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¿Quién perdía?

¿El delincuente o la víctima?

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En el trayecto en taxi, de camino a la comisaría, caí en la cuenta de que mi exceso de cuidado hacia Davinia estaba siendo contraproducente. Cuanto mayor era el número de «tranquila, todo va a salir bien» que salía de mi boca, más cercana al bloqueo parecía estar ella.

Mi nerviosismo y yo nos habíamos convertido en un lastre para mi clienta, por eso decidí no estar con ella en el momento de la denuncia.

Al llegar, Andrea la acompañó a la sala en la que la esperaba su compañero. Yo aguardé en el vestíbulo, pensando en la cercanía del otoño. Aún no había anochecido, pero el día comenzaba a perder su brillo cuando apenas habían dado las ocho de la tarde.

—¿Tomamos algo mientras tanto?

La voz de Andrea se adentró en aquel bucle de pensamiento en el que me había metido: el sol y el verano, la luz y el calor, la luz y el otoño… las hojas y sus tonos apagados… el sol y…

—¿Vamos? —insistió.

—Sí, perdona, estaba un poco ida.

Había sido precisamente en los meses de aquel verano que expiraba cuando comencé a tener esas ausencias. Momentos incontrolables de disociación extrema en los que, quiero pensar, mi cabeza trataba de recuperar su precario equilibrio.

—¿Davinia ha entregado a tu compañero el material y los informes que he preparado? —pregunté a Andrea para quedarme tranquila.

—No te preocupes, lo tiene todo. E intenta relajarte porque van a tardar un rato —me explicó la inspectora—. Ella estará bien.

Entramos en la cafetería y ocupamos la mesa de siempre, junto a la ventana. Andrea era (es) un animal de costumbres y a mí me gustaba (me gusta) complacerla en su terreno.

—¿Cómo está Cristina?

Aquella pregunta me cayó encima como un yunque. El tema de Cristina no era de mis preferidos por muchos motivos, que todavía no estaba preparada para compartir con nadie, salvo con la propia Cristina.

—Tiene días mejores y días peores —respondí.

Andrea captó el mensaje.

—¿Has decidido qué hacer con el caso del cadáver desaparecido? —Un cambio de asunto acertado.

—Aún me falta información, aunque no creo que me encargue de él. ¿Recuerdas mi promesa? Nada de cementerios ni de casos mediáticos —le dije.

Andrea me regaló una de sus medias sonrisas. Creo que ella se había hecho una promesa parecida después de lo que habíamos vivido juntas.

—Me parece bien. Además, es un laberinto sin salida. —Su tono de voz no sonó nada neutro.

—¿Un laberinto sin salida? —No habría podido usar una expresión mejor para erizar a tope mi curiosidad.

—He de admitir que este caso me dejó fuera de juego —comenzó—. Me tocó de rebote porque los del grupo de judicial que debían encargarse de él estaban hasta arriba de trabajo, y no conseguí librarme, por más que lo intenté.

Andrea guardó silencio un instante, como si tratara de ordenar los acontecimientos en su cabeza. O quizá enfrentándose a aquel caso que no había sido capaz de resolver. Por un momento pensé que la inspectora me había enviado al supuesto hijo de Fernando Castellano porque las vías policiales no le permitían continuar con él.

—¿Quién se cuela en un cementerio para robar un muerto? Si se trata de un asunto de herencias, como me comentaste por teléfono, lo lógico es pensar en la familia, ¿no?

—Eso creo yo, pero no pudimos demostrar nada. Un incendio provocado en la zona delantera, frente a las oficinas, y un cubo de la basura menos, solo eso. Ni huellas ni rastro alguno que relacionara a alguien concreto con la desaparición del cadáver, ni indicios concluyentes que vincularan a los trabajadores del cementerio con lo sucedido. Y, por supuesto, ni una sola pista que pudiera llevarnos a encontrar a Fernando. Un laberinto sin salida.

Repitió aquella última frase con un hilo de frustración en la voz. Era como si no se lo creyera. ¿Cómo era posible que ella, Andrea, una de las inspectoras de policía con un índice más elevado de resolución de casos de toda Andalucía, no fuese capaz de dar con un simple fiambre?

Para cuando quise darme cuenta, ya llevaba un buen rato tomando notas sobre el caso.

Durante el camino de regreso a la comisaría reapareció mi preocupación por Davinia.

—¿Qué va a pasar con el casero de mi clienta? —pregunté al poco de haber salido de la cafetería.

El intruso había resultado ser el dueño del piso. Davinia me contó que llevaba viviendo de alquiler allí cerca de tres años y, cuando me enteré, intenté no pensar en la cantidad de días que sumaban tres años; la cantidad de veces que podría haber cogido aquella taza; la cantidad de veces que podría haber mantenido la misma conversación, sentado a la mesa de la cocina; la cantidad de veces que podría haber visitado el cesto de la ropa sucia en busca de bragas y sujetadores; la cantidad de veces que podría haber hecho aquel striptease; la cantidad de veces que…

—Regresará a casa al cabo de unas horas en comisaría y quedará a la espera de juicio oral —me explicó Andrea—. Lo mejor será que la chica se busque otro sitio porque estoy casi segura de que el único delito que van a imputar a ese tipo será el de allanamiento. Con un poco de suerte, un delito continuado.

No estaba preparada para aquella respuesta.

—Pero… ¿cómo es posible? —pregunté atónita—. ¿Acaso no has visto las imágenes, Andrea? Está completamente obsesionado con Davinia. Las conversaciones, lo de la ropa interior… ¡Joder! ¡Se masturba a diario en su cama!

Mi exaltación no afectó en absoluto al estado de ánimo de Andrea. Me miró con cierta ternura, como si ya esperara mi reacción… Como si la comprendiera.

—Ada, no hay mucho más que hacer. Tú misma me has contado que la chica no sentía que su seguridad o su indemnidad sexual corrieran riesgo alguno. Lo que ese hombre ha estado haciendo es asqueroso, pero no constituye más delito que un simple allanamiento —me explicó con paciencia—. Ni siquiera se llevaba nada. No hay ningún artículo en el Código Penal que considere delito una masturbación en casa ajena.

Tuve la necesidad de rebatirla con mil argumentos diferentes, pero respiré hondo y me lo tragué todo. Aquel no era mi terreno y cualquier cosa que dijera estaría llena a rebosar de ira e impotencia y desierta de conocimiento.

Los últimos metros hacia la comisaría transcurrieron en silencio. Andrea iba pendiente del móvil; yo avanzaba rumiando lo que ocurriría.

La policía iría al domicilio del casero de mi clienta y lo detendría. El acosador pasaría, con suerte, las setenta y dos horas de rigor en prisión preventiva y luego se marcharía a casa. Probablemente, jamás entraría en la cárcel por aquello y, muy posiblemente, no le obligarían a pagar ningún tipo de indemnización porque, según Andrea, no existía daño alguno (físico, psíquico o material) que reparar. Mientras tanto, Davinia tendría que buscarse otro apartamento. Se vería obligada a romper todas sus rutinas, todo aquello que durante años la había ayudado a protegerse del mundo.

Debería empezar de cero.

¿Cómo iba a explicarle aquello? ¿Cómo decirle que lo único que podía hacer era dejar atrás aquel episodio de su vida? Cerrar la puerta y marcharse.

Punto.

¿Quién perdía? ¿El delincuente o la víctima?

Cuando llegamos, me la encontré en el vestíbulo aguardando a que una patrulla de la policía judicial la llevara a casa. Sentí la urgencia de largarme sin hablar con ella, pero no fui capaz. Por lo visto, la nueva Ada Levy había comenzado a enfrentarse a los problemas.

—Davinia, lamento decirte esto, pero quizá estaría bien que buscaras otro lugar donde vivir —le advertí con un hilo de voz.

—¿Por qué? ¿Por qué estaría bien? A mí me gusta mi piso.

Comenzó a dar vueltas al anillo que hacía girar en torno a su dedo índice siempre que se ponía nerviosa.

«Davinia, tienes que buscarte otro sitio», le insistí en mis pensamientos, como si necesitara reforzar mi discurso.

—Ve a dormir esta noche a un hotel y mañana, cuando salgas del trabajo, ponte a buscar otro apartamento. Solo pueden acusar a tu casero de allanamiento de morada, y no creo que acabe en la cárcel por eso. Seguirá cobrándote el alquiler una vez al mes y entrando en tu piso cada mañana. Eso no te gustaría, ¿verdad?

Negó con la cabeza posando sus pupilas en algún lugar cercano a mis pies.

—Pues si no quieres que eso ocurra, lo mejor es que busques otro piso en el que puedas sentirte segura.

Entonces asintió levemente y, al hacerlo, le cayó sobre la mejilla un mechón de pelo. No hizo ademán de apartarlo, así que lo hice yo.

Todos los presentes se mantuvieron en silencio, expectantes. Respetuosos.

La mirada de Davinia se perdió en algún lugar de aquella extraña escena de comisaría. El único movimiento que registró mi memoria fue el constante giro de aquel anillo en torno a su dedo índice. Davinia lo hacía rotar con agilidad y a gran velocidad usando el pulgar de la misma mano.

Me pareció que estaba haciendo un esfuerzo dantesco para no bloquearse ante aquel seísmo que estaba sacudiendo, de repente, su vida.

—Él entra en mi casa y soy yo la que tiene que irse. Es injusto —sentenció al fin.

Respiré hondo al verla marchar hacia una nueva y extraña realidad.

¿Por qué no la acompañé? Porque mi trabajo acababa ahí.

Por eso, y porque era consciente de que había personas en mi vida que necesitaban mi ayuda mucho más que Davinia.

Por eso, y porque me di cuenta de que, para cuidar a alguien a quien quería de verdad, lo primero que debía hacer era comenzar a cuidarme a mí misma.