Capítulo 2
De nuevo volví a guiarme por el Danuvius, y los dos lo seguimos aguas abajo, rehaciendo la ruta que había tomado al huir de la Scythia de Estrabón. Aunque, como he dicho, nunca me ha gustado repetir las cosas, ahora, ufano y complacido como si me perteneciesen, señalaba a Swanilda los distintos lugares dignos de mención, los puntos en los que se disfrutaba de una hermosa vista y cosas que recordaba de mi anterior viaje, de modo que esta vez el camino se me antojaba nuevo y diferente.
Por haber viajado con ella antes, sabía que sería una buena compañera con quien congeniaría, y así fue; la muchacha no siempre había sido una doméstica melindrosa, me dijo. Se había criado en una tribu de cazadores y pastores de los bosques y era hábil cazando con la honda y mucho más guisando la pieza. (Incluso se había traído un pequeño caldero, cosa en la que yo jamás habría pensado). De hecho, me enseñó muchas cosas de cocina ignoradas por el viejo Wyrd; aprendí que cuando se guisa carne, para que no se queme, se echan al puchero unas ramitas de abedul; que las ranas se cazan mejor de noche con una antorcha de juncos y una estaca aguzada y que las ancas son muy carnosas y apetitosas si se cuecen con diente de león, otra cosa que no habría podido imaginar.
Yo siempre había tenido gran consideración por Swanilda, pero ahora descubría que era una joya; no sólo por sus dotes prácticas como compañera de viaje, sino también por sus atractivos rasgos femeninos. Recuerdo cómo la primera noche después de salir de Novae, casi como por arte de magia prescindió de las burdas ropas de la jornada y se transformó en una joven dulce, esbelta y encantadora.
Al atardecer, nos detuvimos en un amplio claro herboso, calentado por el sol, junto al río, donde guisamos una liebre que yo había cazado por el camino. Luego, fui a bañarme en la orilla, me vestí, regresé y, sin desvestirme, me metí bajo la piel para dormir. Hasta que no hizo noche cerrada, no fue Swanila a bañarse; estuvo chapoteando en la orilla un buen rato y yo me pregunté por qué se demoraría tanto. Resultó que había esperado a que saliera la luna, y, dejando sus ropas en la orilla, llegó al claro —caminando despacio, tentadoramente para mí que la veía avanzar— tan sólo envuelta en la luz de la luna.
Cuando se me echó en los brazos, dije con una mezcla de complacencia y admiración:
—Hermosa mía, sí que sabes llevar el atavío que corresponde a la ocasión.
Ella se echó a reír y contestó tímidamente:
—Pero… ya te he dicho qué otras cosas… tienes que enseñármelas…
Bien, ya he dicho que había pocas cosas que pudiera enseñarla sobre viajar al descubierto, pero sí que le enseñé otras, y ella era una aplicada estudiante, quizá porque la enseñanza mía era más lúdica que didáctica. Recuerdo, por ejemplo, una ocasión en que me dediqué a dictarle las palabras griegas para designar los pechos femeninos, y que yo había aprendido en Constantinopla. A Swanilda le parecieron instructivas y divertidas, porque en nuestro antiguo lenguaje sólo existía un vocablo para esa zona de la anatomía humana.
—Lo que llamamos el brusts o el busto —dije yo—, en griego se llama el kolpós, pero cada uno de éstos —añadí, rodeando suavemente con mi mano uno de sus senos— es un mastós, y esta canal entre ellos —dije, acariciándosela— es el stenón. Y la punta rosada de cada mastós es el stéthane —añadí, trazando un círculo con el dedo en torno a uno de los de ella— y el botoncito del centro del stéthane se llama thelé. Aj, mira lo que hace el thelé cuando se le roza, Swanilda; en ese estado de erección se le llama el hrusós.
—¿Y por qué crees, Thorn, que los griegos estimaron conveniente inventar tantas palabras? —inquirió ella, con un delicioso temblor.
—Siempre fueron gente famosa por su inventiva, y tienen fama de ser mucho más sensuales y despreocupados que las razas del norte como la nuestra. Quizá las inventasen —aparte de otras muchas que denotan las partes y funciones del cuerpo humano— para que les sirviesen para hacer el amor con más voluptuosidad; o quizá para instruir a las jóvenes y a las vírgenes que desconocen el arte de hacer el amor. Como habrás advertido —y en este momento compruebas— la simple mención de las palabras y la demostración de a dónde se aplican ejercen un maravilloso efecto excitatorio en esas partes de la mujer.
Como puede suponerse, a los dos nos parecía tan agradable el viaje que no nos dábamos prisa, y estábamos predispuestos a hacerlo durar lo más posible. Empero, al cabo de dos plácidas semanas aproximadamente, llegamos a la fortaleza ribereña de Durostorum, donde nos hospedamos en un buen hospitium. Dejé a Swanilda disfrutando de la lujosa terma del establecimiento y me dirigí al praetorium de la legión Itálica. El comandante que conocía de la anterior ocasión se había retirado y su sustituto era, naturalmente, subordinado de Teodorico, por lo que se mostró muy hospitalario con un mariscal del rey. Bebimos uno de los incontables vinos de Durostorum y me contó las últimas noticias de Novae; se trataba de simples informes rutinarios en los que no se hablaba para nada de movimientos inquietantes de Estrabón, con o sin sus presuntos aliados rugios, por lo que no había necesidad ni pretexto para abandonar la misión y regresar al lado de Teodorico.
—Tampoco hay necesidad de que continuéis penosamente viaje por tierra, saio Thorn —añadió el comandante muy atento—. ¿Por qué no tomáis una embarcación y descendéis cómodamente por el Danuvius? Llegaréis al mar Negro antes y menos cansado.
Me informé en la ribera de las posibilidades de alquilar una barca y allí mismo di con el primer rastro de los primitivos godos.
El segundo o tercer patrón de barca con quien hablé era un hombre lo bastante viejo para haber sido uno de ellos; me preguntó un tanto incrédulo por qué prefería pagar el considerable precio por llegar en barco hasta el mar Negro si no llevaba mercancías, y, como mi misión no guardaba secreto alguno, le dije sin ambages que quería dar con el primitivo país de mis ancestros godos.
—Aj, entonces sí que es un buen medio hacerlo en barca —replicó—. No tendréis que circunnavegar todo ese mar buscándolo. Yo puedo deciros la zona concreta en que vivieron los godos antiguamente. Está en el delta llamado las Bocas del Danuvius, donde el río vierte en ese mar.
—¿Y cómo lo sabéis? —dije yo, sin acabar de creérmelo.
—Vái, ¿no notáis por mi modo de hablar que soy un gépido? Además, los patrones y barqueros tenemos la obligación de saber quiénes habitan en las orillas del río. Y por eso sabemos quiénes vivían antaño; no ya ahora, sino siglos atrás. Y es bien sabido que, en la antigüedad, los godos habitaban esas Bocas del Danuvius. Muy bien. Si tenéis ese dinero para despilfarrarlo, os llevaré al delta.
Le contraté inmediatamente, le insté a que se preparase para zarpar lo antes posible y le pagué un adelanto para que aprovisionase bien la embarcación con vituallas y pienso para dos caballos, además de buenos vinos de Durostorum para dos pasajeros. Regresé al hospitium para unirme a Swanilda en un prolongado y placentero baño en la lujosa terma; tal vez el último antes de volver a la civilización.
A la mañana siguiente, nuestra embarcación zarpó una vez que los marineros subieron los caballos y los trabaron debidamente en el centro; estaba yo ayudando a Swanilda a colocar nuestras pertenencias y a extender las pieles de dormir en la proa, cubierta con un dosel, cuando el patrón me llamó desde su puesto al timón:
—¿No os buscará ese jinete?
Me incorporé y vi en el muelle que acabábamos de abandonar un hombre a caballo. Se empinaba en la silla y se protegía los ojos del sol para atisbarnos, aunque sin saludar ni hacer gesto alguno; sólo pude apreciar que era delgado —desde el centro del río no distinguía sus facciones—, pero había en él algo que me resultaba familiar.
—Quizá sea un sirviente del hospitium —dije a Swanilda—. ¿Nos habremos dejado algo?
Ella echó un vistazo a nuestras cosas y contestó:
—Nada importante.
Le indiqué al viejo al timón que continuase, y, en cuanto doblamos una curva del río, dejamos de ver el jinete del muelle y ya no volvimos a pensar en él.
El viaje río abajo fue como una continuación de la vida indolente que había llevado en Novae en los últimos tiempos. La corriente del Danuvius era mucho más rápida que el paso del caballo, pero en su curso bajo no había rápidos ni cascadas; no tenía nada que hacer ni me veía constreñido por los imponderables del viaje por tierra, y ni siquiera tenía que pensar en comprar comida. A veces echaba un sedal al agua para tener pescado fresco y una o dos veces, por gusto de probar, hice algún turno al timón. Swanilda se dedicó a hacer algunos arreglos cosiendo la ropa de la tripulación y les cortaba el pelo y la barba cuando lo requerían; pero los dos nos pasábamos casi todo el día repantigados, tostándonos al sol de verano y contemplando el paisaje y las embarcaciones que nos cruzábamos. Por la noche disfrutábamos de otros placeres. El único esfuerzo que hice en relación con mi encomienda, fue preguntar al viejo patrón si sabía cómo la rama gótica de la que procedía había dado en llamarse gépida. Pero no lo sabía, y sólo supo decirme:
—¿Qué queréis decir? Nos llamamos así. Igual que este río se llama Danuvius.
El río se iba ensanchando cada vez más y llegó un momento en que flotábamos en la parte más ancha de él que había yo visto; y no dejaba de ensancharse. Finalmente, nos deslizábamos entre montículos e islitas separadas, bajas y llenas de árboles, pero deshabitadas. Luego, los árboles de aquellos trozos de tierra y los de las orillas comenzaron a disminuir, hasta que dejaron de ser bosques y sólo veíamos algún árbol que otro; después, únicamente era maleza, que, finalmente, dio paso a bajíos llenos de juncos y hierbas en los que flotaban tallos y pajas acumulados. El entorno empeoró con los enjambres de mosquitos y otros insectos que surgían de las zonas pantanosas, tan numerosos y molestos como los que yo conocía aguas arriba en la Puerta de Hierro. Fue en aquel momento del viaje cuando el patrón hizo un ademán y dijo:
—Ahí las tenéis: las Bocas del Danuvius.
—¡Iésus! —exclamé—. ¿Nuestros antepasados godos se complacían en vivir en estas marismas?
—Aj, no las menospreciéis. Es una tierra rica y vasta. Ahora nos encontramos a más de cuarenta millas romanas del punto en que las numerosas bocas desaguan en el mar Negro. Y estas marismas se extienden muchas más millas en ambas orillas. En total, el delta tiene una extensión superior a una provincia romana, y es más rico que muchas de ellas.
—No en belleza —musitó Swanilda.
—Creo, señora —replicó secamente el anciano—, que nuestros antepasados daban preferencia a otras cosas. En primer lugar buscaban sustento, y estas Bocas del Danuvius se lo procuraban bien. Mirad cuántas barcas surcan estos canales debido a la abundancia de suculentos peces: percas, carpas, siluros y cien variedades más. ¿Y no habéis advertido las inmensas bandadas de aves? Hay garza real, garceta, ibis, pelícano… Y en los islotes y montículos viven animales salvajes, como el jabalí, el glotón y la marta, que se alimentan de peces y aves.
Su entusiasmo era convincente. Miré de nuevo en derredor y contemplé el lugar con los ojos de aquellos antiguos godos que habían llegado allí cruzando el norte de Europa, en busca de un lugar habitable para asentarse, y que lo más seguro es que llegasen hambrientos.
—Ja, los godos se criaron grasos y felices en estas tierras —prosiguió el patrón—. Los excedentes de carne los ahumaban y salaban, y con las pieles y plumas hacían un próspero comercio por las orillas del mar Negro… y hasta Constantinopla y más allá. Los godos nunca habrían abandonado estas tierras de no haber sido por la invasión de los hunos que los desplazó y los empujó hacia el oeste.
—Pues ¿quiénes son los que navegan con esas barcas? —inquirí.
—Los pobladores actuales son en su mayoría taurios y khazares, que también saben escoger un buen sitio para vivir, pero algunos de los antiguos godos se ocultaron cuando la invasión de los hunos, o regresaron cuando éstos desaparecieron. Ja, hay esparcidas algunas familias de godos —quizá una sibja o un gau, pero no llegan a formar una tribu— que se dedican a la pesca, a la caza con trampas, tienen aves de corral, comercian y viven bien. Si os quedáis aquí un tiempo, los conoceréis.
—¿Y dónde íbamos a quedarnos? —inquirió Swanilda, dado que no se veía otra cosa más que barcas de pesca.
—En Noviodunum —contestó el anciano—. Llegaremos mañana. Antes era una ciudad bastante grande, pero los hunos la saquearon y la incendiaron. Pero aún es próspera, porque allí el río es profundo y pueden anclar los barcos mercantes del mar Negro. Así que hay varios gasts-razna con alojamiento decente —hizo una pausa y se echó a reír—. Y es algo notable contemplar la llegada de uno de esos barcos a la ciudad.
Y tenía razón, porque, al día siguiente, vimos uno al mismo tiempo que avistábamos Noviodunum, todo ello a gran distancia. Las aguas, las riberas y los islotes son igual de llanos, y las casas de Noviodunum son de un solo piso; por lo que el enorme navío de dos mástiles parecía una montaña desprendida, desplazándose a nivel de tierra, abriéndose cautamente paso por el canal, y su tamaño resultaba aún más exagerado al lado de las pequeñas barcas de pesca y otras embarcaciones menores con las que se cruzaba, y no menos imponente era su mole al acercarse a la ciudad. Era una visión tan extraña que parecía un sueño.
Cuando nuestra embarcación llegó a la ciudad, el gran navío mercante ya había atracado en el muelle y lo vimos rodeado de pequeñas barcas que traían y llevaban mercancías. Nuestros marineros amarraron en un embarcadero y yo les ayudé a desembarcar los dos caballos. Luego, salté a tierra y eché un vistazo al animado muelle. La multitud estaba formada en su mayor parte por gentes de pelo negro y tez oscura: los khazar y los taurios, que eran racialmente muy parecidos a los khazar; pero había unas gentes rubias y de piel clara de evidente origen germánico; además, como era de esperar en un puerto tan próximo al mar, había personas de casi todas las nacionalidades: romanos, griegos, sirios, judíos, eslovenos, armenios y hasta negros nubios o etíopes. Y se hablaban otras tantas lenguas; algunas, de esos pueblos que he mencionado, pero lo que más se oía (y bien fuerte) era una especie de sermo pelagius, o lenguaje de mercaderes portuarios, formado por palabras de todos esos idiomas; la lengua que debía hablar y mejor entender la mayoría.
Entre los navíos atracados cerca de nosotros había un dromo de la flota de Moesia, así que me acerqué al navarchus que lo mandaba, que, naturalmente, hablaba latín, y le pregunté si podía recomendarme algún hospitium o taberna. Mientras Swanilda y los marineros cargaban el bagaje en los caballos, pagué al patrón, le di las gracias por el agradable viaje y le dejé buscando por el muelle un posible cargamento para el viaje de retorno. Luego, conduje a Swanilda y a los caballos al alojamiento que me habían aconsejado. Se llamaba un pandokheíon, pues los dueños eran griegos, pero no era nada lujoso y adolecía de falta de limpieza, pero el navarchus me había dicho que era lo mejor que había en Noviodunum. Así que tomé una habitación para nosotros y sitio en el establo para los caballos.
El pandokheíon, desde luego, no tenía terma, por lo que Swanilda mandó a los criados que trajesen agua caliente para las jofainas y preparasen el baño. Mientras, pregunté al dueño si en la ciudad había un praefectus —un kúrios, un magistrado o cargo similar— a quien hacer una visita de cortesía como mariscal del rey. El griego reflexionó un instante y contestó:
—No hay nadie oficialmente designado como autoridad de la ciudad, pero podéis visitar a Meíros el Barrero.
—Curioso nombre —musité.
—Probablemente es el habitante más antiguo de la ciudad, y uno de los mercaderes más distinguidos. En Noviodunum es la persona más respetada. Le encontraréis en su almacén del muelle del que venís.
El almacén era como cualquier otro de los que yo conocía, salvo que en su oscuro interior flotaba un olor rancio, casi como de cuadra; me detuve en el umbral, escrutándolo y tratando de localizar el motivo de aquel olor, cuando de la oscuridad surgió un hombre, diciendo «Bienvenido, extranjero» en seis u ocho idiomas, algunos de los cuales entendí. Era un anciano exuberante y pensé que sería un khazar dada su tez olivácea, nariz aguileña y poblada barba rizada, tan negra que desentonaba con su edad.
Le contesté en dos idiomas: «Salve» y «Háils», y le tendí mis credenciales. Pero en cuanto estuvo junto a mí, a la luz de la puerta, pareció reconocerme, pues dijo muy amable: —Ah, sí, saio Thorn. El rey Teodorico envió mensaje anunciando vuestra llegada, y hace una hora que me avisaron que había amarrado el barco. Permitid que me presente: Meirus Terranius en latín, Meíros Terástios en griego, o en mi lengua nativa, Meir ben Terdion.
Yo le espeté en el antiguo lenguaje:
—¿Iudaíus, niu?
—Ik im, ja. ¿Sentís aversión por los judíos?
—Ni allis —me apresuré a decir—. Nequáquam. Pero es que es… extraño que un judío sea el decano de una población del imperio romano.
—Una anomalía, ja. O quizá una inelegancia, como dirían los khittim.
—¿Los khittim?
—Los romanos en mi idioma. Y me apostaría algo, mariscal, a que habéis oído que se me llama con otro nombre. —Pues… ja, es cierto. Pero no acabo de decidirme a llamar a nadie el Barrero, pues imagino que ese agnomen no es precisamente elogioso.
—Puramente descriptivo —replicó él, conteniendo la risa—. Comercio con esa materia.
—¿Con barro?
—Sin duda notaréis el olor. Tengo el almacén lleno.
—Pero… ¿a quién vendéis ese barro? ¿Y a dónde? ¿Es que hay algún lugar en el mundo que no tenga su propio barro?
—El mío, como habréis advertido, es especialmente oloroso.
—Y me inclinaría a pensar que eso, precisamente, le hace perder valor.
—Aj, carecéis de imaginación y no pensáis en el valor que ese ingrediente añade a cualquier cosa.
—Supongo que no la tengo, al no saber de qué me habláis. —¡Imaginación, joven! Casi todos los mercaderes comercian simplemente con cosas; son simples buhoneros. Yo comercio con la fantasía. Sabed que no siempre fui mercader. En los días errantes de mi juventud fui poeta, juglar, cuentista… y en momentos difíciles, hasta khazzen, un augur o adivino. Pero fueron oficios mal pagados y con la edad tuve que establecerme en un sitio. Así, hace mucho, mucho tiempo, me encontré aquí, en las Bocas del Danuvius, y me puse a pensar; vi que había mucha gente rica que comerciaba con pieles, pescado o plumas. Lo malo era que todos los productos que daban beneficio ya estaban explotados y en las marismas no quedaba más que el barro.
Hizo una pausa y, arqueando las cejas, repitió:
—El barro, ja. El barro tan particularmente apestoso del delta. Un buhonero cualquiera no se habría molestado en olerlo, pero yo tenía imaginación y, además, mi actividad de augur me había dado experiencia en cuanto a la credulidad humana. Así que compré tarros, los llené con ese barro y comencé a ofrecerlo como cataplasma para las articulaciones reumáticas y las verrugas. Y la gente lo compraba —mujeres vanidosas y viejas, hombres aquejados de dolores— por aquello de que la medicina más eficaz es la menos apetecible. Incluso tuve la audacia de poner al asqueroso barro un nombre no menos asqueroso —saprós pélethos, basura podrida— y de venderlo a un precio exagerado. El nombre desagradable y el precio desorbitado lo hicieron totalmente irresistible. Y hace años que vendo este repelente légamo a los khittim ricos de Roma o Ravena, a los yevanim ricos de Atenas y Constantinopla, y los ricos de todo el imperio. El saprós pélethos me ha hecho tan rico como ellos. ¡Aj, os digo que la imaginación es un ingrediente mágico!
—Enhorabuena por vuestra imaginación.
—Thags izvis. Naturalmente, una vez que puse en juego mi imaginación, no he tenido necesidad de hacer nada más. Vender barro no requiere gran concentración ni esfuerzo y no tengo que vivir, como la mayoría de los mercaderes, en un estado continuo de ansiedad y desesperación. Por eso tengo mucho tiempo para ocuparme de asuntos cívicos y provinciales, y, a veces, efectuar un augurio para los que lo requieren; y muchas veces hago también favores a notables como nuestro magister militar Teodorico… y a su mariscal. Permitidme, saio Thorn, que os obsequie con un tarro de mi barro milagroso. Sois muy joven para tener reúma, pero quizá tengáis alguna amiga afectada…
—Thag izvis, aún no es mayor. En cualquier caso, pienso recorrer las marismas y, en caso necesario, ya recogería yo mismo el barro.
—Claro, claro. Bien, ¿en qué puedo serviros, mariscal? El mensaje de Teodorico dice que sois un historiador y que se os facilite cuanto necesitéis. ¿Indagáis la historia en estas marismas?
—Y en donde pueda hallar sus rastros —contesté—. Sé que aquí habitaron los primitivos godos antes de ser empujados hacia el Oeste por los hunos, y me consta que mientras vivieron aquí, aparte de las pacíficas ocupaciones de la pesca, la caza y el comercio, se convirtieron también en guerreros navales e hicieron incursiones a muchas ciudades, desde Trapezus a Atenas.
—No exactamente —replicó el Barrero, alzando un dedo—. Los godos fueron siempre guerreros a pie y a caballo, por tierra; los navegantes eran los cimerios, como los denominan en las historias antiguas, que, en realidad, eran los pueblos que hoy llamamos alanos, que también habitaban las riberas del mar Negro. Los godos convencieron a los alanos para que llevasen guerreros suyos en esas expediciones, del mismo modo que vos habéis dispuesto de una barca con tripulación para venir aquí. Los alanos eran los marineros y los godos combatían y saqueaban.
—Tomaré nota de la corrección —dije.
—Esos godos que atacaban por mar eran famosos —prosiguió Meirus— por la brevedad y la crueldad del mensaje que enviaban siempre de antemano a la ciudad que iban a atacar. En la lengua que empleasen, el mensaje siempre constaba de tres palabras: Tributum aut bellum. Gilstr aühthau baga. Tributo o… guerra.
—Pero ¿no concluyó esa situación cuando los godos establecieron una alianza con Roma, aceptaron la paz y comenzaron a adoptar la cultura y las costumbres romanas…?
—Ja, los godos gozaron por entonces de una época dorada de paz y prosperidad de cincuenta años, hasta que llegaron los hunos al mando de Balamber —añadió Meirus, meneando entristecido la cabeza—. Antes de eso, los romanos solían decir de los godos: «Dios los envió como castigo a nuestras iniquidades», y luego fueron los godos los que decían de los hunos: «Dios los ha enviado en castigo de nuestras iniquidades».
—Y, desde entonces, se conoce la historia de los godos —dije—. Lo que yo deseo es averiguar lo que hicieron los godos, y dónde, antes de asentarse en torno al mar Negro. El Barrero lanzó un profundísimo suspiro.
—Cierto que soy viejo, oh, vái, pero no tanto. Y mis poderes de adivinación exploran el futuro, no el pasado. Decís que vais a recorrer las marismas. Bien, en ellas hallaréis los pocos godos diseminados que quedan. Quizá encontréis hombres viejos que recuerden lo que les contaron sus padres y abuelos. Permitid que os asigne un buen guía, saio Thorn. ¡Ven aquí, Maggot! —añadió volviéndose y llamando a uno que trabajaba con un grupo en el oscuro almacén.
—¿Maggot? (gusano en ingles) —repetí yo, casi riéndome.
—En realidad se llama Maghib, pero es él a quien envío en busca de la materia prima y siempre logra encontrar el légamo más pegajoso y más nauseabundo. Come barro —añadió Meirus, encogiéndose de hombros—. Maggot, acércate. El hombre era un armenio bajito de piel grasienta casi color de barro y se humilló casi como un gusano, agachándose en cuclillas mientras el Barrero le decía algo en su propio idioma, y él contestaba en gótico con un fuerte deje:
—A tus órdenes, fráuja —y añadió algo más para mí incomprensible.
—Hecho —dijo Meirus, dirigiéndose a mí—. Cuando queráis hacer una excursión al interior, venid aquí y Maggot os acompañará. Dice que sí que conoce a viejos godos de todas las sectas, visigodos, ostrogodos y gépidos, que pueden saber cosas de la antigüedad.
—Thags izei —les dije, mientras Maggot retrocedía servilmente hacia la oscuridad—. Mientras tanto, buen Meirus —añadí—, ya que parece que sabéis todo lo relativo a nombres, ¿no sabríais de dónde procede el apelativo gépido de los godos?
—Naturalmente —contestó, riendo.
—¿Seríais tan amable de decírmelo? —añadí, tras una pausa.
—Aj, pensé que queríais probarme. ¿De verdad que no lo sabéis? La palabra «gépido» procede del vocablo godo «gepanta», lento, lánguido, apático.
—Sí, es una conjetura que conozco, pero ¿por qué?
—En mi época de juglar —dijo el anciano judío, cruzando sus regordetas manos sobre el amplio vientre— solía cantar toda clase de canciones godas antiguas, y seguro estoy de que los ancestros se revolverían en sus tumbas. Bien, había una canción que explicaba cómo los godos habían llegado desde el lejano Norte al continente de Europa; decía que llegaron en tres barcos, uno por cada tribu, sija o nación, o como se llamasen las divisiones en aquellos tiempos; uno de esos barcos se retrasó mucho y los que venían en él desembarcaron bastante después, por lo que, a partir de entonces, siempre fueron a la zaga de los demás en los viajes que hicieron. De ahí —añadió, con otra carcajada— el nombre de gépidos, «los lentos».
—Una explicación plausible —dije yo, riendo también—. Tomaré buena nota y os quedo muy agradecido. Vendré mañana con mi compañera —añadí con una sonrisa— y tomaremos el guía que tan generosamente nos habéis ofrecido. ¿Debo traer un caballo para él?
—Ne, ne, no le deis caprichos, que Maggot está acostumbrado a trotar junto a mi carruca siempre que salgo. Os prometo que le daré algo más de bazofia por la mañana para que trote mejor. Hasta mañana, pues.
A la mañana siguiente, después de presentar a Swanilda al viejo judío, quien galantemente declaró que a ella nunca le haría falta el barro, éste nos dijo:
—Saio Thorn, vos y yo siempre andamos hablando de nombres. ¿Puedo preguntaros si conocéis el nombre de Thor?
—¿Y quién no? —repliqué—. Es el dios del trueno de la antigua religión.
—¿Y os sigue con frecuencia un dios? Debo decir que no tiene mucho aspecto de dios, pero sí un carácter arrogante e irascible.
—¿De quién me habláis?
—De un joven recién llegado, o dios, si es que Thor es realmente su nombre, como él dice. Además, porta todos los símbolos de ese dios: un dije en forma de martillo colgado al cuello, amén de las fíbulas de su manto y la hebilla, que son en forma de esa horrorosa cruz angulada que simboliza el martillo de Thor girando en círculo. Bajó a tierra con su caballo de otra embarcación poco después de que llegarais y es un joven de vuestra misma edad, talla y color de piel, y sin barba, cosa de extrañar en un godo. Preguntó por vos, dando el nombre y haciendo una descripción de vuestra fisonomía. He pensado si no sería compañero, ayudante o aprendiz vuestro. —Nada de eso. No le conozco.
—Es extraño, pues él os conoce. Dice que le faltó poco para alcanzaros en Durostorum, y parecía muy incomodado por haber tenido que seguiros hasta aquí, pues rezongaba y porfiaba como un auténtico dios.
Recordé el jinete que nos había estado observando cuando zarpábamos de Durostorum, pero sin que ello sirviera para darme una idea de la identidad ni del motivo por el que me seguía, y me limité a decir con cierta inquietud:
—Sea quien sea, no me gusta que me sigan.
—Entonces, me alegro de haberle dicho que no os había visto ni sabía de vos. Pero os aseguro que ese Thor vino a verme a mí, el Barrero, preguntándome por vos, así que debe ser rápido e inteligente, al haber descubierto tan pronto que yo soy, como si dijéramos, la fuente de información de Noviodunum. Esperaba que hubieseis venido aquí, y estoy seguro de que volverá.
Molesto, pero sin saber por qué, le espeté:
—¡Me da igual lo que haga! No le conozco y nunca he conocido a nadie que lleve el nombre de un dios.
—Pensándolo bien —terció Swanilda con voz queda—, el nombre de Thor, en romano, sólo se diferencia del tuyo en una letra.
El comentario me pareció acertado y dije:
—Tienes razón. He visto mi nombre tan pocas veces escrito, que hasta este momento no me había dado cuenta de ello. Me habría gustado callar aquella revelación, pero Meirus siguió importunándome:
—Confidencialmente, mariscal, ¿no será esa persona algún enemigo?
Irritado de nuevo inexplicablemente, contesté entre dientes:
—Que yo recuerde, nunca he tenido enemigos —ni mortales ni inmortales— llamados Thor. Pero si éste es uno de ellos y vuelve a visitaros, podéis decirle que prefiero que los enemigos me vengan de frente y no por la espalda.
—¿No preferiríais esperar y decírselo vos mismo? Yo creía que sentiríais curiosidad, al menos.
De nuevo, sin saber por qué —a no ser que tuviera cierta premonición— le repliqué enojado:
—¡Comprended, Barrero, que no tengo el menor interés en ver a ese desconocido! Esa persona que me sigue los pasos me interesa menos que los rezagados gépidos a los godos que iban en vanguardia. Llamad a vuestro Maggot para que podamos marchar, y si algún diosecillo o diosezuelo quiere dar conmigo, que se tome la molestia de buscarme en la marisma.
—Como digáis, saio Thorn. Entonces, si esa persona vuelve ¿debo decirle en qué dirección vais?
—¡Iésus Xristus! ¡Tanto me da que le echéis a una tinaja de vuestro malhadado barro!
Meirus alzó una mano en gesto conciliador y dijo:
—¡Oh, vái! Habláis con tanta fiereza y enfado como él, igualmente como un dios. Por mis padres que me gustaría estar presente cuando os encontréis.