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A veces daba una cabezada, contra su voluntad, con la mandíbula caída sobre el pecho, y otras veces se desplomaba hasta dar con la cabeza en la mesa, golpeándose los dientes y la barbilla, y despertando sobresaltada.
Había cogido la costumbre de quedarse de pie junto a la ventana, contemplando el valle. Pasarían semanas antes de que llegaran Dorothy y su banda, si era cierto que aún no los habían asesinado y quemado sus cadáveres, como debían de haber hecho con el cuerpo de Sarima.
Una noche, Liir volvió de una visita al campamento militar, lloroso y diciendo incoherencias. La Bruja intentó no prestarle atención, pero sentía demasiada curiosidad como para dejarlo correr. Al final, el chico se lo dijo. Uno de los soldados había propuesto a sus camaradas esperar la llegada de Dorothy y sus amigos, y entonces matar a estos últimos y reservarse a Dorothy para diversión de los hombres solitarios y necesitados de sexo.
—Oh, los hombres siempre tienen sus fantasías —dijo la Bruja, aunque estaba alterada.
Sin embargo, lo que había hecho llorar a Liir era que los compañeros del soldado habían denunciado la propuesta al oficial superior y entonces el soldado había sido despojado de su ropa, castrado y clavado a las aspas del molino. Su cuerpo giraba en círculos, mientras venían los buitres e intentaban picotearle las entrañas. Ni siquiera estaba muerto aún.
—No es difícil encontrar el mal en este mundo —dijo la Bruja—. Por algún motivo, el mal siempre es más fácil de concebir que el bien.
Pero estaba impresionada por la vehemencia de la reacción del comandante contra uno de sus hombres. Así pues, era muy probable que Dorothy siguiera con vida, y por lo visto contaba con la protección de las principales autoridades militares del país.
Liir tenía a Chistery en su regazo y sollozaba con la cara hundida en la cabeza del mono. Chistery dijo:
—Ya lloraremos si llora ella, a lomos de molino el malo. —Y se puso a gimotear con Liir.
—¿A que son tiernos, estos dos? —observó Nana—. ¿No quedarían preciosos en un cuadro?
Protegida por la oscuridad, la Bruja salió del castillo montada en su escoba y se aseguró de que el soldado doliente muriera en el acto.
* * *
Una tarde, sin razón aparente, se puso a pensar en el cachorro de león separado de su madre y destinado al laboratorio del doctor Nikidik, en Shiz. Recordaba cómo se había encogido de miedo y cómo ella había montado un alboroto al respecto. ¿O estaría idealizando en retrospectiva su intervención?
Si era el mismo León, que había crecido tímido en contra de su propia naturaleza, no debería guardarle a ella ningún rencor. ¿Acaso no lo había salvado cuando era pequeño?
La desconcertaba esa banda de guerrilleros del camino de Baldosas Amarillas. El Hombre de Hojalata estaba hueco; debía de ser un artefacto tiktokista o un ser humano destripado y sujeto a algún conjuro. El León era una perversión de los instintos naturales. La Bruja podía enfrentarse a mecanismos tiktokistas y sabía manejar a los Animales. Pero temía al Espantapájaros. ¿Sería un sortilegio? ¿Sería un disfraz? ¿Habría simplemente en su interior algún ingenioso bailarín? Los tres estaban castrados en cierto modo, engañados y hechizados por la inocencia de la niña.
La Bruja podía atribuir al León una historia y verlo como aquel torturado cachorro del aula de ciencias en Shiz. Sospechaba, además, que Nick Chopper había sido víctima de la rencorosa magia de su hermana Nessarose, herido por el hacha encantada. Pero era incapaz de ubicar al Espantapájaros.
Empezó a pensar que detrás de aquella cara de arpillera pintada tenía que haber una cara que ella podría reconocer, una cara que había estado esperando.
Encendió una vela y pronunció las palabras en voz alta, como si realmente pudiera formular encantamientos. Las palabras desviaron el penacho de humo grisáceo que se levantaba de la mecha grasienta. Si habían tenido algún otro efecto en el mundo, ella no podía saberlo aún.
—Fiyero no murió —dijo—. Fue encarcelado y se ha fugado. Ahora está volviendo a casa en Kiamo Ko, está volviendo a mí, y viene disfrazado de espantapájaros porque aún no sabe lo que encontrará.
Hacía falta cerebro para concebir un plan semejante.
La Bruja sacó una vieja túnica de Fiyero y llamó al viejo Killyjoy para que la olfateara bien. A partir de entonces, lo envió al valle todos los días. Si los viajeros se presentaban, Killyjoy lograría encontrarlos y los conduciría a casa con regocijo.
Y aunque la Bruja intentaba no dormir, a veces no podía remediarlo. Sus sueños traían a Fiyero cada vez más cerca de casa.