NOVAGILDO ANDIÓN
LA verdad es que en la pila bautismal le habían puesto el nombre de Leovigildo, pero el del Registro y la familia entendieron Novagildo, y con este nombre anduvo por el mundo. Yo lo conocí cuando andaba por los cuarenta y era dueño de un viejo autobús con el que iba a ferias y mercados. Muchas veces llevaba tantos cerdos, lechones o de ceba, como pasajeros, y por las ferias de abril y mayo, cabritos y corderos. Cantaba mientras conducía por las carreteras que llevan a Lugo, a Mosteiro, a Meira, a Villalba. También era solicitado Novagildo para llevar gente a los entierros en las parroquias vecinas, y recogía en el camino a los señores curas que iban a oficiar la misa o acompañar en el sepelio. Antes de emprender viaje, Novagildo tenía que esperar a que llegase un tal José Cabido, alias Reverte, con su armonium portátil. Novagildo subía con Reverte al coro, en la iglesia, y lo acompañaba en el canto. Reverte le enseñó a Novagildo un De profundis y un Plorans, loravit, que este cantaba en solo, con mucho éxito. Había gente en la Pastoriza luguesa que, antes de morir, recomendaba a los suyos que en su funeral no le faltase Novagildo. En las horas perdidas, Reverte, que ya iba viejo y quería retirarse, le enseñó algo de armonium a Novagildo, quien ciertamente tenía muy buen oído y disposición para el teclado. Así que retirado Reverte, Novagildo pasó a ilustrar musicalmente los funerales. Novagildo le daba a Reverte la tercera parte de lo que cobraba. Cuando un funeral coincidía con feria o mercado, Novagildo mandaba el autobús con los feriantes y sus puercos conducido por un primo carnal.
Aficionado, pues, a la música, y habiendo comprado el violín que fuera del ciego de Alvite, aprendió en él lo suficiente para acompañar unos romances de crímenes, algunos de los cuales se los escribí yo, como uno sobre el crimen del correo de Andalucía, y otro la espantosa muerte de una viuda en Venta de Baños. Y así un día cualquiera, siendo feirón en Villalba, Novagildo se puso en una esquina con su violín y tocó lo mejor que sabía, y con su hermosa voz cantó los romances. Una sobrina suya vendía los pliegos y pasaba el platillo. Y desde entonces en toda feria o mercado, así que apeaba los pasajeros y descargaba el porcino, Novagildo cogía el violín, y seguido de la sobrina se iba a sus crímenes. Las ganancias fueron muy buenas con un relato de un crimen que cometiera en Barcelona un tal Ricardito, el cual fue descubierto porque en vez de escribir Zaragoza, escribía con S, Saragosa. En el crimen había un fulano que cantaba una jota, y Novagildo la cantaba como si fuera baturro. Un día, en el San Froilán de Lugo, fue al cine con su mujer, a ver una película sobre el hundimiento del Titanic, y me contaron que andaba como loco buscando quien le escribiese un romance sobre aquella catástrofe, pero no lo encontró. Se llevó un gran disgusto. Años más tarde me explicaba a mí el éxito que habría tenido, con el iceberg chocando con el Titanic en el cartel que mandaría pintar, y el mar lleno de mujeres enjoyadas, y un caballero buscando entre las olas, con una linterna de mano encendida, a su amante.
—Esto —me decía— no salía en la película, que era invento mío.
Hacía una pausa, meneaba la cabeza, y comentaba:
—Ese da linterna Jaría chorar as pedras! Chorei eu cando o inventei!
Y ahora mismo lloraba, al recordarlo.