PIÑEIRO Y LAS FUENTES
ESTE Piñeiro de Guitiriz era pariente lejano mío. Su mayor preocupación eran las fuentes, como si fuese don Felipe II o un erudito chino en manantiales. Piñeiro si tenía ocasión de hablar con un forastero, un viajante, por ejemplo, o el conductor de un camión de Zaragoza o de Palencia, que se detenían en el Maragato de Guitiriz a tomar un café o a comer un bocadillo de jamón, lo primero que preguntaba era qué tal de agua por allí, qué tal de fuentes. Y apuntaba lo que le decían en una libreta de propaganda del calcium Sandoz, que le regalaran en la botica de Labarta. Siempre tenía alguna novedad en fuentes. Por ejemplo, que en las Canarias había dos fuentes, con tales virtudes, que si bebías agua de una de ellas no hacías más que reírte durante veinticuatro horas, y si bebías agua de la otra, te echabas a llorar desconsoladamente. Si notaba que su noticia me causaba sorpresa, se frotaba las manos. Era un hombre alto, pelo blanco, huesudo, siempre mal afeitado, las manos largas y afiladas. Lo que quedaba de recuerdo de su figura es que toda ella era de hueso como si Piñeiro tuviese más hueso que los demás mortales.
Cuando alguien de Guitiriz salía para el servicio militar Piñeiro iba a la estación a despedirlo.
—¿De modo y manera que te me vas para Burgos? ¡Te voy a explicar las fuentes que hay por allá!
Y se las explicaba, las de Burgos propiamente dichas, las de las monjas de las Huelgas, las de Castrojeriz y las de Prádanos de Bureba… Si yo encontraba en los libros que leía una fuente rara, procuraba que me quedase en la memoria para contarle la novedad a Piñeiro. Una vez, un tal Puga, fue a Vich a comprar un garañón, y le trajo a Piñeiro la noticia de que allí había una fuente que llamaban de «los estudios» e iban a beber a ella, con su chistera y sus capas, los seminaristas, a los cuales después de beber se les aclaraba la voz, como si hubiesen ido a tomar vahos a Caldas de Reises, y daban muy bien su lección de latín. Puga traía la noticia de un cura de allá, con el que había comido una excelente butifarra. Puga era muy burlón, y le dijo a Piñeiro que él había bebido de aquella fuente, pero como no sabía nada de latín, que no notara sus efectos. En cambio, dándole de beber al garañón, un catalán nervioso, en el pilón de la fuente, notó que después orneaba con un acento extraño.
Piñeiro calló, y aprovechó una feria de Parga para ir a la parada que tenía Puga, y donde no se hartaba el garañón de Vich de cubrir yeguas. Piñeiro esperó paciente a que la bestia rebuznase. El garañón rebuznó, y Piñeiro comentó:
—Pois o acento éche ben galego!
Cuando me contó el asunto, yo le expliqué que el latín exige acento claro, y no el nuestro oscuro, máxime el acento gallego de la gente luguesa, y que en puridad, acento latino quizás solamente lo tenga el papa de Roma.
Como Piñeiro tenía algún dinero, viajaba a fines de verano por Galicia para conocer nuestras fuentes. Le había sentado muy bien para el pulmón, decía él, una que hay en Santiago en la Virgen de la Cerca, y para la vista otra que hay a la entrada de Becerreá, viniendo de Piedrafita. Me decía que hay fuentes para todo, y la cuestión es dar con ellas, menos para la muerte. Y quizás tuviese razón.