PELETEIRO DA BOUZA
EL viejo Peleteiro da Bouza toda su vida anduviera en pleitos, y los más los perdiera, con grave quebranto para el capital, que era mucho, en carballeiras, praderío y buenas tierras para el centeno. Peleteiro leía, por ejemplo, la Ley de Aguas, y ya se daba por perito en el asunto, y le ponía pleito a un vecino por unas horas de riego o de molino. Los hijos le quemaron la Ley de Aguas y el Medina Marañón, que eran sus libros de cabecera, y le prohibieron pleitear, que si seguía así Peleteiro los iba a dejar por puertas. El viejo Peleteiro perdió el humor, dejó el tabaco, apartaba a los nietos, y el más de su tiempo lo pasaba en la era, sentado a la sombra de la higuera, contemplando los prados, y supongo que imaginando qué hermosos pleitos aún le quedaban que poner a los siete vecinos de Bouza. Un año, por Pascua Florida, un pariente le regaló un par de pollos, y Peleteiro no quiso que los matasen. Los pollos andaban sueltos por la eirá, y para dormir, siendo verano, se apoleiraban en una rama baja de la higuera. Esto le costó la vida a uno de ellos, que vino nocturno el zorro y se lo llevó. Quedó solo el hermano, un gallito ya muy peripuesto, la cresta muy roja y apuntando espolones, y de plumaje muy variado, cobrizo, azul y carmesí. El pollo sobreviviente estaba como asustado, y Peleteiro decidió llevárselo a dormir a su habitación. Por la mañana, cuando salía a paseo, lo soltaba, y el gallito lo seguía a todas partes. Si Peleteiro dormía la siesta a la sombra de la higuera, el quiquiriquí se subía a sus rodillas, y la dormía también, con la cabeza apoyada en la barriga del viejo pleiteante. Peleteiro cayó en seguida en la cuenta de que el gallo apoyaba la cabeza, para dormir, mismo sobre el bolsillo del chaleco de pana donde él llevaba el reloj, un grueso Roscoff Patent. Al gallito debía gustarle el tic-tac, tic-tac, del reloj. Este no fue el único descubrimiento que hizo Peleteiro en las mañanas y en las tardes de aquel hermoso verano. El gallo lo seguía a todas partes, y al andar parecía que quería cruzar las alas sobre el obispillo, como Peleteiro cruzaba sus brazos a la espalda cuando paseaba. Todo el mundo notaba el parecido de ambos. En los largos paseos vespertinos, Peleteiro y su gallo caminaban par a par. Peleteiro le hacía confidencias al gallo, el cual se detenía para escucharlo, levantaba la cabeza y la movía de derecha a izquierda. Confidencias de pleitos, de recomendaciones fallidas y de sentencias contrarias. Peleteiro da Bouza había encontrado quien lo comprendiera.
¡Bien podía haber sido hijo suyo primogénito aquel gallo y no el Eusebio, que tan ásperamente lo había apartado de su afición a las contiendas jurídicas! Y todavía más: el Eusebio se había hecho amigo de todos los vecinos con los que pleiteara su padre, mientras que el gallo, cuando veía pasar alguno, se subía a la cancilla de la era, y le cantaba airado y amenazador. Peleteiro se alegraba de tener aquel defensor, y solamente se lamentaba de no entender los insultos que el gallo lanzaba contra sus antiguos contrincantes. Con las primeras lluvias del otoño, Peleteiro cayó en cama con unas fiebres altas y vómitos. El gallo no quería salir de la habitación. Murió Peleteiro, y no se sabe cómo el gallo apareció en el camposanto cuando le daban tierra al viejo pleiteante. Quería meterse en el nicho. El hijo Eusebio decidió matarlo y comerlo con arroz. Ya en la mesa con toda la familia tuvo un escrúpulo, y antes de probar el primer bocado se santiguó comentando que mejor hubiera sido cocinarlo con agua bendita.