Capítulo 5
Durante aquellas semanas había llevado a mi habitación en casa de la viuda algunas prendas femeninas más con complementos, de algo mejor calidad que la ropa con que me presenté allí la primera vez; decía siempre que eran compras que hacía con mi «jornal». Así pues, el viernes de la bacanal, cuando me hallaba tan nerviosa como cualquier mujer que va a acudir a un sitio desconocido, le dije a Dengla:
—Supongo que he de ponerme mi mejor vestido.
—Como quieras —contestó ella sin gran énfasis—, pero da igual porque te desvestirás antes de que concluya la noche.
—¿Ah, sí? —dije un tanto alarmada.
—Eheu, no te escandalices. ¿Por qué las chicas de tu calaña os mostráis siempre tan pudibundas cuando se trata de hacer algo distinto a trotar las calles?
—Ya te he dicho, caia Dengla que no soy puta.
—Y yo te he dicho que conmigo no tienes por qué guardar las apariencias. Sé de sobra que no hay un peletero que pueda pagarte un jornal que te permita comprarte ese «mejor vestido». Pero, aunque lo hayas robado, a mí me trae sin cuidado, con tal de que no me lo robes a mí. Yo he adquirido muchos de mis mejores vestidos y otras muchas cosas de valor con el mismo procedimiento. De todos modos, no es necesario que te desvistas durante los ritos, aunque llamarás más la atención y será una desconsideración no hacer como los demás; pero si sigues la costumbre romana, puedes quedarte con una prenda interior. Tampoco es necesario que… participes en los ritos si no quieres. Muchos fieles devotos asisten a los actos como simples observadores y parece que alcanzan un grado elevadísimo de hysteriká zélos simplemente mirando. Bueno, Veleda, si quieres cambiarte, ve ya a hacerlo porque no tardaremos en marcharnos. Melbai ya se ha adelantado para vestirse de sacerdotisa. Recogeremos a los mellizos y los llevaremos bien asidos del brazo para que no se escapen, que esos imbéciles están más asustados que si fuesen corderitos camino de una cueva de lobos.
Yo pensé que «lupa» en latín significa loba, pero se emplea en el habla coloquial con el significado de «mujer lasciva», aunque sea una difamación para los lobos; no era de extrañar que los corderitos tuviesen miedo. Pero me puse mi mejor ropa interior y un amiculum y mi mejor adorno femenino: las cazoletas de bronce que había comprado en Haustaths. Luego, obedientemente, así a uno de los mellizos y los cuatro nos encaminamos al templo de Baco.
El interior estaba, tal como había dicho Dengla, un poco oscuro, con una sola antorcha a cada lado de la amplia nave. Pero se veía lo suficiente y noté que los únicos muebles eran en su mayoría mullidos divanes, quizá unos cuarenta, esparcidos en una amplia zona sobre el suelo de mosaico; había entre ellos grandes floreros con lirios, margaritas y primaveras, todas flores blancas que destacaban en aquella penumbra. También había unos pebeteros en los que ardían piñas en brasa, y recordé lo que en cierta ocasión me había comentado Wyrd sobre las virtudes afrodisíacas de aquel incienso resinoso. Al fondo de la nave, en donde yo pensaba que sería el sitio de un altar o un estrado, no vi más que una inmensa mesa de mármol que habría sido digna de una elegante taberna, pues tenía encima una pirámide de diez toneles de vino con sus correspondientes grifos y una serie de vasos, cubiletes y bandejas llenas de uvas de diversos colores.
—¿Pero de dónde vienen las uvas si aún no estamos en verano? —inquirí, mientras nos sentábamos con los niños en un diván.
—¿Es que no sabes que si se guardan las uvas maduras entre un montón de raíces de rábano se conservan meses enteros? Porque, claro, nosotros tenemos que tener uvas todo el año para consumirlas en honor del dios del vino.
Un grupo de mujeres, sentadas en un diván próximo a la mesa, comenzó a tocar una música suave; a medida que mis ojos se fueron acostumbrando a la tenue luz, vi que una pulsaba una lira, otra agitaba un sistro, otra percutía suavemente un tambor en el regazo, una cuarta soplaba una siringa y la última hacía sonar dulcemente una flauta. Y las cinco estaban desnudas.
Me pareció que había un notable formalismo en las ceremonias báquicas. Ya había bastantes personas cuando llegamos nosotros y siguieron entrando más después, solas y en parejas, aunque casi todas eran mujeres, y habría a lo sumo unos doce hombres. Todos los asistentes, antes de tomar asiento, se dirigían a la mesa y se servían un vaso de vino, haciendo repetidos viajes a los toneles, seguramente por la prisa en que se daban en beber para desembarazarse cuanto antes de su timidez o inhibición. Dengla bebía como la que más, haciendo libar también a los mellizos e instándome a mí a hacerlo. Yo fui a servirme un vaso y volví a llenarlo varias veces por no mostrarme descortés, pero casi todo lo vertía disimuladamente en un florero cercano.
También, por no parecer curiosa, no volví la cabeza a hacia otra parte ni miraba a la gente, pero advertí fácilmente que no todas las bacantes eran de la plebecula, pues, sin necesidad de volverme veía varias mujeres con vestidos elegantes y reconocí a tres de ellas que había visto en banquetes y convites a los que había asistido en mi papel de Thornareikhs; eran mujeres de esa clase que ya he mencionado con desdén: las estúpidas que siempre andan consultando astrólogos. Reconocí también —sin salir de mi asombro— en un viejo muy gordo al praefectus Maecius.
Vaya, me dije, la viuda Dengla no se entera de los secretos de los poderosos con artes de brujería; ninguna necesidad tenía de ello para extorsionarlos, pues le bastaba con amenazar divulgar que Maecius y aquellas damas —y probablemente otras personas que yo no había visto— eran asiduos a las bacanales. Melbai ya me había mencionado una regla rigurosísima de los bacantes: que ninguno de los asistentes a los ritos revelase a nadie la que sucedía en el templo. Puede que Melbai y los demás no lo hicieran, pero yo pensé que Dengla era muy capaz de traicionar su confianza si de su interés se trataba.
Al cabo de un rato, las cinco músicas desnudas dejaron de tocar y cesó el murmullo de las conversaciones y libaciones. Acto seguido, las mujeres volvieron a tocar con más fuerza lo que resultó ser el himno a Baco, una melodía no del todo armónica, sino bastante discordante; se abrió una puerta detrás de la mesa de mármol y sacerdotes y sacerdotisas hicieron su entrada. Una de ellas era Melbai, y todas arrastraban a un cabrito que balaba aterrado. Las bacantes los saludaron al grito de «¡To!», «¡Salve!» y «¡Euo!», más algún que otro «¡Háils!», gritos que estuvieron repitiendo mientras los catorce recorrían el perímetro de la nave. No lo hacían con paso solemne, sino tambaleándose y tropezando como si estuviesen ebrios, a veces a punto de caerse encima de los cabritos.
—Siempre son catorce venerables —dijo Dengla con voz pastosa, acercando su boca a mi oído para hacerse entender por encima del griterío—, porque a Baco niño le criaron las catorces ninfas de Nisa, y, naturalmente, le sacrificamos cabritos, porque el dios detesta las cabras que le comen las viñas.
Los catorce llevaban coronas de hiedra y parra y, sobre los hombros, capas de piel de pantera. Nada más; y una piel de pantera no cubre mucho. Las casi desnudas sacerdotisas no tenían mucho que admirar, al ser de la edad de Melbai y tan feas como ella; había dos sacerdotes eunucos, blancos, gordos y fofos, y el otro debía ser el que se había castrado ya de mayor, porque era muy delgado, pero tan viejo, que yo me pregunté por qué se habría molestado en castrarse. Los venerables que no tiraban de un cabrito enarbolaban en su mano lo que Dengla me dijo que era un tirso, una especie de cetro largo rematado con una pina.
—Ya sé que la pantera es un animal sagrado para Baco —dije en voz alta para hacerme oír por encima de los gritos, los balidos y la música disonante—, pero ¿qué representa la piña?
—Representa el escariado —contestó ella, con un hipido y risita de beoda.
Cuando la procesión de venerables hubo dado la vuelta a la nave, llegando otra vez al altar, trece de ellos se colocaron junto a la pared y el viejo se dirigió con paso decidido hacia la mesa de mármol. Las músicas dejaron de tocar y el griterío de los fieles cesó progresivamente, mientras el sacerdote se servía vino y daba un prolongado trago. Luego, comenzó a recitar algo que supuse sería una invocación o una homilía báquica.
—¡Enoi Bacche! ¡Enoi Bacche! —dijo casi chillando, y continuó perorando casi todo en griego, idioma en el que yo no estaba muy versado, pero, en cualquier caso, el vino entorpecía de tal modo su lengua, que dudo mucho que un griego auténtico le hubiese podido entender. Otras partes del sermón las hizo en un idioma que no acabé de identificar y que debía ser la lengua de los rasa o los egipcios; pronunció una breve frase en latín que me sorprendió bastante por ser de la Biblia, del evangelio de san Lucas, una frase que dijo a voz en grito:
—¡Benditas sean las estériles y los vientres que no han concebido y los pezones que no han dado de mamar!
Debía ser una parte del sermón instando a contestar a los fieles, porque todas las mujeres, Denga incluida, contestaron en diversos idiomas: «¡Así sea!» y «¡Bienaventuradas!».
Tras una cháchara incomprensible, el sacerdote concluyó:
—Ahora a cantar, a bailar, a festejar y a beber más. ¡Euoi!, ¡lo!
Se quitó el manto de pantera, la música estalló en un alegre cántico lidio y el viejo fue el primero en saltar al espacio libre para ponerse a bailar desenfrenadamente agitando como un poseso sus descarnadas extremidades. Los dos eunucos gordos y cinco o seis de las venerables, entre ellas Melbai, se despojaron también de la capa y se pusieron a bailar, dejando a las otras sujetando los atados y aterrados cabritillos que no paraban de balar. Muchos de los adoradores —los más embriagados— se unieron a la danza, haciéndolo tan desenfrenadamente como el viejo y algunos con más gracia, despojándose de una y otra prenda al tiempo que gritaban el nombre del dios «¡Bacchus!», «¡Diónysos!» o «¡Fufluns!», mezclado con chillidos de «¡Io!». y «¡Euoi!».
Dengla se quitó la capa de calle, la dejó en el diván y, sin instarnos a que la acompañásemos, se fue hacia la pista de baile, saltando, corriendo y gritando como el que más. Así, vi que sus piernas eran cortas y gordezuelas y tenía unos pies largos y estrechos que golpeaban el suelo de mosaico como ruidosas manotadas, audibles por encima de aquel pandemónium. Tampoco eran muy atractivos los otros bacantes, pues las mujeres y los pocos hombres serían de la edad de Dengla o más viejos y nada tentadores; salvo Filippus y Robein, era yo la persona más joven, y he de decir, sin falsa modestia, que muchas de las mujeres de los divanes cercanos me miraban, me saludaban con la mano y me hacían guiños.
La luz era muy tenue para que pudiera ver si las danzantes exhibían muestras de excitación sexual —como puede ser la tumescencia de los pezones— pues sus frenéticas contorsiones y alaridos habrían podido interpretarse como locura o como desenfreno de la pasión carnal. Y lo mismo sucedía con los hombres, porque ninguno mostraba el fascinum tumescente; en eso, me bastaba la luz de las antorchas para apreciarlo. El praefectus Maecius, por ejemplo, se había excitado al extremo de despojarse de su dignidad al mismo tiempo que de la ropa, y saltaba torpemente sacudiendo sus protuberancias adiposas, pero lo que le colgaba debajo del bamboleante saco del vientre era, a ojos vista, no mayor que un lóbulo de oreja.
Los danzantes, cuando pasaban junto a la mesa de mármol, cogían de las bandejas unas cuantas uvas o un racimo y dejaban por todas partes pepitas y jugo. Cuando los danzantes sentían sed, abandonaban la pista y acudían a beber más vino; algunos simplemente se tumbaban bajo el tonel y bebían directamente de la espita, por lo que iba formándose un charco en el suelo y todo estaba resbaladizo, y más de uno cayó cuan largo era suscitando las consiguientes risas.
Ya no había ningún hombre en los divanes, pero aún quedaban algunas mujeres sentadas, como yo, que parecían divertirse con el espectáculo, pero también se habían desvestido, aunque tres o cuatro conservaban la ropa interior al estilo romano: un strophion cubriendo los senos, un cinturón y un pequeño taparrabos, y nos lanzaban miradas de reproche a mí y a los mellizos, por lo que me incliné y dije a los niños la frase de san Ambrosio:
—Si fueris Romae, Romano vivito more…
Seguramente no entenderían latín, pero al ver que comenzaba a desvestirme ellos también lo hicieron y se quedaron desnudos. Yo, naturalmente, conservé la faja en las caderas, tapándome el miembro viril. Para ocultar el hecho de ir disfrazado, lucía una lujosa franja de lino fino con cuentas de colores; además, tuve buen cuidado de relajar mis músculos pectorales e inclinarme un poco para que se me notaran lo más posible los escasos senos.
Pero una vez que los mellizos y yo estuvimos desnudos como los demás —los niños permanecían sentados tapándose púdicamente sus partes con las manos— comprobé que ya nadie nos miraba. Todos prestaban atención al altar, donde ahora se llevaba a cabo el único sacrificio ritual a que he asistido en mi vida. Dengla y otras muchas danzantes desnudas cesaron en sus desenfrenados giros y se abalanzaron como enloquecidas sobre los cabritos, y, en medio de gritos de «¡Io Baco!». «¡Euoi Baco!», todas se precipitaban tratando de hacerse con un cabritillo y si lo conseguían —como fue el caso de Dengla— desgarraban con las uñas, a guisa de espolones, el vientre del animalito para sacarle las vísceras, hundiendo el rostro en la horrible carnicería. Cuando dos o más mujeres asían un mismo cabrito, tiraban de las patas para partírselo y los animales lanzaban alaridos más fuertes que ellas, al quedar desmembrados, sin orejas, sin cola y sólo cesaban en sus lamentos cuando les retorcían el pescuezo.
Cuando por fin los catorce cabritos quedaron totalmente despedazados, los venerables recogieron los trozos que las carniceras aquellas no habían devorado y los fueron arrojando por la nave. Algunos bacantes se habían entregado a una danza delirante durante la carnicería sin preocuparse de que les cayera encima un ojo, una costilla o un trozo de intestino, pero la mayoría habían abandonado el baile durante el sacrificio y los que no danzaban se habían levantado de los divanes para unirse a los demás.
Ahora todos juntos se afanaban por hacerse con un trozo de carne —incluso un resto tan irreconocible por haber sido pisoteado o algo tan evidentemente repugnante como un pene— y comérselo felices. Noté que los mellizos hacían una especie de gargarismo y vi que vomitaban convulsos sobre el charco de vino esparcido que llegaba ya hasta nuestro diván.
Si todo aquel desnudismo, la música, los cantos y la danza no habían suscitado gran ardor sexual entre los bacantes, la bestial devoración de carne cruda había logrado el propósito; a los varones se les veía ahora el fascinum enhiesto y comenzaban a emplearlo, aunque no con las mujeres. Maecius asió a uno de los eunucos, un hombre tan obeso como él, y lo tumbó en un diván, donde, sin besos, caricias ni preliminar alguno, se le echó en las enormes nalgas y comenzó a penetrarle per anum; el resto de los hombres hacían igual, y tanto los que estaban arriba como los que se hallaban debajo, se retorcían, gimoteaban y lloriqueaban complacidos, como si sintieran los arrebatos normales de la cópula entre hombre y mujer.
Todo lo que había visto hasta aquel momento de la ceremonia podía haber sido extraído del Satyricon de Petronio, excepción hecha de que no se trataba de actos humorísticos o sardónicos, sino realizados con auténtico fanatismo. No era de extrañar que gente como Maecius pagasen dinero a la extorsionista Dengla, pues él y otros de su alcurnia tenían motivo más que sobrado para no desear que divulgase su asistencia a los ritos báquicos, pero más temor tendría que sentir el praefectus porque se supiera que se avenía a ser lo que los romanos llaman concacatus o «embadurnado de excremento», es decir, un varón que copula con otro; la ley estipula una fuerte multa y castigo por ese delito contra natura, y no cabe duda de que Maecius habría perdido su prominente situación política en Vindobona.
En cuanto a las bacantes, se refocilaban en el mismo acto antinatural. Desde luego que yo me había imaginado que todas eran sórores stuprae, como ahora comprobaba, pero imaginaba que gozaban de un modo cálido, afectuoso e íntimo como habíamos hecho Deidamia y yo cuando creíamos que éramos así; pero éstas no buscaban un placer semejante. Melbai y otras cuantas habían sacado de no sé dónde unos olisbos, atándoselos al vientre. Un olisbos es un fascinum artificial de cuero o madera pulimentada; algunos de los que allí había eran del tamaño y colorido normal del de un varón, pero vi otros de un tamaño exagerado y grotesco, con verrugas o torcidos, y algunos estaban pintados de negro de Etiopía, eran dorados o tenían algún otro extraño color.
Ahora entendía lo que había querido decir Dengla con lo del «escariado», pues las mujeres con olisbos actuaban igual que Maecius con su pasivo compañero, y, sin ningún prolegómeno afectuoso o galanteo, tumbaban a sus compañeras en los divanes, se les echaban encima y las violaban. O quizá «violar» no sea el término correcto, ya que a las agredidas les complacía a ojos vista que las violasen. Melbai estaba penetrando a una de las mujeres de alcurnia que yo había reconocido al entrar y a Dengla la fornicaba una vieja asquerosa, y ni ella ni la clarissima emitían la menor queja.
De hecho, igual que los hombres con sus Ganímedes, las mujeres copulantes se retorcían jadeantes y gemían de gozo. Yo comprendía, aunque no del todo, que la mujer de abajo experimentase cierto placer, aunque fuese con un fascinum falso, pero lo que no entendía era que la que esgrimía el olisbos sintiese algo, a menos que se tratase de algo mental, de una especie de fruición perversa haciendo el papel de hombre como stuprator, conquistador y violador.
Sea lo que fuere, al cabo de un rato vi que las mujeres cambiaban de sitio y de pareja y se pasaban unas a otras los ya humedecidos olisbos; así intercambiaban los papeles de violador y violada, e incluso algunas asumieron el doble papel, pues tenían un olisbos de doble extremo que no había que atarse y con él se ponían a cuatro patas, nalgas contra nalgas, y se lo insertaban para mutuamente fornicarse con un movimiento de vaivén.
Cierto que algunas no participaban y se contentaban con mirar, pero sí que se proferían gritos extravagantes —como expresión de su hysteriká zélos, supongo— y se restregaban y sobaban la entrepierna; otras, tumbadas en divanes próximos al mío, sin pareja en aquel momento, me sonreían naciéndome señas; pero yo no estaba dispuesta en modo alguno a prestarme a una fornicación ficticia. Ya entonces había retozado con muchas mujeres —en la primera ocasión haciendo de mujer y a partir de entonces, ya de varón—, pero siempre me había servido de mi propia carne para excitar y gozar de la carne ajena. El modo de satisfacción que utilizaban allí, no sólo era una cosa fría, distante y brutal, sino ridícula por ende; a mí me parecían vacas que se servían de las ubres para penetrarse.
Y tampoco me apetecía unirme a los bacantes masculinos con su método neroniano de copulación, aunque ellos al menos se servían de sus cuerpos sin aditamentos artificiales. Yo ya había conocido por experiencia el magnífico placer de yacer con un hombre siendo mujer, y no podía creerme que aquellos concatatus pudiesen sentir nada parecido.
Durante todo el tiempo, las músicas estuvieron tocando una melodía frigia dulce y suave casi empalagosa, sin duda para inducir en las bacantes emociones amorosas; ahora acallaron de nuevo los instrumentos para que el sacerdote más viejo —que no había sido penetrado por ningún otro hombre— hiciese una proclamación, y, con la misma rimbombancia de praeco que anuncia los juegos del circo, gritó en griego, latín y gótico:
—¡Ruego santo silencio a todos! ¡Ahora vamos a ser testigos y a compartir un importante acontecimiento que embellecerá aún más esta santa y festiva noche de Baco!
Casi todos guardaron silencio, pero había algunos que seguían copulando, de uno u otro modo, lanzando gruñidos, gritos o risitas, y el anciano venerable elevó aún más la voz:
—¡Me congratulo en anunciaros que esta noche dos jóvenes novicios varones van a ser consagrados al dios e iniciados en su rito! ¡La bacante Dengla nos hace el honor de ofrecer a sus dos hijos a Baco!
Yo estaba sentada entre los dos mellizos y oí como lanzaban lastimeros gemidos, al tiempo que se agarraban a mi brazo. Las músicas dejaron a un lado sus instrumentos ligeros y cogieron otros más pesados: tambores y címbalos.
—La propia madre oficiará en la ceremonia de iniciación —añadió el anciano— y a la manera tradicional introducida en la antigüedad por la bacante de Campania cuya entrega de los hijos todos recordamos y reverenciamos. ¡Prestad atención a esta ocasión sin igual!
Tras esas palabras, las bacantes que no estaban ocupadas en otra cosa comenzaron a aplaudir, pateando enardecidas y gritando: «¡Euoi Bacche!, ¡lo Bacche!». Yo pensé en coger a los mellizos y escapar con ellos, pues me temía que las bacantes fuesen a despedazarlos para comérselos como habían hecho con los cabritos, pero antes de que tuviera tiempo de decidirme, Dengla y Melbai se nos echaron encima.
Tenían el pelo revuelto y enredado y mirada de dementes; sus muslos, el bajo vientre afeitado y los labios menores, que les sobresalían flácidos, los tenían pringosos y olían a vino, pero a mi agudo sentido del olfato femenino le pareció aún más repugnante el olor rancio que había dejado en sus cuerpos los excesos sexuales; su boca y sus pechos flácidos estaban manchados de sangre reseca; Melbai cogió a los niños por la muñeca, mientras Dengla rebuscaba en la capa que había dejado en el diván para coger un inusitado olisbos que yo no conocía: tenía un racimo de penes, como una seta con muchos tallos y cabezas, en imitación del miembro viril en tamaños progresivos, desde uno pequeño de niño hasta uno grande de adulto.
—Vamos, hijos —decía Dengla—. Y sin protestas ni quejas. Esto o… el tirso.
Melbai subió a los niños a un diván cerca de donde estaban las músicas y Dengla se llegó a él, sin entregar el horrible olisbos a un venerable para que se lo atase, sino atándoselo ella misma. Desde donde yo estaba, con la poca luz, no podía distinguir bien a Filippus y Robein, pero Melbai y las sacerdotisas obligaron a uno de ellos a doblarse sobre el borde del diván; las demás bacantes permanecían de pie en la nave a respetuosa distancia para que todos viesen la escena, mientras seguían exclamando «¡Io acche! ¡Euoi Bacche!».
Dengla se situó detrás del niño inclinado y miró en derredor como asegurándose de que era el centro de atención; su mirada se cruzó con la del escuálido venerable y le dirigió una inclinación de cabeza. Inmediatamente el cántico de los congregados alcanzó un paroxismo y las músicas comenzaron a batir los tambores y a chocar los címbalos para apagar el grito del niño al ser empalado por el más pequeño del racimo de olisbos. Nadie oyó el grito, pero yo me di cuenta de que gritaba por la contorsión del cuerpo y el brusco movimiento de la cabeza hacia atrás, abriendo desmesuradamente la boca. Su hermano contemplaba la escena con ojos desorbitados.
Prosiguió el furioso batir de tambores mientras Dengla daba envites con las caderas un rato, hasta que paró y retrocedió un paso; el niño permaneció abatido sobre el sofá presa de un leve movimiento espasmódico, pero su tregua fue breve; volvió a experimentar una convulsión, sin que se oyera el grito al introducirle el segundo olisbos, y así uno tras otro hasta el final. El último y más grande se lo estuvieron metiendo sin cesar un buen rato, mientras Melbai y las otras bacantes sonreían al ver que el niño parecía haberse acostumbrado a la violación y la soportaba relajado, quizá disfrutando.
Dengla se separó finalmente de él, se desató el olisbos múltiple y dio la vuelta al niño de cara a los bacantes. Vimos todos como su pequeño miembro, como si hubiese sentido un estímulo interior, se había transformado en un aceptable fascinum; para que se mantuviera erecto, Dengla le masturbó, al tiempo que se inclinaba para decirle algo. Los mimos y las caricias hicieron que su compungida expresión se fuese transformando en una sonrisa beatífica.
Era lo que esperaba Melbai para echar al otro niño en el diván y hundirle la cara en él; las bacantes reanudaron el griterío y las músicas volvieron al redoblar de tambores, mientras Dengla acercaba al primer mellizo contra las nalgas de su hermano, orientando con una mano el fascinum hacia el lugar adecuado y con la otra le daba un empujón en el trasero. Su hermano experimentó una convulsión como le había sucedido a él antes y profirió el grito inaudible, retorciéndose; el pequeño violador se habría retirado, pero la madre le mantuvo en posición obligándole con su propio cuerpo al movimiento de caderas hasta que ya lo hizo él solo. Al cabo de un rato él mismo se agarraba con fuerza a su hermano, dándole fuertes embestidas hasta que, finalmente, sintió un estremecimiento y echó la cabeza hacia atrás con cara muy sonriente.
«¡Euoi! ¡Io! ¡Euoi Bacche!», gritaban todos alborozados.
—¡La iniciación ha concluido satisfactoriamente! —gritó el venerable, situándose de nuevo delante—. ¡Y según la honorable tradición de la madre de Campania y sus hijos! ¡lo mater Dengla! ¡Euoi Meter Dengla! ¡Ahora… cantemos la bienvenida a los nuevos bacantes Filippus y Robein!
Tras lo cual, las músicas iniciaron con sus instrumentos más melódicos un conocido carmen en alabanza del amor entre hombres, cuyos versos notablemente obscenos entonaron los bacantes varones y eunucos.
—Ahora —voceó otra vez el viejo eunuco—, ¿quién quiere ser el segundo en gozar de los favores de uno de los niños?
Los hombres no eunucos gritaron a coro «¡Yo, yo!», pero Dengla alzó la mano pidiendo silencio.
—¡No! El honor de la primicia debe ser para nuestro bacante más mayor, notable y venerado —dijo, dirigiendo su sonrisa de hiena a Maecius, que la correspondió con una sonrisa bobalicona, antes de acercarse con su obesa humanidad desnuda, abrazar a uno de los niños y llevárselo hacia un diván.
Dengla no sólo era una lupa, pensé yo, sino una lena, que es el vocablo latino que describe a la más baja y asquerosa proxeneta… Y una lena que procuraba a sus propios hijos; no me extrañó apenas que se los entregase tan obsequiosamente al prefectus, dado que ya la tenía a sueldo, por así decir. Y sin duda lo que estaba haciéndole ahora al niño, a ella le serviría para extorsionarle más dinero aún.
Entre los otros fratres stupri se inició una discusión por quién conseguía al otro niño, y el viejo sacerdote trató de apaciguarlos:
—Paciencia, hermanos, paciencia, que hasta el amanecer cuando tengamos que separarnos, hay tiempo para que todos participéis. Recordad que estos nuevos bacantes pertenecen ahora al templo y a Baco y todos los viernes participarán en los ritos. No olvidéis tampoco que pueden recibir visitas en privado previa cita y el pago de un modesto óbolo para las arcas del culto, en cualquier otro momento que estiméis conveniente o… lo necesitéis urgentemente —concluyó con gesto lujurioso.
Bien, dije para mis adentros, Filippus y Robein estarán más a gusto en el templo que en casa de su madre; puede que incluso, dado lo torpes que son, acabe por gustarles su vida de carne de alquiler. En honor a la verdad, diré que sentía más pena por los cabritos que habrían podido crecer y haber sido más útiles.
En cualquier caso, no quería ver más de la bacanal ni quedarme hasta «el amanecer»; deseaba irme cuanto antes de aquel nido de víboras y estaba dispuesta a abrirme paso a arañazos si intentaban impedírmelo. Pero nadie se interpuso en mi camino, pues casi todos estaban entregados a una u otra guarrería —o se encontraban ebrios e incapaces— y los pocos que advirtieron que me ponía la ropa se contentaron con mirarme enojados. Y, aunque la puerta del templo estaba prudentemente atrancada, quité fácilmente la barra por dentro y salí de buena gana.