Capítulo 3
Volví a vestirme, regresé a la habitación en que aguardaba el grammateús Eleón, y, paseando de arriba a abajo, le dicté el pacto de cesión de Singidunum. De mis tiempos de escriba recordaba todos los saludos formales y las frases floridas con que encabezar esa clase de comunicados, pero cuando llegué al meollo de la cuestión, no se me ocurrió nada mejor que decir simplemente: «Por las retribuciones recibidas, yo, Teodorico, rey de los ostrogodos, cedo la posesión de la ciudad de Singidunum en Moesia Prima al Sebastos Zenón, emperador del imperio romano de Oriente».
—Ouá, papaí —gruñó el grammateús, meneando la cabeza de modo muy parecido a como lo había hecho Alektor ante el inminente fallecimiento de la princesa—. Excusadme, joven presbeutés, pero no puede escribirse así. Oukh, oukh.
—¿Por qué, Eleón? Dice todo lo que quiero decir y lo que el emperador desee que diga.
—Pero lo dice demasiado llanamente, de un modo muy directo. Teodorico da, Zenón recibe. Cualquier leguleyo avezado encontraría sospechosa tan simple honradez y se complacería en impugnar su legalidad. Debéis recargarlo con términos ofuscantes. «El cedente acuerda irrevocablemente autorizar la asignación… renunciando a todos sus derechos a perpetuidad… jurando que la ciudad no se halla sujeta a ningún otro vínculo, exacción ni reclamación…». Cosas así, presbeutés. Y, además, haced repetidas referencias al código vigente. «Con arreglo al capítulo número tal y tal, título tal y cual, del libro número tal del Forum Judicum…».
—No sé nada de títulos, capítulos y cosas de esas.
—Pues permitidme que lo sazone con esas citas y algunos buenos legalismos crípticos, presbeutés. De hecho, en nada afectan al fondo y sólo se redactan para que los legalistas asientan con la cabeza para hacer ostentación de su apreciación como juristas y los que no lo son la meneen abrumados de aburrimiento.
—Ah, desde luego —contesté, riendo—, cumplamos los requisitos legales.
El hombre se puso inmediatamente a hacerlo con profusión de rasgueos de sus plumas, mientras yo miraba por encima de su hombro lo que escribía, adoptando la misma actitud solemne que cualquier legista, pues por lo que yo podía apreciar de aquella terminología, Eleón igual podía estar redactando en el documento la orden de mi ejecución. Finalmente, esparció arena sobre el pergamino, la sopló y me tendió una pluma recién cortada para que lo rubricara con mi nombre y título. No lo escribí con caracteres tan artísticos como él, pero manifesté exagerada apreciación de la calidad del pergamino en que firmaba.
—Ouá, en una corte imperial sólo se usan los mejores materiales —comentó él, ufano.
—No sé yo… —añadí, fingiendo una modesta reticencia—. ¿No crees, grammateús, que debería llevarme a mi país una hoja de éstas para que nuestros escribas vean los estupendos materiales de que disponéis aquí?
—Naturalmente que sí, presbeutés. He traído dos por si cometía alguna equivocación, pero no la he cometido.
Le di mis más efusivas gracias, enrollé cuidadosamente el pergamino y me lo guardé en la túnica. Acompañaba a Eleón a la puerta, cuando saludó por su nombre a otro anciano delgado que llegaba en aquel momento.
—Khaíe Arta, ¿ya habéis terminado el pactum del emperador? Pues aguardaré y volveremos juntos a palacio.
El segundo grammateús venía acompañado por el intérprete Seuthes, quien me preguntó si deseaba que leyese en voz alta lo que había mandado escribir Zenón, y en qué idioma. Yo le dije que lo hiciese en griego, y él desenrolló el documento y declamó con toda clase de gestos oratorios:
«El Sebastos Zenón Isauriós, Basileús del imperio romano de Oriente —el piadoso, afortunado, victorioso y por siempre augusto Zenón, famoso vencedor de los antae, los avaros y los kutriguri— desde su Nueva Roma de Constantinopla dice ¡Hail!, a Thiudareikhs Amalo, hijo de Thiudamer Amalo, y a sus generales, senadores, cónsules, pretores, tribunos y mariscales, ¡Hail! Si tú y tus seres queridos tenéis buena salud, bien está, Thiudareikhs. Mis seres queridos también se hallan con buena salud».
A continuación, el documento entraba en materia y Zenón le había atiborrado de pomposos legalismos como había hecho Eleón con el mío. (El anciano grammateús me hizo un guiño a espaldas de Seuthes). No obstante, escuché, pudiendo escardarlos, y oí con satisfacción que Zenón había otorgado cuanto había prometido: las tierras de Moesia Secunda, el pago anual en oro y el mando de las fuerzas fronterizas. Concluía con otra avalancha de saludos de despedida, aunque sin mencionar una sola vez que Teodorico fuese rey, rex ni nada superior a Magister Militum. Finalmente, Seuthes volvió el pergamino hacia mí para mostrarme la florida firma de Zenón y bajo ella el sello de la zeta con rasgos, en lacre rojo.
—Está bien —dije, asintiendo con la cabeza—. Espero que Zenón encuentre aceptable la escritura de traspaso.
Seuthes entregó el pactum al grammateús Arta, quien no lo enrolló, sino que lo dobló de una manera complicada; Seuthes cogió un cirio rojo de un aplique y echó cera en tres sitios del pergamino doblado, Arta sacó de sus vestiduras el pesado sello de oro del emperador, volvió a imprimir en esos tres puntos la zeta con trazos y me entregó el documento.
—Gracias, buenas gentes —dije—. Estoy preparado para marchar con mi comitiva, en cuanto el emperador me notifique que está satisfecho con mi documento; podríamos partir mañana mismo al amanecer si así lo ordena. Y le llevaremos el documento con toda rapidez a Teodorico. Tened la bondad de hacérselo saber.
Nada más se hubieron marchado, me senté en una mesita de pórfido y me quedé mirando el pacto doblado y sellado. Saqué de la túnica el pergamino en blanco que me había dado Eleón y vi que era idéntico en tamaño, tinte y calidad al otro; habría podido fácilmente falsificar la florida firma de Zenón, pero para falsificar todas las palabras escritas por Arta habría necesitado semanas; en realidad, lo único que necesitaba era un simulacro del pactum doblado y sellado. Fui a la cocina y cogí el bloque de madera con que el panadero marcaba la zeta de Zenón en los panecillos, volví con él a la mesa, doblé el pergamino en blanco exactamente como lo había hecho Arta con el documento imperial, eché cera roja en los mismos tres sitios y apreté el bloque de madera sobre la cera. La zeta resultante carecía de los rasgos del sello de oro auténtico, pero no se notaba si no se examinaba con minuciosidad. Devolví el marcador del pan a la cocina y fui con los dos pergaminos a los aposentos de Amalamena.
En el breve tiempo que había estado fuera, el olor peculiar de su mal había aumentado, al menos así lo percibí yo y mi esperanza era que ella no lo notara. Me contenté con decirle:
—¿Estás decidida, princesa? Todo está preparado menos Swanila.
Ella me miró con la misma expresión de antes, una mirada un tanto cautelosa, algo asombrada, quizá un poco triste.
—Me sigue costando mucho —dijo con un suspiro— considerarte… considerar que seas Veleda.
—A veces también me sucede a mí —repliqué, encogiéndome de hombros.
Era mentira. Incluso cuando más actuaba como Thorn, siempre era consciente de mi naturaleza de Veleda, pero había decidido no decirle más a la princesa sobre mi propio ser, pues la había hecho creer que era una joven disfrazada de hombre para mejor tener aventuras y abrirme camino en la vida.
—Me había acostumbrado tanto a Thorn… Incluso le tenía afecto —dijo entristecida.
—Y Thorn a ti, Amalamena.
—Sentiré tener que dejarle.
Naturalmente, dada su enfermedad, al final, era evidente la inevitabilidad, y ella no podía ignorarlo, pero yo intenté dar a aquella amistad entre hombre y mujer un fin más bien heroico, y dije:
—Princesa, recuerda que tú y Thorn habéis intervenido en un asunto tan importante que trasciende nuestras propias personas. Si uno de los dos careciese de voluntad y valor para concluir la misión, ¿no sería aún peor?
—Ja…, ja… —dijo, con otro suspiro y encogiéndose de hombros—. Veleda, tienes el nombre de una antigua sacerdotisa de la religión de antaño… desveladora de secretos. Bien, antes de que le dé permiso a Swanilda para marcharse, dime si correrá algún peligro.
—Probablemente menos que tú y yo. Ella monta muy bien a caballo y los dos tenemos casi la misma estatura. Vestida con mis ropas y montada a horcajadas en uno de los caballos de tiro en vez de en una mula para mujeres, parecerá un viajero cualquiera. En cualquier caso, creo que es la única que puede salir de Constantinopla sin hacerse notar. Así que esto es lo que quiero que le ordenes: que salga a caballo en lo más oscuro de la noche y cabalgue a toda prisa hacia Singidunum con esto —dije, entregándole el pactum auténtico; pero como aún parecía indecisa, amplié las explicaciones.
—Hemos de pensar que todos los soldados de nuestra escolta están señalados por los espías de Zenón y la ausencia de cualquiera de ellos se haría notar tanto como la tuya o la mía; pero dudo mucho que tu cosmeta haya llamado a tal punto la atención. Cuando nuestra columna se ponga en marcha, se supondrá que tú y ella vais dentro de la carruca, y yo iré a caballo con mi armadura de gala y atavíos de mariscal, enarbolando con gesto triunfal este falso pactum —dije, mostrándole la misiva falsa—. A los ojos de cualquier ciudadano o de los espías que haya a nuestro paso, será como si en la comitiva no faltase nadie, y cualquier katáskopoi que nos observe de noche, verá a una sirvienta atendiéndote y… retirándose a dormir junto contigo.
Al oír aquello, la princesa se ruborizó un poco, y me alegré de ver que aún tenía sangre suficiente y vis vítae para enrojecer. Pero me apresuré a añadir:
—Ya has visto a Veleda desnuda y te habrás dado cuenta de que no se diferencia en nada de ti o de Swanilda. La única intención de Veleda es cuidarte con tanto cariño como una criada o una hermana —añadí. Si lo primero no era cierto, esto último sí que lo era.
—Nunca he tenido una sirvienta ni una hermana que pudiera hacerse pasar tan fácilmente por hombre —replicó ella riendo, y me alegré de que aún pudiese reír a pesar del triste final—. Muy bien. Llama a Swanilda y le daré las órdenes. Y le diré también que la sustituirá una de esas criadas de Khazar. Bien, Veleda —añadió con voz autoritaria y tono burlón—, ve y que le preparen un caballo y provisiones para el viaje.
Sonreí, hice una reverencia, salí obedientemente del cuarto y fui a explicar al optio Daila por qué la cosmeta iba a salir a medianoche vestida de hombre; y añadí también la misma mentira que Amalamena iba a decir a Swanila: que nos llevábamos una esclava de Khazar para que atendiera a la princesa durante el viaje. Y añadí:
—No pidas las provisiones a la cocina. Ponle en las alforjas vituallas de las nuestras. En tu mano queda, optio, conducirla discretamente a caballo por las calles hasta una de las puertas más concurridas de la ciudad e indicarle el camino.
—Yo me encargo de ello, saio Thorn. Tendrá listo el caballo cuando quiera partir.
De nuevo en los aposentos de las mujeres, encontré a Amalamena riendo alegremente, viendo desde la cama cómo Swanilda se vestía torpemente con la túnica, camisa, calzones, zapatos y gorro que yo le había dejado.
—Ne, ne, Swanilda —decía la princesa—, el cinturón está al revés de como lo llevan los hombres; ellos se ponen la hebilla a la izquierda…
Me eché a reír y ayudé a la azorada Swanilda. Cuando estuvo debidamente ataviada, le di mi viejo manto de piel de cordero en previsión de las noches frías. Luego, le entregué una bolsa con dinero suficiente para llegar hasta Singidunum, recomendándole que no llevase en ella más que unas monedas y escondiese el resto —junto con el pactum de Zenón— en el caballo o en su persona. Después, como vi que la princesa parecía bastante recuperada, le dije que las esclavas de Khazar estaban poniendo la mesa en el triclinium y si quería comer algo.
—Aj, ne —contestó con leve mueca de desagrado—. Pero que te acompañe Swanila y que coma bien, pues tal vez sea la última comida decente que haga hasta dentro de unos días.
Para hacerlo, invité a la muchacha a ponerse un vestido femenino sobre las ropas masculinas para que no se sorprendieran al verla. La joven debió estar bastante incómoda en la mesa con tanta vestimenta y las esclavas la miraban extrañadas, pues no era corriente que una cosmeta, cuya condición era apenas superior a la suya, cenase con un presbeutés. Empero, ello no impidió que Swanilda comiese una apreciable cantidad de lo que la sirvieron. Y, aunque debía hallarse algo apenada por dejar a su ama y sentir cierto temor por lo que la esperaba, también se hallaba muy ilusionada ante la perspectiva de efectuar ella sola un encargo de tanta responsabilidad.
Durante la cena, la muchacha me preguntó modestamente si yo, como hombre que era, podía darle algunas indicaciones sobre cómo comportarse disfrazada de aquella guisa. Como disponíamos de tan poco tiempo, sólo se me ocurrió un consejo útil.
—Creo que no se te presentará ocasión de correr o de arrojar algo delante de otras personas, Swanilda. Pero procura no hacerlo, pues si corres o tiras algo se notará que eres una mujer disfrazada de hombre.
Me dio las gracias por mi consejo y fue a despedirse de su ama antes de presentarse al optio Daila para marchar. Yo permanecí en la mesa y pedí a una criada que me trajese un jarro del vino que habíamos bebido, con la esperanza de lograr que la princesa bebiese algo. Luego, me acerqué a una ventana que daba al pharós y vi que el fuego parpadeaba, sin duda repitiendo o transmitiendo el mensaje que anteriormente habría enviado con señales de humo. Así, me llegué a mis aposentos y removí las sábanas de mi lecho, por si algún espía irrumpía por la noche, de modo que pareciera que había estado acostado; parecería que no habría podido dormir y me había levantado para desahogarme con una de las esclavas de Khazar.
A continuación, llevé el jarro de vino al cuarto de Amalamena y me contuve para no hacer el menor gesto de repulsa al oler el bromos musarós; la princesa estaba otra vez sola y acostada, la vi pálida y pesarosa como cuando habíamos regresado de palacio.
—¿Sientes dolor, princesa? —inquirí angustiado—. ¿Necesitas algo? ¿Hace mucho que estás sola?
—Swanilda me cambió la compresa poco antes de marcharse —dijo meneando imperceptiblemente la cabeza—. Tengo que admitir que es terrible ver mi… herida.
—Toma, bebe un poco de este buen vino de Byblis —dije, sirviéndole un vaso—. Lo he traído pensando en que haría algún buen efecto homeomérico al ser de un vivo color de sangre. Pero lo ejerza o no, es lo bastante fuerte para quitarte la melancolía.
Ella dio un sorbo y luego bebió con ganas. Yo me serví un vaso y lo llevé a un rincón de la habitación, donde estaba el lecho de la criada, más pequeño y bajo, y me dispuse a acostarme. Los godos tienen costumbre de desnudarse del todo, salvo en las noches muy frías, y salvo en un caso como en el que yo me encontraba, por supuesto; y yo seguí fingiendo el pudor romano y no me quité la faja. De hecho, no fue un pudor fingido, pues aún después de haberme desvestido casi del todo delante de Amalamena, ahora era incapaz de hacerlo como si tal cosa. Pero pensé que se sentiría menos molesta estando en un aposento con una mujer en vez de con un hombre.
Ella mantuvo apartada la vista mientras me desvestía y se abstuvo de hablar hasta que estuve dentro de la tenue bata de Swanilda, en que, evidentemente por decir algo, musitó:
—Veleda, el vino es una delicia, y tiene realmente color de sangre.
—Ja. Yo diría que de ahí le viene el nombre —comenté yo sin pensar, también por decir algo—. Por la ninfa Byblis que se suicidó al no poder seducir a su hermano.
Inmediatamente me di cuenta de mi error, pues la princesa me dirigió una mirada como los fuegos de Géminis.
—¿Y tú, Veleda? —inquirió, esta vez sin dar ninguna entonación humorística al nombre—. ¿Qué tal te ha ido con mi hermano, niu? —sus ojos despedían llamas azules mirando de arriba a abajo mi cuerpo someramente cubierto—. Seguro que tú también estás enamorada de él.
Por un instante, no supe qué decir, buscando la respuesta que menos la apenase, y, finalmente, eligiendo con sumo cuidado las palabras, contesté:
—Si hubiese sido Veleda cuando conocí a tu hermano, ja, puede que me hubiese enamorado de él. Y quizá él de mí. Y quizá ahora tuvieses motivos de sobra para pensar… Pero Teodorico me ha conocido siempre como Thorn. Si tuviese que revelarle mi… mi verdadero ser, me apartaría de su presencia para siempre, y perdería no sólo la posibilidad de amarle como mujer, sino también su amistad como Thorn. Y con ello, el mariscalato y la condición de herizogo que he logrado siendo Thorn y que como mujer me habría estado vedado. Así pues… —añadí, abriendo las manos—. Por pura cuestión práctica me he negado, me niego y me negaré a enamorarme de él ni a alimentar el menor deseo por su persona. Hablando con mayor franqueza aún, Amalamena, te diré que si fuese realmente un hombre o la mujer varonil que puedes sospechar que sea Veleda, sería a ti a quien…
—Está bien —me interrumpió ella—. Siento haberte hecho esa pregunta. Es absurdo que esté discutiendo por un hombre que es mi propio hermano, con una mujer que prefiere ser hombre y que ahora pretende que… ¡vái! —añadió apurando el vino—. Mis padres me predestinaron llamándome Luna, porque esta situación es claramente cosa de la luna —espetó entristecida.
—Ne, ne, querida Amalamena —añadí en tono amable—. No hay nada lunático en el amor. Y si eres capaz de amar a un hermano, podrás también dejar que una hermana te ame. Basta con que me digas cómo —añadí, tras una pausa.
Se acurrucó en la cama y se tapó hasta los ojos, temblando, para, finalmente, decir con voz de niña:
—Abrázame. Nada más eso, Veleda. Me da mucho miedo morir.
Lo hice. Me quité la bata, me metí bajo las sábanas y dejé el pergamino bajo el colchón, con mi cuerpo encima, y la abracé. Salvo su sempiterna cadenita de oro con el sello en miniatura de Teodorico, el martillo de oro de Tor y mi pomo de la leche de la Virgen, la princesa no llevaba más que una faja en las caderas como la mía, para mantener la compresa contra el abdomen. Como había advertido la primera vez que la vi, sus senos eran virginales, no mayores que los míos, y pude abrazarla bien pegada a ella, dándole seguridad y calor. Y así la tuve toda la noche y todas las noches que siguieron y así fue como nos quisimos, sin necesitar nada más.
Aunque a la mañana siguiente me levanté temprano y ya estaba vestido, el oikonómos Myros se presentó antes de que me hubiese dado tiempo a hablar con Daila. Me dijo, olfateando y arrugando la nariz, que Zenón estaba muy complacido con mi documento de cesión de Singidunum, y añadió, sin dejar de fruncir la nariz, que el sebastos me enviaba sus cumplidos por haberlo dictado en términos tan «legalistas». No era que el chambelán se mostrase sarcástico y arrogante por su carácter de eunuco, pues continuó arrugando la nariz, y comprendí que el bromos musarós de Amalamena había impregnado mis ropas, mi pelo o quizá mi piel. Pero Myros no hizo ninguna pregunta y yo no le dije nada; por lo que concluyó su encomienda diciendo:
—Por consiguiente, presbeutés Akantha, podéis partir con vuestra comitiva en cuanto estéis preparado, y el emperador confía en que lo hagáis a la mayor brevedad posible.
—Estamos preparados para marchar en cuanto desayunemos —contesté—. Y en cuanto organicéis la escolta y los músicos para que nos acompañen hasta la Puerta Dorada.
—¿Cómo? —exclamó parpadeando y dejando de fruncir la nariz—. ¿Otro desfile formal? Pues…
—Os ruego que no me digáis que es inaudito. Considero que es un pactum muy importante concertado entre vuestro señor y el mío y merece una fanfarria pública, ¿no os parece?
—Os facilitaré la escolta —contestó con un suspiro. Y se fue.
Busqué inmediatamente a Daila, quien me dijo sin que le preguntase:
—Saio Thorn, la cosmeta marchó a medianoche sin que la viese ninguna cohortes vigilum ni creo que los espías ni nadie. La acompañé hasta afuera de la puerta Rhegium, que es la más transitada a toda hora. Desde allí no habrá encontrado dificultad en dar con la vía Egnatia siguiendo las murallas. Y si es una moza despierta, tampoco le costará dar con las rutas que la lleven hacia el Oeste y el Norte hasta Singidunum.
—Bien —dije—. Si algo le sucediese, nos enteraremos, puesto que viajamos siguiendo su mismo camino.
—¿A Singidunum? —inquirió Daila algo sorprendido—. Creí que, al confiarle el pactum a la cosmeta, tendrías otros planes.
—Ella lleva el documento sin que lo sepa nadie, y espero hacerles creer a todos que lo llevamos nosotros —dije, mostrándole el falso y explicándole que Zenón no tenía intención de que le llegase a Teodorico—. Lo llevaré conmigo en todo momento, aunque preveo que querrán quitármelo. No sé cómo… un ratero, un asesino al acecho, un ataque por supuestos bandidos…
—O algo imprevisible —gruñó el optio—, como un desprendimiento de tierras o un bosque incendiado. Cualquier cosa.
—Ja. Pero a Teodorico le llevamos algo aún más valioso que el pactum: su real hermana. Así que permaneceré continuamente tan cerca de la princesa como su sirvienta. Durante el día, cabalgaré junto a la carruca y por la noche, acampemos o nos detengamos en una posada, dormiré al pie de su cama con un ojo abierto y la espada desenvainada. Como esto me tendrá ocupado y muchas veces no me tendrás a la vista, deposito en ti una gran responsabilidad. Yo haré cuanto pueda por proteger a Amalamena, pero a ti y a tus hombres confío la defensa de ella, de mí y del documento falso que llevo.
—En eso podíais haber confiado en cualquier caso, saio Thorn —contestó con cierta frialdad—. ¿Qué necesidad había de otro pergamino y un mensajero secreto?
—Simple precaución, viejo guerrero. No ha sido por ninguna duda respecto a tu capacidad de lucha. No olvides que te he visto en combate. En cualquier caso, si nos aplastasen, moriremos sabiendo que con nuestra muerte no se han logrado los pérfidos propósitos de Zenón y sus mirmidones Estrabón y Rekitakh y los hemos engañado. Teodorico tendrá su pactum y todo lo que promete para él y su pueblo.
—Mejor salir con vida —replicó el optio no muy convencido—. Todos mis esfuerzos y los de mis hombres se consagrarán a tal propósito.
—Mucho mejor, tal como dices. Ahora, desayunad y hacedlo a lo grande, que es la última comida a cuenta de Zenón.
Yo comí con auténtica voracidad y llevé una buena bandeja a Amalamena, y —después de que se hubo tomado una dosis de mandrágora— le pedí que comiese, aunque sólo dio unos bocados. Luego, por primera vez, haciendo tal como me había explicado Swanilda, cambié las vendas del escirro ulcerado; tuve que hacerlo entre sus protestas de que aún era capaz de cambiárselo, y mientras ponía manos a la obra, la pobre volvió la cabeza, apretando los puños y cerrando los ojos temblorosa, abrumada por la vergüenza y el coraje.
Yo trataba de ignorar el hecho de que estaba tocando el vientre desnudo y tembloroso de una hermosa princesa y de que la veía desde el ombligo hasta el pliegue pudendo, apenas oculto por la pelusilla oro y plata del vello; me esforzaba en pensar que ahora era mi hermana querida y que su cuerpo no era muy distinto al mío, con la diferencia de que estaba doliente y requería mis cuidados.
Al desprender el vendaje surgió la pestilencia de la lesión, y repito que era indescriptible. No describiré el aspecto de la úlcera abierta, pues no deseo recordarlo; sólo diré que me alegré enormemente de que ya hubiésemos comido. Así pues, independientemente de cuales fuesen mis sentimientos al disponerme a hacer la cura, en aquel momento quedaron sepultados por un horror enfermizo, sustituido a su vez por un arrebato de compasión. A partir de entonces, cada vez que le cambiaba el vendaje, lo único que tenía que inhibir no era lujuria o salacidad, curiosidad morbosa, o siquiera náuseas, sino el impulso de echarme a llorar por la pobrecilla que se pudría en vida.
Aquella mañana, después de la cura, Amalamena estaba tan débil y desconsolada, que tuve que ayudarla a ponerse las ropas de viaje y después hube de llamar a uno de mis arqueros para que llevase sus pertenencias, mientras una esclava de Khazar la ayudaba a cruzar el patio y montar en la carruca. Luego, en sucesivas ocasiones, advertí que Amalamena se marchitaba cada vez un poco más cuando le cambiaba el vendaje; no sé si sería el progreso natural de la enfermedad o si es que su espíritu vital escapaba con los flujos y el hedor, o, al recordarle su estado, la hacía perder progresivamente la voluntad de vivir; lo cierto era que se iba marchitando día a día con cada hora que pasaba. Y cada día necesitaba mayores y más frecuentes dosis de mandrágora para paliar sus dolores.
Empero, aquella mañana pareció disfrutar con el festivo desfile por la ciudad desde el xenodokheíon hasta la Puerta Dorada, en medio de servidores de palacio delante y detrás de nuestra comitiva, acompañados de la banda de músicos; dejó abiertas las cortinas de un lado para ver los edificios y saludar a las gentes que contemplaban el cortejo, pero mantuvo corridas las cortinas del lado donde se suponía iba su doncella. Daila encabezaba la columna y, tal como le había yo indicado, la hizo discurrir por numerosas calles y avenidas, plazas de mercado y plazas monumentales.
Yo cabalgaba junto a la carruca, revistiendo una vez más mis mejores galas guerreras y de mariscal, sonriendo de oreja a oreja y haciendo ostentación del pergamino doblado y lacrado, cual si fuese un trofeo. El ruido del desfile hacía que la gente se detuviese a nuestro paso, saliendo de las casas y abandonando sus tareas. Seguramente no tenían la menor idea de quiénes éramos, qué representábamos ni lo que era el pergamino, pero nos devolvían cordialmente el saludo, exclamando ¡íde!, y ¡blépo!, y ¡níke!, como si marchásemos a la guerra por su país. Yo iba pensando que, en caso necesario, dispondría de varios miles de testigos en Constantinopla que podrían afirmar que había dejado la ciudad llevando un documento oficial sellado por el emperador; pero con lo que más contaba era con que Zenón nos estuviera mirando con sus cortesanos del Palacio Púrpura y cayese igualmente en el engaño.
La escolta y los músicos se detuvieron en la Puerta Dorada, pero la banda continuó tocando mientras la columna abandonaba la ciudad y la melodía fue gradualmente apagándose a nuestras espaldas; luego, las murallas de la ciudad fueron desapareciendo en el horizonte y de nuevo nos vimos entre el tráfico de viajeros a pie, a caballo, carros y ganado de la vía Egnatia. A los dos días de salir de Constantinopla, volvimos a pasar cerca del indecente Daniel el Estilita y durante dos o tres noches seguimos viendo el fulgor del pharós, aunque no se advertía que enviase señales. Seguimos la vía Egnatia, acampando en sus bordes cada noche hasta llegar al puerto de Perinthus, en donde la princesa y yo (y la esclava de Khazar, le dije a Daila) nos alojamos en el mismo pandokheíon que daba al puerto y en donde tan bien lo habíamos pasado en nuestra anterior visita a la ciudad.
Empero, cuando salimos de Perinthus no tomamos la ruta por la que habíamos venido, sino que nos desviamos más al oeste en lugar de ir hacia el norte por los valles de las montañas Ródope, por un extremo de la provincia de Macedonia Secunda, hasta la ciudad de Pautalia en la provincia de Dardania; nos habían dicho que aquella ciudad era famosa por sus aguas minerales curativas y que a ella acudían muchas personas enfermas y lisiadas de todos los lugares del imperio, por lo que yo confiaba en que Amalamena mejorara algo con ellas; y allí nos detuvimos tres días y tres noches y la princesa se alojó en otro pandokheíon con buen servicio. La tercera noche que pasamos allí, sucedió algo totalmente inesperado, algo que realmente paliaría el tormento de aquel cáncer devorador. Pero antes de que sucediera, estuvo a punto de acabar con la existencia de Veleda y Thorn.