre y título en donde me hospedaba, sin que hubiese recibido ningún mensajero; por lo que supuse que Teodorico no me necesitaba. Por lo tanto, cuando por fin encaminé a Velox de nuevo hacia Constantinopla, proseguí mi viaje tranquilamente, deteniéndome tan sólo cuando hallaba algo de interés.

En Milasa pregunté con presunción a un sacerdote:

—¿Pero qué diablos es lo que representa ese montón de basura?

Parecía una especie de altar, detrás de una iglesia. La propia iglesia no era más que un montón de ladrillos de adobe con techado de cañizo y el pegote de atrás no la mejoraba en nada; el altar, si es que eso era, había sido en origen un árbol, pero lo había abrasado un rayo y estaba muerto y sin hojas; tenía el tronco partido y la mitad que estaba en tierra tenía la superficie tan lisa como un facistol. Y para que lo pareciera, lo habían llenado de pergaminos desplegados, habían puesto unos falsos copones, un cáliz deslustrado, una bandeja a guisa de patena y un trozo de madera toscamente labrado que parecía una custodia. Detrás del extraño facistol había apoyado un estrafalario muñeco de paja con burdo hábito de arpillera y estola blanca; la otra mitad del árbol que se mantenía en pie conservaba las ramas y de ellas colgaban instrumentos musicales; había arpas sin cuerdas, tamborcillos con la piel desgarrada, timbales abollados, trompetas dobladas, todos ellos viejos y estropeados y que el viento hacía sonar y tintinear siniestramente. Por más esfuerzos que hacía, no lograba hallar nada en las Sagradas Escrituras que hiciera referencia a tan curiosa acumulación.

—¿No te lo imaginas, peregrino? —dijo el sacerdote, sonriendo ufano.

—¿Es alguna burla?

Oukh, en absoluto. Todos los peregrinos cristianos se paran, como tú, a preguntar. Y casi todos se quedan a admirarlo y a adorarlo.

—¿Adoran ese… revoltijo?

—Y, al hacer un alto, gastan más dinero en comida y en hospedaje en Mylasa, hacen ofrendas a nuestra humilde iglesia, dan limosna y hasta compran cachivaches de recuerdo bendecidos por nuestro obispo Spódos, como esta flauta de caña en miniatura. Cómprame una.

Me negué, diciendo que no era peregrino ni cristiano ortodoxo y añadí:

—Veo que esa figura representa un sacerdote, pero ¿qué significan los instrumentos de música?

El sacerdote, viendo que no iba a sacar beneficio de mí, no tuvo inconveniente en explicármelo y me lo dijo sin el menor recato.

—Lejos de aquí, al Este, está el monte Ararat, donde se posó el arca de Noé al acabar el diluvio. Y cerca de ese monte hay una iglesia cristiana muy parecida a ésta. La emprendedora congregación que allí habita ha construido una réplica del arca de Noé, a la que incluso han puesto enormes anclas de piedra. Los peregrinos cristianos acuden por doquier en manadas a admirar y adorar el artilugio y a enriquecer a la iglesia que lo ha construido. En toda esta región de Asia hay muchas copias de objetos bíblicos.

—Perdona, tata, pero ¿qué tiene eso que ver con ese árbol recargado?

Con un amplio gesto, el sacerdote prosiguió:

—Fue en estas tierras en donde san Pablo llevó a cabo muchos de sus viajes apostólicos, y, estudiando su vida y escritos, hemos seleccionado un inspirado pasaje y… ahí lo tienes —añadió con ademán triunfante, señalando el altar—. ¡Ahora los peregrinos acuden a rezar en el lugar en que predicó san Pablo!

Como puse cara de perplejidad, el sacerdote añadió un tanto enojado:

—¿Pues qué? No hay pruebas de que no predicase aquí.

—Perdona mi terquedad, tata, pero sigo sin entenderlo. Todos esos instrumentos de música… No recuerdo ningún pasaje de la Biblia en el que se diga que san Pablo tuviera afición por la música…

—¡Ouá! —exclamó él, con auténtica fruición—. ¡Somos demasiado listos para ti! Pero, claro, has confesado que no eres cristiano; si lo fueses, sabrías que en tiempos de san Pablo los cristianos eran muy dados a caer en trance y éxtasis y a balbucir incoherencias, requiriendo la inspiración divina. Era, naturalmente, muy poco cristiano imitar el comportamiento de los detestables oráculos paganos que siempre daban sus absurdas profecías «en lenguas», como decían ellos. Por eso, san Pablo, ansiando acabar con la costumbre…

—¡Un momento, un momento! —le interrumpí yo, riendo, al darme cuenta de lo que quería decir—. Ya recuerdo el pasaje en que dice a los corintios: «Si yo os hablara en lenguas…».

—¡Exacto! —cloqueó el sacerdote—. «Como la flauta o la cítara…». Pues bien, ahí tienes. Trompetas, cítaras, tambores y todos los instrumentos que hacen ruidos absurdos. Y detrás del facistol está san Pablo, lo mejor que hemos sabido representarlo, predicando sus consejos. «… Prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento… que diez mil palabras en lengua desconocida».

Di las gracias al sacerdote por su meridiana explicación y proferí fingidas exclamaciones de admiración, deseándole a él y a su iglesia buenos beneficios por el esfuerzo, y seguí mi camino, meneando la cabeza sonriente y maravillado.

Cuando llegué a Constantinopla, me presenté inmediatamente, por supuesto, a Teodorico, a quien hallé en sus aposentos con una preciosa doncella khazar en las rodillas y muy entretenido. Pero el mariscal Soas y los generales Pitzias y Herduico, que también estaban allí, se mostraban tristes y aburridos, y me dirigieron una simple inclinación de cabeza a guisa de saludo, como señal de que desaprobaban el comportamiento del rey.

—La víctima no era un simple paria —dijo Herduico.

—Es un abuso a la hospitalidad, un deshonor a vuestro cargo y un insulto al emperador —añadió Pitzias.

—Zenón debe estar atónito y furioso por la ofensa —barbotó Soas.

Pero Teodorico me saludó alborozado.

—¡Háils, saio Thorn! Llegas a tiempo de verme convicto y condenado.

—¿Qué? ¿Por qué?

Aj, por nada importante. Esta mañana he cometido un leve homicidio.