ERMELINA DA PONTE
SU padre fue un curandero muy famoso y tenía clientela desde Allariz hasta Verín, y aun recibía enfermos de Orense. Quitaba las verrugas con siete palabras, y conversaba con los hígados enfermos. No es que hablase con el enfermo del hígado, sino con el hígado propiamente. Murmuraba algo, y pegaba la cabeza al cuerpo del enfermo, donde suponía que estaría el hígado, y escuchaba la respuesta.
—El eco —decía.
Curaba el hígado porque obligaba a esta víscera a situarse fijamente en un sitio determinado del cuerpo, ya que todas las dolencias de hígado vienen de que este se pone a flotar, descomponiendo el orden del cuerpo humano.
Sabiendo que en el convento de Allariz las monjas guardaban un trozo de la piel de un dragón, iba por allí de visita, llevando de regalo unas libras de chocolate y algún queso, con la intención de que un día, por el torno, le fuese mostrada la misteriosa piel, que suponía era supermedicinal. Les propuso a las monjas montar un consultorio donde llaman la bañera en Allariz, frente al convento, frotando a los enfermos con el trozo de la piel del dragón. Pero las monjas rehusaron.
Este Manuel da Ponte tuvo una hija, a la que bautizó Ermelina. A los veinte años, era una hermosa mujer, muy alta, muy abundante, arrubiada de pelo. Por consejo del padre aprendió a poner inyecciones, y estaba siempre de pie, con la jeringuilla en la mano, en las consultas. Era una concesión de Manuel da Ponte a la ciencia moderna, y nunca se supo qué era lo que inyectaba intramuscular Ermelina a los enfermos.
Con el tiempo, Ermelina puede decirse que se estableció por su cuenta y era aún mucho más hábil que su progenitor en hacer desaparecer las verrugas. Ermelina, en Verín, llegó a tener una buena clientela de portugueses, y más de una vez se acercó a las ferias de Chaves para atenderlas. Y resultó que un día Ermelina se dio cuenta de que tenía, además del poder de echar las verrugas, de hacer salir lunares en el rostro de las mujeres que lo deseaban. Y como eran moda entonces en Lisboa, especialmente entre la aristocracia y las cantantes de fados, el lunar en la mejilla o en el labio superior, Ermelina ganó bastante dinero haciendo aparecer, con palabras secretas, lunares azules allí donde las portuguesas lo pedían. Un día se le presentó en Verín un caballero lusitano, alto, elegante, con bigotito, grandes ojos negros. El caballero quería un lunar en la mejilla derecha, a la altura del lóbulo de la oreja. Ermelina lo sentó, le puso el dedo índice allí donde el portugués quería el lunar, dijo las palabras secretas por tres veces, y cuando retiró el dedo, ya el cliente tenía un hermoso lunar azul prusia en la mejilla. El portugués se miró en el espejo y se dio por satisfecho.
—Así —dijo—, si muero en accidente, o en la batalla de Alcazarquivir como el rey don Sebastián, mi pariente, podrán reconocerme.
Ermelina miró con admiración al caballero, que se marchó pagando en plata. Ermelina fue a Orense a hacerse unas tarjetas en las que se dijese que trabajaba para la casa Real de Portugal. Tras consultar el de la imprenta a don Vicente Risco, pusieron en las tarjetas «Alunadora patentada de los Braganza de Portugal».