37

Unas semanas después, mientras los niños hacían batallas de bolas de nieve y Sarima preparaba algún tipo de bebida caliente medicinal en la cocina, Elphie salió por fin de su habitación, bajó la escalera a hurtadillas y llamó a la puerta del saloncito de las hermanas.

Aunque a disgusto, ellas se sintieron obligadas a recibirla. La bandeja de plata con botellas de licores fuertes; la valiosa cristalería transportada a lomos de burro desde la Dixxi House, en Gillikin; las hermosas alfombras tradicionales, con multitud de costosos motivos rojos; el lujo de tener dos fuegos ardiendo alegremente, uno en cada extremo del salón… Se habrían ocupado de mitigar un poco toda esa opulencia si hubiesen estado sobre aviso. Tal como se dieron las cosas, Cuatro escondió entre los almohadones del sofá el libro con tapas de cuero que estaba leyendo en voz alta, la picante historia de una pobre muchacha asediada por un sinfín de apuestos pretendientes. Había sido regalo de Fiyero, el mejor regalo que les había hecho nunca a las hermanas, y también el único.

—¿Le apetece un poco de agua de cebada con limón? —dijo Seis, servil hasta la muerte, a menos que tuviera la fortuna de que todos los demás murieran antes.

—Sí, gracias —replicó Elphaba.

—Siéntese… aquí, en esta butaca, la encontrará comodísima.

No parecía que Elphie quisiera estar comodísima, pero aun así se sentó donde le indicaron, rígida e inquieta en aquel acolchado capullo de habitación.

Bebió el sorbo más pequeño posible de su vaso, como sospechando que le habían echado eléboro.

—Creo que tengo que disculparme por aquel alboroto a propósito de Chistery —dijo—. Sé muy bien que soy su huésped aquí en Kiamo Ko. Sencillamente, perdí los estribos.

—Los estribos y toda la silla… —empezó Cinco.

No obstante, las otras se apresuraron a decir:

—¡Oh, no se preocupe por eso! Todas tenemos malos días; de hecho, a nosotras suele pasarnos a todas el mismo día; es así desde hace años.

—Es muy difícil —dijo Elphie con cierto esfuerzo—. Pasé muchos años bajo un voto de silencio y no siempre sé distinguir hasta qué… volumen… es aceptable llegar. Además, en cierto modo ésta es una cultura extraña para mí.

—Nosotros los arjikis siempre hemos tenido a gala nuestra capacidad de entendernos con cualquier ciudadano de Oz —declaró Dos—. Nos sentimos igualmente a gusto con un desharrapado vagabundo scrow del sur, como entre la alta sociedad de la Ciudad Esmeralda, al este de aquí.

En realidad, nunca habían salido del Vinkus.

—¿Un dulce? —ofreció Tres, mientras sacaba una lata de frutas de mazapán.

—No —dijo Elphie—, pero me pregunto si podrán decirme algo de la particular tristeza que aqueja a su hermana.

Ellas permanecieron atentas, tensas y suspicaces.

—Disfruto de mis conversaciones con ella en el solárium —dijo Elphie—, pero cuando el tema se orienta hacia su difunto marido (a quien yo conocí, como ustedes sabrán), se niega a seguir hablando.

—¡Oh, es que fue tan triste! —dijo Dos.

—Una tragedia —convino Tres.

—Para ella —señaló Cuatro.

—Para todas nosotras —añadió Cinco.

—¿Quiere un chorrito de licor de naranja en su agua de cebada, Tiíta Invitada? —dijo Seis—. Lo traen de las fragantes laderas de los Kells Menores. ¡Un auténtico lujo!

—Gracias, sólo una gota —dijo Elphie, que sin embargo no lo probó.

Apoyó los codos sobre las rodillas, se inclinó hacia adelante y dijo:

—Por favor, cuéntenme cómo se enteró ella de la muerte de Fiyero.

Se hizo un silencio. Las hermanas evitaban intercambiar miradas entre sí, fijando la vista en el plisado de sus faldas. Después de una pausa, Dos dijo:

—Un día muy triste. Aún me duele en la memoria.

Las otras rectificaron sus posturas en los asientos, volviéndose ligeramente hacia ella. Elphaba parpadeó dos veces, semejante a uno de sus cuervos.

Dos contó la historia, sin sentimentalismo ni drama. Un mercader arjiki, un comerciante que solía hacer negocios con Fiyero, había llegado por el paso de la montaña a comienzos de la primavera, cuando empezaban a fundirse las nieves, a lomos de un skark montañés. Pidió para ver a Sarima e insistió en que sus hermanas estuvieran a su lado, para que le brindaran su apoyo cuando oyera la triste noticia. Les contó cómo había recibido en el club, para la fiesta de la Natividad de Lurlina, un mensaje anónimo diciéndole que Fiyero había sido asesinado. El mensaje mencionaba una dirección en una zona de mala fama, ni siquiera se trataba de un distrito residencial. El mercader había contratado a un par de gorilas, con los que había derribado la puerta del almacén. Dentro había un pequeño apartamento disimulado en el piso de arriba, un refugio para amores clandestinos, evidentemente. (El mercader lo dijo sin el menor estremecimiento, quizá como maniobra para ganar poder.) Había indicios de lucha y enormes cantidades de sangre, tan espesa que en algunos sitios aún resultaba pegajosa. El cadáver había sido retirado y nunca pudo ser recuperado.

Elphaba se limitó a asentir con la cabeza, con expresión sombría, mientras escuchaba el relato.

—Durante un año —prosiguió Dos—, nuestra querida Sarima, desesperada, se negó a creer que realmente hubiese muerto. No nos habría sorprendido recibir una nota pidiendo un rescate. Pero a la siguiente Natividad de Lurlina, al no haber tenido más noticias al respecto, tuvimos que aceptar lo inevitable. Además, el clan ya no podía seguir mucho tiempo más con un gobierno colectivo provisional. Exigía un jefe único, y un jefe le fue dado, que desde entonces cumple bien su cometido. Cuando Irji llegue a la mayoría de edad, podrá reivindicar su derecho de primogenitura, si tiene suficiente arrojo, aunque de hecho es muy poco valeroso. Manek es el candidato más obvio, pero es el segundo en la línea sucesoria.

—¿Y qué cree Sarima que ha pasado? —preguntó Elphie—. ¿Y ustedes, todas ustedes?

Ahora que la parte más lúgubre de la historia estaba dicha, las otras hermanas consideraron que ya podían intervenir. Resultó ser que Sarima sospechaba desde mucho tiempo atrás que Fiyero tenía un romance con una antigua compañera de estudios llamada Glinda, una joven gillikinesa de legendaria belleza.

—¿Legendaria? —dijo Elphie.

—Solía hablarnos de su encanto, de su modestia, de la gracia y el brillo que…

—¿Les parece probable que hablara sin parar de la mujer con quien estaba cometiendo adulterio?

—Los hombres —dijo Dos—, como todas sabemos, son crueles y a la vez astutos. ¿Qué mejor artimaña que reconocer fervientemente y a menudo su admiración por ella? Sarima no podía acusarlo de ocultamiento o engaño. Nunca dejó de ser amable y atento con ella…

—A su manera fría, malhumorada, reservada y amarga —intervino Tres.

—Nada que ver con lo que una lee en las novelas —señaló Cuatro.

—Si una leyera novelas —dijo Cinco.

—Que no es el caso —terminó Seis, cerrando los labios sobre una perita de mazapán.

—De modo que Sarima cree que su marido estaba enredado con esa…

—Con esa belleza, sí —dijo Dos—. Usted debió de conocerla. ¿No estudió en Shiz?

—La conocí un poco —respondió Elphie, olvidando cerrar la boca. Le estaba resultando difícil seguir el ritmo de las múltiples narradoras—. Hace años que no la veo.

—Sarima tiene muy claro lo que sucedió —prosiguió Dos—. Glinda estaba casada (y aún lo está, hasta donde yo sé) con un adinerado caballero llamado sir Chuffrey. Su marido debió de sospechar algo, hizo que la siguieran y averiguó lo que estaba pasando. Después mandó a unos sicarios con la orden de que mataran al ofensor, es decir, al pobre Fiyero. ¿No cree que todo cuadra?

—Es muy convincente —replicó Elphie lentamente—. Pero ¿hay alguna prueba?

—Ninguna en absoluto —dijo Cuatro—. Si la hubiera, el honor familiar habría exigido que sir Chuffrey pagara con su vida, pero es posible que el caballero aún goce de excelente salud. No, es sólo una teoría, pero es lo que Sarima cree.

—Se aferra a esa teoría —dijo Seis.

—¿Y por qué no? —intervino Cinco.

—Está en su derecho. Es su privilegio —señaló Tres.

—Todo es privilegio suyo —dijo Dos tristemente—. Además, piénselo. Si usted estuviera casada y mataran a su marido, ¿no le resultaría más fácil soportarlo si creyera que lo merecía, aunque fuera sólo un poco?

—No —respondió Elphie—. No lo creo.

—Tampoco nosotras —reconoció Dos—, pero creemos que así piensa ella.

—¿Y ustedes? —preguntó Elphie, estudiando el dibujo de la alfombra, los rombos rojo sangre, los márgenes espinosos, las bestias, las hojas de acanto y los rosados medallones—. ¿Qué piensan ustedes?

—No se puede esperar de nosotras que tengamos una opinión unánime —dijo Dos, pero aun así siguió adelante—. Nos parece razonable suponer que Fiyero estaba involucrado, sin nuestro conocimiento, en alguna trama política de la Ciudad Esmeralda.

—Lo que iba a ser un mes de estancia se convirtió en cuatro —dijo Cuatro.

—¿Tenía Fiyero… preferencias políticas? —preguntó Elphaba.

—Era príncipe de los arjikis —les recordó Cinco a todas—. Tenía contactos, responsabilidades y alianzas que nosotras desconocíamos. Era su deber tener opiniones sobre cosas de las que nosotras ni siquiera habíamos oído hablar.

—¿Era partidario del Mago? —quiso saber Elphie.

—¿Me está preguntando si tuvo algo que ver con alguna de aquellas campañas? ¿Con alguno de aquellos pogromos? ¿El de los quadlings primero y el de los Animales después? —dijo Tres—. Parece sorprenderse de que estemos al corriente de estas cosas. ¿Nos cree tan aisladas del resto de Oz?

—Estamos aisladas —admitió Dos—, pero escuchamos cuando la gente habla. Nos gusta ofrecer nuestra hospitalidad a los viajeros. Sabemos que la vida puede ser muy cruda ahí fuera.

—El Mago es un déspota —declaró Cuatro.

—Nuestra casa es nuestro castillo —dijo Cinco al mismo tiempo—. Hasta cierto punto, el aislamiento es saludable, porque nos permite conservar intacta nuestra fibra moral.

Todas esbozaron simultáneamente una sonrisa satisfecha.

—Pero ¿ustedes creen que Fiyero tenía una opinión formada acerca del Mago? —volvió a preguntar Elphaba, presionando con cierta urgencia a sus interlocutoras.

—Si la tenía, se la guardaba para él —replicó secamente Dos—. ¡Por el amor de Lurlina, querida Tiíta, era príncipe y era un hombre! ¡Y nosotras éramos simplemente las cuñadas menores que tenía a su cargo! ¿Cree que iba a confiarnos sus secretos? Por lo que nosotras sabemos, pudo haber sido amigo íntimo del Mago. Seguramente tenía contactos en el Palacio; después de todo, era un príncipe, aunque sólo fuera de nuestra pequeña tribu. ¿Qué hacía con esos contactos? No lo sabemos. Pero no creemos que muriera víctima de una mano celosa. Puede que vivamos aisladas, pero no lo creemos. Pensamos que tal vez quedó atrapado en el fuego cruzado de algún conflicto periférico, o quizá fue sorprendido en flagrante acto de traición a algún grupo particularmente irritable. Era un hombre muy apuesto —dijo Dos—, y ninguna de nosotras lo habría negado entonces ni lo negaría ahora. Pero era serio y reservado, y dudamos que se hubiera soltado lo suficiente como para tener un lío de faldas.

Un cambio infinitesimal en la actitud de Dos (el abdomen ligeramente hundido y los hombros levemente erguidos) delató el fundamento de su opinión: ¿cómo podía haber sucumbido a los encantos de Glinda, cuando había sido capaz de resistirse a los de sus propias cuñadas?

—Pero —preguntó Elphie con un hilo de voz—, ¿de veras creen ustedes que hacía de espía para algún grupo?

—¿Por qué no han hallado nunca su cadáver? —señaló Dos—. Si hubiese sido un asesinato por celos, no habría sido necesario retirar el cuerpo. Quizá no estaba muerto aún. Quizá se lo llevaron para torturarlo. No, basándonos en nuestra limitada experiencia, creemos que esto huele a traición política y no a crimen pasional.

—Yo… —dijo Elphaba.

—Está pálida, querida. Seis, por favor, una jarra de agua…

—No —dijo Elphaba—. Es todo tan… En ese momento nadie hubiese pensado… Yo nunca… ¿Me permiten que les cuente lo poco que sé al respecto? Quizá puedan ustedes referírselo a Sarima. —Comenzó a ir y venir por la habitación—. Vi a Fiyero…

Pero en el momento menos esperado, se hizo notar la solidaridad familiar.

—Querida Tiíta Invitada —dijo Dos en tono responsable—, debemos respetar las órdenes estrictas de nuestra hermana de no permitir que se canse usted hablando de Fiyero y las tristes circunstancias de su muerte.

Era evidente el gran esfuerzo que tuvo que hacer Dos para hablar de ese modo, porque eran grandes sus ansias de oír lo que Elphaba tenía para contarles. El apetito de noticias suculentas hacía sonar los estómagos. Pero el decoro ganó la partida, o quizá el temor a la ira de Sarima, si llegaba a enterarse.

—No —dijo Dos una vez más—, no, me temo que no debemos expresar un interés indebido. Si habla, puede que no prestemos atención. Además, no le contaremos a Sarima lo que oigamos.

Al final, Elphaba las dejó con las ganas.

—En otra ocasión —repitió varias veces—, cuando estén preparadas, cuando ella esté preparada. Es esencial, ¿saben? Es mucho el dolor del que ella podría liberarse y también el que podría mitigar…

—Adiós, entonces, de momento —dijeron ellas, y la puerta se cerró detrás de Elphaba.

Los fuegos de las chimeneas gemelas se lanzaban mutuamente sus reflejos a través de la habitación, y las hermanas asumieron actitudes de frustrado valor, por tener que obedecer a su hermana mayor… así se la llevaran los demonios.