Capítulo 10

La penúltima cosa que me dijo Teodorico, en tono melancólico, fue:

—Recuerda aquellos tiempos, viejo Thorn, en que cuando nos dedicábamos a destruir lo conseguíamos con creces. Y siempre que intentábamos construir y conservar fracasábamos totalmente.

—Totalmente no, Teodorico, aún no —repliqué—. Y aun si el fracaso fuese inevitable, es de mucho mérito haberlo intentado noblemente.

Habría podido llorar al verle tan lamentablemente marchito, encogido y descontento, al borde de la desesperación. Pero él me conocía y estaba sereno, y proseguí:

—Hablemos de cosas más alegres. Una amiga me ha sugerido que estos tres últimos años de tu reinado habrían podido ser mejores, incluso grandiosos, si no te hubiese faltado el cariño de Audefleda o hubieses tenido otra mujer a tu lado. La misma Biblia, como sabes, en las primeras páginas recomienda a la mujer como compañera del hombre. Con una mano femenina suave y amable que hubiera asido la tuya, no habrías tenido que recurrir a la severidad y a la fuerza; y habrías tenido el calor y el afecto necesarios ante las tormentas sin necesidad de recurrir a otros.

La mirada callada de Teodorico se había transformado de sorprendida y esquiva en reflexiva. Lancé un carraspeo y continué:

—Esa amiga de que te hablo es una mujer mayor llamada Veleda. Por el nombre te darás cuenta de que es una ostrogoda y digna de toda confianza, y personalmente puedo asegurarte que es, como su antigua homónima —la legendaria profetisa que revelaba secretos— una mujer muy sabia.

Ahora el rey me miraba algo inquieto y me apresuré a decir:

Ne, ne, Veleda no insinúa que quiera convertirse en tu compañera. Ni allis. Es vieja y decrépita como yo. Cuando me explicó la idea también citó la historia de la Biblia relativa a otro rey, David, cuando en su avanzada edad, sus servidores dijeron: busquemos para nuestro señor rey una virgen que le cuide, le quiera, duerma en su regazo y le dé calor. Así, la buscaron, la hallaron y se la llevaron, y era una doncella muy hermosa.

Ahora Teodorico me miraba sonriente, como le había visto tantas otras veces, y me apresuré a seguir hablando.

—Resulta que mi amiga Veleda tiene una joven esclava, una criatura exótica, del país de Serica. Es una virgen de gran belleza y de cualidades únicas. Apelando a nuestra vieja amistad, Teodorico, te ruego que permitas que venga Veleda a ofrecerte esa doncella sin par. Puede traértela esta misma noche; no tienes más que ordenar al magister Casiodoro, que vigila tu persona, que la deje pasar sin impedimento. Y te encarezco, querido amigo, que lo aceptes, pues es un favor que te hago de todo corazón y que no puede dañar. Creo que nos darás las gracias.

Teodorico asintió con la cabeza, con una ligera sonrisa y, con afecto sincero por mi persona y gratitud por el cariño que le profesaba, esto fue lo último que me dijo:

—Muy bien, viejo Thorn. Envíame a Veleda la reveladora.

No podía hacerlo siendo Thorn, y no porque Thorn hubiese jurado ayudar y defender la grandeza del rey, pues estaba convencido de defender esa grandeza. No, lo hice como Veleda porque, cuando le entregase a la muchacha, sería hacerle un regalo que yo, como Veleda, muchas veces había pensado hacerle aquellos años.

Esta noche llevaré a la venéfica a palacio, y en la cámara de Teodorico la despojaré de sus sutiles velos; sé que Teodorico aceptará el regalo, aunque sólo sea por prestarse al capricho bienintencionado de su viejo amigo Thorn. Llevaré también estas numerosas páginas de pergamino y papiro a Casiodoro, y le pediré que las guarde con los demás archivos del reino para quienes en el futuro quieran saber de la época de Teodorico el Grande. A mí y a Livia quizá nos queden algunas páginas más de vida, pero la historia que se inició tanto tiempo atrás concluye aquí.