VII
CLITEMNESTRA esperaba sin impaciencia el regreso de Egisto, aunque nunca se habían separado desde el día de los amores, y pasaba aquellos días consumiendo las más de las horas pintando a la acuarela las etiquetas para los frascos de mermelada de mora y para las cajas de jalea de membrillo, que eran ambas un triunfo de su confitería, y después del almuerzo salía a pasear por la terraza, llevando en brazos al gato Tinín y jugando con una sombrilla napolitana de flequillo. Ahora no podía bajar a pasear por los jardines, que los dos criados que quedaban en palacio de la antigua familia de siervos los habían transformado, parte en huerto —en el que cosechaban excelentes ajos y muy buena remolacha de mesa— y parte en prado, aprovechando para riego el agua del baño donde sumergían sus cuerpos los antiguos reyes antes de ser ungidos. En este prado pacía la vaca frisona, muy lechera, única que quedaba de la ganadería regia, y la leche y lo que daban las crías se repartía a medias entre el rey y los dos criados. De tierras aforadas de la herencia materna de Egisto llegaban en otoño a las arcas reales parvas rentas de centeno y de miel, y por Adviento algo de vino y unas pruebas de cerdo. De esto, y de una gratificación para sal y pimienta que el Senado acordaba cada enero, vivía la augusta familia. De los días agamenónicos quedaron en el palacio dos armarios con camisas, que fueron arreglándose para Egisto, y la sobra de falda sirvió para pañuelos de nariz, y en el guardarropa del rey se hallaron dos docenas de capas. Estas las reclamó para sí doña Clitemnestra, y cada año gastaba una en hacerse un traje nuevo, siempre con mucho escote, y se daba mucho arte para el adorno de abalorios y de cintas al traspaso. Cuando la reina estrenaba traje, mandaba la noticia a la Gaceta, que la publicaran en primera página, en recuadro. La reina le preguntaba al oficial de Inventario si las señoras de la aristocracia seguían su moda, y este le respondía que bien quisieran todas, pero que unas damas no se atrevían a imitar la majestad, y otras no hallaban modista que diese con el punto en el corte de falda o de corpiño, o de la manga japonesa.
Clitemnestra era una mujer más bien pequeña, y lo que sobresalía en ella era la blancura de su piel. En la redonda cara reposaban dos grandes ojos castaños y serenos, y pese al pelo rubio, cejas y pestañas las tenía negras. Lo que los ojos tenían de quietos, lo tenía su boca de movible, que siempre estaba haciendo mohines, mojando los labios con la puntita de la lengua, iniciando un silbido o imitando pájaros. Abundante de pecho, era muy delgada de cintura, y apretaba el corsé inglés lo que podía, aun a costa de una respiración dificultosa, que por otra parte la ruborizaba deliciosamente.
Clitemnestra nunca declaraba su edad, y desde que el marido zarpó para la guerra y entró en la tragedia, daba las fechas por un vestido que estrenara, por el temporal que estropeó las claraboyas o por una caída que tuviera. Era en el razonar confusa, en el hablar voluble, y nunca sabía terminar una historia; le salían ramas en cada párrafo, y por ellas se iba poco menos que gorjeando, que su decir era una mezcla de grititos, risas, suspiros, confidencias, lágrimas, voces de mando, citar con sus abuelos y mucho «¡ya lo decía yo!», y estando en la mayor animación, de pronto callaba y se quedaba mirando para el techo, como si viese volar mariposas, con la boca entreabierta y la cabeza ladeada. En algunas de estas ocasiones, Egisto se ponía a cuatro patas y comenzaba a ladrar, y entonces Clitemnestra salía de su ensoñación y gritaba pidiendo socorro, abrazándose al primero que encontraba, y de este comportamiento de Clitemnestra en todo susto con perro, comenzó Egisto a sacar algo que no eran celos, pero lo parecían, considerando que si en un paseo solitario de Clitemnestra saliese un can ladrando hacia sus finos tobillos, la reina se abrazaría, verbigracia, al capitán de lanzas, que casualmente pasaba por allí, regresando del mercado, como solía, de comprar un tubo de fijapelo, o al dependiente de la joyería que venía a ofrecer un anillo con piedra meteorítica, bueno para el reuma, y el galán, espantando al animal, se aprovechase de la señora reina, que tardaba en salir del susto. Tentado estuvo Egisto una tarde, en la que aparecía Clitemnestra especialmente distraída, de hacer una prueba en la terraza, usando un sordomudo demócrata que sema en el riego de rosales, y que además de sus opiniones políticas, era propalado de rijoso por las criadas. El rey estaría escondido tras una columna para impedir que el hecho se consumase.
Profundizando en el tema, Egisto se decía que así como la reina cayó en sus brazos por el susto del pisotón del galgo, pudo haber caído en brazos de otro por el pisotón de un foxterrier, lo cual quitaba todo el mérito a su conquista de la reina moza, a sus canciones y flores, a sus suspiros y serenatas, y Clitemnestra, entregada una vez, por propia dignidad no tendría más remedio que confesarse enamorada de Egisto, disculpando con la joya brillante de un gran amor la súbita caída. Y así, pues, fue casualidad el que Egisto se transformase en el matador de Agamenón y en la víctima de Orestes. ¡Parecía todo aquello asunto de novela psicológica!
Clitemnestra se sentó en un diván en un rincón del gran salón, y cuando llevaba allí media hora, hundida en un mar de viejos cojines, los más de ellos rotos o descosidos y soltando pluma, se acordó de que no había música ni sesión de lectura, que hacía más de diez años que había muerto Solotetes. Estos olvidos le sucedían con frecuencia, especialmente en otoño, cuando se ponía a régimen de compota de manzana, que es tan evasiva. Y recordando a Solotetes se echó a llorar, mientras alcanzaba un espejo de mano, que no lloraba bien si no tenía el mirador delante. El tal Solotetes había llegado de enano a palacio, recién casada ella con Agamenón, y sus padres, no valiendo el mozo para servicios armados por su poca talla, lo habían educado en cítara, lenguas y arte de la lectura. Se ponía de pie en un tablado, y a la luz de un farol —encendido aunque la lectura la hiciese a mediodía y en la terraza—, leía las novelas alejandrinas, imitando voces, pasos y ruidos, el galope de un caballo, el ladrido lejano de los perros, un niño que llora hambriento, una moza que canta en una viña, un suizo que pone en hora un reloj de cuco, una campana de ermita cercana al mar, un etíope que estornuda porque ha llegado al paralelo 17 viajando a llevarle un recado a Otelo, el gallo matinal, el ratón que come una nuez, el alguacil toledano que llama a la puerta de un judío, el gato en celo, el viento lebeche, el suspirar de una romana, la caída de las gotas de veneno en el vaso de limonada y el rodar de una moneda de oro que cae en suelo de mármol y va a perderse debajo de una alfombra pérsica. Esto último lo imitaba tan bien, que una vez que lo hizo en la procesión de san Basilio volvió la cabeza el arzobispo, alarmado, creyendo que era una onza que tenía escondida en la tiara, no se la llevase un sobrino suyo, fabricante quebrado de cosméticos, que estaba procesado por corrupción de menores. La gracia de Agamenón era meter el enano en una piel de liebre y echarlo en el patio a los galgos. Guando los perros se acercaban veloces, venadores al fin, el enano imitaba el horrible cacareo de la gallina búho del Ponto Euxino, y los galgos se detenían y no osaban atacar, pese a que Agamenón los azuzaba. La dicha gallina búho sale en la infeliz historia de Persílida y Trimalción, amantes desventurados, que ella parió en una playa, de un pirata, mientras él estaba en prisiones del tirano de Siracusa por negarse a vestir de mujer y hacerle los gustos al soberano. Al final de la novela se encontraban en una inundación, y Trimalción reconocía el niño en una lancha de salvamento.
Clitemnestra terminó de recordar a Solotetes, se enjugó las lágrimas y se dirigió a la cocina a hervir la leche, que su cena era un tazón de ella, endulzada con dos cucharadas de miel. Comenzaba a anochecer. La reina tuvo un escalofrío melancólico. Ya en el dormitorio regio, se desnudó rápidamente y espulgó la camisa a la luz del candil. La cama era inmensa, situada en un estrado de seis escalones, bajo un zodíaco de bronce, del que colgaba un paño azul en el que estaba pintado el rapto de Europa. A Clitemnestra le gustaba, porque el toro se parecía a Egisto en la mirada. Por cierto, que en todo el día no había tenido tiempo de acordarse del amante esposo, que andaría por la orilla del mar contemplando naves. A Clitemnestra le gustaría hacer una navegación como las que leía Solotetes, anclando el barco en una pequeña bahía una noche de luna llena. Le dificultaba ahora el embarque el elegir el traje que más la favorecería, y dudando entre uno blanco, de piqué, o una bata a rayas rojas y amarillas, regoldó, y se durmió con el agrio de un buchizo de leche que le había subido a la boca, como a niño que acaba de mamar.