Capítulo VI

El Marqués de Bradomín recibió aquel día un pliego de la Junta de Santiago. Eran malas noticias las que le daban. Había caído prisionera una tropa carlista que hacía leva de mozos y requisa de caballos en la raya portuguesa, cerca de San Pedro de Sil. También recordaban los señores de la Junta la falta de dinero, y aquella urgencia con que lo reclamaban de la guerra. El Marqués de Bradomín llamó a su mayordomo y le habló de la venta del palacio con sus tierras y rentas forales. El mayordomo se demudó:

—¿Vender el palacio y las rentas del mayorazgo?…

El Marqués afirmó con entereza:

—Venderlo todo y como quieran pagarlo.

—Mucha parte es vinculada, y solamente de la mitad libre alcanza a disponer el Señor Marqués.

—Pues se vende la mitad.

El mayordomo meditó un momento, puesta la vista en el suelo. Era un aldeano de expresión astuta, con el pelo negro y la barba de cobre, hijo de otro mayordomo muerto aquel año. Con el dominio que le daban las rentas del marquesado tenía mozas en todas las aldeas, y los parceros y los llevadores de las tierras le aborrecían con aquel odio silencioso que habían aborrecido al padre: Un viejo avariento que, durante cuarenta años, pareció haber resucitado el poder feudal, tan temido era de los aldeanos:

—Aun cuando todo se malvenda, no hay en la redondez de doce leguas quien tenga dinero para comprar este palacio y tantísimo foral… Habría que hacer parcelas, y hoy saltaría un comprador y otro al cabo de los siglos. Solamente que el Señor Ginero…

El Marqués de Bradomín, que comenzaba a sentir enojo de las argucias del mayordomo, preguntó con altivez:

—¿Es rico?

El mayordomo abrió los ojos inmensamente. Eran verdosos, con las pestañas siempre temblorosas y muy rubias:

—Guarda en las arcas más onzas de oro que barbas blancas tiene mi Señor Marqués.

El viejo legitimista determinó con un gesto imperioso:

—Hoy mismo le buscas y le hablas.

—¡Suerte tiene la raposa, llévanle la gallina al tobo!

Y el mayordomo se retiró andando muy despacio para apagar el ruido de los zuecos. Pedro de Vermo buscó a su mujer en el establo. La encontró sentada en el umbral de la puerta, con la rueca afirmada en la cintura y los ojos atentos sobre el recental que hocicaba bajo las ubres de una vaca lucida. La mujer del mayordomo era menuda, silenciosa, con los ojos bizcos y muy negros. Hablaba el gallego arcaico y cantarino de las montañesas. No tenía hijos, y para conjurar a la bruja que le hiciera tal maleficio, llevaba una higa de azabache colgada del dedo meñique, en la mano izquierda. El marido se detuvo mirando al recental:

—¡Condenado, toda la noche batiendo con la testa en la cancela del cañizo, para se juntar con la madre!

La mujer respondió levantando hacia el marido sus ojos bizcos:

—Si lo dejasen el santo día tirando de las ubres, aún no tendría harto.

—¡Es voraz!

—¡También está guapo!

—Ya puedes desapartarlo, Basilisa.

La mujer alzóse del umbral, acorrando con ambas manos la gran rueda de la basquina, y requirió el palo de la rueca para acuciar al recental. El mayordomo llevóse a la vaca tirando de la jereta. Marido y mujer entraron en el establo. Era oscuro, con olor de yerba húmeda. Un cañizo, alto y derrengado, ponía separación entre la carnada del recental y la carnada de la madre. El mayordomo se movía en la sombra disponiendo en el pesebre recado de yerba verde, para la vaca. Habló cauteloso:

—¿Mujer, sabes lo que acontece?

La mujer exhaló un gemido largo, de aldeana histérica:

—¡Nunca cosa buena será!…

—El amo viene por el mor de vender…

La voz de la mujer se hizo más triste:

—¡Y si a mano viene por un pedazo de pan!

—Así es la verdad. ¡Da dolor del ánimo que se lo lleven así!

—Agora era ocasión, si no hubiéramos comprado los Agros del Fraile. Si pudiésemos por la parte nuestra vender alguna tierra.

—En secreto había de ser.

—¡Natural, mi hombre!

—O encontrar quien nos prestare al rédito.

Basilisa se incorporó mirando a su marido, con una brizna de yerba entre las manos, y en la oscuridad del establo su voz cantarina tuvo algo de agorería:

—¡Si de mí te aconsejas, nunca tal hagas! ¡Son los usureros los acabadores de las casas! ¡Las comen por el pie!

Pedro de Vermo no respondió. Acababa de esparcir en el pesebre la ración de heno, y con un brinco encaramóse en el borde: Silbando muy despacio, balanceaba a compás los pies calzados con zuecos. Basilisa volvió una cesta boca abajo y se sentó encima. Los dos se miraban en silencio, sin distinguir más que sus sombras. El marido dejó de silbar:

—¿Sabes lo que tengo cavilado, Basilisa? A nosotros lo que mejor nos está, pudiendo ello ser, es seguir con el cargo del palacio y de las rentas. El amo solamente viene por dinero y podría acontecerse que mejor lo topase sin vender cosa ninguna, teniendo tanto como tiene para responder. ¿Qué dices tú, Basilisa?

—Tú, que oíste al amo, sabes mejor su sentir…

—Hablaréle al Señor Ginero. Inda, no hace mucho, me preguntó si sabía de alguien, con responsabilidades, a quien prestarle.

De nuevo callaron marido y mujer. Pedro de Vermo fue por la vaca y la trajo al pesebre. El animal sacudió varias veces la cabeza y comenzó a mordisquear la yerba dando leves mugidos de satisfacción.

La Guerra Carlista
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