Capítulo 3
Aprendí que la gente de la clase alta y poderosa de Vindobona era extremadamente selectivas con las personas que admitían en sus círculos íntimos. Y en ese aspecto, todos los personajes poderosos e importantes que conocí en el imperio eran iguales; cualquier aspirante a acceder a la clase social alta ha de ser algo más que social, atractivo y respetable. En cierta ocasión el herizogo de Vindobona afirmó lo siguiente:
—La respetabilidad no es más que una virtud que hasta los villanos pueden obtener, pero la dignidad es algo esplendoroso que sólo se da en personas que se han distinguido, en la guerra, en las letras, al servicio del imperio, y esa dignidad no merma porque a veces dejen de conducirse del modo convencional, estrecho de miras y santurrón que se llama respetabilidad.
Tampoco la posesión de riquezas era condición suficiente para ser admitido entre las clases altas, porque incluso hombres que habían sido esclavos llegaban a amasar fortunas; entre los patricios, las familias que debían su fortuna al hecho de poseer tierras, eran las mejor consideradas, y, aunque los negocios y el comercio solían considerarse con desprecio, la siguiente capa social la constituían las familias que habían hecho fortuna gracias al comercio a gran escala, en el sentido de que ellos o sus antepasados habían sido negociantes que importaban o exportaban productos en cantidad masiva; las familias de simples mercaderes, cuyo negocio consistía en la propiedad de tiendas o almacenes —independientemente de que se hubiesen dedicado a ello durante generaciones y se hubiesen construido palacios— no eran consideradas dignas del trato con los anteriores. Y la clase más despreciada de la ciudad la formaban todos aquellos que se dedicaban a trabajos manuales, herreros, artesanos y menestrales, desde luego, pero también orfebres, pintores artísticos, mosaicistas y escultores, considerados poco más que los tenaces campesinos.
No es que quiera decir que la riqueza constituyese objeto de desprecio, o se la considerase como algo que debiera ocultarse; no, si uno poseía las cualidades de distinción, dignidad y posición necesarias para acceder a los círculos de los grandes. Era igualmente esencial tener dinero para mantener un estilo también aceptable. De todos los recién llegados a esos círculos selectos, los mejor recibidos eran los hombres o mujeres elegantes, ricos, solteros y sin hijos. Ello se debía a que el individuo en cuestión, si era joven, podía casarse y así aumentar la riqueza del cónyuge; si el recién llegado era demasiado viejo pero no tenía herederos, cabía la posibilidad de que a algún retoño de los patricios de la localidad lo hiciese hijo adoptivo y heredase su fortuna.
Las familias de Vindobona con grandes fortunas no se recataban en mostrarla y muchas vivían en ostentosas villas estilo romano y hasta el terreno que rodeaba sus moradas estaba cuidado con arreglo a sus gustos peculiares; y, aparte de jardines, tenían enramadas y arbustos y setos recortados —al estilo llamado mattiano— dándoles forma de dioses, animales y hornacinas, las cuales adornaban, además, con estatuas de dioses y sobre todo de sus antepasados ilustres, que solían ser de costoso bronce o mármol, pero igual habría dado que las hicieran en madera corriente, porque, aun siendo de un material tan caro, estaban recubiertas de costosísimo pan de oro. El interior de las casas estaba adornado con mosaicos y murales y muchos muebles eran de marfil y maderas exóticas olorosas, y los suelos eran mosaicos de intrincadas figuras geométricas.
En algunas villas ocupaba un espacio destacado, en el que su ufano propietario pudiera consultarla a menudo, una clepsidra egipcia, que es una máquina que señala las horas del día, indicando la hora del prandium, el descanso de la sexta, la de la cena, etcétera y las horas de la noche, pues no depende del sol, sino que funciona con un mecanismo de agua.
Los de clase alta gustaban de mostrar su diferencia entre el vulgo tanto como en sus círculos cerrados; mujeres y hombres se exhibían en público con prendas bordadas en rojo o verde u otro color en consonancia con su rango, y se sentían frecuentemente en la necesidad «casual» de abrirse la capa o el manto para que los viandantes viesen su casaca, su camisa o sus calzones de brillante seda. En las contadas ocasiones en que una mujer patricia iba a pie a algún sitio, llevaba siempre un umbraculum sobre la cabeza —o se lo llevaba un criado— para resguardar su delicada piel del sol o la lluvia, del viento o la nieve. Sin embargo, lo más frecuente era que la portasen en una silla para hacerse notar, o en una litera, si quería guardar el anonimato. Y si tenía que emprender un largo viaje, lo hacía en un vehículo tirado por caballos llamado curruca dormitaría, un resistente carromato cuadrado y cerrado, con cuatro ruedas, en el que podía tumbarse y dormir.
Gran parte del dinero que aquella gente gastaba en comodidades y adornos estaba destinado a comprar o alquilar servidumbre; aparte de los mayordomos, jardineros, mozos de cuadra, cocineros y camareras que normalmente tenían en sus mansiones, había otros servidores de cuyas tareas —e incluso de sus títulos— yo nunca había oído hablar. El dueño de la casa tenía su nomenclátor, que iba a todas partes con él para musitarle los nombres de los personajes que pudiera tropezarse en la calle; la señora tenía su ornatrix, cuya exclusiva encomienda era ayudarla a vestirse, peinarla y pintarle la cara; el vástago de la familia tenía su adversator para acompañarle a casa después de las francachelas, avisándole de los obstáculos del camino para evitar que la ebriedad le hiciera tropezar. El prefectus Maecius disponía incluso de un sirviente de fuera, llamado phasianarius, cuyo cometido era cuidar y alimentar a una bandada de aves exóticas de su amo, descendientes todas ellas de la especie salvaje que Wyrd me había dicho se llama faisán, pero cuyo verdadero nombre el praefectus me dijo era «ave fasiánidas» por proceder del río Fasis de la remota Cólquida.
Todos esos sirvientes encargados de tareas concretas eran casi tan altivos como sus amos, envanecidos por sus particulares empleos y títulos, y se negaban a hacer cualquier cosa que no estuviera relacionada con sus deberes. Una ornatrix, por ejemplo, habría renunciado a su empleo antes que consentir en hacer un recado, porque eso era obligación de la humilde pedisequa; recuerdo que en cierta ocasión, en que me habían invitado a cenar en una villa, yo creí que hacía un cumplido a uno de los mayordomos de cocina que había ayudado a preparar la comida y me dirigí a él, tratándole de «mi buen cocinero», pero el me interpeló fríamente, diciendo: —Excusadme, illustrissimus, pero yo no soy un cocinero corriente, que va a comprar los alimentos al mercado. Soy el obsomator de mi amo, sólo compro a proveedores exclusivos y únicamente preparo primores y exquisiteces.
Además, parece ser que aquellos domésticos recibían y conservaban el título y honores hasta en la ultratumba, porque en el cementerio de los legionarios de la fortaleza vi la lápida de un tal Tryphon que había sido tabularius del legatus Balburius y en la piedra se afirmaba que había sido pariator, lo que yo juzgo como máximo elogio en el epitafio de un tenedor de libros, pues significaba que, al morir Tryphon, al sumar los libros de ingresos y gastos cuadraban perfectamente.
Huelga decir que yo no podía alardear de ninguno de los atributos y cualidades que he señalado como imprescindibles para ser admitido en los altos círculos de Vindobona. Yo no tenía familia, ni menos aún, era de eminente linaje; no era terrateniente ni negociante, y nunca me había distinguido en la guerra, en las letras ni en ningún servicio al imperio. El único «sirviente» que había tenido en mi vida se había marchado; y tenía algo de dinero, pero en modo alguno una fortuna. Verdaderamente, el único atributo que poseía era la audacia, pero no dejaba de sorprenderme el modo en que seguía favoreciéndome.
Todos me conocían por el nombre que Thiuda había inventado, Thornareikhs (o, más habitualmente, Tornaricus), y todos parecían aceptarlo como evidencia de que procedía de una buena familia goda. Cuando la conversación lo propiciaba, solía mencionar como quien no quiere la cosa «mis tierras» y eso bastaba para persuadir a mis interlocutores de que era propietario de tierras en alguna parte. El praefectus Maecius había ya afirmado que dirigía no sé que grupo de agentes secretos, y de ello se concluía que poseía conocimientos privilegiados sobre todo lo que sucedía en el imperio; esa ficción se difundió debidamente y la coincidencia de la erupción del Vesuvius me otorgó una inmerecida fama de vidente, que me dio una «distinción» que no habría adquirido en otras circunstancias. Como tenía suficiente dinero para vestir bien, alojarme en el mejor deversorium de la ciudad y pagar una ronda siempre que con otros jóvenes íbamos a una taberna —y como nunca me quejaba, como muchos realmente pudientes, de gastos, impuestos y sueldos— se me atribuyó más dinero del que tenía. Y lo más importante de todo, es que era un joven soltero, sin hijos y, según decían, bien parecido y apuesto.
Naturalmente, me había embarcado en aquella impostura con una ventaja intangible pero manifiesta: una formación superior a la de los hijos de personajes como Maecius y Sunnja; y, en mis viajes, había adquirido experiencia y aplomo, y ahora en Vindobona, en banquetes y reuniones, me cuidaba bien de imitar los modales de mis mayores, refinando mi comportamiento. Había aprendido a mezclar el vino con agua y a perfumarlo con canela en polvo y en rama y a beberme esa pócima sin torcer el gesto ni proferir una de las maldiciones de Wyrd; aprendí a referirme con desdén a los villanos llamándoles la plebecula; aprendí a llamar a las puertas al estilo vigente entre los romanos con un leve golpecito de sandalia en vez de con los nudillos, y he de confesar que se me presentaban muchas ocasiones de llamar a puertas cerradas y hacerlo del modo más discreto.
Las muchachas y mujeres de alta sociedad, al igual que los hombres, aceptaban sin ambages mi impostura; y las hembras —viudas, casadas y solteras— parecían aún más intrigadas que los varones por mi fama de omnisciencia. En cualquier caso, aprovechaban toda ocasión para conocerme, para que les fuera presentado y entablar conversación conmigo; circunstancia que no tardó en revelarme algo sobre mí mismo en lo que nunca había dado en reparar. Para mi gran sorpresa, descubrí que hacía más fácilmente amistad con las mujeres que con los hombres; no me refiero a breves episodios de galanteo recíproco o historias de amor apasionadas, sino estrechas relaciones, incluyesen o no implicaciones románticas o eróticas. Y poco a poco comprendí por qué era más afortunado al respecto que otros hombres: por la sencilla razón de que el hombre y la mujer se ven recíprocamente distintos.
Tal como es la vida, a los hombres se les considera en general superiores a la mujer, por lo que es lógico que cualquiera de ellos considere a las mujeres un simple criado para su uso y comodidad; ese varón corriente —sea feo, viejo, ignorante, tonto, tullido o pobre— ve a todas las mujeres existentes como seres disponibles para sus deseos; aunque la mujer sea noble y él el más humilde de los esclavos, está convencido de que, si lo desea, puede cortejarla y poseerla, o raptarla y violarla, por el solo hecho de que ella es hembra y él macho. Bien, a mí también se me habían inculcado las actitudes que se consideran correctas y naturales; era por naturaleza hombre a medias y casi toda mi vida había vivido como hombre en compañía de otros hombres. Ahora, ya adulto, no era inmune a los encantos de una mujer hermosa ni adolecía del deseo de poseerla; por otra parte, no podía considerar a las hembras inferiores o subordinadas a mi persona, porque yo también era mujer en parte. Pero aun encarnando al varón y actuando y pensando como otros hombres, sintiéndome tan varonil como ellos y dedicándome a ocupaciones estrictamente masculinas, no por ello quedaba totalmente anulada mi naturaleza de mujer.
La mayoría de mujeres que había conocido hasta entonces eran esclavas campesinas o pusilánimes monjas, con notables excepciones —la hermana Deidamia, la valiente Placidia, o la vivaracha Livia— o perversas viragos como domina Aetherea o la clarissima Robeya, mientras que ahora trataba con mujeres de buena cuna con cierta libertad de costumbres, inteligentes y cultas —algunas incluso sabían leer y escribir— y así pude observar el modo de actuar de unas hembras cuyo espíritu no estaba doblegado por toda una vida de trabajo o religiosidad y que no se habían maleado por una ambición desmedida; y convine en que sus ideas y sentimientos eran iguales a los míos cuando mi naturaleza femenina era manifiesta.
Aunque el hombre, la tradición, las leyes y el dogma religioso afirman que la mujer no es más que un mero receptáculo, ella se sabe algo más; y por eso no considera al hombre un simple fascinum destinado a llenarla; ella mira al hombre de un modo distinto a como el hombre la mira a ella. El hombre lo primero que percibe es la hermosura deseable, mientras que la mujer procura penetrar en lo que hay bajo la superficie del varón. Yo lo sé, porque así era como yo consideraba a Gudinando.
Las mujeres de Vindobona debieron sentirse atraídas hacia mí, en principio, por curiosidad ante el extranjero Thornareikhs y su supuesto conocimiento misterioso de muchos asuntos, pero me asediaban y buscaban mi compañía por un motivo más sencillo: porque yo no las consideraba ni las trataba como un hombre cualquiera; yo me comportaba con ellas igual que a mí, en mi encarnación femenina, me gustaba que me tratasen los hombres. Así de simple. Muchas mujeres y muchachas se hicieron amigas mías, muchas manifestaron sus deseos de llegar a mayor intimidad y algunas lo consiguieron.
Imagino que cualquier hombre, puesto a elegir en tan abundante jardín, habría escogido únicamente las flores mejores y más hermosas. Pero yo veía por debajo de la superficie y elegí a las que me gustaban, independientemente de su edad y belleza; sí, algunas eran hermosas, pero no todas; algunas eran doncellas apenas núbiles de las que fui el primer amante, enseñándolas cariñosamente, y creo que les enseñé bien. Hubo casadas ya maduras, pero ninguna mujer es demasiado vieja para deleitarse en los placeres carnales; y algunas de éstas me enseñaron a mí.
La primera invitación inequívocamente amorosa de que fui objeto —aceptándola— vino de una dama de alcurnia a la que llamaré Dona. Diré que ésta era una mujer hermosa con ojos de color violeta, pero no daré detalles que puedan revelar su verdadera identidad.
Fui a sus aposentos con impaciencia aquella noche, aunque también algo preocupado. Incluso desvestirme ante ella me causó cierta turbación —no por mi miembro viril que ya era un ardoroso fascinum— ni por mis senos de adolescente, porque constriñendo expresamente los músculos pectorales podía disimularlos. Era porque aún no tenía más que el vello púbico y el de las axilas y temía que Dona encontrase extraño la carencia de vello en el tórax, las piernas y los brazos y la ausencia de barba.
Pero no debía haberme preocupado, porque ella se desvistió alegremente, quedándose con una sola prenda como imponía la modestia femenina, pero con gran desenvoltura, y lo único que se dejó fue una cadenita de oro en su esbelta cintura. Y vi que Dona tampoco tenía pelo, con excepción de las negras trenzas. Por su parte, se mostró sorprendida de que yo no fuese tan lampiño como ella, y así aprendí otra cosa: que era costumbre de las clases altas romanas la depilación completa de hombres y mujeres.
—Hacemos lo posible por no parecemos a esos bárbaros salvajes tan peludos como las pieles que visten —me dijo Dona, como una niña tímida—. ¿Por qué motivo no te depilas esos tres sitios, Torn querido?
—Es una costumbre de mi país; allí se considera adorno. Además, el vello me sirve para ocultar la falta de escroto y testículos.
—Alius alia vía —dijo Dona, cambiando de tema—. Eres un joven muy atractivo —añadió, mirándome de arriba a abajo—. Esa pequeña cicatriz de la ceja es para comérsela, pero esa otra grande del brazo rompe la perfección de tu cuerpo. ¿A qué se debe?
—Es cosa de una dama —mentí yo—, que una noche, en su arrebato, no pudo contener su ardiente deseo y quiso degustarme.
—¡Eaux! —exclamó Dona, con ojos brillantes de gata—. Ya me has excitado, Torn —y se estiró como un felino en su mullido y espacioso lecho.
Y llegó el momento que más me preocupaba, porque yo no había copulado más que con una sola mujer y con falsos pretextos; y aunque aquella noche no haría con Dona nada que no hubiese hecho tiempo atrás con Deidamia, por aquel entonces yo era la hermana Thorn y me creía totalmente mujer. Ahora haría lo mismo como un varón, y con fruición, igual que Gudinando lo había hecho con Juhiza.
Así, cuando nos estrechamos apasionadamente, descubrí que, al menos en algún recoveco de mi interior —no sé cómo explicarlo— recordaba el modo en que yo había orientado a Gudinando para que usara de los dedos, los labios y el fascinum; y al mismo tiempo, para bien de Dona, recordaba también las atenciones concretas que más habían complacido a Deidamia y a Juhiza. Afortunadamente, esta rememoración no obstaculizó mi comportamiento como varón ni en modo alguno inhibió mi virilidad. Fui tan incansable como lo había sido Gudinando, y Dona respondió con la misma fruición e insaciabilidad con que había correspondido Juhiza.
Además, mientras ella y yo nos deleitábamos con mi masculinidad, yo volvía a tener la sensación de que éramos varias personas al mismo tiempo: Thornareikhs y Dona, Juhiza y Gudinando, la hermana Thorn y la hermana Deidamia, activas y pasivas, el penetrador y la penetrada, el dador y el receptor. Como había sucedido anteriormente, aquella sensación mía de que ambos éramos una mezcla de varias personalidades, de doble sexo y de funciones ambivalentes y alternantes, procuró a mi gozo una indescriptible intensidad suplementaria. Y creo que a Dona también debió procurarle algo, a pesar de que es muy posible que no fuese capaz de compartir esa sensación de una multiplicidad sobrehumana.
En cualquier caso, cuando por fin pudo hablar coherentemente, dijo jadeante de gozo:
—¡Macte virtute! Te recomendaré a mis amigas —añadió sonriente.
—Muy amable —añadí yo con solemne sorna—. Pero no creo que sea necesario, porque ya hay unas cuantas que se han mostrado predispuestas…
—¡Eheu! ¡Calla, fanfarrón! A ver si te ves obligado a más compromisos de los que puedes aceptar. Te voy a contar la historia de un hombre que tenía dos amantes exageradamente posesivas. Una era una dama guapa pero mayor y la otra, una joven muy virtuosa. ¿Adivinas lo que le sucedió?
—Dona, ¿es algún enigma? Me imagino que viviría feliz para siempre.
—Ni mucho menos. Se quedó calvo muy pronto.
—No lo entiendo. Incluso un… ejercicio excesivo no motiva calvicie en un hombre.
—Ya te he dicho que sus dos amantes eran exageradamente posesivas. La mayor le arrancaba los pelos negros y la joven los pelos grises.
Dicho lo cual, se echó a reír. Dona era la clase de persona alegre y risueña, y su precioso cuerpo se agitaba tan tentador, que de inmediato hallé motivo para dejar de charlar.
No daré más detalles de nuestro encuentro ni de otros sucesivos, ni de otras ocasiones con mujeres y muchachas de Vindobona, pero puedo afirmar que no me quedé calvo. Y así continué durante unos meses, disfrutando de ser Thornareikhs y sin dejar de ver, aprender y experimentar cosas nuevas.
En diciembre, participé —con otras personas de la ciudad, desde el herizogo hasta el más humilde esclavo— en la celebración de los siete días de saturnalia. Las mejores familias daban en sus mansiones fiestas suntuosas que se prolongaban hasta el amanecer, y, aunque comenzaban con rígido formalismo, conforme discurrían las horas iban degenerando en ebriedad e indecencia.
La más notable de las que asistí fue la que dio el legatus Balburius a la legión Gemina. Como la principal excusa para las saturnalia es el ascenso del sol de su posición mas baja invernal, como el dios Mitra es para sus fieles el Deus Solis y como todos los soldados romanos siguen adorando a Mitra, la tropa celebraba la fiesta con auténticas orgías.
Estaba yo merodeando por uno de los barracones de la fortaleza, viendo la jarana de los soldados con las prostitutas que habían venido de los barrios bajos de la ciudad, cuando me abordó un decurio bastante borracho; me pasó el brazo por los hombros y se puso a exhortarme para que abandonase mi religión, sin preocuparse cuál era, y me convirtiese al mitracismo.
—Tendrás que comenzar, naturalmente, por uno de los grados de prueba… hip… de cuervo, secreto o de soldado. Pero luego, con estudio, aplicación y la devoción debida… hip… te iniciarás al grado de león y serás confirmado. Si sigues estudiando y haces buenas acciones, puedes acceder al grado de persa, con lo que puedes aspirar a destino en ciertas legiones… hip… Aquí en la legión Gemina tenemos varios ordenanzas solares, de los que yo tengo el honor de ser uno de ellos. Y lo creas o no… hip… hasta tenemos un mitraísta del grado más superior y codiciado, el Padre. Ni que decir tiene… hip… que es nuestro estimado legatus. Bien, joven Tornaricus, yo estoy dispuesto a patrocinar tu fase de prueba… hip… ¿Qué me dices?
—Lo que te digo es ¡hip! —contesté, haciendo burla—. Decurio, ordenanza del Sol, he conocido muchas personas que deseaban convertir a otros, y todas dicen lo mismo: «Adopta mi Dios, mi religión, mi sacerdocio y mi fe. Y yo les digo, igual que a ti, thags izvis, benigne, eúkharistó, pero con todo respeto declino el ofrecimiento».
Luego, en febrero, se celebraron las lupercalia en la ciudad. Se dice que, en la antigüedad, la fiesta incluía el sacrificio ritual de machos cabríos, partiendo sus pieles en tiras para hacer látigos, pero ahora hace ya eones que las lupercalia es una fiesta insípida; los látigos son de cintas de tela y lo único que subsiste de la antigua ceremonia es el hecho de que unos niños desnudos corren por las calles con los supuestos látigos y las mujeres se interponen a su paso para que las «azoten». Según la superstición, como los látigos se habían hecho con piel de machos cabríos libidinosos, los latigazos curaban la esterilidad femenina o acrecentaban la fertilidad; aparte de eso, las lupercalia no eran más que un pretexto para celebrar fiesta y divertirse.
Después, en marzo, Vindobona y todas las ciudades del imperio tuvieron ocasión de festejo en un día que no estaba marcado con tiza roja en el calendario. La primera semana de aquel mes los mensajeros recorrieron todas las provincias anunciando que un tal Glycerius asumiría la púrpura imperial dieciséis días antes de las calendas de abril; nadie sabía gran cosa del tal Glycerius, salvo que había sido un militar salido del anonimato para hacerse cargo provisional del imperio tras las muertes casi simultáneas del emperador Antemio y del déspota Ricimero. Ahora iban a investirle emperador y se instaba a todos los ciudadanos romanos a celebrar su ascensión al trono aquel día de marzo, deseando al nuevo emperador «¡Salve atque flore!». Sería un desconocido sin importancia, pero en Vindobona bastaba cualquier pretexto para celebrar un convivium y, como era un festejo oficial, aun por delegación, todas las mujeres que acudieron a los actos vestían la estola y los hombres la toga. Yo me alegré de que mi sastre hubiera insistido en que me hiciera una.
No obstante, en honor a la verdad, empezaba a cansarme de aquella vida que era un continuo ajetreo de reuniones y festejos sociales, en los que siempre veía a la misma gente, y en la que únicamente ocupaba mis días en lo que esa misma gente denominaba «tejer la tela de Penélope».
Así, decidí que ya había aprendido cuanto podía de aquella gente en cuanto a modales, conveniencias y preocupaciones de las clases altas; tanto su conducta como sus conversaciones me parecían de lo más artificial, afectadas y triviales.
Quería hacer amistades entre gente menos refinada pero quizá más auténtica. De los amigos varones que había tenido hasta entonces, el mejor de ellos, el viejo cazador Wyrd, había comenzado su vida como soldado raso en las colonias, y Gudinando, mi otro mejor amigo, casi de mi misma edad, procedía del estrato social más bajo; esperaba, pues, que descendiendo otra vez a esos niveles pudiese encontrar gente de buen carácter con quien entablar amistad.
Aj, no pensaba desvincularme totalmente de los círculos selectos de Vindobona, pues no me encontraba hastiado de la amistad íntima de las muchas mujeres que conocía. Y, además, no podía dar un simple salto hacia la clase baja de la ciudad para congraciarme con la plebe. La plebecula admira, envidia o detesta a sus superiores, pero sabe reconocerlos con certeza, aunque se trate del illustissimus Thornareikhs; lo que me hacía falta era una nueva identidad que pudiera adoptar y abandonar cuando me interesara, y no requería un complicado disfraz; bastaba con que me transformase de hombre en mujer, adoptase un nombre distinto, con ciertos afeites, más las ropas y el donaire de la fémina. Y eso a mí me resultaba más fácil que a nadie.
Necesitaría también otro domicilio para mi otro yo. Y recordé que cuando Thiuda había preguntado por un alojamiento barato, el posadero Amalrico le había indicado la casa de una viuda, y opté por preguntarle dónde estaba.
—¿La casucha de la viuda Dengla? —dijo, con gesto de repugnancia—. Vái, Señoría, ¿para qué queréis ir ahí?
—Es para recoger ciertos mensajes secretos —contesté— y despachar la contestación, pues dispuse con mi criado Thiuda que la casa de la viuda fuese la dirección discreta para establecer contacto.
—Gudisks Himins —musitó Amalrico—. Pues mucho me temo que vuestras comunicaciones hayan dejado de ser secretas, porque esa mujer las habrá abierto para leerlas y divulgarlas, o se habrá servido de ellas para su propia conveniencia.
—Mala opinión tienes de esa Dengla… —comenté, riendo.
—No soy el único, Señoría. En Vindobona son de la misma opinión nobles y villanos. Aparte de robar todo lo que puede, esa viuda es como un hurón que averigua los delicia y peccata de personajes eminentes y les sangra en oro con la amenaza de contar sus secretos. Dicen que se entera de ellos gracias a las más bajas artes de brujería. Lo haga como lo haga, sabe tantas cosas íntimas de magistrados y legisladores, que se ven impotentes para desterrarla de la ciudad y tienen que sufrirla. Bien, espero que haya logrado convenceros para que rehuyáis su compañía.
—Ni llis —respondí, riendo de nuevo—. Has azuzado mi curiosidad. Me gusta conocer cosas nuevas, y ver a un ser tan venal puede ser instructivo.