SIETE

aquila

SIETE

Tras deslizar la hoja afilada de color amarillo brillante de su segadora de humanos por el pecho de un sargento de los Manos de Hierro, Typhon se abrió paso a través de la puerta que conducía al patio delantero de la Torre Ocho. Se vio envuelto por la sombra de ocho grandes Mastodontes, cuyas monturas de armas estaban silenciadas y las cabinas de los conductores vacías por el ataque de los Guardianes de Tumbas, que ya estaban presionando sobre la Torre Tres. Desde allí, la puerta principal de Magellix estaría a su alcance.

—Comandante, hemos recibido una señal de la flota. —El tono de voz de Vioss era apremiante.

—¿Por qué no han atacado a los Ángeles Oscuros todavía? —gritó Typhon mientras avanzaba pesadamente por la suave pendiente del patio, no muy lejos de sus guerreros más avanzados.

—Los Ángeles Oscuros han tomado posiciones entre nuestras naves y el enemigo. Cualquier ataque contra ellos permitiría a los Manos de Hierro desplazarse alrededor del flanco de la flotilla. Tenemos asuntos más urgentes de los que ocuparnos, mi comandante. La barcaza de batalla del León ha lanzado un torpedo hacia Magellix.

—Es un farol —contestó Typhon inmediatamente—. El León no destruirá Magellix, como no lo haríamos mi equivalente de los Manos de Hierro o yo. Lo que contiene esta instalación es demasiado valioso como para arriesgarse a destruirlo. Continúa con el ataque.

—¿Está seguro, mi comandante? Hemos detectado una cabeza nuclear ciclotrónica. Arrasará todo Magellix y un centenar de kilómetros alrededor. Destruirá Tuchulcha además de a nosotros. La flota también informa de que ha detectado siete naves más de los Ángeles Oscuros dirigiéndose hacia el sistema.

Typhon se detuvo y se le ocurrió algo. Le contó su duda a Vioss.

—¿Y si el León no desea Tuchulcha, sino que simplemente quiere impedir que nosotros lo poseamos?

—Comandante, no podemos arriesgarnos a adivinar las intenciones del León. Debemos retroceder. No conseguiremos nada si somos aniquilados.

Gruñendo para sí, Typhon activó el transmisor de comunicaciones a nivel de compañía. Dio una serie de órdenes y retiró a sus guerreros del ataque final a la puerta principal. En su lugar, los situó en posiciones con vistas a la torre central de Magellix que les permitieran vigilar la red de túneles subterráneos. Cuando acabó de dar órdenes, conectó su unidad de comunicación para emitir una transmisión general.

—¿Ya estás contento, León de la I Legión? —gruñó—. Respetaré cualquier alto el fuego observado por el enemigo. Ahora debes saber que os estáis entrometiendo en una misión de la legión de la Guardia de la Muerte, y eso no te va a beneficiar mucho.

El intercomunicador chasqueó con una señal de respuesta, lo que sorprendió a Typhon, ya que no se esperaba una respuesta a su ataque verbal. Era la misma voz sonora de antes: el primarca de los Ángeles Oscuros. Era demasiado tarde para reconsiderar sus palabras despectivas, y su odio no le permitía ofrecer una disculpa aunque se la pidiera el mismísimo León.

—Mira hacia el cielo del oeste.

Typhon volvió la mirada siguiendo las instrucciones. Vio un destello de luz en la atmósfera superior, y lo que pareció ser una repentina tormenta eléctrica de enormes dimensiones hizo que se agitaran las nubes de jade. Sólo pasaron unos cuantos segundos antes de que el rugido de la explosión del torpedo alcanzara los auriculares del comandante.

—Debes retirar todas tus fuerzas de la base Magellix. Les garantizaré un paso seguro de regreso a sus naves. Tú, capitán Typhon, permanecerás en Magellix con una escolta de no más de cien guerreros para asistir a un parlamento bajo mi tutela. El resto de tu fuerza se retirará a doscientos mil kilómetros de la órbita. El incumplimiento dará lugar a vuestra destrucción. Las mismas condiciones han sido transmitidas al capitán Midoa de los Manos de Hierro.

La comunicación se cortó antes de que Typhon pudiera responder, aunque no es que tuviera algo que decir frente a un ultimátum tan directo. Miró las oscuras nubes de gases sobrecalentados expandiéndose como una mancha de color azul a través del cielo del oeste y se dio cuenta de que el León no hacía amenazas en vano. Por el momento, su misión se había visto comprometida, pero eso no significaba que tuviera que abandonar por completo su objetivo; él tenía medios desconocidos por los Ángeles Oscuros.

—Vioss, que cien guerreros de los Guardianes de Tumbas formen una guardia de honor. Todas las demás fuerzas deben regresar a la órbita. El resto de los Guardianes de Tumbas embarcarán en el Terminus Est y quiero que te ocupes personalmente del campo de vacío de comunicaciones. Vamos a permitir que el León crea que es el señor de Perditus… por el momento.

—Entendido, mi comandante. Los Guardianes de Tumbas se rearmarán y repararán como preparación para la próxima ofensiva. No vamos a sufrir una derrota en este lugar.

La niebla que cubría el patio interior de la base Magellix se dispersó por el polvo y el vapor provocados por el descenso de un Stormbird. La nave con forma de águila aterrizó en el suelo, y sus puntales de aterrizaje soportaron el peso mientras el polvo se posaba a su alrededor y la niebla comenzaba a filtrarse de nuevo entre las torres del perímetro.

Ya había casi un millar de guerreros de los Ángeles Oscuros desplegados por compañías entre la nave que acababa de llegar y la puerta principal de Magellix. A un lado de la fuerza esperaban los legionarios de la Guardia de la Muerte, mientras que los Manos de Hierro eran custodiados tras otro cordón, en el lado opuesto del espacio abierto. Sólo Typhon y Midoa tenían permiso para acercarse a la nave de desembarco del León. Eran dos gigantes con armaduras que destacaban entre un grupo formado por una docena de acólitos del Mechanicum vestidos con túnicas de color rojo, y todos, excepto dos, llevaban las cabezas encerradas en cúpulas de respiración. Los otros dos tenían unos accesorios de respiración implantados en la cara y en el pecho, por lo que no requerían de mayor asistencia en la densa atmósfera de Perditus.

El León salió por la rampa de descenso del Stormbird con Corswain a su derecha y el recientemente llegado capitán Tragan a la izquierda. Los seguían un gran número de portadores de banderas y otros asistentes que llevaban los objetos de Caliban que solían acompañar al primarca; placas, copas, coronas, escudos y otros artículos asociados con los múltiples rangos y tareas del León. Tras ellos iba la cábala de los bibliotecarios, que en ese momento sumaban un total de seis, procedentes de la flota en órbita. Sus túnicas de color azul se agitaban con la brisa lenta pero fuerte; la elevada presión del aire de Perditus convertía hasta una lenta ráfaga en un viento que podría derribar a un hombre normal. Todos los Ángeles Oscuros levantaron al mismo tiempo, como si fueran un solo guerrero, los bólters, las armas pesadas o las espadas en señal de saludo a su comandante en jefe.

El León no necesitaba yelmo, aunque el aire tenía un sabor amargo en su boca y hacía que sus pulmones se sintieran presionados por el peso. Quería convencer a todos los presentes de que él era un primarca, con la fuerza de toda una legión bajo su mando, y no cualquier legión: los Ángeles Oscuros, la I Legión. Los portaestandartes ocuparon sus puestos a ambos lados del camino hacia la entrada principal mientras los numerosos títulos del León eran recitados a través de su sistema de altavoces externo.

La armadura del León había sido pulida hasta quedar reluciente. El esmalte de color negro era tan brillante como una aleación de aceite de medianoche con polvo de diamante. Las partes doradas destellaban como el corazón de una estrella. De sus hombros colgaba una capa de color escarlata con una cola de cinco metros de largo, llevada en alto por unos artefactos que también había traído de Caliban: diez dispositivos de suspensión flotante forjados con la forma de cuchillas cortas que tenían grabados los nombres de las órdenes de caballeros de su mundo natal. En la cadera derecha, el León llevaba su gran espada, Inflexible, con el pomo incrustado de rubíes, la empuñadura bañada en oro y la cruceta resplandeciendo con el mismo brillo que su armadura. Bajo el lado derecho de su placa pectoral colgaban seis cilindros, cada uno del tamaño del antebrazo de un hombre. Los cartuchos de cuero rojo con engastes de platino contenían las Proclamaciones de Caliban; las primeras leyes decretadas por el León tras su ascenso al mando de los Ángeles Oscuros, en las que se juraba el servicio de Caliban al Emperador para toda la eternidad.

El León bajó por la rampa con paso firme y decidido y avanzó hasta donde lo esperaban los dignatarios del Mechanicum. Se fueron presentando en orden de rango ascendente, de modo que el León instantáneamente despidió a los once primeros hombres y mujeres medio máquinas y centró toda su atención, considerablemente intimidatoria, en el último: el alto magos Khir Doth Iaxis, Supervisor de Magellix y Custodio de Tuchulcha, como atestiguaron sus heraldos.

Iaxis era un individuo pequeño, de tal vez no más de un metro de alto, tanto que el León lo tomó por un niño hasta que el magos se quitó la capucha y dejó al descubierto una cabeza casi cónica y un rostro esquelético y envejecido. La parte trasera del cráneo del magos estaba modificada y ampliada con una serie de placas segmentadas que formaban un remate redondeado y que se movían extrañamente por su propia voluntad: se contraían y se expandían levemente, quizá siguiendo el estado de ánimo o el esfuerzo que ocupaban al sacerdote del Mechanicum. Sus delgados dedos huesudos estaban entrelazados y permanecían casi ocultos bajo los puños de las pesadas mangas de la túnica de Iaxis. Sus delgados hombros no eran más anchos que una greba del León. Si el diminuto tecnosacerdote se sentía amenazado por el gigante que se cernía sobre él, y realmente el León podría haberlo aplastado fácilmente con un pie como si fuera un titán mitológico, no mostró ninguna indecisión. Su voz débil y aflautada casi quedaba silenciada por la burbuja de la cúpula de respiración que cubría su pequeña cabeza, pero las palabras fueron pronunciadas con un tono de autoridad y seguridad.

—Nos complace recibirlo de nuevo en Perditus Ultima, León de Caliban —dijo Iaxis, asintiendo con la cabeza dentro de la cúpula de respiración—. Por favor, sígame.

El León sintió un momento de impaciencia, ya que se esperó verse obligado a revisar con calma la compañía del minúsculo Iaxis, pero sus temores fueron infundados. El séquito del magos se dispersó y dejó al descubierto un aparato con piernas mecánicas al que Iaxis se subió rápidamente mediante una estrecha escalera que se extendía desde su parte posterior, entonces colocó las piernas en el interior de los soportes de los dispositivos pélvicos de la máquina. La túnica ligeramente arrugada dejó ver por un momento sus pálidas y delgadas extremidades entrelazadas con puntales de refuerzo, y luego se instaló por completo en el aparato de ambulación. Los actuadores emitieron un silbido y las piernas se estiraron, llevando a Iaxis casi a la altura del hombro del León. En presencia de sus subordinados, Iaxis habría estado por encima de todos ellos, pero el primarca aún era más alto que el magos mecánicamente reforzado.

Mientras caminaban hacia la entrada principal, el León se fijó en una sombra de color plata y negro que rondaba cerca del hombro de Corswain: era el capitán Midoa. Miró a la izquierda, y el León vio a Typhon caminando hombro con hombro junto a Tragan. El León hizo caso omiso a los otros capitanes hasta que todos estuvieron en el interior de la sala detrás de la puerta principal. Una vez dentro, el León se volvió y se dirigió a sus «invitados».

—Capitán Typhon, capitán Midoa… —El León no estaba seguro de lo que iba a decirles. En este momento eran una molestia, pero tal y como le había explicado a Corswain a bordo de la Razón Invencible, no le convenía hacer juicios apresurados o arbitrarios sobre la lealtad y los planes de los demás. En su lugar se dirigió a Iaxis—. Magos, por favor traslade a los dos capitanes a un lugar apropiado de la instalación donde puedan esperar hasta mi regreso. Hermanos, vosotros los vigilareis por mí. Capitanes, les recuerdo que todo Magellix se encuentra bajo mi protección. No piensen por un momento en deshonrarme.

Una vez solucionado aquel primer asunto de un modo rápido y simple, el León le dio la espalda a los dos capitanes y continuó a través de la puerta del pasillo. La sala estaba ligeramente inclinada hacia abajo, con el extremo más alejado dividido por tres arcos. Cada uno de ellos conducía a un conjunto de escaleras en movimiento que descendían aún más en las entrañas de Magellix.

—La puerta de la derecha, mi primarca —le indicó Iaxis—. Permítame que le enseñe lo que ha provocado todo este lío.

La mayor parte de las instalaciones del Mechanicum no existían la última vez que el León estuvo en Perditus Ultima, pero los túneles subterráneos le resultaron familiares al primarca. Aunque ahora estaban protegidos por soportes de plasticero y tableros de plastiareta, los serpenteantes pasadizos estaban grabados en la memoria del León, de modo que una vez desembarcaron del cuarto transportador interno, a medio kilómetro bajo la superficie, fue capaz de encontrar el camino infaliblemente hacia la cavernosa sala en la que estaba la máquina.

La última vez que caminó por esos túneles, decenas de enloquecidos adeptos a la máquina murieron a sus manos. La gente de Perditus había sido esclavizada por las máquinas y murieron en masa bajo las armas de los Ángeles Oscuros y la recién nombrada Guardia de la Muerte. El primer encuentro del León con Mortarion, un momento tenso que acabó con la conclusión de que ninguno de los dos le gustaba al otro, tuvo lugar sólo tres meses antes, y las dos legiones habían estado luchando juntas como muestra de lealtad al Emperador. Los habitantes de Perditus lanzaban gritos de alabanza a su señor inanimado incluso mientras perecían. En esos momentos, los túneles resonaban únicamente con las pisadas del primarca y el ruido sordo del aparato para caminar de Iaxis.

Al llegar a la caverna central, el León encontró un pasillo aún mayor bloqueado por una inmensa puerta adornada con el símbolo del Mechanicum. Iaxis siguió avanzando con sus piernas artificiales y puso una mano sobre un lector de placas colocado en la pared metálica que se extendía al lado del portal. Los ojos penetrantes del León vislumbraron un dibujo en la muñeca del tecnosacerdote cuando éste extendió el brazo; un contorno tenue casi imperceptible del resto de la piel superpuesta. El primarca inmediatamente supo lo que era: un electrotatuaje, una marca escondida que podía verse con un impulso de bioelectricidad. El Mechanicum hacía un amplio uso de ellos, como lo hacían las órdenes más secretas de Caliban y muchas otras sociedades por todo el Imperio, pero el León nunca antes había visto el diseño del brazo de Iaxis. Era un estilizado dragón, con las alas plegadas, enroscado fuertemente sobre sí mismo de modo que el cuello se fusionaba con el cuerpo y la cabeza descansaba sobre la cola.

—Ese electrotatuaje, ¿qué significa? —preguntó el León, mientras las cerraduras de la puerta retumbaban y un fuerte sonido metálico resonaba en el interior de la propia puerta—. Creía que había aprendido las costumbres del Mechanicum, pero ése es un dispositivo que no conozco.

Iaxis dio un fuerte respingo y se miró la muñeca como si se sintiera acusado. Su expresión se suavizó tras un momento convirtiéndose en un gesto de vergüenza mientras miraba al primarca con ojos amarillentos.

—Es un tótem infantil, León, nada más —dijo Iaxis. Se detuvo, y un instante después, el dragón apareció de forma prominente sobre su carne seca, brillando con un color rojo intenso—. La Orden del Dragón, una especie de secta ya desaparecida, me complace decir. Es sorprendente que haya podido ver esa pigmentación bajo mi piel. La había olvidado completamente.

La puerta se abrió con un silbido de los gases de ventilación y giró hacia el interior para dejar a la vista la caverna grabada en los recuerdos del León. Había cambiado bastante, pero era sin lugar a dudas el mismo lugar. El techo abovedado, de casi setenta metros de altura y con bandas de estratos de rocas de muchos colores, estaba ahora atravesado por aros con pesadas cadenas de las que colgaban lámparas de gas. Las paredes, separadas por una distancia de casi doscientos metros en su parte más ancha, estaban ocultas tras los paneles de maquinaria y de dispositivos del Mechanicum, de manera que la piedra desnuda quedaba escondida detrás de diales y palancas, de luces intermitentes y de bobinas de cables y tuberías.

Alrededor del dispositivo principal se desplegaban pasarelas elevadas y pasadizos, peldaños y escaleras, y había sondas sensoras, antenas de vigilancia y andamiaje entremezclado en el centro del dispositivo de disformidad. El artilugio en sí estaba todavía allí; la conciencia, o al menos la semiinconsciencia que había esclavizado a todo un sistema estelar colgaba en el aire como un mundo en el firmamento. Era una esfera perfecta de mármol de color negro y gris oscuro, con motas doradas que se movían lentamente por toda la superficie. Diez punto seis metros de diámetro.

El León recordó exactamente las primeras medidas tomadas por el Mechanicum. La esfera estaba hecha de un material desconocido, impenetrable para cualquier sensor, perforadora o dispositivo que el Mechanicum hubiera traído con ellos.

El León sabía que esa cosa lo estaba observando con algún sentido alienígena. No estaba seguro de cómo lo sabía, ni de cómo el dispositivo de disformidad podía a su vez detectarlo a él, pero lo cierto era que estaba tan convencido de que aquello lo miraba como la primera vez que entraron en esa sala. En aquella ocasión, varios cientos de habitantes de Perditus vestidos con harapos morirían en los minutos siguientes, sin querer, o sin poder, deponer sus primitivas armas, forzados a defender a su semidiós hasta el último aliento y la última gota de sangre.

Había algo diferente, algo que al principio le pasó desapercibido entre el resto del desorden del Mechanicum. Dos protuberancias se extendían ahora desde la esfera, una en cada polo, de sólo unos cuantos centímetros de largo cada una. Los nódulos redondeados estaban en contacto con unas placas cubiertas de circuitos situadas sobre y debajo del dispositivo, que a su vez estaba unido por una vertiginosa red de hilos y cables a las máquinas de los alrededores. En una esterilla frente al globo reposaba un niño pequeño, de no más de siete u ocho años terranos.

Yacía inmóvil recostado sobre un lado, sin pestañear, rígido como un cadáver, lo que podría parecer de no ser por el suave subir y bajar de su pecho. El León captó el corazón del niño latiendo muy lentamente, y el olor a sudor y orina en el aire.

Un tubo salía desde la espalda del niño, y otro desde la base del cráneo, uniéndolo con el conjunto mecánico que rodeaba el motor de disformidad. Tan pronto como los ojos del León se depositaron sobre el niño, éste se incorporó, moviéndose bruscamente como una marioneta sin control. Tenía la mirada vidriosa y sus miembros se movían con rigidez. Con una mirada al extraño globo, el primarca vio que las manchas doradas se movían más rápidamente que antes, formando breves patrones en el oscuro remolino.

—Has vuelto.

La voz del niño era plana y carente de emoción, y su rostro no mostró expresión alguna. Alzó una mano y la movió de forma errática.

—¿Ahora habla? —dijo el León. Las dos palabras las medio gruñó mientras se volvía hacia Iaxis. El tecnosacerdote se encogió de hombros.

—No podríamos comprender nada de su construcción o funcionamiento, pero parece probable que tuviera algún medio para comunicarse con los habitantes de Perditus antes de que nos viéramos obligados a destruir su sociedad. Tardamos casi treinta años sólo en diseñar esta primitiva interfaz. Hemos aprendido mucho de Tuchulcha. Es muy cooperativo, aunque un poco enigmático y… bueno, extraño.

—Yo también lo he oído —dijo el niño—. Pareces disgustado.

—Te acuerdas de mi —preguntó el León antes de poder evitarlo. Miró a Iaxis—. ¿Por qué el niño? Luchamos para liberar Perditus de esclavos y le habéis dado otro.

—Oh, eso —comentó Iaxis con un gesto despectivo de la mano—. Sólo es un servidor, León. Probamos todo tipo de lenguajes computacionales logarítmicos y sistemas basados en cifras, pero ninguno de ellos funcionó. Sin embargo, cuando utilizamos un servidor, fue capaz de aprovechar la interfaz neural establecida en sólo unos cuantos días.

—Que coincidencia —comentó el León.

—No es ninguna coincidencia. Fui diseñado para asimilar la forma humana, León. ¿Puedo llamarte León? Oí a los magos usar ese nombre. ¿Es ésa la forma correcta de dirigirse a alguien como tú?

El primarca intentó hacer caso omiso de la pregunta del dispositivo, pero la voz del niño permaneció en sus pensamientos.

—¿Qué eres? —le preguntó el León, acercándose hasta que estuvo al alcance de la mano del sirviente-marioneta.

—Yo soy Tuchulcha, León. Soy todo. Creo que el magos y yo somos amigos, y aunque a veces se enfada conmigo, trato de ser paciente con sus arrebatos.

—Te pregunté qué eres, no quién eres. Pero ¿qué estoy diciendo? Eres una máquina, una máquina muy sofisticada y nada más.

—Yo soy todo, León. Todo el mundo. Una vez fui el Sirviente de los Mares Letales. Ahora soy amigo del Mechanicum.

—Eres peligroso —declaró el León—. Se está librando una guerra por tu posesión. Debería destruirte y ahorrar mucha agitación y derramamiento de sangre.

—No puedes destruirme, León. No físicamente, aunque lo quisieras. Todas las cosas desean poseerme. Aquel a quien llaman Typhon sueña mucho conmigo. La mente del otro, Midoa, está cerrada para mí. Contiene demasiado hierro para mi gusto. Tú… Tú no estás ni abierto ni cerrado. Me das miedo, León. Hasta que llegaste no supe lo que era el miedo. Tu regreso me aterra, León. No quiero ser destruido.

Era difícil no imaginar esas palabras siendo pronunciadas por el niño, pero el León se esforzó en concentrarse en la esfera brillante en vez de en su inanimado avatar.

—Iaxis, mi marioneta necesita más nutrientes. —Al decir esto Tuchulcha, la vejiga del niño se vació, enviando una corriente acuosa por su pierna que encharcó el suelo de plastiacero—. Te pido disculpas, León. Todavía no domino las funciones básicas de esta forma. Sus conexiones están poco desarrolladas.

—Es el tercer servidor que tenemos que conectar —le explicó el tecnosacerdote—. El anterior envejeció anormalmente, de ahí la juventud de este espécimen. Esperamos que sobreviva unos cuantos años más que las interfaces anteriores.

—Pareces saber mucho sobre lo que está sucediendo en la superficie —dijo el León, intentando obviar la aversión que sentía ante la actitud indiferente de Iaxis por el coste en vidas humanas, aunque se tratase de servidores sin mente.

—Ellos pasan a través de mí, y yo llego a conocerlos —contestó Tuchulcha—. Sus mentes tocan la mía. La tuya también lo hace, pero es demasiado pesada de llevar. ¿Cómo te las arreglas para sobrellevar esa carga?

—¿Mi intelecto? —replicó el León.

—Tu sentimiento de culpabilidad.

El León no respondió inmediatamente, ya que no se fiaba de sí mismo y por temor a que pudiera revelar algo frente a Iaxis, algo que preferiría mantener en el interior de sus propios pensamientos.

—¿Para qué sirve? —le preguntó a Iaxis, alejándose del niño-marioneta—. Se acordó con el Mechanicum que Perditus Ultima y los recursos que albergaba se salvarían sólo porque se pensó que podría tener algún propósito que podríamos aprovechar para el Imperio.

—¡Y lo tiene, lo tiene! —Iaxis pareció bastante animado ante aquello—. Tuchulcha, ¿podrías por favor enseñarle al primarca de lo que eres capaz?

Antes de que al León le diera tiempo a protestar, sintió una sacudida en su mente y en su cuerpo, una sensación a medias entre una traslación de la disformidad y un teletransporte rápido. La oscuridad nubló su visión por un instante, y cuando sus ojos se aclararon, ya no se encontraba en la caverna bajo Perditus Ultima.

Estaban sin lugar a dudas en su sala del trono a bordo de la Razón Invencible. Tuchulcha y su avatar flotaban detrás del trono, mientras que Iaxis permanecía en pie donde estaba, a un par de metros a la derecha del primarca. Sonaban las sirenas y la voz del capitán Stenius resonaba a través de los altavoces internos.

—¡A sus puestos de combate! Toda la tripulación a sus puestos de combate. El campo Geller se está activando. Cinco minutos para cerrarse completamente. Repito, hemos sufrido una traslación inesperada a la disformidad, el campo Geller se está activando, estén preparados para atacar.

El León se quedó estupefacto, incapaz de comprender durante varios segundos lo que había sucedido. Finalmente se dio cuenta de que Tuchulcha debió de haber movido la barcaza de guerra a la disformidad y desplazarse a sí mismo, al primarca y a los tecnosacerdotes a la nave un instante después. Una parte del León estaba horrorizada por la peligrosa situación y por la ingenuidad de Iaxis al permitir que aquello sucediera; y una parte mayor estaba maravillada ante el poder sin precedentes en la exhibición.

—Tuchulcha… —dijo el León lentamente, pensando que sería prudente no enemistarse con la impredecible máquina—. ¿Dónde estamos ahora?

—Estamos al lado del lugar al que llamas Perditus, León.

El primarca se volvió hacia Iaxis con el ceño fruncido.

—¿Al lado? Estamos en la disformidad. ¿Cómo es posible? Estábamos demasiado cerca del mundo, de la estrella, para realizar una traslación.

—Tuchulcha no tiene que preocuparse de esas cosas, León —le aseguró el tecnosacerdote con una amplia sonrisa desdentada—. Es capaz de pasa directamente desde el espacio real al espacio de la disformidad sin ningún tipo de corriente ni desplazamiento gravimétrico.

—¿Por qué no me enteré de esto antes? —preguntó el León.

—Nuestros estudios no están completos —contestó Iaxis—. Por el momento estamos a merced de Tuchulcha, y como veis es un poco… bueno, temperamental.

—Tuchulcha, quisiera que nos devolvieses a nosotros y a la nave a Perditus Ultima.

El León mantuvo su tono tranquilo y amistoso, repentinamente consciente de lo precaria que se había vuelto su situación.

—Por supuesto, León. —Los labios delgados y sedientos de sangre del niño se torcieron en una detestable imitación de una sonrisa—. ¿Qué deseas que haga con el resto de tus naves?