II
VERO dei Pranzi se dirigió hacia donde tenían los suyos atado a un roble a Fanto Fantini della Gherardesca, y durante largo rato contempló a este en silencio. Vero se había puesto sus mejores ropas, con cintas de colores en la esclavina, y llevaba tras él a uno de sus pajes, dándole aire en la amolletada y colorada nuca. Era casi enano, mofletudo de rostro, estrecho de frente bajo la que, pasando un selvático bosque de cejas, se hundían unos ojos negros que las más de las veces miraban coléricos. Los brazos, en demasía largos, le llegaban hasta las rodillas, balanceándolos al andar, con lo cual parecía que marchaba tordeando un borracho. Le hacían zapatos de tacón doble en Bolonia, y para dar más alto, usaba además sombrero de pico con plumas, una moda que trajo a Italia aquel inglés Giovanni Acutto. Que anduvo con Catalina de Siena en las batallas que devolvieron el papa a Roma desde su palacio de Aviñón. Vero dei Pranzi era un capitán de reconocida dureza, cruel en los saqueos, generoso con sus soldados, sufriendo con ellos la aspereza del campo, pero sin ahorrarles la muerte. Vero mismo podía exhibir una docena larga de cicatrices. Se decía que estaba casado en tres lugares diferentes. Andaría por los cuarenta años. Los suyos habían entrado, nocturnos, en una granja, a robar un ternero para asarlo en el campo, que era dos días después la fiesta de San Crisógono de Aquilea, que es santo a la jineta, y tropezaron con Fanto, que iba secreto a Borgo San Sepolcro, y dormía a pierna suelta. Nito había llevado, en Lionfante, al can Remo, a que le curasen unas anginas en Parma, y el capitán estaba solo, que dejara su gente en Rávena, en cuarteles de invierno venecianos. Fanto amaba pasar, cuando podía, en su ciudad natal los últimos días del otoño, no regresando a sus tropas hasta que cataba el vino nuevo.
—Corren por ahí noticias, amigo Fanto —dijo Vero al prisionero—, de que has hecho dos canciones, una en la que alabas la hermosura de tu dama en un campo, en mayo, despidiéndote para la guerra, y otra en la que comparas tu vida con las hojas del bosque en otoño, que el viento lleva de aquí para allá. Busca en tu memoria la primavera pasada, porque otra ya no verás. ¿Por dónde andabas?
Fanto recordó, y sonrió.
—Por Adria, cabalgando por caminos entre cerezos, pasando el río de Julieta por vados en cuyas orillas florecía el manzano, cargando en Copparo contra los señores de Guastalla, y haciendo paces por Venecia en el claro de una robleda, en Carpi, donde nos saludó el cuco. Florecían las viñas, y los prados de Viadana eran una alfombra verde bordada en oro y carmesí.
—No verás otra, Fanto. Tengo para ti en los montes más allá del Paso della Cisa, una torre cuadrada. Antes, pasaba a sus pies un río que iba tumultuoso al Secchia, pero lo desviaron los duques de Módena para hacer leguas abajo, y a media jornada de su ciudad, un jardín de septiembre. La torre se llama Aquilasola. Y habiéndose ido el agua, todo el país es de tierra arenisca donde no nace una hierba. No volverás a ver verde en tu vida. Ya no hay prados en la vallina, y han muerto los chopos de la ribera. ¡Tierra rojiza, arenisca, tierra y solamente tierra! Te dejaremos allí con víveres para un mes. Oveja salpresa, claro, y un jarro de agua que administrarás prudentemente.
Vero rió, rieron los suyos.
—Las propias ratas abandonaron Aquilasola, Fanto, por ir a cualquier lugar de fuentes.
Y ahora estaba Fanto en la torre, encadenado a un poste en una cámara cuyo gran ventanal daba sobre un acantilado, al fondo del cual aparecía el cauce seco del río de antaño. Fanto podía acercarse hasta el ventanal, y sólo veía la roja tierra, las paredes del barranco en las que habían hecho surcos las lluvias, las rocas negras que asomaban aquí y allá. El viento levantaba nubes de polvo, que entraba por toda parte en la torre, se metía por entre las ropas, se posaba en las pestañas y en los labios. Fanto se tranquilizaba a sí mismo, diciéndose que era imposible que los hombres de Vero dei Pranzi callaran todos el que dejaban a Fanto Fantini della Gherardesca en una torre perdida en las montañas de la Emilia, y que a Nito le habría de llegar la noticia. Pero ¿daría a tiempo con él? Fanto había decidido no comer aquella carne oscura y salada que le habían dejado en un tabal roto, en un rincón. Bebería del agua, a pocos. Calculó que no podría durarle más de seis días. Recordaba las lecciones del signor Capovilla:
—Sosegado, los ojos cerrados, extender ante uno el acontecimiento, como un mapa, y sin prisa, ir reduciendo el laberinto a sus líneas esenciales, dejando el pensamiento ir y venir por él, hasta hacerlo tan familiar y cotidiano como la casa propia, en la que conoces todos los rincones, y sabes de donde vienen todos los ruidos, y si la tabla que cruje es de las escaleras o del pasillo, cuando alguien sube o baja, o pasa silencioso. Como Julio César solía.
Dos eran los problemas de Fanto: el principal y primero, la subsistencia. El segundo secundario y necesitado de una ayuda exterior, la huida. ¿Alimentos posibles? El inventario era fácil de hacer: los murciélagos del rincón de la derecha y de la alcoba vecina. La cadena que lo ataba al poste era lo suficientemente larga para permitirle adentrarse en ella. Cazar los murciélagos a mediodía, colgados del techo, no era difícil. Estudió sus vuelos, la hora de retirada, los vio dar la voltereta para quedar colgados cabeza abajo y echar sus siestas. Probablemente volaban hasta el cauce seco del afluente del Secchia, donde tras los días de lluvia se formarían pequeñas charcas mosquiteras. Desde el ventanal, vio Fanto dos o tres mariposas doradas revolotear allá abajo. Los murciélagos comerían las mariposas y él comería los murciélagos. Esta noticia que se dio a sí mismo, disminuyó su asco ante los almuerzos que lo esperaban…
Había perdido la cuenta de los días pasados, y ya el frío no le dejaba dormir. Lina mañana entró nieve por el ventanal, e hizo con ella pequeñas bolas que se llevó a la boca, y llenó el jarro que le dejaran con agua. Lo fatigaba la gimnasia cotidiana y hubo de abandonar algunos ejercicios, porque ya el cuerpo no le obedecía. En el mapa tendido ante él comenzaba a ver la muerte. En el tabal con la oveja salpresa —al fin, la había devorado, quitándose la sed con la sangre exprimida del vientre del murciélago—, se veían mal trazadas, grandes letras rojas, y le parecía leer IVANA, y Fanto completaba GIOVANNA, que sería una mujer con puesto de salazón en el mercado de Ferrara o de Guastalla. Una mujer joven acaso. Fanto adormilaba como drogado, sin pulso, casi sin fuerzas para cerrar los ojos, y de la caja salía una larga mano que le acariciaba la frente, le peinaba la perrera dorada, se posaba en su cuello hasta impedirle respirar. La mano era de huesos oscuros, cubiertos por una piel suave como de melocotón. Desde el otro rincón lo estaban vigilando unos ojos negros, que se agrandaban lentamente, y ya eran como bocas de pozo. Sentía la mano de Giovanna, dentro, en el corazón, y los ojos giraban a su alrededor. Se le ocurrió, en un momento en que la mano aflojó en su cuello, que debía decirse algo a sí mismo antes de morir, pero no supo qué. Y se abandonó a las tinieblas y al frío.
Volvió a la vida cuando un agua extraña le entró por la boca, y la sintió deslizarse como una sierpe de tibia piel hasta su estómago, en el que se desperezó. Pudo abrir los ojos, y lo primero que vio, un fuego que ardía en la chimenea, en la alcoba. No podía apartar los ojos de las llamas rojas que consumían rápidamente la resecada madera del tabal de oveja salpresa. Nito le hacía beber otro sorbo de aquella agua, y Remo le lamía las manos. Pero la mirada seguía fija en el fuego que consumía el tabal, las letras del nombre de aquella Giovanna. Ahora se daba cuenta que Giovanna le había hecho compañía, de que la había visto, joven y sonriente, bajo uno de aquellos toldos verdes del mercado de Ferrara, en la piazza, o de Guastalla, bajo los olmos.
Pasaron días antes de que recobrase la memoria, de que supiese verdaderamente quién era, de que reconociese del todo a Nito y a Remo, de que pudiese salir al antiguo patio de armas a saludar a Lionfante, quien al verle se arrodilló y acarició con la cabeza las piernas de su amo. Nito le contó a Fanto que la amiga de un soldado de Vero dei Pranzi, dado de baja por unas fiebres con gran aparato de lobanillos, le había contado al capellán de las dominicas de Sapro, que su hombre, en los delirios, contaba algo de Fanto Fantini. El capellán escuchó delirar al soldado, y habiéndose corrido por el país que Fanto el Mozo había hallado mala muerte en una trampa que le tendiera Vero, mandó recados por saber qué pasara de cierto. Habiéndose enterado Nito por un antiguo teniente de Buoncompagni, fue a Sapro a averiguar lo que sabía el licenciado por fiebres, y este, que hedía en la cama y se veía morir, al ver en el aire una moneda que hacía jugar Nito como pelota de mano a mano, contó todo lo que sabía. Y la curiosidad del capellán de las dominicas venía de que era natural de Borgo San Sepolcro, y algunos veranos había jugado cañas con Fanto en la pineta, cuando tomaba vacaciones de latín y escolástica en Florencia.
—Lo recuerdo —comentó Fanto—, que era zurdo, y se decía que para órdenes mayores había menester dispensa.
Nunca, tras oído el soldado, creyó Nito encontrar con vida a su amo, y ahora lloraba al decírselo, y cómo pensaba convocar a todos sus parientes de Siena para viajar con el cadáver a la ciudad natal del capitán, y hacerle solemne entierro.
Preguntó Fanto a Nito si alguien más que el capellán de las dominicas susodicho y zurdo, sabía lo que contara el soldado, y Nito afirmó que no, y que el soldado mismo, habiendo mandado comprar dos cántaras de vino con la moneda que le había dado, que era un medio escudo ferrarás, las bebió frías y palmó, y la moza había entrado para vainicas y bieses en las de Santo Domingo.
—En lo que a nosotros toca, nadie nos ha seguido. Y en Módena, cuando voy a víveres, creen que soy el criado del ermitaño de Roccato y sus pupilos, y el agua corro a buscarla en las horas oscuras a la presa donde fue desviado el río que por aquí corría.
¡El río! Fanto sonrió. Iba a burlarse de Vero dei Pranzi. Cuando este lo dejó encadenado en Aquilasola, destinado a morir de hambre y de sed, Vero le gritó que para Pascua Florida, cuando se reuniesen los condottiere que se apuntaran para ir contra lo que al papa le quedaba en Emilia Romagna, que contaría su fin, a los postres del gran banquete. La presa de desvío del río de Aquilosala estaba en una hoz, y era de cajones de madera llenos de guijarros, y como bóveda clave reforzada con tres vigas de roble que coincidían en el mero centro. Fanto inspeccionó varias veces al alba la presa, y vio claro que era obra fina y de geometría, pero que toda su fortaleza pendía del posteado; tal que como iba el río crecido, si las vigas cediesen, la presa reventaría y las aguas se precipitarían por el cauce suyo antiguo. Cavando por las noches donde las vigas se apoyaban, llegó el equilibrio a un punto que bastaría que Lionfante por un lado y el caballo de Nito por el otro tirasen fuerte cada uno de su viga, para que el ingenio saltase. Anduvo Remo activo como correo todo aquel mes de marzo, portando papeles en las orejas y en un paladar postizo que le ponía Fanto para que le llevase partes secretos, y ya recuperado Fanto de las calamidades pasadas, y siendo el santo domingo de la Resurrección del Señor, la presa fue desbaratada como pensado había, y Fanto galopando por tierra en Lionfante fue a tomar las aguas que avanzaban espumosas un cuarto de legua antes de que llegaran al Secchia, y metiéndose con el caballo suyo en el medio y medio de la corriente, apareció ante el campamento de los condottiere confederados, al cual ya había llegado la alarma de que revivía el río viejo, bajaba loco y habría inundación, y los soldados levantaban las tiendas y ponían los bagajes a salvo en una colina. Apareció Fanto Fantini della Gherardesca, digo, su caballo braceando en el corazón de la corriente, aumentando la espuma del río, vestido de verde, la espada desenvainada en la diestra. Todos lo vieron, la cabeza descubierta, sonriente. Por la orilla izquierda galopaba Nito portando su lanza y su yelmo, y los hombres de Fanto, con su bandera del dragón rojo y dos trompetas despertando el mundo, lo aguardaban junto a los sauces. Ninguno de los enemigos de Fanto Fantini della Gherardesca se movió. Las aguas, al entrar en el Secchia, remansaron súbitamente, y quedó un salón tranquilo, a la vista del cual nadie podría decir si el río iba hacia arriba o hacia abajo. Fanto salió del río, recogió yelmo y lanza, los suyos lo saludaron a la voz y a la bandera, y a un pastor que corría tras salvar dos cabras que quedaran en una roca, ahora medio sumergida, el señor capitán le gritó:
—¡Ve y dile a Vero dei Pranzi que me he escapado de Aquilasola llamando en mi ayuda a un río!
Ycon los suyos se fue Fanto Fantini hacia Rovigo.
Yno se habló de otra cosa aquella primavera y aquel verano en toda Italia, de que el capitán Fanto Fantini della Gherardesca, se había escapado de una horrible prisión disfrazado de río, y que con su disfraz había aprendido la lengua de las truchas y el deslizarse sinuoso de las anguilas, y que a veces dormido, soñando que era río, en vez de roncar le salía el canto mismo que hacen las aguas en las cascadas e hirvienzas… Fanto, camino de Venecia, recordaba a la Giovanna del tabal, y ahora se imaginaba que sería una anciana, en la mocedad muy hermosa, como aquella que le había regalado un anillo con un rubí, tomándolo por don Lanzarote del Lago. Eso sí, cuando veía vespertino un murciélago, le daban náuseas, y pedía un sorbo de grappa. En Aquilasola, en la cámara de la torre, había dejado reunidos en un montoncito los huesos sobrantes de sus almuerzos, y sobre ellos la pluma roja de su sombrero nuevo.