V

MADRUGANDO al siguiente día para ir hacia el puerto, que un campesino que llevaba al mercado dos sacos de manzanas, bien estibados en las parihuelas de su asno, avisó que se avistaba navío griego, antes de montar hizo Egisto un aparte con Eumón, y recordándole su discurso de la noche pasada, le preguntó si creía verdaderamente que el muerto de la escalera de palacio era Orestes.

—El vino me hizo confuso parlanchín, amigo Egisto, y me limité a decir en voz alta mis más secretas deliberaciones. En mi país paso por intelectual escéptico, y no veas en mis palabras de ayer otra cosa que no sea un intento de ayudarte a hacer más llevadera tu terrible espera. El muerto puede ser Orestes, o no serlo. Lo que importa es que tú tengas la seguridad, o la esperanza, de que lo haya sido. Unos días estarás cierto de ello, y otros no. Pero, con las dudas, tu vida será diferente. Un hombre que duda es un hombre libre, y el dudoso llega a ser poético soñador, por la necesidad espiritual de certezas, querido colega. La filosofía no consiste en saber si son más reales las manzanas de ese labriego o las que yo sueño, sino en saber cuál de las dos tienen más dulce aroma. Pero esto es arte mayor. Bástate saber que tu vida será diferente con las dudas, como te decía, y que si es lo mismo morir de Orestes que de una fiebre sabatina, a la fiebre no la tienes por visita irremediable.

—¡Es que si no fuese Agamenón el muerto, quedo disminuido en la tragedia! —casi sollozó Egisto.

—¡Tu valor no se discute, amigo! —afirmó Eumón abrazándolo—. ¡Ya verás como si profundizas en el asunto, terminas saliendo del escenario para platea, ves el argumento con nuevos ojos y acabas separando de ti el Egisto regicida!

No entendió muy bien Egisto toda aquella reflexión del intelectual tracio, pero se sintió animado al ver lo que a su colega filósofo, lo que era un descubrimiento, le había preocupado su pleito. Ayudaba la mañana a un ánimo ledo, que era de esas límpidas de principios del otoño, cuando sopla suroeste y la luz parece surgir de la tierra misma. Las palomas picoteaban por entre las patas de los caballos, y desde su jaula en el dintel de la puerta de la posada despedía a los viajeros el jilguero. Se escuchaba próxima la respiración del mar, y Egisto admiraba el vuelo grave de las gaviotas.

La nave griega que se esperaba llegó puntual, y antes de que comenzase la descarga de mercancía, que la más de ella eran serones de higos y barricas de vino, descendieron los pocos pasajeros, y entre ellos uno mozo, que con la mano derecha sujetaba por el mástil un laúd italiano. Vestía de verde, y no cubría la alborotada cabellera rubia. Eumón y Egisto se habían sentado en unos sacos de centeno, contemplando la maniobra y curioseando el pasaje.

—A mí —dijo Eumón— lo que más me gusta de la arribada de una nave es que descienda de ella una hermosa mujer desconocida. Ahora estamos disfrazados, por exigencias de tu incógnito, pero yo en estos casos me visto de gala, anuncio que soy rey tracio y me pongo en el muelle a contemplar el atraque y el desembarque, jugando distraído con monedas de oro, y de vez en cuando dejando caer una al suelo, que recoge uno de mis ayudantes de pompa, que anda alerta no se pierda. La hermosa mujer desconocida busca con la mirada de sus ojos verdes a quién preguntar dónde es la posta, y me ve a mí y se acerca, y entre reverencias la instruyo, y me ofrezco a acompañarla y darle custodia, si se dispone a viajar por caminos solitarios.

—¿Y en qué acostumbra a parar el asunto? —inquirió Egisto.

—Si te he de decir la verdad, lo más bonito es que todo quede en una despedida muy sentida, la dama en su caballo disponiéndose a partir, y yo acercándome presuroso, como movido por una fuerza ciega, y besándole el pie apasionadamente. A veces me propaso hasta el tobillo. Lo que no quiere decir que no se me hayan entregado algunas, ya por obsequios, ya por insistencia en la ronda, ya por hallarse muy lejos de su patria. Pero, ya te digo, lo mejor de la llegada de una nave es la expectación de si habrá o no desconocida.

No la hubo en aquella ocasión, y los dos reyes se dirigieron al mozo del laúd, presentándose como correos que esperaban navío que viajase hacia Occidente.

—Somos latinos —dijo Eumón el tracio—, y de oficio correos, y venimos de recorrer toda Grecia en busca de un tal Orestes, para entregarle un pliego sellado.

—Yo —respondió el mozo— soy de nación hiperbórea, y en ella nunca se pronunció tal nombre, que no somos tan sonoros. Este es el primer viaje que hago, con permiso de mis señores padres y después de haber aprendido la lengua en que estamos hablando de boca y estilo de un prisionero de guerra. El motivo de mi viaje es escuchar sirenas, y trasponer sus tonadas para laúd, y desembarco en este puerto averiguando si modernamente, en las playas próximas, ha sido oída alguna de estas señoras.

El mozo rubio arrancó de su laúd unas voces melodiosas, e hizo una graciosa reverencia. Sonreía con los ojos azules, y toda su figura era el cromo de la alegre mocedad en una revista ilustrada.

Intervino entonces en la conversación uno pequeño y gordo, amulatado, que mascaba caña amarga y la espumilla rojiza le quedaba en la comisura de los labios, el cual había estado hasta entonces muy afanado pintando con brocha gorda una seña en colorado en los sacos de centeno en los que se habían sentado los dos reyes.

—Soy siríaco, y llevo diez años en este puerto en el trato del centeno, ilustres extranjeros, y nunca supe que por esta parte cantase la sirena, y no se me hubiese escapado la noticia, porque como todos los de Damasco, criados en el bazar, soy muy amigo de novedades. Además, por herencia de un tío mío, de familia de pilotos levantinos, tengo en un pergamino tres cláusulas interrogantes para sirenas, a las que estas damas de la mar no pueden negarse a responder, y me gustaría hacer la prueba.

El siríaco tenía ojos negros de muy vivo mirar, como si estuviese guardando cuatro tiendas a la vez, y por más señas le faltaban dos dientes y tenía la mano derecha cubierta de verrugas azuladas. A preguntas de Eumón y de Egisto se negó a decir cuál era el tema de esas cláusulas interrogantes, y en la respuesta trató a Egisto muy respetuosamente, dándole de señoría y haciendo como un intento de inclinar la cabeza. El tracio se fijó, y se dijo que quizás el siríaco hubiese ido tierra adentro a comprar grano, y reconociese a Egisto por haberlo visto en alguna procesión. Dado que no bajaba dama del barco, y que no había mayores novedades en el puerto, convidó a Eumón a unas jarras de vino en la taberna, que tenía un salido cubierto de cañizo.

—¡Brindo por las sirenas cantoras! —dijo Eumón levantando su jarra.

—En los mares de mi país, las que hay son silenciosas, y andan tristes, sombras somnolientas que se dejan llevar por las olas de aquí para allá, ven pasar indiferentes los navíos y no responden a los galanes que les ofrecen alma y cuerpo. La culpa del silencio sirenal de aquel norte —prosiguió el mozo del laúd— la tuvo un misionero irlandés, que en su isla está en los altares, y se llamó o llama Tigearnail de Clones. El monje era muy ascético, y cuando acudió a evangelizar mi provincia, nos quitó del aquavitae y del baile agarrado, y habiendo llegado a sus oídos que muchos jóvenes salían al mar a escuchar sirenas, y los más entusiastas se entregaban con estas cálidas al amor carnal, aunque sabían que en ello les iba la vida, y viendo en un arenal a un caballero barbilampiño, llorado de progenitores y parientes, ahogado por la flor marinera que lo había desvirgado, se empeñó en librarnos de aquella plaga. Volvió por cierto tiempo a su isla, y encerrándose en una biblioteca que fuera de san Patricio, aprendió en los libros de ars magna un gran secreto que toca a la naturaleza del canto de las sirenas. La cosa es que la sirena, cuando canta, lo que sale de su boca se condensa caliente en el aire, en una como nubecilla que de lejos alguien tomaría por un ave marina, y cuando la sirena termina su canto, se queda sin voz hasta que dicha simulada ave o nube, enfriándose al no recibir ayuda de boca de la sirena, desciende, y la sirena la aspira, y ya puede repetir el concierto. Las sirenas, que cada una tiene su canción, juegan a robarse unas a otras el repertorio. Y san Tigearnail de Clones mandó tejer a cuenta del patrimonio real una gran red de más de doscientas varas de lado, de finísima malla, y educando dos docenas de cuervos que había traído de Irlanda en sostenerla en el aire, mandó que se propalase que el príncipe heredero, de quince años, lindo como un limón maduro, salía a sirenas con un ardor que su padre no podía contener. Y las sirenas todas, por ver cuál de ellas disfrutaba de aquel bomboncito, se apiñaron en un estrecho, y viendo pasar la barra una barca con brioso y solitario remero, y el brillo de las cadenas de oro que llevaba alrededor del cuello era como si de día compitiese con el sol una luz de faro, soltaron cada una sus coplas de encanto, y cuando todas las músicas estuvieron en el aire, gaviotas hechas como de tálanos estivales, y se produjo el instante silencioso de la recuperación del canto, a una seña del misionero los cuervos gaélicos dejaron caer la red. Recogida, fue quemada con todas las canciones cautivas, y este es, señores, el motivo del silencio dolorido de las sirenas cimerianas.

—¿Y había príncipe heredero? —preguntó el siríaco.

—No, que el remador era un lego, acólito de san Tigearnail, y he de contar como nota curiosa que, pese a los detentebala y escapularios de defensa que llevaba en su pecho, lo encandilaron los cantos a la vez de aquellas hermosas, cuyas desnudas formas adivinaba en las ondas, y bien alimentado como estaba y continente como fuera toda su vida, se le acumuló en la sangre el licor venéreo, y reventó por las partes.

—¡Nunca tal pasó con mis garañones —comentó Eumón—, y eso que a alguno tuve a dieta un año largo!

Pasaron el día los reyes paseando por el puerto, dando una vuelta en lancha, recogiendo caracolas, acompañados del mozo del laúd, quien les dio un concierto, y nunca Egisto había logrado, desde los años de la adolescencia, horas más felices. Cuando regresaron a la taberna, ya tenía el siríaco preparada la cena, y levantada una tienda de lona y pieles para que durmiesen dentro de ella, en cojines de pluma, aquellos forasteros. El orégano del adobo del cordero perfumaba el atardecer.

Obras literarias, II
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