Capítulo 2

La casa de Singidunum que Thiudareikhs había confiscado para alojamiento y praitoriaún estaba muy cerca de las murallas. Mientras me llegaba a ella a pie —habiendo dejado a Velox atado con los demás caballos— vi que los ostrogodos se dedicaban a uno de aquellos enérgicos hostigamientos del enemigo. Guerreros situados de trecho en trecho lanzaban por encima de la muralla flechas corrientes y otras de fuego, y arrojaban con honda piedras del tamaño del puño y bolas incendiarias de lino mojado en aceite; desde las almenas y torres de la ciudad, los sitiados respondían despectivamente con algunas flechas.

La casa de Thiudareikhs no era ni mejor ni peor que las que daban alojamiento a sus tropas, salvo que, como no pude por menos de advertir, la familia que la habitaba tenía una hermosa hija que se ruborizaba cada vez que miraba al rey o él a ella; no tenía otra servidumbre Thiudareikhs que los miembros de aquella familia, y había prescindido de un séquito de esclavos o cortesanos, ayudantes, ordenanzas y parásitos por el estilo. Había unos guerreros en la puerta para servir de emisarios si hacía falta, y de vez en cuando entraba y salía algún centurión o decurión para informar o recibir órdenes; pero ningún guardián ni lacayo me impidió la entrada, ni él me recibió con protocolo alguno.

Empero, cuando pasé al sencillo cuarto en donde se hallaba sentado —ya sin casco ni armadura, y sencillamente ataviado con una túnica como la mía sin distintivo de mando o de realeza— me sentí obligado a echar rodilla en tierra y hacer una inclinación.

Vái, ¿qué haces? —dijo él, conteniendo la risa—. Los amigos no se arrodillan ante los amigos.

Sin alzar la cabeza, dije mirando al suelo de tierra apisonada:

—No sé realmente cómo se saluda a un rey; no he conocido a ninguno.

—Cuando me conociste no era rey. Sigamos tratándonos del mismo modo que lo hicimos entonces. Levántate, Thorn.

Lo hice y me quedé mirándole a los ojos, de hombre a hombre, pero sabía que era una persona distinta al Thiuda que había hecho amistad conmigo, y creo que me habría dado cuenta aunque no hubiera sabido quién era. Aunque no llevaba atavíos reales, sí que había algo regio en su rostro y su apostura; sus ojos azules seguían siendo tan alegres y traviesos como cuando profería alabanzas de su «amo Thornareikhs», pero también se oscurecían pensativos o se encendían cuando hablaba del combate y la acción. Antes era simplemente un joven apuesto y agradable, pero ahora era un joven monarca excepcionalmente guapo y atractivo, alto, airoso, musculoso, de melena varonil y barba dorada y con tez bronceada por el viento y el sol. Sus modales eran corteses, de naturaleza afable y de inteligencia manifiesta, y no necesitaba cetro, corona o púrpura para resaltar su preeminencia entre los demás.

Por mi mente cruzó veloz como el rayo la siguiente idea: «¡Aj, quién fuera mujer!», y por un instante sentí una feroz envidia por la ruborosa campesina que en aquel momento sacudía con un plumero de oca el alféizar de la ventana, pero deseché con firmeza la idea y el sentimiento y le pregunté:

—Entonces, ¿qué trato he de otorgarte? No quiero abusar de nuestra amistad ni parecer irrespetuoso ante los tuyos. ¿Cómo se dirige al rey un villano? ¿Majestad? ¿Señor? ¿Meins fráuja?

—Pobre desgraciado sería lo más adecuado —contestó él, casi en serio—. En realidad, durante los años que he vivido en Constantinopla, todos me llamaban Teodorico y me he acostumbrado a ese nombre. Mi tutor me regaló este sello de oro cuando cumplí dieciséis años para que marcara el monograma de ese nombre en mis libros de estudio, cartas y documentos. Es un obsequio que sigo apreciando y utilizando. ¿Ves?

Estaba sentado en un banco tras una rústica mesa llena de pergaminos cubiertos de notas; echó en uno de los pergaminos varias gotas de sebo del cirio, estampó el sello y me lo mostró.

Yo ya me había percatado de que la palabra «Teodorico» —pronunciada aproximadamente como «el otro rick»— representaba el intento más aproximado por parte de los extranjeros para pronunciar el nombre de Thiudareikhs. Además, poseía un rasgo distintivo suplementario, porque incluía dos palabras griegas: théos que significa «dios», y doron que quiere decir «don». Por lo que el nombre, aparte de su principal significado de «Rey del Pueblo», podía interpretarse también como «el don de Dios», y qué duda cabe de que el nombre seguía también la pauta del de Teodosio, otrora emperador del imperio oriental, a quien aún se recordaba con reverencia como gobernante eminente y querido. En definitiva, pensé, difícilmente habrá un monarca que pueda ostentar un nombre más cargado de significados que el de Teodorico.

—Pues te llamaré Teodorico —dije—. Es un nombre cargado de augurios. ¿Por qué has dicho que eras un pobre desgraciado?

—¿Acaso esta pobre y desgraciada choza se asemeja a un palacio real? —replicó él, con un amplio gesto del brazo.

La muchacha dejó de quitar el polvo y puso cara contrita y triste; supongo que por su impotencia para procurarle un alojamiento más lujoso.

—Aquí me tienes —prosiguió Teodorico—, dueño de seis mil hombres hambrientos de comida y conquistas a los que sólo puedo dar un poquito de ambas cosas. Mientras, el resto de mi pueblo, en las tierras al sur y al este de aquí, no son mucho más afortunados. No puedo sentirme rey hasta que no haya demostrado que lo soy.

—¿Reconquistando Singidunum para el imperio romano?

—Bien, ja. No debo fallar en mi primera empresa de rey. Pero ne, no exactamente para el imperio romano, ni tampoco para demostrarme a mí mismo que soy rey.

—¿Para qué, entonces?

Pasó a explicarme algunas cosas que yo ya le había oído comentar a Wyrd. Hacía casi cien años, me dijo, que la rama de la nación goda a la que él pertenecía —el linaje amalo o de los ostrogodos— era un pueblo desarraigado, sin tierras y errabundo, que vivía de forrajear y del pillaje; su padre y su tío, los dos reyes hermanos Teodomiro y Walamer, habían firmado tratados de alianza con el emperador León del imperio romano oriental.

—Por eso —dijo— me enviaron de niño a Constantinopla. No puede decirse que fuese prisionero de León, pues me crió con arreglo a mi condición real, pero sí que era un rehén como garantía de que mi pueblo no violaba esos tratados.

Con arreglo a esa alianza, León había pagado a los dos reyes una importante consueta dona, una suma anual de oro, para que los guerreros vigilasen y defendiesen las fronteras norte del imperio, y había concedido, además, a los ostrogodos las nuevas tierras de Moesia Secunda, donde éstos vivieron en paz como agricultores, pastores, artesanos y comerciantes, llegando a alcanzar todos los refinamientos y adelantos de la civilización y esforzándose por ser buenos ciudadanos romanos. Pero la paz se había truncado con el reciente fallecimiento del emperador León, pues su sucesor León II, nieto del mismo, o, mejor dicho, el regente que gobernase en su nombre, no sancionaba los tratados con ningún pueblo extranjero.

Teodorico lanzó un suspiro y dijo:

—Los godos del linaje balto, los visigodos primos nuestros, hace ya tiempo que están asentados en la lejana provincia de Aquitania al oeste, pero desde el día en que murió León, los ostrogodos nos hemos quedado sin tierras propias. Por eso quiero tomar Singidunum y quedármelo como rehén, del mismo modo que yo lo fui yo; creo que así podría forzar al joven León a cumplir el tratado de su abuelo, pues esta ciudad domina y controla el comercio fluvial del alto y bajo Danuvius, y tanto Roma como Constantinopla considerarán que es una ganga —a cambio de devolver Singidunum al imperio— confirmar nuestros derechos a las tierras en Moesia Secunda y reanudar los pagos en oro por defender la frontera del río.

—Eso creo yo —dije.

—Pero eso sólo será posible si… si podemos arrebatar la ciudad al rey Babai. Nuestro convoy de aprovisionamientos puede tardar semanas en llegar aquí con las potentes máquinas de asedio y sólo el liufs Guth sabe si resistiremos hasta entonces; nos alimentamos prácticamente de carne de caballo y forraje. Como los sármatas no necesitaban caballería una vez en la ciudad, no se preocuparon de saquear los arrabales de avena, heno y salvado, y de eso comemos, y la única carne que tenemos es la de los caballos muertos en combate.

El estómago de ambos, cual si hubiese sido estimulado por sus palabras, sonó ruidosamente. La muchacha se ruborizó al oírlo y salió apresuradamente.

—Podría ordenar a mis hombres —prosiguió Teodorico— derribar las mejores casas de los arrabales y usar las vigas para construir torres de asedio, pero estarían demasiado débiles después del esfuerzo para trepar a ellas, y no digamos para luchar a brazo partido. He pensado en otras posibilidades —añadió, señalando los pergaminos esparcidos en la mesa— y consideré el minar las murallas este, en el lado en que se alzan sobre el precipicio, pero es un acantilado cortado a pico sin un voladizo protector, sin asideros para llegar al pie de ellas, y no cabe duda de que los sármatas tienen ingentes cantidades de agua hirviendo, aceite y brea para repeler un ataque.

—A propósito de voladizo —dije—, he advertido que la puerta de acceso a la ciudad está encajonada en un profundo arco y, por lo que fuese, no la dotaron de un rastrillo para impedir a los sitiadores llegarse a ella. Podrían juntarse unos cuantos hombres bajo el arco, que allí no les alcanzarían los sármatas con aceite ni con flechas.

—¿Y luego, qué? ¿La empujan con los hombros? —replicó Teodorico con una mueca—. Habrás advertido lo resistente que es. Ningún tronco recién cortado la echaría abajo, si no ya habría probado; y la madera es demasiado vieja y petrificada y se tardaría una eternidad en quemarla. Para derribarla haría falta un ariete con cabeza de hierro, armazón y cadenas… que llegará con el convoy de pertrechos. Pero ¿cuándo?

Volvió a entrar la muchacha y nos puso delante dos cuencos humeantes: Teodorico le dirigió una mirada de agradecimiento —haciéndola ruborizarse otra vez— y me hizo seña de que me sentase en una banqueta frente a él. Inmediatamente se puso a devorar el contenido del cuenco, mientras yo miraba el mío a ver qué era: simples gachas de avena en agua y… sin sal, descubrí al probarlas. Lamentaba profundamente no haber podido traer hasta allí el resto de las estupendas provisiones que Amalrico me había procurado en Vindobona para el viaje.

—No le hagas ascos —dijo Teodorico entre dos sonoras cucharadas—, que los soldados comen salvado.

Así, ataqué las gachas y me sentí agradecido por tener algo que comer en aquellas circunstancias. Y, de pronto, la pegajosa materia me hizo recordar algo —un incidente de tiempos pasados— y en mi cabeza se abrió paso una idea. Pero opté por no decirle nada a Teodorico hasta haberla madurado.

Aunque sí que le dije:

—Me gustaría ayudaros en lo que pueda. En el asedio, las patrullas; lo que tú mandes.

—Creo que ya nos has ayudado —contestó él, limpiándose la boca y sonriendo—. Por lo menos la mitad de los guerreros de la turma que te vieron disparar flechas al galope están ahora absortos en empalmar cuerdas para adaptarlas como estribo a sus monturas. Tu intervención les impresionó.

Aj, es un artilugio que se me ocurrió como juguete cuando era niño —dije yo con modestia—. Les costará un poco acostumbrarse y tendrán que practicar con el arco a distinta velocidad para aprovecharlo. Si quieres, podría hacerles una demostración y entrenarles.

Vái, Thorn, no puedo ordenarte nada mientras no seas uno de los nuestros, súbdito mío, soldado ostrogodo.

—Creía que compartiendo contigo esta horrible comida ya lo era.

Ne, debes prestar juramento.

—¿Juramento?

—Jurar fidelidad a tus compatriotas ostrogodos y lealtad a mí en presencia de testigos formales.

—Muy bien. Llama a tu ayudante o a quien sea.

Ne, ne. Con la moza basta. Muchacha, ven aquí. Procura estar seria y no te ruborices.

Dicho lo cual, la joven se ruborizó, por supuesto.

—¿Qué hay que decir? —inquirí yo.

—No hay una fórmula. Di lo que te parezca.

Extendí el brazo derecho y la mano haciendo el saludo que había visto y dije solemnemente:

—Yo, Thorn, hombre libre sin nacionalidad, me declaro ostrogodo a partir de este día, y súbdito del rey Teodorico del linaje Amalo, a quien juro fidelidad… ¿Vale así?

—Espléndido —respondió él, devolviéndome el saludo—. Muchacha, atestigua.

—Atestiguo —musitó la joven, poniéndose roja como una amapola.

Teodorico alargó el brazo para asirme por la muñeca y yo así la suya, mientras decía efusivamente:

—Bienvenido, compatriota, amigo, guerrero y hombre leal y sincero.

Thags izvis, con todo mi corazón. Por fin me siento identificado con un pueblo. ¿Es ésa toda la ceremonia?

—Bueno, podría hacer que el capellán te bautizase como arriano, pero no es una condición imprescindible.

—Entonces, con tu permiso, me marcho. El faber armorum me dijo que volviese al taller a por mis pertrechos de combate.

Ja, ve, Thorn. Voy a seguir con estos planos, a ver si se me ocurre algo. O tal vez me tumbe un rato —añadió, mirando a la muchacha, que enrojeció aún más— a meditar. A ver si me viene la inspiración.

Al salir de la casa me di cuenta de que había cometido un engaño al jurar lealtad al rey y a mis compatriotas, pues había jurado como «Thorn, hombre libre», y me preguntaba si importaría o llegaría a importar que hubiese olvidado prometer a Teodorico —aunque fuese en silencio y mentalmente— fidelidad de por vida como Veleda, mujer libre.

Antes de descender la cuesta hacia el taller del armero, fui a mirar más de cerca la puerta de la ciudad. Ya era de noche y los ostrogodos habían dejado de lanzar la lluvia de flechas y proyectiles por encima de la muralla, por lo que no quedaba nadie en la zona enlosada que había ante ella. En la oscuridad pude cruzar rápido aquel espacio descubierto sin llamar la atención —o al menos sin necesidad de esquivar flechazos— de los centinelas sármatas del adarve, que, además, una vez bajo el arco, no podían verme.

La anchura era amplia de sobra para dejar paso al carro más grande que pueda imaginarse y la altura permitía que lo hicieran cargados bien hasta arriba. Pero bajo el arco la oscuridad era más densa y tuve que examinarla más que nada palpando; recorrí con las manos sus dos hojas y los postigos todo a lo ancho y hasta donde llegaba por encima de mi cabeza, y comprobé que las vigas y tablones con que estaba hecha eran tan sólidos como parecían desde lejos. Y no cabía duda de que los travesaños que palpaba estarían reforzados por otros verticales y, lo más posible, por otros en diagonal; y detrás de los travesaños habría los inmensos largueros transversales encajados en entalles en el muro de piedra. No tenía goznes que pudieran desencajarse, pues las dos hojas se abrían girando sobre dos ejes arriba y abajo.

Sin embargo, pese a su sólida estructura, y a pesar de que ambas hojas estaban tan formidablemente reforzadas con remaches y tachones de hierro, toda la puerta era de madera; madera vieja, y la madera se contrae con el tiempo. Efectivamente, palpé una fisura en la unión de dos tablones, otra por abajo entre los tablones y el enlosado, y otra entre los tablones y la jamba de madera que la unía al arco, y había pequeñas fisuras en el perímetro de los postigos. La mayor de ellas, la de la parte de abajo, no tendría más de dos dedos de ancho y las otras uno escaso; es decir, que no era posible introducir una palanca lo bastante grande para hacer mucha fuerza, aunque se pusieran a ello muchos hombres.

Pero tenía fisuras y en ellas podría introducirse algo de naturaleza destructiva. Y yo sabía lo que podía ser.

Y comenté mi idea —en parte, no obstante— con el faber armorum y el ostrogodo intendente, el custos Ansila. El faber, que ya tenía preparado el caparazón de mi casco, me puso un trapo en la cabeza, pues dijo que «tendré que forrarlo de cuero cuando esté acabado», sobre él me colocó el casco y comenzó a hacer marcas con tiza para mostrar a Ansila dónde iba a situar las orejeras y la pieza protectora de la nariz. Mientras lo hacía, dije:

Faber, he advertido que hay partes del casco que van unidas por remaches, pero hay piezas que están forjadas enteras.

—Soldadas —me corrigió Ansila.

Ja —añadió el faber—. Para soldar dos piezas de metal se les hace una serie de muescas y se echa cobre en polvo entre ambas, se aprietan, se ponen al rojo vivo y se martillean hasta que quedan unidas.

—¿Y no podrías ensamblar de ese modo un arma que he inventado? —inquirí.

—Jamás he fallado en la fabricación de cualquier artefacto de metal que me pidan —contestó él, altivo.

—Pues déjame la tiza y algo para dibujar —añadí.

Los dos me miraban con curiosidad viéndome esbozar en una plancha de madera lo que se me había ocurrido.

—¡Vái! ¿Qué clase de arma es ésta? —inquirió Ansila—. Parece una vaina de guisante. Una vaina tan grande como mi brazo.

—No es un arma mortífera —contesté—, sino para romper cosas. Imaginaos la trompeta que derribó las murallas de Jericó.

—Pero eso lo puedes hacer tú mismo, joven —dijo el faber, examinando el esbozo—. Se puede hacer doblando una pieza de metal con una herramienta muy sencilla.

Ne —repliqué—. Yo lo llenaré con el ruido de la trompeta, por así decir. Y luego debe quedar tan hermético como se hace con las botellas de vino para conservarlo sin que se estropee. Tan hermético que ni el ruido de la trompeta pueda escaparse.

Aj, por eso lo quieres soldado. Ja, puedo hacerlo.

—Bien. Necesitaré una veintena, lo antes posible.

—Puedo hacerlo, pero ¿por qué he de hacerlo?

Ja, ¿por qué iba a hacerlo? —añadió Ansila enojado—. Yo soy el encargado del armamento y quien da las órdenes. —Pues da ésta, custos Ansila. Así el faber y tú podéis fabricar esas armas esta noche, antes de que Teodorico os lo ordene mañana. Y os aseguro que lo hará.

—¿Con avena? —exclamó Teodorico asombrado, cuando a la mañana siguiente se lo dije mientras se vestía—. ¿Que vas a derribar la puerta con avena? ¿Es que el hambre te hace delirar, Thorn?

—Bueno, no estoy seguro de que salga bien —dije—, pero en cierta ocasión funcionó como por arte de magia en una empresa mucho más modesta.

—¿De qué modo funcionó?

Estaba examinando el objeto que le había traído; uno de los que habían hecho Ansila y el faber por la noche. Así, acabado en plancha de metal fina, no se parecía tanto a la vaina de guisante que yo había esbozado, y ni mucho menos a una trompeta; parecía más bien una hoja de espada gruesa y de un solo filo con los extremos romos. Y no estaba acabada, porque le había dicho al faber que dejase abierto uno de los extremos.

—Por esta abertura meteremos los granos de avena lo más prietos posible —dije—. Luego, le echamos agua y el faber lo tapa herméticamente. Después, voy con unos hombres y los llevamos corriendo a la puerta, porque hay que hacerlo rápido; introducimos todos los que podamos por el borde fino en las fisuras y los golpeamos con el martillo como si fuesen cuñas para empotrarlos lo mejor posible.

Me detuve para respirar, mientras Teodorico me miraba, meditativo pero con una sutil sonrisa.

—¿Y luego, qué? —inquirió.

—Nos retiramos y esperamos. Los granos, tan apretados y encerrados, al inflarse romperán las vainas con una fuerza enorme. Quizá no lo bastante para derruir la puerta entera, pero espero que sobrada para combar los tablones y que éstos se suelten de los travesaños. Y suficiente, espero, para que la puerta ceda a nuestra embestida con un simple tronco a guisa de ariete, manejado por tus hombres más fornidos.

Sin dejar de mirarme con gesto reflexivo, Teodorico dijo:

—No tengo un plano de las fortificaciones de Singidunum, pero sé que las murallas son de una anchura tremenda, y probablemente habrá otra puerta cerrando la otra parte del arco.

—Pues bastará con que repitamos la operación. Los defensores no pueden impedírnoslo. Ahora bien, si entramos en la ciudad, cuando lo hagamos, hay otro aspecto a considerar. Seremos seis mil contra nueve mil.

Teodorico hizo un gesto para restarle importancia, diciendo:

—Tú solo abatiste a tres guerreros sármatas avezados al combate. Si todos mis mejores hombres son capaces de igualarte, podemos enfrentarnos confiados a dieciocho mil.

—Si logramos entrar —repliqué yo—. Pero nada perdemos intentándolo hacer como yo pienso. Y, personalmente, prefiero emplear la avena así que no tener que seguir comiendo las gachas pringosas que se hacen con ella.

—Y yo —añadió él con una carcajada—. Sí, probaremos con tu plan. ¿Dudabas de que lo haría? Enviaré inmediatamente a unos hombres a que corten un árbol para hacer un ariete. Mientras, ve corriendo a decirle a Ansila que se busque ayudantes para hacer más de eso… como lo llames. Que el faber no intervenga en la fabricación para que pueda terminarte la armadura. Si tu invención da resultado, querrás ser uno de los primeros en cruzar la puerta. Y para eso necesitas casco, coraza y escudo. ¡Habái ita swe!

Fue la primera orden directa que me daba Teodorico como rey y comandante, pero a partir de entonces le oiría muy a menudo proferir aquellas palabras finales imperiosas, y las vería siempre escritas al final de todas las órdenes y edictos que promulgaba: «¡Que así sea!».