EL MURIGANTE Y EL VELAGUJAS
EL Murigante, uno de los animales de la fauna mágica gallega, no ha sido visto modernamente. En algunas aldeas de la montaña gallega, donde hace cien años era visto todos los días, especialmente en invierno, acercándose al fuego en las cocinas, ya ni saben su nombre. Porque el murigante siempre tiene frío, y por su afición a acercarse al fuego, en algunas partes se les llama murigantes a los frioleros.
El murigante es una especie de murciélago, de ratón con alas; pero no sabe volar. Sólo utiliza las alas como paracaídas, cuando se tira desde lo alto de la chimenea o de una alacena, o de la rama de un árbol a la que subió un mediodía de agosto a tomar el sol. También utiliza las alas para abinar el fuego en la lareira. Es muy curioso de cuentos, y está muy atento a los que cuentan en las noches en la cocina, escondido en un rincón. Y se sabe que está allí, atendiendo, porque si el cuento le gusta, al terminar de contarlo el narrador, golpea con las tapas de las tarteras, silba, y baja a atizar el fuego. Es entonces cuando se le ve. Entonces, y en verano, en los días de la canícula, en los que sale al campo a espiojarse. Se sube a la rama de un árbol, o se tumba en la hierba; pero para que haga esto último es necesario que sea un día de verdadero calor, de los que caen pocos en las canículas gallegas.
El murigante tiene color negro muy lucido, es gran bebedor de leche cuajada, y en primavera teje telas, como las arañas, y come las moscas que caen en ellas. Aseguran que su mirada es muy humana y anda a brincos. Algunos contaban que lo habían escuchado hablar, y que si había muerto en la casa, se le escuchaba llorar, despidiendo al difunto.
Lo mismo si era persona de la familia, que si era una vaca, un cerdo o un perro. De si hablaba o no, se cuenta que una vez se apagó el fuego en la lareira de la cocina en la que moraba. Entró el dueño de la casa, e hizo fuego nuevo. El murigante salió de su escondite, y le dijo al hombre:
—¡No hay oro en todo el mundo que pague el saber hacer fuego!
Se lo dijo en gallego: —Non hai ouro no mundo que pague o saber facer lume!—, que es el idioma que habla.
El velagujas es un trasno pequeño, que está sin trabajo desde que fue inventado el acerico para sastres y modistas. El velagujas estaba al servicio de la gente de aguja, y buscaba, para restituirlas a la mano del dueño, las agujas perdidas en el suelo, o en las telas. Por sus servicios no cobraba nada, pero se dice que algunos sastres lo trataron y le hicieron monteras, y algunas costureras camisas. Por San Juan desaparecía y no regresaba hasta el otoño. Dicen que desapareció de nuestro país cuando llegaron las primeras máquinas de coser. Un sastre de Lugo, que tenía muy perfecto el corte del entalle de las levitas de los aristócratas, compró una. Un velagujas que andaba por allí, hizo aguas menores por la máquina. En el Brasil hay trasnos muy semejantes al velagujas que deben ser parientes emigrados del nuestro, que habrán ido a Río o Bahía entre la ropa de uno de Pontecaldelas.