LA BOTICA DE AQUISGRÁN

LA botica imperial de Aquisgrán, de Aachen o de Aix-la-Chappelle, que de las tres maneras se llama la ciudad de las salutíferas aquae de los días romanos, junto a las que el emperador de la barba florida, Carlomagno, estableció la capital del Sacro Romano Imperio de los Germanos. Hay quien sostiene que la base de la farmacopea carolingia fue boloñesa, de cuando Carlos, por Santos y Difuntos del año 800, bajó a Italia, a coronarse en Bologna la grassa. De Bolonia serían las plantas y las sanguijuelas, y algunas hierbas de las que se ocuparon a ratos perdidos Alcuino y Teodulfo. Carlos, contra lo que comúnmente se cree, era de pocas letras, lo que da más mérito a su obra, y en griego no parece haber pasado del alfabeto. Si se analiza la épica carolingia, lo primero que se advierte es que los paladines veían a enormes distancias, y distinguían lo que volaba en el horizonte, si milano o águila. Las aguas de Aquisgrán servían para baños de ojos, amén de para aclarar la garganta y curar la erisipela. Alcuino vio llegar un día a la botica imperial hierbas de la Ultima Tule, que siendo de la más remota isla de la ecumene, servían para entusiasmar a los Doce Pares cuando andaban lejos de sus casas don Roldán de Bretaña o don Geraldo del Rosellón, en la hora terrible de Roncesvalles o en la prise de Pampelune, o de Lunapampa, como dirá Arnaldo Daniel. En Aquisgrán había remedios contra los grandes temores de los carolingios —miedo no quita heroicidad—, el canto de las sirenas, el veneno de la serpiente y el bafo del dragón, que son de la misma naturaleza y exigen los mismos antídotos, y el robo de la sombra personal por las potencias subterráneas.

El miedo al canto de las sirenas les vino a los Doce Pares cuando llegaron al mar latino, a donde el Ródano muere ya la ribera ligur. Se taponaron los oídos con cera, como Ulises, y alguno más osado y tentado de acariciar carne fina submarina llegó a pasar la noche así prevenido en la arena, desnudo, ceñida de muérdago, ¡la rama dorada!, la cintura y protegidas con tintura de ámbar las partes pudendas, que es donde a las prójimas del mar les gusta morder hasta dar la muerte. (Como es sabido, Roldán tuvo amores con una sirena que andaba de Génova a Rosas, la cual no osaría destruir al paladín, y por no aparecer deshonrada ante sus gentes, salió al Océano y parió en playa de isla gallega un niño, que, por hijo del Paladín Roldán, fue conocido por Palatinus, palabra que en galaico es Paadín y Padín, apellido que corre entre nosotros, y de ese linaje son no sólo los Padín, sino los Goyanes y los Mariño de Lobeira, apellido que llevó el abuelo paterno de servidor, don Carlos Cunqueiro Mariño de Lobeira, y llevan parientes míos todavía).

La tintura de ámbar de Aquisgrán fue muy famosa, y siguió siéndolo en toda la Edad Media, pintándose con ella el ombligo de los recién nacidos, evitándose la hernia umbilical, que se estimaba era más corriente en los primogénitos reales, ignoro por qué razones. Contra el veneno de la serpiente y el bafo del dragón se usaba la harina de «trigo del fuego». Y era que en los días próximos a la siega se buscaba un trigal que hubiese sido incendiado por el rayo, y en él unas cuantas plantas cuyos tallos y espigas habían resistido el fuego, y aparecían como reverdecidas. Se molía este grano, y con la harina se hacían emplastos para cubrir la mordedura de la serpiente, o bolas, que las chupaban como chicle los que marchaban contra el dragón, que aunque respirasen el humo hediondo que la bestia expulsaba por la boca, no los adormecía ni dañaba. Este trigo se molía a mano con gran cuidado, y yo he imaginado una vez a la madre del imperante, a doña Berta del Gran Pie, sentada junto a una ventana moliendo el grano casi sacro en su molino de mano. Como ustedes saben, Berta del Gran Pie, la madre de Carlos, que viene en Villon entre las neiges d’antan, era llamada así porque tenía un enorme pie izquierdo, siete veces más grande que el derecho. A Carlos, cuando lo bautizaron, lo llevaron seis obispos muy acostadito en un zapato del pie izquierdo de su madre. La fábula de Berta del Gran Pie está relacionada con la de la Reine Pedauque o Pie de Oca, y es cosa de mucha investigación y de grande misterio.

Creo que el temor al robo de la sombra de los viajeros por los coboldos es un antiguo temor de los héroes germánicos, de cuando cabalgaban por las espesuras de la selva herciniana. En el onomástico germánico de entonces, franco u ostrogodo, suevo o gótico, hay nombres que predican el carácter de brillante, luminoso, espléndido, solar, y son nombres que sirven de protectores contra el robo de la sombra. La medicina contra ese robo, literalmente hablando, consistía en alimentar a la sombra desde el nacimiento del héroe con líquidos que podemos llamar excitantes, hasta lograr que la sombra no tuviese nunca sueño, y no se durmiese, aunque estuviese dormido el cuerpo que la daba. Estos excitantes se elaboraban con ojo de liebre, sesos de nutria y cenizas de las hogueras del día solsticial del verano, todo pasado por rayos de sol reflejados en el gran espejo de bronce que vio nacer a Odín, más tarde espejo cristianizado, y del que se dijo que había visto nacer a san Juan Bautista. Los polvos excitantes se echaban en agua recogida en el alba mágica, en el alba de san Juan, y con ellos palabras como las que dije antes, que decía la luz, el sol, la luna llena, el brillo del oro y de las piedras preciosas. Las sombras así alimentadas, siempre alerta, nunca se dejaban atrapar por los ancianos soterrados por selva, por la población menuda e inquieta, que la necesitaba para envolverse en ella y poder así alcanzar la altura de un hombre. Que este y no otro era el motivo del robo de la sombra: la firme convicción de que si un coboldo lograba una sombra como la de Guarinos de los Mares, que pasaba de dos varas y media, y yendo en su nave, si el viento derribaba el mástil, se ponía en su lugar y aseguraban las velas en su cuerpo; digo que si un coboldo lograba la sombra de un humano normal o de un gigante, crecía hasta tener el tamaño correspondiente a dicha sombra.

Pese al enorme ascendiente cultural de la corte carolingia, poco o nada quedó de su botica, salvo la tintura de ámbar en los genitales, contra sirenas, que luego encontraremos en las sagas de los hombres del Norte y en los aristócratas bizantinos. Dicha tintura llegó a venderse, pero ya como afrodisíacos, en las ferias de Castilla, para los condes de allá. Se volvió a hablar de ella cuando se hicieron burlas de la botica del deán de Cádiz, que fodía por astronomía, y que fue nombrado por su amigo san Fernando cuando este tomó Cádiz a los moros.

Obras literarias, II
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