27

Boq no podía creer que por fin estuviera yendo al Club de Filosofía. Esperaba no ponerse a vomitar en el momento crucial. Esperaba recordarlo todo al día siguiente, o al menos lo más importante, a pesar de la jaqueca que se le estaba formando vengativamente en las sienes.

El lugar era discreto, pese a ser el tugurio más conocido de Shiz. Se escondía detrás de una fachada de ventanas cerradas con tablones. Un par de Gorilas iban y venían por la acera de delante, deshaciéndose de los posibles alborotadores. Avaric hizo un cuidadoso recuento de los integrantes del grupo a medida que bajaban del carruaje.

—Shenshen, Crope, yo, Boq, Tibbett, Fiyero y Pfannee. Siete. ¡Vaya! ¿Cómo lo habremos hecho para meternos todos en el coche? ¡Hubiese jurado que no cabíamos!

Pagó al cochero y le dio una propina, otro misterioso homenaje más a la memoria de Ama Clutch, y se abrió paso hasta el frente del silencioso grupo de compañeros.

—¡Vamos, tenemos la edad que hay que tener y estamos todo lo borrachos que hay que estar! —dijo, para después dirigirse a la cara que apenas se vislumbraba a través de la ventana—. Siete. Somos siete, mi buen caballero.

La cara se adelantó hasta el cristal y lo miró con malicia.

—Me llamo Yackle y no soy ningún caballero, ni tampoco soy buena. ¿De qué tipo va a ser esta noche?

Quien hablaba a través del cristal era una vieja desdentada, tocada con una peluca reluciente de color blanco rosado que se le deslizaba hacia el oeste de la calva perlada.

—¿Tipo? —dudó Avaric—. ¡Cualquier tipo! —exclamó a continuación, con algo más de arrojo.

—Me refiero a las entradas, cielito. ¿Queréis menearos y pavonearos en la pista de baile o hacer zorrerías en las bodegas antiguas?

—Las bodegas —dijo Avaric.

—¿Conocéis las reglas de la casa? ¿Las puertas cerradas, la norma de que sólo juega quien paga?

—Danos siete entradas y abrevia. No somos tontos.

—Nunca sois tontos —replicó la desagradable mujer—. Bueno, aquí vais entonces, y que sea lo que tenga que ser, o quien tenga que ser. Pasad y encontrad la salvación —añadió la vieja, asumiendo una postura de virtud, a imagen de una santa virgen unionista.

La puerta se abrió de par en par y el grupo bajó por una escalera de irregulares peldaños de ladrillo. Al pie de la misma había un enano enfundado en un albornoz violeta, que miró sus entradas y dijo:

—¿De dónde venís, tiernecillos? ¿De fuera de la ciudad?

—Estamos en la universidad —respondió Avaric.

—Una compañía variopinta. Bueno, veo que tenéis entradas con el siete de diamantes. ¿Veis los siete diamantes rojos impresos aquí y aquí? —dijo—. Podéis beber una copa, gentileza de la casa, ver el espectáculo de las chicas y bailar un poco, si queréis. Cada hora, más o menos, cierro la puerta de la calle y abro la otra. —Al decirlo, señaló unos portones enormes de roble, clausurados con dos monstruosas vigas y un candado de hierro—. Entráis todos juntos o no entra ninguno. Son las normas de la casa.

Había una corista cantando una parodia de ¿Qué es Oz sin Ozma? y moviendo provocativamente una boa de plumas de color loro. Una pequeña orquesta de elfos —¡elfos auténticos!— trompeteaba y cascabeleaba un metálico acompañamiento musical. Boq nunca había visto un elfo, aunque sabía de la existencia de una colonia a escasa distancia de Rush Margins.

—¡Qué extraños! —se dijo, avanzando centímetro a centímetro.

Parecían monos sin pelo; iban desnudos, con la excepción de unos gorritos rojos, y no parecían tener ningún rasgo sexual visible. Eran verdes como el pecado. Boq se volvió para decir «Mira, Elphie, es como si hubieras tenido un montón de bebés», pero no vio a su amiga y entonces recordó que no había ido con ellos. Tampoco Glinda, por lo visto. Maldición.

Se pusieron a bailar. El público era el más heterogéneo que Boq hubiese visto en mucho tiempo. Había Animales, humanos, enanos, elfos y varios artefactos tiktokistas de tipo incompleto o experimental. Un escuadrón de apuestos chicos rubios circulaba distribuyendo jarras del vino de calabaza más peleón, que los chicos bebían porque era gratis.

—No sé si quiero llegar mucho más lejos que esto —le dijo Pfannee a Boq en un momento dado—. No sé, mira esa Babuina con cara de fulana, por ejemplo. Prácticamente se ha quitado el vestido. Quizá deberíamos irnos.

—¿Tú crees? —dijo Boq—. No sé, yo me quedaría, pero si tú estás incómoda…

¡Hurra! ¡Una salida! Él también empezaba a sentirse incómodo.

—Bueno, busquemos a Avaric —dijo—. Está por ahí, mostrándose altivo con Shenshen.

Pero antes de que pudieran abrirse paso a través de la atestada pista de baile, los elfos soltaron un aullido fantasmagórico, la cantante adelantó bruscamente la pelvis y exclamó:

—¡Es la llamada de la jungla, cariños míos! Señoras y señores, tenemos con nosotros, y cuando digo «tenemos» es que realmente los tenemos —echó una mirada a la nota que tenía en la mano—, cinco tréboles negros, tres tréboles negros, seis corazones rojos, siete diamantes rojos y… ¡en su luna de miel!, ¿no es adorable? —simuló que le venían náuseas—… dos picas negras. ¡Hacia la boca del éxtasis eterno, mis cobardes damas y asustadizos caballeros!

—Avaric, no —dijo Boq.

Pero la vieja de la puerta, la que decía llamarse Yackle, ya venía atravesando ruidosamente la sala (tras proceder aparentemente al cierre temporal de la puerta delantera), para llamar a los portadores de las cartas mencionadas e instarlos a pasar al frente con una sonrisa.

—¡Listos todos los recorridos y todos los viajeros! —dijo—. ¡Aquí estamos, al filo de la noche! ¡Alegrad esas caras, que esto no es un funeral, sino un espectáculo!

Había sido un funeral, recordó Boq, intentando invocar el espíritu cálido y discreto de Ama Clutch. Pero la hora de echarse atrás ya había pasado, si es que había existido alguna vez.

Los arrastraron a través de las puertas de roble y a lo largo de un pasadizo ligeramente inclinado, con las paredes acolchadas y revestidas de terciopelo rojo y azul. Más adelante se oía una música alegre, una sencilla melodía para bailar. Olía a hojas de tímulo asadas, un olor dulce y tierno: casi podían sentirse las hojas curvando hacia arriba sus bordes violáceos. Yackle abría la marcha, seguida de los veintitrés clientes del local, sumidos en un confuso estado de aprensión, júbilo y excitación. El enano iba detrás. Boq pasó revista a los presentes tanto como se lo permitió su mente aturdida: un Tigre erguido sobre las patas traseras, con botas altas y capa; un par de banqueros con sus parejas nocturnas, todos con máscaras negras, para protegerse de eventuales chantajes o tal vez como afrodisíaco; un grupo de comerciantes de Ev y Fliaan, que estaban en la ciudad por negocios; un par de mujeres ya entradas en años, cargadas de bisutería. La pareja en viaje de bodas era del Glikkus. Boq esperaba que su grupo de estudiantes no pareciera tan asombrado y estupefacto como los dos glikkunenses. Mirando a su alrededor, vio que sólo Avaric y Shenshen parecían impacientes por empezar… y también Fiyero, quizá porque aún no había entendido dónde estaba. Los otros parecían algo más que un poco aprensivos.

Entraron en un pequeño teatro circular, con el espacio para el público dividido en seis secciones. Arriba, el techo se perdía en una negrura pétrea. La llama de las velas temblaba y una música hueca se abría paso por las grietas de las paredes, multiplicando el efecto de lejanía y extrañeza. Las butacas de la platea rodeaban el escenario central, completamente envuelto en sábanas negras. Las seis secciones estaban separadas por estrechas celosías de madera y paneles de espejo. Los distintos grupos se mezclaron y los amigos quedaron separados. ¿Habría también incienso en el aire? Parecía obrar el efecto de abrir por la mitad la mente de Boq, como una cáscara, para dejar salir una mente más tierna y complaciente, su faceta más blanda y vulnerable, la intención privada, la capitulación de la voluntad.

Boq sentía que cada vez sabía menos y que le parecía cada vez más bonito que así fuera. ¿Por qué se habría alarmado? Estaba sentado en una butaca y, a su alrededor en la platea, casi sobrenaturalmente cerca, se habían sentado un hombre con máscara negra, un Áspid que no había visto antes, el Tigre, cuyo aliento discurría caliente y carnoso por su cuello, y una preciosa niña, ¿o sería la novia en viaje de bodas? ¿Se estaba inclinando toda su sección de la platea hacia adelante, como un cubo suavemente sacudido? En cualquier caso, se inclinaron todos en dirección a la plataforma central, un altar de velos y sacrificios. Boq se aflojó el cuello y después el cinturón. Sintió un apetito especiado entre el corazón y el estómago, y el consiguiente endurecimiento del mecanismo inferior. La música de flautas y silbatos se estaba volviendo más lenta, ¿o sería que él miraba, esperaba y respiraba con tanta, tantísima lentitud, que el área secreta en su interior se despojaba de los velos, donde nada importaba?

El enano, vestido ahora con una capucha más oscura, apareció en el escenario. Desde su situación privilegiada podía ver todas las secciones de la platea, pero los espectadores de las diferentes secciones no podían verse entre sí. El enano se inclinó y tendió el brazo para estrechar una mano aquí y otra allá, saludando y escogiendo. De una de las secciones hizo salir a una mujer; de otra, a un hombre (¿sería Tibbett?), y de la sección donde se encontraba Boq, invitó con un gesto al Tigre. Boq se sintió sólo levemente decepcionado por no haber sido el elegido, mientras miraba cómo el enano agitaba un frasco humeante bajo las fosas nasales de los tres acólitos y los ayudaba a quitarse la ropa. Había grilletes, una bandeja de ungüentos aromáticos y emolientes, y un cofre cuyo contenido permanecía aún en la sombra. El enano cubrió con vendas negras los ojos de los estudiantes.

El Tigre iba y venía a cuatro patas, gruñendo por lo bajo y sacudiendo la cabeza por la angustia o la excitación. A Tibbett (porque era él, aunque estaba casi inconsciente) lo hicieron tumbarse boca arriba en el suelo del escenario. El Tigre se situó sobre él y permaneció inmóvil, mientras el enano y sus ayudantes levantaban a Tibbett y le ataban los brazos por las muñecas en torno al pecho del Tigre y las piernas por los tobillos, alrededor de la pelvis del Animal, de tal modo que Tibbett quedó colgando bajo el vientre del Tigre, como un cochinillo empalado, con la cara perdida entre el pelaje de la bestia.

A la mujer la situaron sobre una butaca en declive, semejante a un gran cuenco inclinado, y el enano le insertó algo aromático y chorreante en las partes oscuras. Después, el enano señaló a Tibbett, que empezaba a retorcerse y a gemir contra el pecho del Tigre.

—Sea X el Dios Innominado —dijo el enano, hundiendo el dedo entre las costillas de Tibbett.

Después, golpeó al Tigre en el flanco con una fusta, y éste se estiró hacia adelante, colocando la cabeza entre las piernas de la mujer.

—Sea Y el Dragón del Tiempo en su cueva —dijo el enano, fustigando una vez más al Tigre.

Después de atar a la mujer al cuenco y masajearle los pezones con un ungüento fluorescente, le entregó un látigo para que golpeara con él los flancos y la cara del Tigre.

—Y sea Z la Bruja Kúmbrica, y permítasenos ver si ella existe esta noche…

Los espectadores se acercaron un poco más, casi como si estuvieran participando, y la almizclada sensación de aventura hizo que se arrancaran sus propios botones y se mordisquearan los labios, cada vez más y más cerca.

—Éstas son las variables de nuestra ecuación —dijo el enano, mientras la habitación se oscurecía aún más—. Así pues, ya puede empezar el verdadero estudio clandestino del conocimiento.