MUÑIZ DE PARADA
SIENTO que ya estén muertos el sastre Muñiz de Parada y el párroco de Vilarelle, don Victorino Graña López, que les daría a ambos la noticia, probada documentalmente, que pondría fin a sus diferencias. Muñiz fue a servir al rey a Barcelona, y licenciado se quedó allí un par de años, aprendiendo sastrería con un tal Vinardell, quien tenía el taller al lado de la catedral, y era un as en levitas, tocaba el violín y jugaba al billar. Esto sería allá por 1906. Un día cualquiera, a primera hora de la tarde, se presentó en la sastrería el ayuda de cámara del señor duque de Tamames, que se llamaba Calixto, diciendo que su amo —que era el más elegante caballero de España en aquel tiempo— necesitaba cuatro levitas en cuarenta y ocho horas, ya que tenía que hacer unas visitas de cumplido y se le perdiera la maleta en Zaragoza. Vinardell se puso a la obra, con las medidas que le diera Calixto, y el duque avisaba que iría por la sastrería a probar. Cada levita llevaba un forro de diferente grosor y abrigo, para que el duque pudiera usar la que conviniera a la temperatura ambiente. El duque estuvo más de seis horas en la sastrería, que no acababa de encontrar defectos. Como se cansase de estar tanto tiempo de pie, solicitó unos pediluvios. Vinardell le rogó que pasase a su dormitorio, pero intervino el ayuda de cámara Calixto asegurando que los duques grandes de España pueden lavarse los pies aun delante de Su Majestad. El de Tamames, que tenía las condiciones requeridas, se lavó los pies en el taller, delante de las oficialas de Vinardell. Eran unos pies tan bellos y blancos, que una ojaladora murciana confesó que estaba enamorada del duque y que iba a marcharse a Madrid tras él. Todo esto me lo contaba a mí Muñiz de Parada, sentados los dos a la sombra de los manzanos, en el prado de Lente, en los días agosteños, cálidos, alrededor de San Lorenzo.
Un día llegó a la sastrería de Vinardell un señor de chistera verde botella, quien era dueño de seis perros muy bien enseñados en baile, y queriendo debutar con ellos en el circo, antes quería vestirlos, en honor del público de Barcelona, con casacas de colores, de buen paño. Para que Vinardell lograse unas prendas notables, el de la chistera verde traía consigo un libro inglés en el que explicaba, con gráficos, cómo se toman las medidas a los perros, cuando se quiere vestirlos a lo humano.
—¡Ese libro no lo hay! —decía don Victorino, el párroco.
—¡Pero si lo he visto yo, y traía dibujados muchos perros, con mucha geometría! —aseguraba el buen Muñiz.
—¡No lo hay! ¡Y por mentiroso no te vuelvo a hablar en la vida!
Don Victorino se fue, irritado, a la sombra de su paraguas, por aquel dulce camino de Ardeán. Muñiz, me confesó, se quedó triste, casi con las lágrimas en los ojos.
—Pero, Señor, Señor, ¡si aquel libro lo había! Las casacas para perros tienen una dificultad en el lomo, y en el libro venía explicada con un triángulo.
Un día llegó a Parada la noticia de que don Vitorino agonizaba en su rectoral de Vilarelle, con la ventana abierta para que respirase el frescor de la flor del manzano. Muñiz fue a verlo.
—Vengo, señor cura, para que antes de morir me crea lo del libro de sastrería canina —le pidió Muñiz al clérigo.
—¡No lo puedo creer! —respondía con los últimos alientos don Victorino.
—¡Créamelo antes de morir, amigo mío!
Don Victorino abrió desmesuradamente los ojos, y antes de morir afirmó:
—Non possumus!
Esto dijo don Victorino Graña López, de los Osorio y Rodil, dando el alma a Dios. Muñiz lloraba. Y nunca más, excepto a mí, volvió a contarle a nadie la historia del domador de perros, y de Vinardell tomando las medidas para las casacas por un libro inglés. Un día, Muñiz me dijo, meneando la cabeza:
—¿No soñaría lo del libro inglés?
No, no lo soñara, porque ese libro inglés lo hay. Su autor es un pastor anglicano, matemático conocido, un tal Guillermo Oughtred, que vivió en el siglo dieciocho, y era tan monárquico que murió de la alegría que le produjo la noticia de la restauración del Estuardo. Además es famoso por haber sido el primero en usar la letra griega pi para designar la relación entre la circunferencia y el diámetro, y el aspa de san Andrés para indicar multiplicación. Escribió un tratado de sastrería de canes y gatos, con dibujos de su mano y toda manera de tomar medidas, que algunos creen que se trata de una sátira política…
Me hubiese gustado decírselo a don Victorino Graña para que retirase aquel famoso non possumus! que le soltó en la última hora de su vida al sastre Muñiz de Parada. Un gran sastre, que me hizo a mí, teniendo yo unos doce años, un calzón de dril militar, con tres bolsillos, el de atrás con botón. El pantalón era muy alto de cintura, tan alto que llegaba a la mitad del pecho, y esto lo hiciera adrede Muñiz porque yo era muy espigado y consideraba que así me protegía.