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—Está loca —dijo Manek en tono de estar bien informado—. Todo el mundo sabe que es imposible enseñar a hablar a un animal.
Estaban en el abandonado establo de verano, saltando desde una plataforma y haciendo que se levantaran nubes de heno y nieve en las manchas de luz.
—¿Entonces qué está haciendo con Chistery? —preguntó Irji—. ¿Qué está haciendo, si estás tan seguro?
—Le está enseñando a imitar, como a un loro —replicó Manek.
—Yo creo que es magia —dijo Nor.
—Tú crees que todo es magia —señaló Manek—. Niña estúpida.
—Y es que todo es magia —replicó Nor, alejándose de los chicos como para subrayar con su acción la opinión que le merecía su escepticismo.
—¿De verdad crees que tiene poderes mágicos? —le dijo Manek a Liir—. Tú la conoces mejor que cualquiera de nosotros. Es tu madre.
—Es mi tiíta, ¿no? —dijo Liir.
—Nosotros la llamamos Tiíta, pero es tu madre.
—¡Yo lo sé todo! —dijo Irji, entrando de lleno en el tema para evitar otro salto de la conversación—. Liir es hermano de Chistery. Liir es lo que era Chistery antes de que ella le enseñara a hablar. Eres un mono, Liir.
—No soy ningún mono —replicó Liir—, y no estoy hechizado.
—Bueno, entonces vamos a preguntárselo a Chistery —decidió Manek—. ¿No es hoy el día en que la Tiíta toma el té con mamá? Vayamos a ver si Chistery ha aprendido suficientes palabras como para responder a unas cuantas preguntas.
Subieron a toda carrera la escalera de caracol, hasta las habitaciones de la Tiíta Bruja. Era cierto, ella se había marchado, y ahí estaban Chistery, que mordisqueaba unas cáscaras de nuez, Killyjoy, que dormitaba junto al fuego y gruñía en sueños, y las abejas, que entonaban su coro interminable. A los niños no les gustaban mucho las abejas, ni les hacía mucha gracia Killyjoy. Incluso Liir había perdido el interés por el perro desde que tenía niños para jugar. Pero Chistery era el favorito de todos.
—Ven aquí, chiquito, bonito —dijo Nor—. Ven, animalito, ven con la tiíta Nor.
El mono pareció dubitativo, pero después, andando sobre los nudillos y las hábiles patas, se fue balanceando por el suelo y saltó a los brazos de la niña. Una vez allí, comenzó a inspeccionarle las orejas, por si encontraba algo comestible, mientras miraba a los chicos por encima del hombro de la niña.
—Dinos, Chistery, ¿de verdad tiene poderes mágicos la Tiíta Bruja? —dijo Nor—. Cuéntanos cosas de la Tiíta Bruja.
—Baja bruja —dijo Chistery, jugueteando con los dedos—. ¿Baja bruja abrojo?
Hubiesen jurado que era una pregunta, por la forma en que se le arrugó la frente como un par de cejas arqueadas.
—¿Te ha hechizado?
—Hizo hechizo. Choza chuza hizo —respondió Chistery—. Choza hechizo.
—¿Cómo te hizo el hechizo y cómo lo deshacemos? ¿Cómo hacemos para devolverte la forma de niño? —preguntó Irji, que pese a ser el mayor se lo tomaba tan en serio como los demás—. ¿Hay alguna manera?
—¿Mano mera? —dijo Chistery—. ¿Manera a mano?
—Dinos qué debemos hacer. Sólo queremos socorrerte —dijo Nor, acariciándolo.
—Verte muerte —respondió Chistery.
—¡Fantástico! —exclamó Irji—. ¿Entonces es imposible romper el sortilegio?
—¡Oh, pero si no hace más que balbucear! —dijo Elphaba desde la puerta—. ¡Vaya, tengo visitas a las que ni siquiera he invitado!
—¡Ah, hola, Tiíta! —dijeron los niños, que se sabían en falta—. Está hablando o algo así. Está hechizado.
—Básicamente, repite lo que vosotros decís —repuso Elphaba, acercándose un poco más—. Dejadlo en paz. No podéis entrar aquí.
—Lo sentimos —dijeron, y se marcharon.
Cuando llegaron al dormitorio de los chicos, se derrumbaron sobre los colchones y rugieron de risa hasta las lágrimas, pero sin saber exactamente qué era lo que encontraban tan divertido. Quizá fuera el alivio de escapar ilesos de las habitaciones de la Bruja, después de entrar sin ser invitados. Los niños decidieron que ya no tenían miedo a la Tiíta Bruja.