III
PAULOS subió las escaleras, y sin encontrar a nadie, cuando llegó al primer piso, se dirigió a la cámara de la izquierda, como le había indicado el escudero Matías. La gran puerta de roble, con clavos de bronce, estaba entreabierta.
—¿Se puede? —preguntó Paulos por dos veces, levantando la voz, golpeando con los nudillos.
No recibió respuesta alguna, y entró, dejando la puerta entreabierta, como la había hallado. La cámara era mucho más larga y ancha de lo que se pudiera suponer, y el piso en dos niveles, que había que subir tres escalones para poder acercarse a la cama real. A la izquierda, se abrían las ventanas que se veían desde el patio, con cortinas con una orla de flores rojas y amarillas, y a la derecha aparecía un gran bosque. Al pie de un roble echaba la siesta del carnero un hombre que apretaba una larga flauta que parecía de plata contra el pecho, y desde la rama de otro miraba un cuervo para Paulos, con esa mirada desdeñosa de los cuervos bien alimentados, que se desperezan al sol. En una mesa, en el centro de la cámara cubiertos con un tapete con escena, estaban el casco, la espada, las espuelas y el escudo del rey. Cuando Paulos se acercó, un ratoncillo saltó del casco al suelo, y huyó. Estaría allí de refugio, o comiendo en el forro de badana, que por estar sudado por la cabeza real estaría más sabroso. Cuando Paulos se disponía a admirar el atuendo militar del rey y las nobles armas, salió de debajo de la mesa un enano flaco y esquinado, chato de la nariz y de todo el rostro, calvo, y con rara diligencia metió todas las piezas en sacos de su forma y medida, unos sacos blancos, en los que aparecía pintada una A roja.
—¡Vienen muchos, haciéndose los distraídos, a copiar los modelos! —dijo el enano, con su voz agria.
El cual, pegando un inesperado brinco, saltó sobre la mesa, y se sentó sobre las armas insaculadas. Con una pequeña espátula, se limpiaba por dentro las escasas narices.
—Perdona, pero no es falta de educación, que es que tengo muy corto este respiradero. ¡Tampoco tengo olfato! Si hay batalla con matanza, ocho días después, cuando los cadáveres pudren al sol de la tarde, que dicen que es el que realmente les hace efecto, yo puedo andar registrando los cuerpos, por si alguno llevaba bolsa llena a la guerra.
—¿Hay matanzas?
—Yo no recuerdo ninguna, pero por el olfato estoy siempre preparado para eso que te dije, de ir al botín entre los muertos.
—¿Nunca fuiste?
—¿No te dije que no recuerdo ninguna matanza? ¡Vive uno con la esperanza de que llegue tal ocasión, y entonces, con lo botinado, tomar el retiro!
Soñando con el retiro, el enano parecía amansarse, y aun la agria voz sonaba amistosa.
—Cuando mi rey Arturo salía a la batalla, le bastaba, a la vista del enemigo, con ladear la corona en la cabeza, y ya se sabía que estaba con ira en el campo. Entonces, los enemigos se retiraban en silencio. El rey Arturo les exigía por su heraldo que dejasen alguna prenda de ropa tirada en el camino, o algo de comida, o unas trébedes con fuego debajo, que eran las señales de la militar retirada desordenada. Don Parsifal, que fue siempre el más atrevido y petulante, gritaba, mostrando el brasero bajo las trébedes: «¡Ni tiempo les dimos para freír las magras!». El rey reía, y toda la Tabla con él, y se sentaban en un claro del bosque, cada uno a comer su merienda. Los más de los ejércitos que venían contra Bretaña, ya traían con ellos un carretón con fardos de ropa interior, que dejaban abandonado, y nosotros saqueábamos. Los juristas aseguraron que, en puridad, era como un foro que le pagaban a nuestro señor el rey, con lo cual este quedaba libre de ir o no a hacer la guerra al reino vecino. ¡Así se pasaban los años, y la matanza no llegaba nunca! Yo era el único artúrico que salía ganancioso, porque los enemigos, con la carestía de los tiempos, en vez de traer a la batalla el carretón atiborrado de prendas de adulto, las traían infantiles, por ahorrar tela. Los paladines desparramaban las bragas y los camisolines, los juboncillos y los faldellines, por toda la selva de Brocelandia, y yo los iba recogiendo, así que terminaba la juerga, y regresaba con ellos a Camelot. Un año hubo dos alarmas de estas, y una hermana que tengo, soltera, puso una tienda de ropa infantil en la feria. ¿Ves esta camisa, ves estas bragas? ¡Son restos de la última batalla!
Paulos le mostraba una moneda al enano, el cual sentado encima del escudo artúrico, se estaba estirando las medias
—¿Puedo hablar con el rey?
—¿Como embajador o como privado?
—Como las dos cosas, amigo.
—¡Llámame Próspero! ¡Un nombre bien mi condición, pero me lo pusieron!
—Próspero, amigo, toma esta moneda. Yo quiero hablar en secreto con tu rey. Podía haber llegado a Camelot como embajador, pero mejor para todos será que comparezca como enviado secreto.
—¡Tendrás que aprovechar que despierte! ¡Si tuviésemos suerte de que le picasen las almorranas!
Próspero guió a Paulos hasta la cama del rey de la Tabla Redonda. Estaba echado panza abajo, con la cabeza ladeada, y se le había caído hacia atrás el gorro de dormir, que era blanco con un pompón amarillo. En la cabeza calva y huesuda aparecía una como cinta, tirando a morado, que Paulos pensó bien que sería la marca del uso cotidiano de la corona. Las mantas lo tapaban hasta el borde mismo del labio inferior. La cara flaca y amarillenta, la nariz aguileña, los largos bigotes ensebados…
Paulos examinó con detenimiento el rostro del gran rey. El enano bajaba el embozo de una sábana sucia, roto aquí y allá, para que Paulos pudiese admirar el rostro de Arturo.
—¿Tiene la barba verde? —dijo Paulos, admirado.
—¡Es teñido! Pasó por aquí un toscano, que cobraba muy caros los retratos reales, y dijo que si retratase a Arturo, que le pondría la barba verde, por darle juventud al augusto rostro. Se lo soplaron al rey, y mandó que lo tiñesen. ¡Le ponen sábanas viejas, porque sudando, en la noche, las mancha todas! Un arbitrista francés vino una vez con la propuesta de recortar la parte manchada de las sábanas, y venderla a los enfermos de tiña, por ejemplo, después de que algunos correos divulgasen por los países las virtudes curativas de las sábanas en las que sudaba verde el rey Arturo. Pero ¿cómo ibas a mandar a don Parsifal, a don Galaz, a don Galaor, por esos mundos, propalando la mercancía? ¿Iban a decir que ellos fueran tiñosos y que se curaran con el sudor artúrico verde?
¡Podían decir que quedaran tiñosos de un soplo mefítico del dragón, y que los curara, benévolo, su señor rey con su sudor!
—Pues en esa publicidad aquí no cayó nadie —comentó Próspero, admirando a Paulos.
El rey roncaba monótono, y de pronto comenzó a gemir, y parecía nombrar a alguien. Es alto siete pies, como se sabe, y tiene que dormir con las piernas recogidas, que la cama que usa no es el gran lecho real, con baldaquino, sino un medio catre de campaña.
—¡Avicena! —llamó el rey, con voz apagada y triste.
—¡Tuviste suerte! —le dijo el enano a Paulos.
El enano se puso de rodillas en la cama del rey, para poder darle respuesta mismo en la boca de la oreja.
—¡Avicena no está, mi señor, que va a los caracoles!
—¡Bah, ya no tengo ese antojo! ¿Y quién me da pomada? ¡Me pican!
—¿No puedes aguantar, mi señor?
—¡Para algo tengo la pomada! ¡Que toquen el cuerno llamando a Avicena!
—No lo oirá, señor, que va lejos, a los caracoles de un fresal.
—¿Quién me dará la pomada? —gemía Arturo—. ¡Por mor de la etiqueta mi mujer no quiere, y sabe muy bien! ¡Delicadas manos! ¡Si fuese Lanzarote el hemorroico, ya estarían sacrificándose!
El viejo rey sollozaba, metía la cabeza debajo de la almohada, abría los brazos, levantaba y bajaba los pies, que asomaban debajo de las mantas.
—¡No aguanto! ¡Ayer comí chorizo picante!
El enano guiñó un ojo a Paulos, y acariciando la cabeza del rey, poniéndole el gorro de dormir, dándole palmaditas en las mejillas, le explicaba a Arturo:
—Avicena no está, señor, pero tengo yo a mano un sustituto, extranjero, que viene a tu trono con un mensaje secreto. Y porque puedas oírlo con sosiego, te va a extender en el lugar justo las pomadas, como si fuese paje de ídem, sin mirar, y el dedo índice envuelto en un pañuelo de seda, pasado por agua.
—¡Que jure que no lo divulgará en su provincia!
El rey abrió el ojo izquierdo, y miró para Paulos. Era un ojo verdaderamente hermoso, azul marino, redondo, húmedo, brillante. Podía decirse que daba luces, esas luces redondas, como lunas, de las piedras talladas por los diamantistas del Gran Mogol.
—¿Juras?
La voz del rey se había transformado, y sonaba como la de una arenga de la Antigüedad.
—¡Juro! —respondió Paulos, seducido por aquella voz plena, regia a la vez y humana, que parecía la pregunta «¿Juras?» estar todavía en el aire, sus dos sílabas envolviéndose en la luz del sol, mariposas.
—¡Pues anímate! —dijo Próspero.
El enano bajó la sábana, y mostró a Paulos las nalgas de Arturo, sorprendentemente redondas e infantiles. El enano ofrecía a Paulos el bote de la pomada, y un pañuelo de seda para que envolviese el índice. Le susurró:
—¡Gira suave, de derecha a izquierda! ¡Nueve veces!
Lo que Paulos hizo, en el ano del rey de la Tabla Redonda.
Terminada la cura, Próspero volvió a tapar al rey, quien giró y se puso panza arriba. Ahora eran dos los hermosos ojos que miraban para Paulos.
—¡Muy suave! ¡Quedo muy aliviado! ¿Quién eres?
—Me llamo Paulos, alteza, y soy astrólogo titulado en una ciudad que tiene un hermoso puente, y disimulando, con nombre secreto la decimos Lucerna.
—Si vienes en busca de empleo, mala cosa, que aquí ahora no hay jornales. En confianza, ya en Bretaña todo es de cartón piedra. ¡Y aun así no llegan las rentas! ¡Un plato de caldo nunca falta!
—No vengo buscando empleo, gran señor, que vengo a solicitar, en nombre de mi ciudad, tu presencia en una batalla.
Por un instante los ojos del rey se encendieron, brillaron estrellas en la pulida superficie azul, estrellas doradas, plateadas, rojizas.
—¡Una batalla! Pero ¿no ves cómo estoy?
—Basta con que aparezcáis en lo alto de un otero con la corona ladeada.
—¡La corona ladeada! ¡Me había enseñado Merlin el truco! Yo me ponía de espaldas al sol, y la corona se apoyaba en mi cabeza solamente en un punto, y sabía tenerla en equilibrio. La luz del sol pasaba por el aro, y se reflejaba en la plata. Los enemigos se sorprendían, y se batían en retirada. Pero el otro día lo intenté cuatro veces, y las cuatro se me cayó la corona. ¡Es que ya no veo bien la punta de la nariz para el juego del equilibrio!
Los ojos del rey se apagaban, el azul se aclaraba. Arturo hablaba humilde.
—¡Todo es cartón en Bretaña! ¡Los paladines, los caballos! ¡Hay que figurar que sigue la corte en Camelot! ¿Ves ese bosque? ¡Cartón! Y el cuervo, que es mi contrafigura. Cuando tomo vacaciones, o hago semana inglesa, si viene visita lo presentan como el rey Arturo en la selva de la isla de Avalon.
Le tendió la mano derecha a Paulos, quien se la besó.
—¡Bienvenido! —dijo el rey—. ¿Y quién es el enemigo?
—Un rey levantino, que cabalga envuelto en una gran polvareda dorada, y dice que quiere hacer suyas todas las ciudades del mundo que tengan puente.
—¡A nosotros no nos perjudica, que no tenemos ningún puente! ¡Los celtas no construimos puentes nunca, que tenemos muy estudiada la ciencia del vadeo! Además, un puente modifica, en cierto modo, la creación.
—El nuestro es romano, y por él pasó Julio César, el señor latino urbi et orbe.
—¿Julio César?
—¡Estará en la batalla!
—¡Igual es de los que pelean a lo topa carnero! ¿No te basta con Julio César?
—¡Tu presencia en el campo es victoria segura!
El rey miró para el enano Próspero e hizo que silbaba.
—¡Aún se me recuerda, Próspero!
—¡Es que hay muchos textos que te citan!
—¡Eso sí!
Se volvió hacia Paulos.
—¿Cómo dijiste que te llamabas?
—¡Paulos, señor!
—Pues, Paulos, si se trata solamente de que yo esté en lo alto de un otero, me mandas a decir la fecha de la batalla. ¡Próspero, tráeme el casco!
Se sentó en la cama, con el casco puesto. Antes de ponérselo sopló en las plumas, que ya estaban medio apolilladas y faltas de flor.
—¡Hay que buscar unas plumas nuevas! Estaré en la colina, y en vez de corona, llevaré casco, y lo ladearé, que lo permite el barbuquejo. Puede acontecer que las almorranas no permitan la cabalgada, o que me sobrevengan fiebres tercianas, pero no por eso faltaré. ¡Acércate!
Paulos se acercó a la cama del rey, se arrodilló. Arturo le hablaba al oído, poniéndole una mano en el hombro.
—¡Me están haciendo un retrato de cartón! ¡Los de los paladines ya están hechos, con el pelo y la barba pegados!
—¡Saludé a Galván!
—¡Ah, con el bigotito recortado! Mi figura será gigantesca, doce pies, con la corona en su sitio, si estoy sentado, y ladeada, gracias a un resorte que hizo un relojero suizo, si me hacen montar. Desde lejos, ¿cómo sabría el rey levantino que soy muñeco de cartón? Y en cuanto a Julio César, mando un criado que le diga que yo, después de la batalla, me retiro en silencio a dar gracias a Dios por la victoria. ¿Soy o no soy un rey cristiano?
—¿Puedo, entonces, mandar correos a mi ciudad diciendo que cuente contigo en la batalla?
—¡Manda! ¡Palabra de Arturo!
Paulos sacó del bolsillo de la levita una bolsa de cuero marrón, atada en la boca con varias vueltas de hilo blanco.
—Alteza, escuchando tu promesa, yo debía hacerte un regalo, como prueba de la gratitud de mi ciudad, pero en todo el camino no encontré tienda abierta. Te dejo esta bolsa, con veinticuatro monedas de plata, y te compras lo que sea más de tu gusto.
—¡Una delicadeza! —exclamó Próspero.
—¡Una ayuda de costas! —dijo el rey, apretando la bolsa contra su pecho—. ¡Las contaré con Ginebrita cuando venga a darme el sopicaldo vespertino! Por cierto, no dejes de ir a saludarla antes de marcharte. ¡Le gusta que la piropee la mocedad!
El rey, apoyando la cabeza en los travesaños de la cabecera de la cama, hizo deslizar el casco sobre la frente, hasta la punta de la nariz. Pronto cogió el sueño, y comenzó a roncar. El enano se sentó en la mesa, encima de los sacos que guardaban la espada, la espuela y el escudo de Arturo, y Paulos salió en silencio, haciendo las reverencias de etiqueta, de cara a la cama real. Desde su rama, en el bosque lo miraba el cuervo, con la perpetua displicencia. El flautista dormía. Se había levantado algo de viento, y los árboles movían las ramas. Un mirlo voló de aquí para allá, buscando más cómodo asiento.
Paulos se preguntaba cómo mandar aviso a su ciudad, diciendo que ya contaba con Arturo, rey de Bretaña, además de con David, rey de Jerusalén.
Paulos, desde lo alto de las escaleras, les preguntó a las ancianas que ya habían terminado de montar a Galaor, y le estaban pegando las cejas con goma arábiga, por dónde se iba a la cámara de doña Ginebra.
—¡El segundo izquierda! —dijo la anciana de la voz aguda.
La cortina roja se corrió sola, que era de magia, y Paulos, con la birreta en la mano derecha, genuflexo, saludaba a doña Ginebra. Se le veía mal, en la sombra del fondo salón.
—¡No te acerques hasta que me espolvoreen! —gritó la reina.
Hablaba musical, con algo de seseo, como asomando la punta de la lengua en la c de acerques, silbante la s de espolvoreen. Una enana le echaba unas como brillantes escamas blancas en el pelo.
—¿Quién eres?
Paulos, el más joven astrólogo de una ciudad del Mediodía.
—¡Acércate! ¿Qué deseas?
—Traje un mensaje secreto, mi señora, para el rey de la Tabla Redonda, y no quise irme de Camelot sin contemplar el hermoso rostro, cuyo perfil conservan de troquel tantos corazones enamorados. ¡Sería, el irme sin veros, como estar en el mundo, y solamente vivir las tinieblas, y nunca el amanecer!
Doña Ginebra se abanicó, y Paulos creyó ver que sonreía. La reina tenía la cara redonda, y sobre el blanco pelo llevaba algo, como bonete.
—¡Eso lo entiendo muy bien! Lo que nunca entendí fueron los discursos que me soltaba don Lanzarote. Un día me confesó que tampoco él los entendía. ¡No te acerques mucho que hoy no estoy alhajada! ¡Mi mayor mérito era el escote, aparte las caricias con las yemas de los dedos!
—¡Quisiera que me acariciaseis una vez en la mejilla!
—Pues acércate con los ojos cerrados y arrodíllate.
Paulos se arrodilló, los ojos cerrados, ante la reina. Con su pecho tocaba las rodillas de doña Ginebra. Sintió la mano de la reina por su mejilla izquierda, muy suave. Se detuvo, con dos de las yemas de los dedos, a la altura de los labios, y Paulos los besó. Doña Ginebra se sobresaltó, y volaron dos pájaros sobre su cabeza. Paulos se retiró unos pasos, y abrió los ojos. Vio los pájaros que revoloteaban. Uno se posó en el abanico de doña Ginebra, y cantó. Era jilguero.
—¡Les dio por hacer nido en mi cabeza, y para que no me manchen el pelo llevo ese plato de tiesto! Lo peor del asunto es que tengo que estar con la cabeza erguida mientras dure la empollación y la cría. ¡Vete, y guarda, como buen caballero, el secreto de las concesiones que te hice! ¡Aquí siempre se vigiló mucho el sexto, aunque fueran toleradas las divagaciones exquisitas!
La enana soplaba, y se corrían dos, cinco, veinte, cortinas rojas. La enana se quitaba las faldas.
—¡No te sorprendas, Paulos, que soy Próspero! ¡Esto de ser enano es una gran cabronada! ¡Enano con el rey, enana con la reina, murciélago parlante en el yelmo del rey de Aragón, fingiendo ser conejo parado cuando Arturo sale de caza! ¡Un día cualquiera se le dispara la escopeta y me acierta!
En los abrevaderos de la fuente seguían haciendo que bebían los caballos de cartón, los caballos de Galaz, de Parsifal, de Galván, de Galaor… Lejanos cuernos cambiaban señas, y asomándose al balcón central, llevando por collar la corona de Axturo, ladró por tres veces el lebrel Alar, el lebrel del rey. Paulos, en el ladrido, reconoció la voz de Próspero, el enano. ¡Era una broma de despedida!
Cuando Paulos salía por la puerta, lo alcanzó una mujer, envuelta en un gran mantón, calzando chancletas, y con la prisa una se le quedó atrás, y mostró un gran tomate en la media, delante, por donde le salía el gordo. Sujetó a Paulos por el brazo derecho, y en voz baja le dijo que ya comprendía que como extranjero no estaba al tanto de las costumbres de la corte de Camelot, y que lo pasado con doña Ginebra, aun siendo la primera visita, que era ya como un acto segundo en función de amor, con el beso en los dedos, y que si bien en Camelot el amor carnal no era de pago, se les cobraba a los personajes como si fuesen público de butacas, y que la supuestamente ocupada por Paulos, que valía diez reales.
Paulos sacó del bolsillo de la levita una moneda de diez reales y otra de cuatro, por propina, y pagó así la escena con doña Ginebra.
Lo gracioso del asunto es que, despertando Paulos, tenía sobre el corazón ese dulce peso que queda de los sueños de amor, como si de verdad hubiese jugueteado con dama Ginebra, haciendo manitas. Y en el recuerdo de la escena de la criada cobradora, le surgía la sospecha de que era esta la misma doña Ginebra, quien había bajado por la escalera de servicio, para sonsacarle aquellos diez reales. ¡Mal andaban las finanzas de Bretaña!