FÉLIX LOURIDO
ESTE Félix Lourido, de un lugar que llaman Muimenta en las cercanías de Lalín, era un gran cazador, y tenía fama de haber dado muerte a dos docenas de lobos. Salía, solo, sin perro, con una escopeta que él había comprado a la viuda de un veterinario, en bandolera la bota de vino y un zurrón con pan, jamón y queso, y pasaba un par de días por los montes en busca del lobo. No se sabía dónde se echaba a dormir, aunque lo más probable es que no durmiese en parte alguna, y todo el tiempo lo consumiese en rastrear al lobo. Solía decir que el lobo, sabiendo que él lo buscaba, no huía, pero daba vueltas a su alrededor, en un radio de media legua, a cubierto de tojales y xesteiras. Pero, según Lourido, había un momento en el que el lobo tenía necesidad de beber, por ejemplo, o de hacer sus necesidades, y en ese momento aparecía ante él Lourido, la escopeta presta, y le daba el alto. El lobo domina el arte de las marchas y las contramarchas, pero Lourido dominaba el arte del flanqueo. Surgía ante el lobo cuando este menos lo esperaba, alto, la boina hasta las cejas, la barba crecida, la mirada suya fija en la del lobo. Y para decirle al lobo que iban de igual a igual, Lourido abría la boca y le mostraba al lobo sus grandes dientes, blancos, fuertes, que cuidaba tanto. Esto lo sé por lo que él contaba a sus sobrinos, que de su matrimonio con una pulpeira de Silleda no tuviera hijos.
Lourido, digo, aparecía ante el lobo y le daba el alto. El lobo levantaba la cabeza, y cazador y bestia se miraban fijamente. Lourido levantaba lentamente la escopeta, apuntaba y disparaba. Generalmente los lobos que mató, cayeron de un solo tiro. Muerto el lobo, Lourido mandaba recado por un sobrino al Ayuntamiento de Lalín, participando la buena nueva. En dos o tres ocasiones le mandaron algún dinero de premio, desde Pontevedra.
Una vez Lourido salió al lobo como solía, y no daba con él. El monte le olía a lobo, pero muy escondida tenía que estar la fiera que no la lograba. Franqueaba las xesteiras, se ponía una hora larga a sotavento, imitaba el balido del cordero, y decía gritando, como si se dirigiese a otro cazador del otro lado del río, que se iba para casa, que aquel día no había pieza a su alcance. Y nada. El lobo no aparecía. Lourido se sentó a comer algo, y estaba remojando con el vino tinto de su bota, cuando el lobo, un gran lobo viejo y hostil apareció ante él. Se miraron. Lourido tenía la escopeta en el suelo, y ya había guardado el cuchillo con el que cortara el jamón del bocadillo. Lourido no se movió. Lo único que hizo fue mostrarle los dientes al lobo. Este, entonces, haciendo como un gran esfuerzo de garganta, le dijo a Lourido lo mismo que este decía a los lobos:
—¡Alto!
Lourido sintió que no podía mover ni pie ni mano, que estaba inerme, indefenso ante el lobo. Lourido estaba vencido, y el lobo se había dado cuenta de que tenía la presa a su sabor. Pero el lobo no atacó. Contaba Lourido a sus sobrinos que el lobo dio la vuelta, despacio, mostrando indiferencia, saltó a una cómora y desde allí se rió de Lourido con dos o tres carcajadas. Lourido ya tenía la escopeta en las manos, pero no podía disparar al lobo porque era este y no él quien había dado el alto.