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El hielo formaba una corteza sobre los tejados, desalojaba las tejas y se infiltraba en sucios goterones en las habitaciones privadas, la sala de música y las torres. Elphaba se habituó a llevar puesto el sombrero dentro del castillo, para evitar el ocasional dardo helado en el cráneo. Los cuervos tenían moho alrededor del pico y algas entre las garras. Las hermanas terminaron de leer la novela, lanzaron un suspiro colectivo —¡para toda la vida, para toda la vida!— y recomenzaron su lectura, tal como venían haciendo desde hacía ocho años. En las feroces corrientes ascendentes del valle, la nieve parecía tan pronto subir como caer. A los niños les encantaba.

Una tarde sombría, Sarima se envolvió en rojos chales de lana y, por puro aburrimiento, se fue a recorrer las mohosas salas abandonadas. Localizó una escalera en un hueco trapezoidal de paredes inclinadas, y pensó que quizá ese hueco, en un lugar tan alto del edificio, correspondía al lado del hastial que no quedaba a la vista. Le costaba visualizar la arquitectura en tres dimensiones, pero en cualquier caso subió la escalera. En lo alto, a través de una tosca reja, vio una figura en la blanca penumbra. Sarima tosió para no sobresaltarla.

Elphaba estaba doblada casi por la mitad, sobre un enorme infolio apoyado en un banco de carpintero. Se giró, sorprendida aunque no demasiado, y dijo:

—Hemos sentido la misma inclinación. ¡Qué curioso!

—Ha encontrado unos libros que yo había olvidado por completo —dijo Sarima, que para entonces sabía leer, pero no muy bien. Los libros la hacían sentirse inferior—. No podría decirle de qué tratan. ¡Tantas palabras! Nadie diría que el mundo necesita un escrutinio tan meticuloso.

—Aquí hay una geografía arcaica —dijo Elphie—, y registros documentales de varios pactos de usufructo entre diversas familias arjikis. Seguramente hay jefes locales que se alegrarían mucho de verlos. A menos que hayan prescrito. También reconozco algunos de los libros de texto que usaba Fiyero en Shiz… de la línea de ciencias de la vida.

—Y este tan enorme… con páginas violeta y tinta plateada. Grandioso.

—Lo encontré en el suelo de este armario. Parece una Grimería —dijo Elphie, dejando correr su mano por una página levemente combada por la humedad. Hacía un bonito contraste, su mano sobre el pergamino.

—¿Y qué es eso, aparte de algo muy hermoso?

—Por lo que puedo entender —replicó Elphie—, una especie de enciclopedia de cosas misteriosas. Cosas mágicas, del espíritu del mundo, cosas vistas y no vistas, pasadas y futuras. Sólo consigo entender líneas sueltas. Fíjese cómo cambia todo mientras mira —dijo señalando un párrafo de texto manuscrito.

Sarima miró, y aunque su habilidad para la lectura era ínfima, quedó boquiabierta con lo que vio. Las letras flotaban y se reordenaban en la hoja, como dotadas de vida propia. Parecía como si la página cambiara de idea mientras la estaba mirando. Finalmente, las letras se aglomeraron en un gran nudo negro que recordaba un hormiguero. Después, Elphaba pasó la página.

—Mire, esta sección es un bestiario.

Había elegantes y difuminados dibujos en rojo sangre y pan de oro, que constituían el alzado frontal y trasero de lo que parecía ser un ángel, con notas en delicada escritura sobre los aspectos aerodinámicos de la santidad. Las alas se plegaban hacia arriba y hacia abajo, y el ángel sonreía en una versión descarada de la beatitud.

—Y en esta página hay una receta. «De manzanas con piel negra y pulpa blanca, para llenar el estómago de codicia hasta la Muerte.»

—Ahora recuerdo este libro —dijo Sarima—, recuerdo cómo llegó aquí. Incluso fui yo quien lo puso en esta sala. Se me había olvidado. Es fácil perder los libros, ¿no cree?

Elphie levantó la vista, mirando con fijeza bajo la frente lisa y firme como la roca.

—Dígame cómo fue, Sarima. Por favor.

La Princesa Viuda de Kiamo Ko parecía confusa. Se dirigió a un ventanuco e intentó abrirlo, pero las incrustaciones de hielo se lo impidieron, de modo que se sentó en una caja de madera, dejándose caer bruscamente, y le contó a Elphaba la historia. No podía recordar exactamente el año, sólo sabía que había sucedido mucho tiempo atrás, cuando todos eran jóvenes y delgados. Su amado Fiyero aún vivía, pero se había marchado a las Praderas con la tribu. Aquejada de un fuerte dolor de cabeza, ella se encontraba sola en el castillo. Cuando oyó sonar la campanilla del puente levadizo, fue a ver quién era.

—La señora Morrible —dijo Elphaba—, la Bruja Kúmbrica o alguien por el estilo.

—No, no era ninguna señora. Era un anciano vestido con túnica y calzas, y envuelto en una capa que requería la atención urgente de una costurera. Dijo ser un hechicero, pero quizá sólo estaba loco. Me pidió comida y un baño, y se lo di, y después dijo que quería pagarme mi hospitalidad con este libro. Le dije que con un castillo que administrar, no me quedaba mucho tiempo para frivolidades como la lectura. Me dijo que no importaba.

Sarima se acomodó los chales y el resto de la ropa a su alrededor y se puso a dibujar con el dedo en el polvo frío, sobre una pila cercana de códices.

—Me contó un cuento fabuloso y me convenció para que aceptara el libro. Me dijo que era un volumen de sabiduría, que pertenecía a otro mundo, pero allí no estaba seguro. Por eso lo había traído aquí, para que estuviera oculto y a salvo de todo mal.

—¡Qué montón de patrañas! —dijo Elphie—. Si viniera de otro mundo, no podría leer ni una palabra. Y puedo descifrar algunas cosas.

—¿Ni siquiera siendo tan mágico como dijo él? —replicó Sarima—. En cualquier caso, yo le creí. Dijo que había más comunión entre los mundos de lo que nadie podía imaginar, que nuestro mundo tenía atributos del suyo, y el suyo del nuestro, quizá por efecto de las filtraciones, o tal vez de una infección. Llevaba una larga barba deshilachada, blanca y gris, y era muy cortés de una manera un tanto abstraída, y olía a ajo y a crema agria.

—Prueba irrefutable de que venía de otro mundo.

—No se burle de mí —dijo Sarima mansamente—. Me ha preguntado y yo se lo cuento. Dijo que este libro era demasiado poderoso para ser destruido, pero demasiado amenazador (en ese otro sitio) para ser conservado. Por eso había hecho él un viaje mágico o algo así y había llegado aquí.

—Kiamo Ko lo convocó y él no pudo resistir su atractivo…

—Dijo que éste era un lugar aislado, una fortaleza —prosiguió Sarima—, ¡y no pude menos que darle la razón! Además, ¿qué mal podía haber en aceptar un libro más? De modo que lo subimos aquí arriba y lo guardamos con los otros. Ni siquiera sé si alguna vez se lo he contado a alguien. Después él me bendijo y se marchó. Se fue andando por el sendero de Locklimb, con un cayado de roble.

—¿De veras me está diciendo que creyó que el hombre que trajo esto aquí era un hechicero? —dijo Elphie—. ¿Y creyó también que este libro venía de… otro mundo? ¿Cree en la existencia de otros mundos?

—Me cuesta un gran esfuerzo creer en éste —contestó Sarima—, y sin embargo parece estar aquí. ¿Por qué confiar entonces en mi escepticismo respecto a otros mundos? ¿Usted no cree?

—Lo intenté, cuando era pequeña —respondió Elphie—. Hice un esfuerzo. El apolillado, estúpido e indefinido amanecer en el mundo de la salvación: la Otra Tierra. No lo conseguí, no podía visualizarlo. Ahora pienso que lo que se nos oculta es nuestra propia vida. El misterio de la persona que me mira desde el espejo ya es suficientemente insondable y chocante para mi gusto.

—Bueno, era muy amable ese hechicero, o ese loco, o lo que fuera.

—Quizá fuera un agente leal al regente de Ozma —dijo Elphie—, que vino a esconder un antiguo tratado lurlinista, previendo un resurgimiento del ardor monárquico o un golpe de Estado. Tal vez estaba inquieto por la suerte de Ozma Tippetarius, secuestrada y víctima de un encantamiento soporífero. Quizá se presentó disfrazado para esconder este documento en un lugar lejano, pero de manera que aún fuera recuperable…

—Usted está llena de teorías de conspiraciones —dijo Sarima—. Ya lo he observado antes. Ese señor era un hombre anciano, muy anciano, y hablaba con acento extranjero. Seguramente era un mago itinerante de algún otro lugar. ¿Y acaso no tenía razón? El libro ha estado aquí, olvidado, durante… no sé, diez años o más.

—¿Puedo cogerlo y mirarlo?

—A mí no me importa. El hombre no dijo nada de que no hubiera que leerlo —respondió Sarima—. Quizá en aquel momento yo no sabía leer. Lo he olvidado. Pero ¡mire ese ángel tan bonito! ¿Habla en serio cuando dice que no cree en la Otra Tierra? ¿En una vida después de ésta?

—¡Justo lo que nos hace falta! —gruñó Elphaba mientras levantaba el tomo—. Otro valle de lágrimas después de este valle de lágrimas.