FIGUEIRAS DE BOUZAL

VIVÍA en Bouzal, al pie de la sierra, donde son tan hermosos los robledales. Era más bien pequeño, redondo, muy moreno, los ojos vivos, y la nariz como la de los tíos del Profeta, desproporcionada y afilada en aquel rostro de pelota. Gran pleiteante, soñador de interdictos, pasó toda la vida de abogado en abogado, dejó la labranza y gastó el capital propio y buena parte del de la mujer, y cuando se murió, tenía en el juzgado una demanda, intentando la nulidad del testamento de un hermano suyo, soltero, que se lo dejara todo a una tabernera de Castro, viuda de un maragato. Figueiras se sintió mal una tarde, y se fue en unas horas de fiebre, en las que tuvo pocos interines lúcidos, lo más del tiempo recitando considerandos de sentencias. En un respiro que tuvo en la fiebre y en el dolor de ijada, le dijo a la mujer que no se alegrase, que era seguro que moría, y que le pedía que le metiese en la caja el Código Civil, y un parecer de un abogado de La Coruña tocante a la nulidad del susodicho testamento del hermano.

—¡Tú sigue con el pleito, Gumersinda, que ya te mandaré soplos y consejos desde donde me domicilien!

Murió Figueiras, y Gumersinda cumplió su última voluntad, metiéndole el Código Civil en un bolsillo de la chaqueta nueva, y entre sus páginas el parecer del letrado coruñés. Un mes más tarde, y por consejo de un vecino, Gumersinda fue a visitar, a escondidas, a la tabernera de Castro, que era una mujer muy alegre, muy blanca, carnal, risueña, amiga del anís, muy lozana en sus cuarenta cumplidos. La cual por tirarse, según dijo, de la vergüenza del pleito y de tener que mostrar unas cartas con petición de mano y de otras partes del hermano de Figueiras, José Pértega López, que lo fue, le dio a Gumersinda cinco mil pesetas y una cerda preñada, dispensando, recastada. Gumersinda retiró la demanda. La verdad es que a la viuda del maragato le salían pretendientes, entre ellos un sastre y un compro y vendo oro y plata, que además era oculista de ferias y asturiano, y pensando en casarse de segundas, no le convenía andar en lenguas.

Gumersinda regresó a Bouzal con las cinco mil pesetas entre la camisa y el justillo, arreando con calma la cerda, canturreando bajito, eso que no hacía cuatro semanas que su Figueiras tenía tierra encima, y regoldando de cuando en vez a causa del anís con que la convidara la viuda del maragato. Gumersinda echaba cuentas, y tal como valían los cerdos de cordel aquel año, si la cerda traía ocho, a tantos reales sumaba tantos, y compraba otra cerda y se metía en el trato, y de reales pasaba a contar por duros, repitiendo las felices cuentas de la lechera de la fábula. Juntó en un cuarto de legua tantos dineros en su imaginación, que, admirada, silbó. Y fue entonces cuando le habló un cuervo que estaba posado en la cancilla de un prado.

—¿Qué has hecho, Gumersinda?

Era Figueiras. El mismo Figueiras, con la cabeza levantada como cuando estaba irritado, y el pico, la verdadera figura de su nariz.

—¡Hay que comer todos los días! —repuso Gumersinda, echándose a llorar.

—¡Enemigos de uno en la propia casa! —gritaba el cuervo, es decir, Figueiras.

Gritó cuatro o cinco veces y cayó redondo a la entrada del prado, en un charco. Gumersinda miraba para él, sin saber qué hacer. Después de todo era Manuel Pértega, era Figueiras, era su marido. Se fue acercando al cadáver. El cuervo, patas arriba, no se movía. La cerda hocicó dos veces en él. Estaba muerto. Gumersinda tuvo que echar la cerda de él, que le metía el diente. Se quitó el delantal y envolvió en él a su marido. Siguió camino estudiando qué haría con aquellos restos mortales. Mientras lo tuvo en casa, encendió una lamparilla junto a la cabeza. Quizás debiera avisar a los vecinos y hacer algo de velorio, pero no se atrevió. Antes de que amaneciese, metió el cuervo en una caja de mantecadas de Astorga, después de sacudir las migas, y lo fue a enterrar en un rincón, en el camposanto de la parroquia. Y tuvo suerte Figueiras, que Gumersinda, antes de meterlo en la caja, lo envolvió en un periódico que, en la página tercera, precisamente, traía las bases para la codificación del Derecho Foral gallego. Ya tiene en qué pasar el tiempo el difunto, si es que sigue jurisperito.

Obras literarias, II
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