III
PAULOS no quería retirarse del campo de batalla sin despedirse del César Julio, y se preguntaba por dónde andaría. Quizá Marco Antonio y Octavio hubiesen subido desde Roma a recogerlo para enterrarlo definitivamente. Paulos pensaba que su ciudad debería contribuir a los gastos del sepulcro, de mármol con láminas de bronce con las batallas de Alesia y de Munda de la Bética. ¡A lo mejor César había ido a dar, antes de que le echasen tierra, un vistazo a los olivos andaluces! Paulos, fatigado, hambriento, ya no encontraba en sí fáciles las jugosas invenciones, y apenas si sabía comenzar las historias, de cuya maraña no salía. Se le ocurría ahora que lo mejor sería mandar un parte por la posta, diciendo que Asad Tirónida estaba muerto, que la ciudad ya no pasaría más apuros, y que era la ocasión de repasar el puente, quitando la hiedra de los tajamares. Y que ya diera él las gracias a Arturo, a David y a César, los cuales no querían que se divulgase la nueva de su intervención, que no los dejarían tranquilos las grandes potencias, buscando su alianza, o convocándolos para las conferencias mundiales. Tenía deseos de ver a María, de tomarla de las manos, de escuchar reír. Le apetecía la leche tibia de las tardes. Recordó el aroma del pan recién salido del horno, y también que al subir al segundo piso izquierda en Camelot, le había llegado el de unas hogazas calientes. ¡A lo mejor amasaba dama Ginebra, con las mangas de la blusa remangadas! Le venían al magín a Paulos imágenes de la vida real, que borraban las posibles fantásticas. Paulos, silencioso, en la noche lluviosa, llegaría a su casa. Llamaría por Claudina, pero aparecerían las dos, tía y sobrina, medio dormidas aún, restregándose los ojos, sujetándose las faldas, encendiendo luces, preguntando si el señorito había cenado, calentando el caldo de repollo que había sobrado del almuerzo, batiendo huevos para una tortilla, poniendo en la mesa la rueda del dulce de membrillo, medio pan, la jarra verde con el vino nuevo, que ya iban tres días después de San Martín. Permanecería Paulos en la casa, Sin decir a nadie que había regresado, sin ir a cobrar el mes de astrólogo ni las dietas de campo. Al caer la tarde llegaría María, y hablarían de la boda, para cuando pasase el tiempo de adviento. Aunque quería evitarlo, se le metían entre las figuras cotidianas las antiguas y lejanas, o simplemente de ficción, y si pensaba invitar al signor Calamatti a su boda, se preguntaba por qué no también al hondero David con Micol, o a mister Grig, que ya habría sacado de la prisión de la Torre de Londres a lady Catalina Percy. Y amando a María, no por eso descuidaba de inventar unas miradas furtivas a Micol, correspondidas por los ojos negros, o a lady Catalina, correspondidas por los ojos verdes.
Se sentó a orillas del camino, en un banco de piedra que hay junto a la que llaman fuente del Segador, envuelto en su capa; el caballo ya lo había devuelto al bodeguero, y no más soltarlo en la Garganta salió, como era de esperar, con su trote corto, tosiendo, pero alegre, camino de casa. Paulos llevaba los pantalones rojos, que se había puesto para imitar a César paseando en los cuarteles de invierno, que muchas veces el joven astrólogo no podía imaginar si no tenía prendas de presente que le fijasen los linderos del despliegue de la fantasía. A veces tenía a mano una copa, o una cometa de papel, unos estribos, un papel, un sobre muy sellado y lacrado, que contenía una carta tan secreta, que el papel en que venían las noticias estaba en blanco. Un zapato de mujer, unas tijeras, un puñal, el anteojo de larga vista… Cosas que, yendo contándose a sí mismo los mayores sucesos de su tiempo, y aun de los antiguos y de los futuros días, le servían para probar que lo que se contaba era verdad, y las gentes tenían existencia real.
—Este zapato de mujer lo perdió dama Isolda, corriendo por el jardín a esconderse en la rosaleda, cuando le llegó la noticia de que don Tristán iba a dar un concierto de arpa para que prendiese un rosal que había traído de Francia, y que lo injertaran el día anterior, y se llamaban aquellas rosas rojas Comtesse du Châtelet. Tanto se escondió doña Isolda, que el perro que encontró el zapato, no hallando a la dueña, me lo trajo a mí, porque le habían llegado noticias, por otros perros, de que yo viajaba mucho…
Ymostraba el zapato de Isolda a María, y si Claudina y Melusina lo encontraban solo en el salón, acariciando la punta del zapato, les contaba la fábula a ellas, que se maravillaban de aquel pequeño zapato de una reina, un zapato como de muñeca, y les hacía creer que brillaba en la oscuridad si lo calzaba la que fuera su dueña, para que pudiera reconocerla su amante entre mil damas encapuchadas, esparcidas por una tormenta por las costas de Cornualles o de Normandía.
Otras veces, lo que se contaba no eran historias tan poéticas, sino sucesos políticos, la caída de Constantinopla, y crímenes, que le salían muy bien los dramas con venenos y de celos.
—¡Lo sabes todo desde Adán y Eva! —le decía María entusiasmada, cuando Paulos le acababa de contar la tragedia de Otelo.
—¡María, que te acabo de contar la muerte de la hermosa Desdémona!
YMaría olvidaba su entusiasmo, dejaba de aplaudir, y se arrodillaba a rezar un padrenuestro por el alma de la señora Desdémona. Paulos se levantaba, abría el armario, y le mostraba a su novia el pañuelo rojo.
—¡He podido rescatarlo!
Ylo mismo ante los cónsules, echando en la mesa el cangrejillo para probar que el río había vuelto a la fuente maternal.
—¿Su señoría es el astrólogo Paulos, que vio el unicornio?
El pastor estaba ante él, con el gorro de piel de cabra en la mano, ofreciéndole de su rebanada de pan moreno y de su queso curado. Era un hombre de mediana edad, que se dejaba la barba probablemente para taparse aquella gran cicatriz que le bajaba del mentón al cuello, lo que no lograba. Tenía una nubecilla en el ojo izquierdo.
—¡El mismo!
El pastor le prestaba su vaso de cuerno, para que Paulos pudiera beber de la boca alta de la fuente, que estaba sin caño.
—Son dos manantiales diferentes, y el de arriba es más fresco y sabroso.
Se sentó, medio arrodillado, al lado de Paulos.
—¡Me alegré cuando me dijeron que Su Señoría había visto el ciervo del único cuerno! ¡Mi padre lo vio también, hace más de cincuenta años, y lo contó, y fue tenido toda la vida por embustero! Ahora, así que haya metido el rebaño en los pastos de invierno, he de ir a la ciudad a que me despachen un certificado diciendo que mediado el otoño se ha visto el unicornio por este paraje, y le pondré en un marco con cristal en la tumba de mi padre en el cementerio de la Selva, como prueba de que no mintió.
—¡Un buen hijo! —comentó Paulos.
—¡Un hijo respetuoso! —subrayó el pastor.
Y se fue dejándole a Paulos la rebanada de pan moreno, el codo de queso curado y el vaso de cuerno.
El haber estado sentado al sol en la fuente le había quitado el frío, y reemprendió camino hacia la ciudad, comiendo el pan y el queso, soplando en el vaso de cuerno, que respondía, cuando acertó Paulos con la cantidad de aire y el lugar socavado del borde, como bocina. ¡Por lo menos la fábula del unicornio había serado para devolverle la honra a un pastor! Se lo decía a sí mismo, poniéndole el adjetivo para magnificarlo: «¡A un pastor antiguo!». Que esos adjetivos eran el complemento retórico de las fabulaciones, la gracia de la narración ante un público absorto.
Se olvidaba de todo lo acontecido, soñado e imaginado, alrededor de la batalla y del cometa influyente, menos de la sombra de Julio César, que pretendía reconocerla en todas las sombras, en la que daba un alto monte sobre el valle, o en la de un roble aislado al borde del camino, pero no conseguía entablar nuevo diálogo con el César, y así no lo encontraba en las calzadas ni en los senderos.
—¡César, soy Antonio! —gritó en el último paso entre montañas, antes de entrar en el valle nativo, donde sabía que había un amplio eco.
El nombre de Antonio fue repetido con voz que semejaba el trueno, y se alarmaron los milanos que se soleaban en las rocas.
Acabada la experiencia, por nada acuciado, Paulos encontraba la soledad, y se entristecía en el regreso al hogar, en vez de alegrarse. Se detuvo de nuevo, ahora junto a una higuera, por ver ponerse el sol y volar las hojas coloreadas de los viñedos, que se había levantado sur. Un zorro que salía del tobo se volvió a adentrar en lo oscuro, sorprendido del rojo vivo de los calzones de Paulos, sentado a una vara de distancia. Paulos se imaginaba ahora la ciudad desierta, aterradas las gentes por las noticias de la bajada iracunda de Asad Tirónida II. Los únicos que permanecían en las murallas, en el salido de la Batería, eran los Malatesta, con su largo brazo. En la plaza, junto a la fuente, estaba el cadáver de María. Había sido sorprendida con un brazado de camelias en los brazos, que habían caído en el pilón, y de vez en cuando el agua arrimaba una de las camelias al borde, y la echaba fuera, de modo que con un puñado de agua venía a dar en el rostro de la niña. Y Paulos no lloraba, no podía ni sabía llorar. Sin darse cuenta, pasaba a imaginarse una vida nueva, sin María, sin ciudad, lejos de todo recuerdo, lejos de todo deseo, apático, estudiando la ciencia que enseña a no soñar, que tiene que haberla, que acaso la conociese aquel Avicena, que ahora Paulos no sabía muy bien si eran uno mismo el gran médico persa o el paje de pomadas contra las almorranas del rey Arturo de Bretaña.
Y todo lo que se le acordó a Paulos en aquel momento de destrucción fue la bolsa de cuero de venado con su dinero, con el dinero de la venta de las acciones de la Compañía de Indias, que era como vender veleros de tres palos; con el dinero heredado de su padre y de su tío Fagildo, con las monedas ahorradas de su sueldo de astrólogo y de la venta de los conejos criados en casa por Claudina, y de las castañas y manzanas. ¡No darían los bárbaros invasores levantinos con su calcetín! Se lo dijo a sí mismo, se vio llegando a casa, buscando debajo del colchón, encontrando la bolsa, poniéndose a contar las monedas. Se había vuelto, en un repente, avaro, y quería esconder las monedas en los ojos, en las orejas, en la boca, en las horas del reloj, en el espejo. Se decidió, y echó a correr hacía el río, a saltar la paredilla de aquel huerto, por ver si llegaba a tiempo de alcanzar la barca de las seis, si es que con la invasión todavía seguían los horarios fijos. ¡Sí, pasaría la noche contando los cuartos, acariciándolos, disfrazándose para pasar desapercibido!
Inició la carrera, eso sí, pero a los tres pasos justos ya estaba muerto. No llegó a apoyar la mano en aquella piedra verde de la paredilla que había contemplado un instante antes de la arrancada. Estaba muerto. Una de las razones de su muerte fueron los pantalones rojos que Julio César usaba en sus cuarteles de invierno. ¡Pantalones de extranjero! Otra de las razones, y quizá la principal y primera, fue que había dejado de soñar. Que ya no soñaba, y entonces ya no era Paulos capaz de volar en el espacio en busca de tiempos y rostros idos y futuros, Paulos el soñador, sino un joven rico y ocioso, como cualquier otro, en una ciudad provinciana.
Con una sombra de tristeza en sus rostros lo contemplaban los tres reyes, David, Arturo y Julio César que, de pie junto a la higuera aparecían sorprendentemente jóvenes. Desde la ciudad venía volando una paloma mensajera, por ver si había llegado hasta el lugar de la muerte el lamento desesperado de María. Al pasar sobre las terrazas, había degollado los lirios tardíos y deshojado las rosas de otoño.