NACHO DE CRUCES
CRUCES está en un alto, mismo sobre la puente del Azúmara, más allá de la fraga de Beres, tan espesa, cubil del lobo, y refugio del jabalí. Cuando yo escribí esto una vez en el periódico de Lugo, lo de «cubil del lobo y refugio del jabalí», el hijo de Nacho de Cruces, el Severino, me dijo al encontrarme ante un puesto de pulpo en la feria de Villalba:
—¡No hay duda de que es usted un escritor!
Y de esta alabanza y una larga conversación sobre mis parientes de por allí, que él conocía, nació mi amistad con Severino. Cuando iba a los baños a Foz, en las Maridas luguesas, con su mujer y sus hijos, paraba en Mondoñedo para regalarme un queso y una botella de miel, y yo le correspondía con una tarta. Nos dábamos las novedades familiares y quedábamos en vernos para el próximo otoño, cosa que no solía acontecer. Un día nos saludamos en Lugo, y fuimos a comer unas cañas recién salidas del horno y beber una copita de vino dulce a la confitería de Madarro.
—Usted sabe —me dijo cuando iba por la tercera caña—, que mi mujer tuvo un tío sastre muy conocido en toda la Terra Chá, y que les hacía los trajes para las bodas a los señoritos de Meira y de Cospeito, y si había un difunto que no tuviera un traje decente para ir a la caja, el tío de mi mujer, que se llamaba Andrés de Portonovo, le hacía uno en tres o cuatro horas, un traje que él llamaba «de pantalla», muy decente con cinco botones. Esto del «traje de pantalla», lo aprendiera en el Brasil, y lo de los cinco botones era porque así los gastaban allá los de la aristocracia.
Remojó con el vino de Málaga, y me confesó que hacía tiempo que quería contarme una historia, por saber de mi parecer, y porque la historia le parecía a él bastante rara y digna de ser contada por escrito, aunque si yo lo hacía en el periódico debiera cambiar los nombres.
—Verá usted, uno de los señoritos de Loboso vendió siete lugares, y con los dineros que juntó fue a París a buscar mujer, que se le había metido en la cabeza el casarse con una francesa, a causa de las novelas que había leído. Las cosas le fueron bien, y antes de un año regresó con su mujer que era una delgadita rubia que andaba siempre de sombrero adornado con plumas y zapatos de alto tacón. La francesa venía en estado, y a los dos meses de llegar dio a luz un niño. A los dos años el niño tenía un bigote negro y mesto como el de un adulto, y cada semana había que pegarle un afeitado. La francesa se reía y decía «C’est très joli», pero el señorito de Loboso dio en sospechar que aquel bigote negro no era de su familia, que todos tiraban a rubio, y cavilando, cavilando, llegó a la conclusión de que su mujer tuviera algo que ver con un primo suyo, que era teniente de cazadores ligeros, y el bigote del niño y el del teniente eran dos gotas de agua. El señorito de Loboso llamó al señor Andrés de Portonovo y le encargó un traje de teniente de cazadores ligeros. El señor Andrés lo sacó por una postal y le salió muy lucido. El señorito de Loboso le dijo a su mujer que tenía que hacer un viaje, y a la noche vino de ocultis vestido de uniforme, entró en la habitación silenciosamente y se metió en la cama de la francesa. Esta en su lengua parece que dijo:
—¡Ay, Federico, que nos van a ver!
El señorito de Loboso, sin decir palabra, al día siguiente facturó para París a la francesa y al niño, dando por probadas sus sospechas.
—Yo mismo, de mozo, me probé el uniforme de cazadores ligeros, y a fe que me acaía. ¡Uno no sabe dónde la tiene!