FELPETO, LOQUERO Y MÚSICO
A Felpeto lo habían llevado a Conxo desde su Corme natal.
Había navegado durante muchos años en el velero San Antonio y San Animas y lo tuvieron que desembarcar porque no hacía más que gritar que se retiraba al mar, que no se veían más que rocas, y echaba mano al timón para desviar la nave de las rompientes. Retirada del mar que no había, rocas imaginarias, rompientes inexisten. Pero, desembarcado, se pasaba el día y la noche corriendo por Corme, anunciando que venía el mar sobre la tierra, que las olas iban a cubrir las casas, y que había que ponerles velas en los tejados para salir navegando. Un médico amigo de la familia consiguió meterlo en Conxo, donde lo tranquilizaron algo, diciéndole que el mar estaba a doce leguas. Hizo amistad con otro interno, un cantero de Pontevedra, el cual tenía la obsesión de hacer instrumentos musicales de piedra. Le permitían tener en Conxo los útiles del oficio, y se pasaba el día picando en la cantería, intentando lograr una gaita, con el punteiro y el ronrón, y el fol, y ya la llevaba muy adelantada, y parecía gaita para capitel románico. El problema principal que se le planteaba al cantero, el señor Avelino, era cómo llenar el fol de la gaita, porque nadie hasta entonces había estudiado la dilatación de la piedra por medio del soplo de los pulmones humanos. Por este inconveniente el señor Avelino decidió suspender la obra de la gaita y se decidió por labrar una flauta, que esta no tiene fol. Hizo una hermosa flauta de piedra, la pulió, y cuando la encontró a punto, se la dio a Felpeto para que la probase. Felpeto soplaba, pero de la flauta de piedra no salía sonido alguno. El señor Avelino estudió aquel silencio de su flauta, y al fin cayó en la cuenta:
—Olvidóuseme furala por dentro!—, dijo.
Y mientras el señor Avelino veía como agujerear la flauta, Felpeto se dio a sí mismo de alta como loco.
Pidió ver al director de Conxo, y le dijo que todo aquello de no ver mar desde el velero, y de ver el mar en tierra firme tragándose la villa de Coime, que fuera a consecuencia de una indigestión de congrio curado, y que en el año largo que llevaba en el manicomio que había aprendido como hay que tratar a los locos, y si lo metían de loquero, que había vacante, que lo agradecía. Solamente pedía alojamiento, comida y que le pagasen una clase de música. Le concedieron lo que pedía, y lo de la clase de música fue fácil, porque andaba por allí el que fuera director de una banda de música en una villa de la provincia de Orense.
Felpeto trataba muy bien a los locos furiosos, los calmaba, les hablaba de naufragios y de cómo era el puerto de Luarca, y les enseñaba algo de solfeo, del solfeo que le estaba enseñando el orensano. Al ver que de verdad tranquilizaba a los airados y sosegaba a los más furiosos, los otros loqueros le llamaban Felpeto Calmante.
Un día le dijo al director que quería ir a su casa, que debía haber muchas goteras, y que su mujer estaría preguntando por él.
—¡Seguro que no sabe que estoy embarcado en el Conxo!
Como si Conxo, el Conxo, fuese un velero cormeño, como el San Antonio y San Animas. Lo dejaron ir, y llegó a Corme solfeando. Y a poco murió en su cama, solfeando, y sin haber dicho a nadie, desde que llegó de Conxo, más que do, re, mi, fa, sol, la, si…