67

La Bruja hizo entrar a Dorothy a empujones en la habitación de la torre y cerró la puerta tras de sí. Después de tanto tiempo sin dormir, la cabeza le daba vueltas.

—¿Para qué has venido? —le dijo a la niña—. Yo sé por qué has recorrido todo el largo camino desde la Ciudad Esmeralda, pero ¡adelante!, dímelo a la cara. ¿Has venido para asesinarme, como se rumorea, o quizá para darme un mensaje del Mago? ¿Está dispuesto ahora a entregarme a Nor a cambio del libro? ¿La niña a cambio de la magia? ¡Dímelo! O si no… Ya sé… ¡Te ha dado instrucciones para que me robes el libro! ¡Es eso!

Pero la niña no hacía más que retroceder, mirando a izquierda y derecha en busca de una vía de escape. No había salida, excepto la ventana, y eso habría sido una caída mortal.

—Dímelo —exigió la Bruja.

—Estoy sola en un país extraño, no me haga hacer esto —suplicó la niña.

—¡Has venido a matarme y a robar después la Grimería!

—¡No sé de qué me habla!

—Primero, dame los zapatos —dijo la Bruja—, porque son míos. Después hablaremos.

—No puedo, no consigo quitármelos —explicó la niña—. Creo que Glinda les ha echado un conjuro. Llevo muchos días intentando quitármelos. Tengo los calcetines tan sudados que casi cuesta creerlo.

—¡Dámelos! —aulló la Bruja—. ¡Si los tienes cuando vuelvas a ver al Mago, quedarás totalmente a su merced!

—¡No, mire, están atascados! —dijo la niña, intentando empujar un talón con la punta del otro pie—. Mire, ¿lo ve? ¡Lo intento, lo intento, pero no salen! ¡De verdad! ¡Se lo prometo! ¡Traté de dárselos al Mago cuando me los pidió, pero no pude quitármelos! Les pasa algo, son demasiado estrechos o algo. O quizá estoy creciendo.

—No tienes derecho a llevar esos zapatos —dijo la Bruja, moviéndose en círculos por la habitación.

La niña retrocedió, tropezó con los muebles, derribó la colmena y pisó a la abeja reina, que había asomado entre los fragmentos.

—Todo lo que tengo, cada pequeña cosa que tengo muere cuando tú te cruzas en su camino —declaró la Bruja—. Ahí está Liir, dispuesto a traicionarme a cambio de un solo beso tuyo. ¡Mis animales han muerto, mi hermana ha muerto, siembras la muerte a tu paso y no eres más que una niña! Me recuerdas a Nor. Ella pensaba que el mundo era mágico, ¡y mira lo que le ha pasado!

—¿Qué, qué le ha pasado? —dijo Dorothy, intentando desesperadamente ganar tiempo.

—Ha averiguado lo mágico que es todo. ¡Fue secuestrada y ahora vive la existencia miserable de los presos políticos!

—Pero usted también me ha secuestrado a mí y yo no me lo había buscado, ni mucho menos. ¡Tiene que apiadarse de mí!

La Bruja se acercó a la niña y la agarró por la muñeca.

—¿Por qué quieres asesinarme? —preguntó—. ¿De veras crees que el Mago hará lo que te ha dicho? ¡Él no sabe lo que significa decir la verdad, y por eso ni siquiera lo nota cuando miente! ¡Además, yo no te he secuestrado, niña tonta! ¡Has venido aquí por tu propia voluntad, para matarme!

—No he venido para matar a nadie —dijo la niña, encogiéndose.

—¿Eres la Adepta? —dijo de pronto la Bruja—. ¡Ah! ¿Eres la Tercera Adepta? ¿Es eso? ¿Nessarose, Glinda y tú? ¿Te reclutó la señora Morrible para servir al poder oculto? Trabajáis en connivencia: los zapatos de mi hermana, el conjuro de mi amiga y tu fuerza inocente. ¡Admítelo, admite que eres la Adepta! ¡Admítelo!

—¡No soy la adepta, soy adoptada! —exclamó la niña—. No soy adepta, ni apta para hacer nada, ¿no lo ve?

—Eres mi alma, que ha venido a buscarme, lo noto —dijo la Bruja—. No voy a permitirlo, no pienso permitirlo. No quiero tener alma. Los que tienen alma viven para siempre y a mí la vida ya me ha torturado demasiado.

La Bruja volvió a empujar a Dorothy hacia el pasillo y cogió con la escoba el fuego de una antorcha. Nana subía trabajosamente la escalera, apoyándose en Chistery, que llevaba varios platos de crema de caramelo en una bandeja.

—Los he encerrado a todos en la cocina, hasta que terminen con sus rifirrafes —estaba mascullando la anciana—. ¡Qué alboroto, qué escándalo, qué salvaje zarabanda! Nana no va a permitirlo, Nana está demasiado vieja. Sois todos unas bestias.

Abajo, en los polvorientos rincones de Kiamo Ko, el perro ladró una o dos veces, el León rugió y aporreó la puerta de la cocina, y Liir gritó:

—¡Dorothy, ya vamos!

Pero la Bruja se volvió, sacó un pie y derribó a Nana. La anciana rodó y resbaló por la escalera, chillando y gritando, con Chistery corriendo tras ella con expresión consternada. La puerta de la cocina se soltó de los goznes y a través de ella salieron trastabillando Liir y el León, sólo para caer sobre el gran montón que formaba Nana al pie de la escalera.

—¡Arriba, levantaos! —gritó la Bruja—. ¡Acabaré con vosotros antes de que acabéis conmigo!

Dorothy había conseguido zafarse y subía corriendo la escalera de caracol por delante de la Bruja. Había una sola salida y conducía al parapeto del tejado de la torre. La Bruja se daba prisa para seguir a la niña, porque tenía que completar su tarea antes de que llegaran el León y Liir. Conseguiría los zapatos, iría a buscar la Grimería, abandonaría a Liir y a Nor y desaparecería en la espesura. Quemaría el libro y los zapatos, y después se enterraría.

Dorothy era una sombra oscura, acurrucada, que vomitaba en el empedrado.

—No has respondido a mi pregunta —dijo la Bruja, enarbolando la antorcha, que liberaba espectros y fantasmas entre las sombras de las almenas—. Has venido a cazarme y quiero saberlo. ¿Por qué pretendes asesinarme?

Cuando hubo pasado por la puerta, la Bruja la cerró de golpe y le echó el cerrojo. Mucho mejor.

La niña sólo pudo sofocar un grito.

—¿Crees que no hablan de ti en todo Oz? ¿Crees que no sé que el Mago te ha enviado aquí con instrucciones de llevarle una prueba de mi muerte?

—¡Oh, eso! —dijo Dorothy—. Es verdad, pero no he venido por eso.

—Es imposible que mientas con tanta habilidad. Imposible, con esa cara —dijo la Bruja, empuñando la escoba en ángulo sobre su cabeza—. Dime la verdad y, cuando hayas terminado, te mataré, porque en los tiempos que corren, pequeña, tienes que matar antes de que te maten.

—Yo no podría matarla —aseguró la niña, llorando—. Fue horrible para mí matar a su hermana. ¿Cómo podría matarla a usted?

—Muy bonito —dijo la Bruja—, encantador, conmovedor. ¿Por qué has venido, entonces?

—Sí, es cierto, el Mago me ha pedido que la mate —admitió Dorothy—, pero yo nunca he tenido intención de hacerlo, ¡y no he venido por eso!

La Bruja levanto aún más la escoba en llamas y la acercó a la cara de la niña, para verla mejor.

—Cuando dijeron… cuando dijeron que ella era su hermana y que tendríamos que venir aquí… fue como una sentencia de cárcel, y yo no quería… pero pensé… bueno, pensé que vendría y que mis amigos me ayudarían… y vendría… y le diría…

—¿Decirme qué? —gritó la Bruja, irritada.

—Le diría —dijo la niña, enderezando la espalda y apretando los dientes—, le diría: «¿Podrá perdonarme alguna vez por el accidente que ha causado la muerte de su hermana? ¿Me perdonará alguna vez? ¡Porque yo nunca podré perdonármelo!»

La Bruja aulló de pánico e incredulidad. ¡Que incluso en ese momento se retorciera el mundo hasta ese punto y volviera a ofenderla! Elphaba, a quien Sarima había rehusado el perdón, ¿tenía que sufrir ahora que una niña aturullada le suplicara la misma merced que a ella le había sido denegada? ¿Cómo podría haber sacado de su vacío lo que la niña le pedía?

Estaba atrapada, se retorcía, lo intentaba y estaba llena de voluntad, pero ¿contra qué? Un fragmento de la paja de la escoba salió revoloteando y le prendió fuego a la falda, y hubo una carrera de llamas en su regazo, devorando la yesca más seca de todo el Vinkus.

—¿Terminará alguna vez esta pesadilla? —gritó Dorothy, mientras levantaba un cubo de los que se usaban para recoger el agua de lluvia, que el repentino destello de las llamas había iluminado—. ¡Yo la salvaré! —exclamó, y le arrojó el agua a la Bruja.

Un instante de agudo dolor, antes del entumecimiento. El mundo se resumía en inundaciones por arriba y fuego por abajo. Si existía el alma, su alma había apostado por una especie de bautismo. ¿Había ganado?

El cuerpo pide disculpas al alma por sus errores, y el alma pide perdón al cuerpo por ocuparlo sin haber sido invitada.

Un círculo de caras expectantes, antes de que se vaya la luz. Se mueven en las sombras, como espectros. Está mamá, jugueteando con su pelo; está Nessarose, severa y pálida como la madera castigada por la intemperie. Está papá, perdido en sus reflexiones, buscándose a sí mismo en los rostros de los paganos desconfiados. Está Caparazón, sin ser del todo él mismo, pese a su aparente integridad.

Ellos se convierten en otros; se convierten en Nana en sus buenos tiempos, ácida y rígida, y en Ama Clutch, Ama Vimp y las otras amas, combinadas ahora en un único cúmulo maternal. Se convierten en Boq, amable, serio y dúctil, y aún soltero; en Crope y Tibbett, con su divertida y amanerada ansiedad de agradar a los demás; en Avaric y su superioridad, y también en Glinda, con sus vestidos, esperando ser lo bastante buena para merecer sus dones.

Y también aquellos cuyas historias han terminado: Manek, la señora Morrible, el doctor Dillamond y ante todo Fiyero, cuyos rombos azules son a la vez el azul del agua y del fuego sulfuroso. Y aquellos cuyas historias quedan curiosamente inconclusas (¿tenía que suceder así?): la princesa Nastoya de los scrows, cuya ayuda no pudo llegar a tiempo, y Liir, el misterioso niño expósito, saliendo de su capullo. Sarima, que en su cariñosa y fraternal acogida no quiso perdonar, y las hermanas y los hijos de Sarima, el futuro y el pasado…

Y las víctimas del Mago, incluidos Killyjoy y los otros animales de la casa, y tras ellos el propio Mago, un fracasado hasta que se exilió de su tierra, y detrás de él, Yackle, quienquiera que fuese, si es que era alguien, y las anónimas Adeptas, si es que existieron, y el enano, que no tenía un nombre que compartir.

Y las criaturas de vidas improvisadas, las fabricadas de cualquier manera, las desposeídas y las que habían sufrido abusos: el León, el Espantapájaros y el Hombre de Hojalata. Ascendiendo de las sombras por un instante, hacia la luz, y luego regresaron.

Y la última, la Diosa de los Dones, tendiéndole las manos entre el fuego y el agua, acunándola, murmurando algo, pero no distingue las palabras.