Capítulo 11
No regresé a Lviv, aunque sabía que Maghib no habría aún curado de su herida, pues no quería aguardar allí ocioso hasta que se hallara recuperado. Recordé la predicción del Barrero de que si los rugios se encaminaban al Sur para aliarse a Estrabón contra Teodorico lo harían cuando se iniciara la cosecha y antes del invierno. Y en aquellas regiones nórdicas el invierno se aproximaba.
Me dirigí directamente hacia el río Buk y lo seguí en dirección norte, sin que durante unas ciento cincuenta millas romanas encontrase un solo pueblo de modesto tamaño, sino alguna que otra choza y los habituales asentamientos de leñadores eslovenos a la orilla del río. Finalmente, dejé los densos bosques de árboles perennes y entré en una de las tierras más yermas que he cruzado en mi vida. Era una planicie de barro compacto con frías nubes grises en la que el camino discurría entre marismas y ciénagas de turba. Era comprensible que los godos en su migración no se hubieran detenido allí y hubiesen continuado hacia el Sur en busca de tierras más habitables.
Por ello, me complació sobremanera ver por fin un pueblo, pese a que sus habitantes eran casi exclusivamente eslovenos y el único alojamiento para viajeros un mísero krchma. El esloveno que hablaban era aún más atrozmente grotesco que el que había oído hasta el momento —el nombre del pueblo se escribía Bsheshch—, aunque los que lo hablaban eran eslovenos un poco mejores, de tradicional rostro ancho, pero más altos, de tez clara y rubios, bastante aseados y se denominaban polonos. Los que se alojaban en el krchma eran barqueros que aguardaban la carga y descarga de sus embarcaciones, pues Bsheshch es puerto del tramo navegable del Buk. Como estaba rendido de viajar por las ciénagas, cambié de buena gana el segundo caballo por el flete de una barca que nos llevase a mí y a Velox hasta el golfo véndico.
La gran barcaza plana, cargada de lino, pieles y cueros, a merced de la corriente y a veces impulsada por pértigas, avanzaba más rápido que yo lo habría hecho por tierra; hasta que no estuvimos a tres o cuatro días de Bsheshch no quise preguntar al patrón lo que sabía de los rugios que vivían en la región donde él iniciaba el viaje. Me quedé pasmado cuando me dijo:
—Ahora, Pana Thorn, gran parte de ellos no están allí, pues todos los hombres capaces se han puesto en marcha y ya deben encontrarse mucho más al sur de lo que estamos nosotros.
—¿Qué dices? ¿Se han puesto en marcha?
—Tak —contestó él, diciendo «sí» en dialecto polono—. Cuando íbamos hacia Bsheshch nos adelantó el rey Feva con columnas de tropas en dirección sur. Aunque iban a pie y a caballo, nos dejaron atrás porque nosotros navegábamos contra corriente, aunque, claro, también llevaban poca carga.
—¿Iban a unirse a Estrabón?
—¿Quién es Estrabón?
—Teodorico Triarius, que se dispone a hacer la guerra a Teodorico Amalo.
El patrón de la barca abrió las manos, dando a entender que no había oído hablar de ninguno de los dos Teodoricos. Era de esperar. Aquel hombre habría recorrido miles de millas en su vida, pero sin salir de aquel río.
—Lo único que puedo deciros, Pana Thorn, es que se encaminaban al Sur. Y, tak, si que parecían ir a la guerra.
—Dices que iban poco cargados. ¿A qué te refieres?
—En los anteriores viajes río arriba no hemos estado llevando mercancías, sino provisiones y efectos militares por orden del rey Feva. Y no sólo mi barca, sino muchas otras. Los cargamentos han quedado depositados en varios puntos entre los ríos Viswa y Buk. Así lo ha ordenado el rey para que hombres y caballos no fuesen cargados con los pertrechos, con la seguridad de que encontrarían forraje y comida en su ruta.
Una campaña bien planeada, pensé, y ejecutada sin que yo me hubiese percatado hasta ese momento. El ejército rugió me habría pasado por el Sur mientras yo me dirigía a las tierras de las amazonas. Aunque lo lamentaba, no me sentí impulsado a saltar de la barca ni a pedir que me llevasen a tierra; no tenía sentido seguir al ejército ni intentar adelantarlos para prevenir a Teodorico. Si hasta un simple barquero sabía que habían emprendido la marcha, Teodorico tampoco lo ignoraría.
Cuando comenzase la guerra debía estar con mi rey, y pensaba que así sería. A los más curtidos guerreros no les gusta luchar en invierno ni de noche, pues, del mismo modo que la nieve y el hielo, también la oscuridad entorpece sus movimientos. Así, aunque Estrabón reuniese sus tropas antes de la llegada del invierno, disponiéndolas quizá estratégicamente durante el mismo, no iniciaría los combates hasta la primavera. Me daría tiempo a regresar; pero aunque así fuera no sería más que un combatiente más en las filas de Teodorico, mientras que donde me hallaba podría serle de mayor utilidad, pues él mismo me había dicho que no le desagradaría ni mucho menos contar con «un Parmenio» tras las líneas enemigas.
Permanecí, pues, a bordo y durante el viaje catequiza al patrón y a sus hombres explicándoles cuanto sabía respecto a los rugios, y, como el viaje era largo —unas ciento treinta millas romanas por el Buk hasta su confluencia con el más caudaloso Viswa, más otras ciento cincuenta millas hasta el mar— tuve tiempo de enterarme de muchas cosas y hacer conjeturas sobre muchas más.
Me dijeron que los rugios eran un pueblo germánico relacionado con los vándalos, que siempre habían habitado en las tierras que bordean la costa del mar sármata; profesaban la antigua religión, pues las razas nórdicas seguían desdeñando el cristianismo. Compartían los rugios aquellas tierras costeras con las tribus eslovenas llamadas kashube y wilzi, y esos eslovenos constituían el campesinado que se ocupaba de la agricultura, la pesca y otras labores rudas, mientras que ellos eran los señores que los explotaban y monopolizaban las pingües ganancias del ámbar que los campesinos extraían en la costa. Aquellos rugios habían vivido durante mucho tiempo satisfechos con su pequeño reino y sus súbditos semiesclavizados, pero ahora, al darse cuenta de los enormes territorios que otros pueblos germánicos habían ocupado en el Sur —los visigodos en Aquitania, los suevos en Lusitania y sus propios parientes los vándalos en Libia— se había despertado su envidia y ambición y querían emularlos.
—Y por eso se han puesto en marcha —dijo el patrón—, para ver lo que pueden conquistar en el Sur.
Yo sabía que sus propósitos no eran tan ambiguos y que la marcha la habían emprendido para ayudar a Estrabón a conquistar Moesia, pues, sin duda, éste había prometido al rey Feva un trozo de la misma. Por lo que el barquero me dijo relativo a los aprovisionamientos y vituallas depositados a lo largo de los ríos, calculé que la expedición rugia era una fuerza importante que ascendería quizá a ocho mil hombres entre soldados de a pie y de a caballo. Y cuando el patrón me dijo que Giso, la esposa de Feva, era de una tribu ostrogoda del linaje amalo, hice más conjeturas.
Me había parecido extraño que Estrabón al buscar aliados para la guerra no hubiese recurrido a ninguno de los pueblos que tenía más cercanos, solicitando la alianza a aquellos rugios tan alejados de sus tierras, y ahora ya columbraba el motivo: aquella reina Giso debía ser de la misma rama del linaje amalo, y debía haberle rogado que, como pariente de él, lograse con halagos que su esposo participara en el levantamiento; pero pensé también que Estrabón la había mentido vilmente, dado que ella y su real esposo vivían tan lejos de Moesia que ignoraban que Teodorico Amalo era el verdadero monarca de aquella provincia y que él, Teodorico Estrabón, no era más que un pretendiente proscrito e impotente. Por consiguiente, para ganarse a la reina Giso a su causa y lograr que las tropas del rey Feva le apoyasen, Estrabón había debido de tergiversar notablemente los datos de la situación.
Ahora, yo tendría que ver qué podía hacerse para contrarrestar el engaño.
Igual que el Danuvius, el Viswa desembocaba en el mar formando un delta de afluentes y canales. Allí, el terreno era primordialmente de dunas y playas, que habrían sido muy placenteras de no hallarse constantemente azotadas por el frío viento norte; el patrón mantuvo la navegación por el canal principal del Viswa y nos llevó a Pomore, la capital rugia, justo en la desembocadura del río en el golfo véndico del mar sármata. Pomore, en la lengua vernácula, significa «junto al mar».
En realidad, la ciudad estaba situada frente al mar y frente al río, y bordeada de embarcaderos que destacaban en aquellas aguas frías, grises y agitadas. Todos los edificios de los muelles eran de sólida construcción en piedra para resistir los efectos de la espuma y arena que arrastraba el pertinaz viento; pero era una característica que confería bello aspecto a la ciudad y a la par le daba aspecto de fortaleza inexpugnable. Nuestra barca echó amarras en uno de los muelles del río, porque, según dijo el patrón, los muelles del lado del mar eran para la flota de pesca pomerana y los mercantes costeros.
Antes de desembarcar con Velox, pregunté:
—¿Cuándo vuelves a remontar el río? Puede que cuando haya concluido mis asuntos regrese con vosotros.
—Eso sería si vuestros asuntos os ocupan todo el invierno. Ahora, el Viswa empezará a helarse en cualquier momento y será puro hielo tres meses o más, por lo que ni yo ni ningún patrón podremos zarpar hasta la primavera.
Aun abrigado con mi capa de piel, me estremecía al pensar que iba a quedar aislado todo el invierno en aquella inhóspita costa.
—Guth wiljis —gruñí—, en primavera pienso estar bien lejos de aquí. ¿Quiénes serán esos dos entrometidos que me aguardan?
Ninguno de los que trabajaban en el muelle había prestado atención a la llegada de nuestra barca, salvo aquellos dos hombres armados —demasiado gordos y viejos para ser soldados— que subieron a bordo sin permiso y comenzaron a hacer preguntas a voces.
—Funcionarios del puerto —dijo el patrón—, que vienen a verificar la mercancía que llevo de carga. Pero también quieren saber quién sois y qué os trae a Pomore.
Dije la verdad, a medias.
—Diles que soy saio Thorn, mariscal del rey Teodorico —no dije de cuál Teodorico— que ha venido a dar las gracias a la reina Giso por enviar sus rugios a la guerra.
Mostré el documento que portaba, convencido de que funcionarios de tan baja categoría no sabrían leerlo, pero también de que les impresionaría el simple hecho de enseñárselo. Así fue, y cuando volvieron a hablar lo hicieron con voz queda. También el patrón habló en tono respetuoso al hacer de intérprete.
—Dicen que un personaje de alcurnia no debe alojarse en un krchma común para barqueros y que os acompañarán a palacio para anunciar vuestra llegada a la reina.
Habría preferido que me dejasen elegir albergue por mi cuenta, pero no podía rehusar el trato de dignatario; dejé que me condujeran por aquellas frías calles hasta el recinto de palacio, en donde llamaron a un chambelán para que me atendiese. El chambelán hizo venir a un mozo de cuadra que se encargó de Velox y, acto seguido, me condujo a una casita dentro del recinto en la que me asignó varios criados kashube con cara de morcilla y ordenó que me sirvieran de comer.
La casa era menos palaciega que mi casa solariega de Novae, los criados menos serviciales que los míos y la comida consistió en varios platos de simples arenques preparados de modo diverso. Así que me alegré de no haber tenido que alojarme en un krchma para gentes de condición inferior. En cualquier caso, las circunstancias me facultaron para hacer una apreciación de la reina Giso antes de conocerla, pues una anfitriona consciente de las carencias de su casa habría debido compensarlas mostrando una cortesía superior a la habitual. Pero Giso desdeñó concederme audiencia hasta la tarde del día siguiente.
El criterio que me había formado de que se trataba de una mujer pretenciosa me lo confirmó cuando por fin me recibió en el edificio principal. El «salón del trono» era algo lastimoso en cuanto a pretensiones y esplendor, la reina hablaba el antiguo lenguaje en un deplorable dialecto rústico y sus vestidos y joyas dejaban mucho que desear; pero ella me recibió cual si se tratara del Palacio Púrpura y ella fuese el emperador Zenón. Giso debía ser bastante joven porque estaba presente también su hijo el príncipe Frido, un niño de unos nueve años, aunque tal vez por no ser hermosa —era dentona y no podía cerrar bien los labios— afectaba esa actitud altanera y condescendiente de solterona a quien importuna un jovencito.
—¿Qué os trae exactamente aquí, mariscal?
La tendí mi pergamino, pero ella lo rechazó como si fuese algo que no le interesase, dándome a entender que no sabía leer, aunque siguió hablando pretenciosamente en plural mayestático.
—Aceptamos que vengáis de parte de nuestro primo Thiudareikhs Triarius, y esperamos que no os haya enviado a requerirnos más contribuciones.
Tentaciones me dieron de acabar con aquella presunción diciéndole a cuál de los Teodoricos realmente representaba, significándole que los rugios instigados por ella iban a echar en saco roto su «contribución» acudiendo en ayuda del falso Teodorico; pero antes de que pudiera contestar ya volvía ella a hablar.
—A excepción de los eslovenos que, desde luego, son unos desgraciados inútiles para el combate, le hemos enviado todos los hombres sanos mayores que nuestro querido hijo Frido aquí presente —el niño puso cara larga, no muy complacido por su exclusión—. Y nuestro tesoro ha quedado bien mermado por pertrechar ese ejército. Por lo tanto, mariscal, si habéis venido a solicitar hombres, dinero o materiales, dad por terminada la audiencia; tenéis nuestra venia para marchar.
Aunque aún no había pronunciado palabra, ella se puso en pie bajo el dosel del trono, y me miró altanera, abrazando a su hijo, cual si yo pretendiera arrebatárselo para la guerra. Así que contuve mis ganas de decirle la verdad, pues era evidente que decírsela y apelar al sentido común no habría valido para que la reina Giso cambiase sus lealtades. Una mujer como ella jamás admitiría haber cometido un error y menos avenirse a corregirlo, aunque su terca vanidad fuese a costarle la vida de su esposo y de todas las tropas que mandaba. Por ello, me contenté con decir afectadamente:
—Señora, no os pido nada de índole material. El primer propósito en venir aquí es transmitiros las más expresivas gracias de Teodorico por la ayuda que nos habéis prestado. Teodorico está seguro de que vuestro ejército de rugios contribuirá a entronizarle como auténtico rey de los ostrogodos en todos sus dominios. Una vez que ello sea una realidad, seréis dignamente recompensada por la ayuda; por la ayuda y por vuestro parentesco, ya que vos y Teodorico a partir de ese momento seréis reconocidos como miembros de la verdadera rama reinante del linaje amalo.
Aquello pareció animarla algo, como era mi intención, pues esbozó una tímida sonrisa; pero yo proseguí.
—En espera de ese venturoso resultado de la guerra, Teodorico desea que el mundo conozca la historia del augusto linaje amalo desde sus orígenes hasta el presente. Desea que su familia y la vuestra sea admirada por la posteridad, se honren sus antepasados y que sus virtudes sean universalmente ensalzadas. Para ello me ha encomendado la compilación de la historia.
—Buen proyecto —dijo ella, ampliando la sonrisa y mostrándome sus generosas encías—. Contad con nuestra aprobación.
—Por consiguiente, señora, mi segundo propósito es pediros permiso para recopilar datos sobre esta costa y su historia, pues se dice que aquí desembarcaron los primitivos godos la primera vez que, procedentes del Norte, llegaron por mar al continente europeo.
—Ja, eso se dice. Y ja, naturalmente que tenéis nuestra aprobación, saio Thorn. ¿Podemos ayudaros en algo? ¿Quizá asignándoos un guía entendido?
—Sería muy amable por vuestra parte, señora. Y no sé si… para estar seguro de que vuestra rama del linaje amalo queda debida, profusa y relevantemente representada en esa historia, quizá el joven príncipe Frido pudiera ser mi guía y asesor.
La cara del niño se iluminó de alegría, pero volvió a ensombrecerse cuando su madre dijo con un bufido de desdén:
—Vái, el niño conoce más los antepasados rugios de su padre que de los primitivos godos.
—Luego imagino, señora, que hablará el germánico rugió, un dialecto del antiguo lenguaje que yo no domino.
—Ja waíla, incluso habla el zafio esloveno kashube —contestó la reina, riendo como un caballo— que ni los brutos kashube saben hablar bien.
—¡Pues de eso se trata! Me servirá estupendamente de intérprete —advertí que el príncipe parecía incómodo al ser objeto de aquella discusión y me dirigí a él directamente—. ¿Me haréis ese favor y ese honor, príncipe Frido?
El niño aguardó a que su madre asintiera con una inclinación de cabeza y un gruñido para decir, tímido pero complacido:
—Sí, saio Thorn.
Así, al día siguiente, muy ufano, el pequeño Frido me acompañó por la ciudad de Pomore, aunque no había mucho que ver, ya que es un simple centro de comercio y embarque de productos procedentes de otros lugares; el producto propio de Pomore es el ámbar y Frido me acompañó a varios talleres en donde lo transformaban en dijes, hebillas y fíbulas.
Frido era un buen guía y un muchacho sencillo y no pretencioso como su madre; libre de su influencia, era un niño cualquiera, listo y alegre, hasta que se le mencionaba a la reina. Cuando le pregunté si era por ella por lo que no había ido con su padre el rey, puso cara triste y balbució:
—Madre dice que soy muy pequeño para ir a la guerra.
—Madre amor —musité para mis adentros, recordando cosas que me hicieron reír por haber pronunciado aquel nombre—. Frido, he conocido diversas madres —seguí diciendo—, pero yo nunca la tuve, así que quizá no tenga derecho a juzgar. En cualquier caso, creo que la guerra es asunto de padres e hijos, no de madres.
—¿Luego crees que no soy pequeño para ir a la guerra?
—Pequeño para combatir quizá sí, pero no para asistir a ella. Algún día serás hombre y todo hombre debe tener experiencia de la guerra. Sería una lástima que ésta fuese la única que se produjese durante tu vida y no pudieras verla. Pero sólo tienes nueve años y seguramente que se te presentará otra ocasión. Entretanto, Frido, ¿con qué cosas de hombre te diviertes?
—Pues… me dejan jugar con los otros niños de palacio con tal de que respeten mi condición y no se excedan en la suya. Me dejan montar a caballo, solo y sin criados, pero sin galopar; puedo andar solo por la playa y coger conchas, pero sin meterme en el agua. Tengo una estupenda colección de conchas —añadió sin entusiasmo, al ver que yo le miraba.
—Ah, ya —comenté yo.
Seguimos un rato en silencio hasta que él inquirió:
—¿Y tú con qué te divertías, saio Thorn, cuando tenías mi edad?
—A tu edad… veamos… no tenía caballo; ni había playa. Y la mayor parte del tiempo la pasaba trabajando mucho. Pero había una cascada y una gruta, y dentro de la gruta descubrí cavernas y túneles que se internaban en la tierra y que fui explorando. Trepaba a los árboles, hasta a los más difíciles, y, una vez, en lo alto de uno, me encontré cara a cara con un glotón al que maté.
Frido clavaba sus ojos en mí, unos ojos que brillaban de admiración, de envidia, de melancolía.
—Qué suerte no haber tenido madre —musitó.
Como me interesaba ganarme la confianza de la reina Giso, regresé con el niño a palacio antes de que anocheciera. Ella nos aguardaba afuera, a pesar del frío, rodeada de la guardia, tan impaciente como cualquier madre que ha dejado a su pequeño en manos de otro. Noté que se tranquilizaba al vernos llegar, y accedió sin muchos reparos a que Frido volviese a salir conmigo al día siguiente. Me complació que me diese permiso y también me gustó advertir que no me había mentido al decirme que todos los varones rugios útiles habían marchado con su esposo, pues vi que todos los guardias de palacio, igual que los funcionarios del puerto que había conocido, eran hombres viejos y gordos poco gallardos.
El príncipe y la reina fueron a cenar y yo me retiré a mis aposentos. La cena consistió también en varios platos diversos, pero todos de pescado, y de una sola especie: esta vez bacalao.
En días sucesivos, Frido y yo hicimos excursiones más largas, ya a caballo y por la orilla de la costa del ámbar. El caballo del príncipe era un recio bayo castrado, aunque no tan bueno como el mío, y el niño montaba bien incluso a galope tendido, pues yo se lo consentía —vái, le animaba a hacerlo— siempre que no había ningún testigo que pudiera informar a palacio. Frido montó mucho mejor después que yo le ayudara a hacerse unos estribos de cuerda como los míos. Una mañana, cabalgábamos hacia el Este por la playa y otra hacia el Oeste, pero siempre a media jornada de Pomore, y a mediodía regresábamos a palacio para que él llegara a tiempo de comer con su madre. Y esperaba que comieran mejor que yo, pues a mí seguían dándome un día arenques y al otro bacalao, cosa de la que no podía quejarme en mi condición de huésped, pero me resultaba curioso.
Tampoco podía quejarme a nadie de que la costa del ámbar me pareciera mucho menos atractiva de lo que su nombre sugiere; la playa, como he dicho, es toda de arena y en verano, cuando menos, habría resultado agradable de no ser por el constante viento norte. Pero aquella playa tiene el gran inconveniente de hallarse en el golfo véndico del mar Sármata. Yo ya conocía otros mares importantes —el Propontís y el Euxino— y había disfrutado con la vista, pero no creo que a nadie pueda agradarle la vista del mar Sármata, que desde la orilla hasta el horizonte es de un gris triste sin ribete alguno de espuma blanca en la playa.
Aquellos días en que Frido y yo cabalgamos por las orillas del golfo, el tiempo se fue haciendo cada vez más frío, y los vientos más inclementes, la costa del ámbar me resultaba cada vez más fea. Aguas arriba desde Pomore, el río Viswa estaba ya cubierto de hielo, y más al Norte, incluso el mar se hallaba helado y las aguas grises comenzaron a traer a la playa trozos de hielo grisáceo. Empero, el príncipe y yo disfrutábamos con nuestras excursiones; él, sin duda alguna, por quedar libre unas horas del rigor de su madre, y yo porque aprendía cosas. No todas ellas eran aprovechables para mi compilación histórica, pero algunas eran interesantes. Por ejemplo, Frido me llevó a la franja de tierra que los campesinos eslovenos llamaban nyebyesk povnó, «tierra azul» (aunque más que azul era de un verde claro), en la que más frecuentemente se hallan los terrones y trozos de ámbar natural; Frido hizo de intérprete de un modo inmejorable cuando pregunté a uno que paseaba por la orilla, y él mismo me dio útil información, y más aún cuando me aclaró por qué me daban una comida tan monótona en palacio.
—De todos los mares de la tierra —me dijo— el Sármata es el menos salado; no hay corrientes que muevan y limpien su sal, que está llena de partículas de otros materiales. Su agua es muy fría aun en verano, y en invierno se hiela de tal modo que un ejército puede caminar por el hielo hasta Gutalandia en el Norte; por todo ello, los pescadores dicen que en el mar Sármata no se crían ostras ni pescado de profundidad, y, efectivamente, el único pescado que merece la pena capturar y comer es el arenque y el bacalao.
Así que, dije para mis adentros, el mar estaba esquilmado y la tierra era arenosa y yerma. Volvía a hallarme en un lugar en el que los godos primitivos, comprensiblemente, no habían querido quedarse. No podía por menos de preguntarme por qué los rugios, que habían llegado después, habían tardado tanto en cansarse de la costa del ámbar, decidiendo buscar mejores tierras al sur. Pero había otra cosa en lo que Frido decía que me interesaba más.
—Me has hablado de un lugar llamado Gutalandia —dije.
—Ja, una gran isla lejana, al norte. De allí vinieron los godos hasta estas costas en los tiempos míticos de la antigüedad. Los antepasados de mi madre, del mismo modo que los de mi padre, llegaron de una isla del oeste llamada Rugilandia.
—Creo que he oído hablar de Gutalandia, y debe ser la misma isla que llaman Skandza —dije yo.
—Aj, todo lo que está lejos se llama Skandza —replicó Frido, con un amplio gesto que abarcaba el horizonte de Este a Oeste—. Las tierras de los daneses, los svear, los fenni, los litva, todos los pueblos que viven más allá de este mar. Pero las diversas partes de Skandza tienen distintos nombres. Así, Rugilandia, patria de los rugios; Gutalandia, patria de los…
—¿Y sigue habitada Gutalandia? —le interrumpí impaciente—. ¿Hay aún descendientes de los godos? ¿Van allá los barcos pomeranos?
—Sí que van allí nuestros barcos, pero creo que hay poco comercio —contestó no muy seguro.
—Vamos a hablar con el patrón de un barco mercante.
Lo hicimos, y afortunadamente el patrón era un rugió, lo que significaba que se había tomado la molestia de aprender la historia del lugar que habitaba, cosa que no habría hecho un esloveno. Frido me tradujo lo que decía:
—Hay pruebas de que Gutalandia era en épocas pretéritas un gran centro de comercio naval. Actualmente, cuando cambiamos dinero allí, a veces nos dan unas extrañas monedas, romanas, griegas y hasta cretenses. Pero el comercio y la prosperidad debieron cesar al marchar los godos, pues desde aquellos siglos la isla no ha tenido importancia. Ahora habitan allá una cuantas familias de campesinos svear que llevan una vida miserable cultivando cebada y criando un ganado de piel amarilla; seguimos comprándoles la cebada para hacer cerveza y las curiosas pieles. Sólo conozco una mujer goda, pero es muy vieja y está muy loca.
—De todos modos —dije—, quiero comunicar a mi rey que he visitado ese lugar. ¿Me llevarías allí?
—¿Ahora, que está helándose el mar? Ni.
—Mi rey hará que se pague debidamente a ti y a tu tripulación por los peligros que pueda haber —insistí—. Y él no paga con monedas antiguas sin valor.
—Peligro no hay —replicó el patrón—, sólo incomodidades y esfuerzo en vano. Cruzar el mar Sármata en pleno invierno para ver una isla miserable es una tontería. Ni, ni, no me vendo.
—Pues se te ordenará —terció Frido, sorprendiéndonos a mí y al patrón con su aire autoritario—. Yo, tu príncipe, también quiero ir allí. Nos llevarás.
El patrón refunfuñó, se defendió y protestó, pero no podía negarse a una orden real. El príncipe le dijo con gran firmeza que estuviese preparado para cuando volviésemos, y con ésas nos despedimos. Por el camino hacia palacio, dije:
—Frido, thags izvis, por tu intervención como príncipe; pero sabes que tu madre no te dejará hacer ese viaje.
—Ya veremos —contestó él con gesto taimado.
Giso dijo que no en todas las lenguas que hablaba: gótico, germánico rugió y esloveno kashube.
—¡Ne! ¡Ni! ¡Nye! Frido, estás loco pidiéndome hacer ese viaje.
—El patrón del barco dice que no hay peligro, señora; únicamente el frío —aduje yo.
—Bastante peligro es el frío. El príncipe heredero no puede correr el riesgo de enfermar.
—Si va bien abrigado con pieles…
—Desistid, mariscal —me espetó—. Bastante he cedido en mis atribuciones maternas dejándoos viajar al aire libre con mi hijo por todo el país. Pero eso se ha acabado.
—Señora, mirad al muchacho; ahora está más rubicundo y fuerte que cuando llegué —añadí, suplicante.
—Ya os he dicho que se acabó.
Yo no podía desobedecer, pero Frido sí.
—Madre —dijo—, le he dicho al patrón que iría. Le ordené que nos llevase. No puedo volverme atrás en una decisión real ni anular la orden.
La reina palideció. Y comprendí por qué Frido había hecho aquel gesto taimado, pues había recurrido a la estratagema para vencer la voluntad de una mujer como aquélla, que continuamente le repetía que tenía que mantener su «alcurnia» y que todo el mundo debía acatar su voluntad, y ahora ella misma no podía desautorizarle; la madre del príncipe heredero de los rugios no podía impedir que cumpliera su palabra, pues afectaba a su propia vanidad de reina. Así, aunque no fue una fácil victoria, Frido se salió con la suya. Giso hizo toda clase de aspavientos, protestando y hasta llorando, pero al final su vanidad real prevaleció sobre su maternal desvelo.
—¡Vos seréis responsable! —me dijo, gruñendo—. Hasta vuestra llegada, Frido era un hijo sumiso y obediente, y vos le habéis socavado el respeto filial por su madre. Os prometo que ésta será la última vez que os acompaña.
Vociferó para que acudieran criados y les impartió órdenes, malhumorada, para que hiciesen los preparativos y el equipaje con todo lo que el príncipe pudiese necesitar en el viaje. Luego, volvió su rostro hacia mí, con aquellos dientes y encías protuberantes, y pensé que iba a responsabilizarme de la vida del niño durante el viaje, pero esto fue lo que me dijo:
—Cuatro de mis más fieles guardias de palacio os acompañarán, y no sólo para proteger a Frido, sino que les ordenaré que en ningún momento os dejen a solas con él para que no le inculquéis vuestros sediciosos conceptos de rebeldía. Cuando concluya el viaje, abandonaréis el país, mariscal. Pero si Frido muestra el menor signo de desobediencia, os marcharéis con la espalda deshecha a latigazos. ¿Está claro?
No me atemorizó gran cosa la amenaza, pues no pensaba dejarme azotar; pero, en honor a la verdad, tuve que admitir que me lo merecía. Pues pensaba pecar, no contra las leyes godas del parentesco, sino, lo que era peor, contra la ley universal de la hospitalidad.