Un error y un acierto sólo tienen sentido en el momento de la vida en que se comparan respecto a lo que deseabas obtener.
Las decisiones son fruto de mucha reflexión o del ímpetu de un instante, pero todas nacen de ti y de tu yo interior, por eso son tan poderosas.
Has de amar esas decisiones porque nacieron de tu yo más joven; ese yo fue valiente, y aunque el resultado quizá no fue el deseado, sí que fue fruto de los datos y las emociones que poseías en ese instante.
Ahora tan sólo conoces el resultado, pero si no amas al que tomó esas decisiones y no comprendes que el resultado nunca es importante, siempre sufrirás por nada.
Acertar o errar jamás es importante.