Capítulo 6

No puedo negar que fue la mayor conmoción de mi vida saber que no era un niño, sino, como yo entonces creí, una pobre niña. Y casi tan doloroso fue verme expulsado del entorno familiar y más o menos cómodo del monasterio, y apartado del buen compañerismo masculino de los monjes, para condenarme a la compañía, que yo creía blandengue, estúpida y nerviosa, de viudas y vírgenes bobas, incultas y crédulas. De todos modos, la perspectiva no me resultaba tan espantosa.

En primer lugar, me habían turbado, molestado o repugnado algunas de las cosas que me habían sucedido el último año aproximadamente que había vivido en San Damián: la revelación de que estaba rodeado de arríanos, el descubrimiento de que los arrinanos no eran necesariamente salvajes infrahumanos, sino simples creyentes de una especie de variante del cristianismo; el convencimiento del que el paganismo se entremezclaba inquietantemente con el cristianismo y, por supuesto, el haber sido víctima de los abusos del hermano Pedro. Así que debí incluso sentir cierto alivio al verme alejado de aquel escenario de turbadoras revelaciones y acontecimientos.

Pero también era joven y poseía la fortaleza y el optimismo de la juventud. Del mismo modo que me había atrevido a explorar las grutas detrás de las cascadas del Circo, había apresado, amaestrado un juika-bloth y aceptado con alegría la responsabilidad de ser el exceptor del abad, mi destierro en Santa Pelagia se me antojaba una promesa de nuevas aventuras. Y, en ese aspecto, la novedad de ser una mujer me inducía a esperar nuevas experiencias.

Claro que no podía esperar que fuesen algo más que pequeñas aventuras y experiencias. Yo sabía que las mujeres y jóvenes de Santa Pelagia estaban enclaustradas y no podían salir del recinto del convento, salvo el domingo y otras fiestas de guardar en que cruzaban el valle y acudían a la misa y la comunión en la capilla de San Damián. Ni los lugareños que les llevaban ciertas vituallas y cosas necesarias, ni los monjes de San Damián que les aportaban herramientas, cerveza y artículos de cuero que las monjas no confeccionaban, podían pasar —fuesen hombre o mujer— de la cancela de la entrada principal.

La disciplina dentro del convento era también muy estricta, y cualquier infracción de las reglas conllevaba un duro castigo. En seguida supe que la mente de una enclaustrada gozaba de la misma libertad que su cuerpo en la celda. No me acuerdo cuál fue la primera pregunta que planteé durante las clases de catecismo de domina Aetherea —sé que pregunté algo bastante inocuo—, pero sí que recuerdo que, de una bofetada, me hizo cruzar media sala. Se veía siempre a una de cada tres novicias con la mejilla enrojecida e hinchada de las temibles bofetadas de la abadesa, y las mayores nos decían, poco solidarias, que no tenían que importarnos esos correctivos porque los brutales masajes faciales sentaban muy bien para la piel. Bueno, no nos importaban mucho porque cuando domina Aetherea descargaba su mano era porque no tenía algo más contundente con que sacudir, pues había veces en que nos golpeaba con una férula de abedul o el duro zurriago de áspera piel de buey.

Los otros aspectos de la vida conventual no compensaban gran cosa estos sinsabores. Sí, teníamos una celda individual, incluidas las novicias, en lugar de un dormitorio común. Y también hay que admitir que la comida estaba bien y hasta era abundante, como era lógico en el próspero valle, así que no pasábamos hambre más que en la faceta intelectual, y yo era probablemente la única mujer a quien le extrañaba que en Santa Pelagia no hubiese scriptorium, y los códices o rollos que pudiese haber, la abadesa no se los dejaba a nadie. No había ninguna otra monja que supiese leer, ni siquiera las mujeres mayores que habían vivido en el siglo antes de enclaustrarse.

La única enseñanza se nos impartía en charlas, sermones y admoniciones, generalmente por boca de la abadesa, aunque otras veces se encargaban las monjas mayores que eran nuestras maestras.

Sobre la importancia de la virginidad: «La raza humana cayó en la esclavitud por el pecado de la virginal Eva, pero quedó redimida por obra y gracia de la virginal María. Así la transgresión de la virginidad quedó compensada en el extremo opuesto por la observancia virginal. Ved, hijas mías, lo meritoria que es la virginidad, capaz de expiar los pecados de los demás».

Sobre las ventajas prácticas de la virginidad: «Dice san Ambrosio que hasta un buen matrimonio es una abyecta esclavitud. Y se preguntaba, ¿qué sería, pues, un mal matrimonio, niu?».

Sobre la solemnidad de la virginidad: «El silencio es el manto más precioso que puede adornar a una virgen y, a su vez, es su más sólida coraza. Aun hablar de lo bueno es infringir la buena conducta virginal. Y reír es todavía más indecoroso».

Aunque me habían subrayado que mi educación a partir de aquel momento consistiría en lo que nos inculcaban las monjas preceptoras, yo tenía que adquirir otros conocimientos distintos más urgentes, que ellas no podían impartirme. Tenía que aprender a ser una muchacha.

No me costó acostumbrarme a ciertas exigencias básicas de mi condición de mujer: la manera en que se acostumbra a orinar, por ejemplo. Como los retretes no estaban cerrados como las celdas de dormir, tuve que aprenderlo, y lo hacía como todas las mujeres, levantándome las faldas y sentándome; pero llegar a dominar otras peculiaridades femeninas requería concentración, práctica y el ejemplo o consejo de mis no pocas veces asombradas compañeras de noviciado, ninguna de las cuales sabía —y yo no quería caer en el ridículo diciéndoselo— que «hasta entonces había sido un muchacho».

«Caminas con pasos muy largos», comentó la hermana Tilde, una novicia alamana que trabajaba en la lechería del convento. «¿Dónde te has criado, hermana Thorn? ¿En alguna marisma que tuvieses que cruzar andando por piedras?». Y en cierta ocasión en que me vio persiguiendo a un cerdo que se había escapado de la pocilga, me dijo:

—Corres como un chico, hermana Thorn. Y andas dando zancadas.

Detuve mi carrera y la contesté algo exasperada:

—Pues ve tú a coger a ese maldito animal —y, malhumorada, lancé una piedra al bicho.

—Y tiras también las piedras como un chico, abriendo mucho el brazo —añadió Tilde—. Debes haberte criado con muchos hermanos, porque imitas muy bien a los chicos.

Ella tiró también una piedra y, mientras las dos perseguíamos al animal, yo me fijé cómo lo hacía. Una chica lanza piedras con un movimiento constreñido y desgarbado del brazo y corre como si llevase las piernas atadas por las rodillas. Y es lo que hice a partir de entonces.

En las contadas ocasiones en que las novicias tenían algún rato de ocio en medio de las numerosas obligaciones religiosas de la jornada, las clases de formación y las tareas que se nos asignaban —y debo añadir, en las ocasiones aún más raras en que todas estábamos libres y sin que nos viera alguna de las monjas mayores— jugábamos muchas veces a «ser damas de ciudad». Nos peinábamos de diverso modo el pelo con cintas y alfileres de hueso y elaboradas complicaciones supuestamente propias de la moda de las damas de ciudad. Mezclando hollín y sebo se oscurecían la línea de las cejas y se acentuaban las pestañas y con arándanos machacados se pintaban los párpados o se los teñían de verde con zumo de drupa de espino cerval; con jugo de frambuesa se pintaban los labios de rojo y se coloreaban las mejillas (si domina Aetherea no lo había ya hecho con su propia mano).

Se rellenaban la pechera del hábito o la camisa con la estopa del hilado de la rueca para aumentar el bulto de los senos; se revestían y envolvían con cualquier trozo largo de tela que tuvieran a mano, fingiendo lucir túnicas de moda y dalmáticas de seda brocada; se ponían al cuello tiras bordadas y se colgaban de las orejas nueces o cerezas, o se enrollaban mechas de cirio en muñecas y tobillos, simulando llevar collares, pendientes, pulseras y ajorcas de perlas y piedras preciosas.

Yo observaba atentamente todos aquellos juegos y participaba en ellos, fijándome en todo. Muchas veces se empeñaban en adornarme, porque, según decían, era la más guapa de todas y merecía que me acentuaran esa belleza. La hermana Tilde, que era muy llana, dijo animosa:

—Hermana Thorn, tienes unas trenzas rizadas rubio claro, unos ojos grises grandes y luminosos y una boca de aspecto tan tierno…

Lo que entonces aprendí sobre cómo pintarme, adornarme y peinarme el pelo, al cabo de los años me sería muy útil, aunque, naturalmente, más adelante aprendí a hacer esas cosas con más habilidad y sutileza.

Las otras muchachas probablemente no se daban cuenta, pero yo estaba decidida a imitar los movimientos, amaneramientos y posturas que adoptaban cuando jugaban a ser «damas de ciudad». La manera suave con que una mujer dobla el brazo, por ejemplo, de forma que el músculo del bíceps no se abulte como sucede cuando un hombre hace el mismo movimiento con mayor rapidez y energía; de igual modo, la lentitud con que alza el brazo al tiempo que echa hacia atrás el hombro con el fin de elevar los senos (sean de carne o de relleno) de una manera tan sensual; los gestos que hace con la mano, siempre manteniendo unidos los dedos índice y anular, para dar esbeltez a la mano; el modo en que alzan la cabeza, doblándola levemente al mismo tiempo para conferir una suave línea al cuello y la garganta; la manera de no mirar nunca a una persona directamente, sino siempre un poco en oblicuo o, según las circunstancias, mirarla altiva por encima de la nariz o con frialdad con los ojos entornados…

Decidí que, como a partir de entonces iba a ser mujer, bien podía aspirar a ser algún día la más fina de las damas. En ciertos aspectos, pensé, las damas más finas no tienen ventaja alguna respecto a la más desaseada villana. Como aprendería, hay afecciones físicas que no afectan a los varones y que toda hembra padece. La hermana Tilde y yo estábamos un día fregando las celdas, cuando, de pronto, oímos un ruido raro en una de ellas. Nos acercamos con cautela y miramos furtivamente. Era la celda de la hermana Leoda, una novicia que tendría nuestra misma edad. La pobre se retorcía en el catre, entre gemidos y sollozos, y tenía la parte baja de la camisa toda empapada en sangre.

Gudisks Himins —musité horrorizada—, Leoda se ha herido.

Ne —replicó Tilde impasible—, es el mes; el menstruo. Nonna Aetherea la habrá dispensado hoy de hacer tareas.

—¡Pero tiene dolores y está sangrando! ¡Vamos a ayudarla!

—No se puede hacer nada, hermana Thorn. Eso es algo normal y todas tenemos que sufrirlo unos días todos los meses.

—Tú no, que yo sepa. Y yo, desde luego que no.

—Con el tiempo, lo tendremos también tú y yo. Nosotras somos del Norte, pero la hermana Leoda es de Masilia en el Sur, y las chicas de tierras más cálidas maduran antes.

—¿Eso es madurez? —exclamé espantada, mirando de nuevo a Leoda, que, sin hacer caso de nosotras, seguía quejándose de aquel tormento.

—La madurez, ja —contestó Tilde—. Es la maldición que hemos heredado de Eva. Cuando una chica se hace mujer y le llega la edad de concebir y tener hijos, sufre el primer menstruo. Sucede todos los meses, a no ser que se quede preñada. Es una molestia que sólo dura unos días y que la mujer ha de soportar todos los meses de su vida hasta que se le pasa la edad de concebir, se le secan los flujos y se hace una vieja de cuarenta años o así.

Liufs Guth —balbucí—. Pues me imagino que todas las mujeres ansiarán quedarse preñadas para que les cese la molestia.

—¡Aj, no digas eso! Alégrate de que en Santa Pelagia hayamos renunciado a los hombres, a casarnos y a tener hijos. El menstruo es una maldición, pero no es nada comparado con el horror del parto. Recuerda lo que dijo nuestro Señor a Eva: «Parirás hijos con dolor». Ne, hermana Thorn, congratúlate de que seamos vírgenes para toda la vida.

—Si tú lo dices —comenté con un suspiro—. No me apetece nada la madurez, pero me resignaré.

Aunque tenía que esforzarme constante y cuidadosamente en aprender a comportarme como una mujer, me complacía comprobar que no me costaba mucho llegar a sentirme como tal. Ya he dicho como antes de enterarme de mi peculiaridad física, ya manifestaba varios rasgos femeninos: incertidumbre, duda, sospecha e incluso el sentimiento de culpabilidad tan poco masculino.

Una vez que acepté mi femineidad, fue como si todas mis emociones salieran más a la superficie, por así decir, y cedía a ellas con más facilidad, manifestándolas y notando su influencia. Mientras que antes, siendo niño, admiraba la fortaleza viril de Cristo en la cruz, ahora sentía casi de un modo maternal el dolor que habría sentido y dejaba que las lágrimas brotasen de mis ojos sin avergonzarme. Y mi carácter se volvió muy veleidoso, pues, a semejanza de mis compañeras novicias, disfrutaba con aquellos juegos frívolos de disfrazarnos y presumir, y, lo mismo que ellas, me deprimía cualquier leve tropiezo real o fingido y me ponía mohína.

Me di cuenta de que, igual que ellas, era muy sensible a los olores, fuesen agradables o repugnantes, y más adelante, cuando olía perfumes o inciensos, descubriría que afectaban profundamente a mi estado de ánimo o disposición. Igual que mis hermanas, podía detectar cuando una mujer tenía la indisposición del mes por la expresión de su rostro así como por el sutil olor a sangre que despedía; y fuera del convento seguiría advirtiéndolo, aun cuando una mujer tratase de disimular su estado con un velo o una nube de perfume. Igual que mis hermanas, sabía cómo disimular a voluntad mi estado de ánimo más irascible o sensible tras una máscara de impasibilidad, cosa que los varones nunca acaban de aprender. Quiero decir que un varón habría sido incapaz de escrutar esa máscara, que para otra mujer resulta transparente. Y, como el resto de mis hermanas, sabía cuándo una de ellas estaba contenta o triste, era sincera o engañaba.

Además, habían cambiado mis puntos de vista. Ahora apreciaba mi destreza de tacto femenino y mi capacidad de compasión, tanto como antes había tenido a gala mi fortaleza masculina y mi frialdad. Me enorgullecía por haber hecho una costura fina o haber consolado a una hermana enferma, tanto como antes en la ocasión en que yo solo maté al glotón salvaje. Antes había apreciado las cosas en el sentido de su sustancia y función, pero ahora las consideraba con más agudeza, apreciando en ellas diferencias de tacto, forma, color, textura y hasta sus calidades sonoras. Mientras que antes, para mí, un árbol era una cosa firme a la que se trepaba, ahora sabía distinguir sus detalles, la ruda corteza, las ramas flexibles y blandas de los extremos, sus hojas tan distintas unas de otras en forma y matices verdes, y el árbol en su conjunto constituía cierta melodía desde el más leve susurro hasta la queja más estremecedora. Cuando las monjas de Santa Pelagia entonaban sus cánticos, cualquier varón zoquete habría podido advertir que sus voces eran infinitamente más dulces que las de los monjes de San Damián, pero yo ahora había aguzado el sentido auditivo y era capaz de detectar el rencor de domina Aetherea aunque hablase con la mayor untuosidad.

Quizá sea porque las mujeres, en las sucesivas generaciones desde Eva, han efectuado siempre tareas delicadas y recoletas que sus actuales descendientes nacen con tan refinamiento de sentidos y habilidades. O tal vez sea al revés: sus sutiles talentos innatos hacen que descuellen en los trabajos de gran precisión. No lo sé. Pero a mí entonces me alegraba enormemente —y me sigue alegrando— el haber sido dotada, como las demás mujeres, con los atributos de la sensibilidad y el discernimiento.

No obstante, no por eso perdí ni disminuyeron un ápice las cualidades menos refinadas pero útiles de la mitad masculina de mi naturaleza. Como el muchacho independiente que también constituía mi ser, encontraba el ambiente de Santa Pelagia opresivo y vejatorio, e hice cuanto pude por pasar el mayor tiempo posible fuera del convento, prestándome voluntaria a las tareas que menos agradaban a novicias y monjas: el cuidado del ganado y los cerdos, por ejemplo.

Había otro motivo, más íntimo y algo más masculino, para desear pasar el tiempo en los corrales, y por esa misma razón oculta, lograba con bastante frecuencia, después del anochecer, escaparme del convento. Lo podía hacer por la simple razón de que para las monjas mayores resultaba inconcebible que una chica anduviera vagando por ahí, y más de noche, dado que todas, jóvenes y viejas, consideraban que de noche es cuando más demonios andan sueltos. No obstante, siempre adoptaba la precaución de esperar a que domina Aetherea hubiese efectuado el recuento de novicias y monjas en las celdas, y entonces salía cautelosamente de la mía, del convento y de su recinto.

Lo que me inducía a aquellas escapadas —aparte de eludir la severa disciplina del convento y además de mi deseo de darme un buen baño en el agua espumosa de las cascadas— era la necesidad de seguir cuidando y amaestrando a mi juika-bloth.

En Santa Pelagia, en cuanto pude, me creé fama de ser «la que hace casi todos los trabajos sucios afuera», y, a la primera oportunidad, me escabullí una noche y me llegué corriendo a San Damián, subí sin que me vieran hasta el palomar, recogí mi ave y volví a todo correr al convento. Durante una parte del camino, el juika-bloth pareció disfrutar con aquel viaje en mi hombro, pero en la última parte alzó el vuelo y fue delante de mí volando, como si me animase a ir más de prisa. Ya en el convento, le metí en la vaquería, en una cesta de mimbre que había hecho yo misma, y comencé a regalarle con ratones vivos que había cazado y guardado para la ocasión.

A partir de entonces pude mantener en secreto su presencia en Santa Pelagia, sin que le faltara comida ni agua, ni —generalmente de noche— ejercicio en vuelo. De vez en cuando entraba en el establo una serpiente dispuesta a darse un atracón en algún cubo dejado descuidadamente. Yo las cazaba y la guardaba hasta que tenía ocasión de soltar al águila para que se entrenase en caer en picado sobre el señuelo a mi grito de «¡Sláit!». En cuanto comprobé que el juika-bloth seguía obedeciéndome y no había olvidado nada de lo que le había enseñado, comencé a enseñarle otra cosa que se me había ocurrido.

Pero fue por entonces aproximadamente, un día perfumado de otoño, cuando me sorprendió ser acariciada íntima e inesperadamente por una suave mano, al tiempo que una dulce voz exclamaba: «Oooh…». Así entró la hermana Deidamia en mi vida.