BOQ
13
—¡Vamos, sal! —gritaron los chicos—. ¡Sal!
Estaban inclinados en el pasillo abovedado que daba al cuarto de Boq; eran un grupo abigarrado, iluminado a contraluz por la lámpara de aceite del estudio del fondo.
—Estamos hartos de libros. Vente con nosotros.
—No puedo —dijo Boq—. Voy retrasado en teoría del regadío.
—¡A la mierda con tu teoría del regadío! ¡Están abiertas las tabernas! —dijo el fornido muchachote gillikinés llamado Avaric—. No vas a mejorar tus notas a esta altura del curso, con los exámenes casi encima y los examinadores también medio borrachos.
—No es por las notas —repuso Boq—. Es que todavía no me lo sé.
—¡Nos vamos a la taberna, nos vamos a la taberna! —canturrearon algunos de los chicos, que al parecer ya habían empezado a entonarse—. ¡A la mierda con Boq! ¡La cerveza nos espera y ya está a punto!
—Decidme a qué taberna vais y puede que os siga dentro de una hora —dijo Boq, recostándose firmemente en el respaldo de la silla y cuidándose de no apoyar los pies sobre el escabel, porque sabía que tal cosa podría incitar a sus camaradas a levantarlo en hombros y llevárselo consigo a una noche de juerga. Su pequenez parecía inspirar ese tipo de fechorías. Con los pies bien apoyados en el suelo, parecía mejor plantado, suponía él.
—A la taberna del Jabalí y el Hinojo —respondió Avaric—. Actúa una bruja nueva. Dicen que es fantástica. Una Bruja Kúmbrica.
—Ah —dijo Boq, sin convencimiento—. Bueno, id vosotros y miradla bien. Yo iré cuando pueda.
Los chicos se marcharon tranquilamente, llamando a la puerta de otros amigos y torciendo a su paso los retratos de antiguos alumnos transformados en augustos benefactores. Avaric se quedó un minuto más junto a la puerta de Boq.
—Quizá podríamos deshacernos de algunos de los patanes y formar un grupo selecto para ir a visitar el Club de Filosofía —propuso, tentador—. Podríamos hacerlo más tarde, quiero decir. Después de todo, es fin de semana.
—¡Oh, Avaric, ve a darte una ducha fría! —dijo Boq.
—Has reconocido que sientes curiosidad. Lo has hecho. ¿Por qué no hacemos entonces algo especial para el final del semestre?
—Me arrepiento de haber dicho alguna vez que sentía curiosidad. También siento curiosidad por la muerte, pero te aseguro que no tengo prisa por averiguar nada al respecto. Piérdete, Avaric. Ve a ver si alcanzas a tus amigos. Disfruta de las bufonadas kúmbricas, que por otra parte no serán más que un engaño. Los talentos de las Brujas Kúmbricas desaparecieron hace más de cien años, si es que alguna vez existieron.
Avaric se subió el segundo cuello de una prenda que era medio túnica y medio chaqueta, con el interior forrado de felpa de color rojo oscuro. Contra su elegante cuello bien afeitado, el forro parecía un distintivo de privilegio. Boq se sorprendió una vez más comparándose mentalmente con el apuesto Avaric y quedándose, como siempre, demasiado corto.
—¿Qué, Avaric? ¿Te vas? —le espetó, tan impaciente consigo mismo como con su amigo.
—Te ha pasado algo —señaló Avaric—. No soy tonto. ¿Cuál es el problema?
—No hay ningún problema —contestó Boq.
—Dime que me ocupe de mis asuntos, mándame al demonio, dime que me pierda, ¡adelante, dilo!, pero no me digas que no hay ningún problema, porque ni tú mientes tan bien, ni yo soy tan estúpido, aunque sea un gillikinés disoluto y mi nobleza esté en decadencia.
Su expresión era amable y, por un momento, Boq estuvo tentado de reconocerlo. Abrió la boca, mientras pensaba en lo que iba a decir; pero cuando las campanas de Ozma Tower dieron la hora, Avaric volvió ligeramente la cabeza. Pese a todas sus muestras de interés, Avaric no estaba del todo con él. Boq cerró la boca, lo pensó un poco más y dijo:
—Atribúyelo a la indiferencia de los munchkins, si quieres. Yo no te mentiría, Avaric; jamás le mentiría a un buen amigo como tú. Es sólo que no hay nada que decir. Ahora ve y diviértete. Pero ten cuidado.
Estuvo a punto de añadir unas palabras de advertencia acerca del Club de Filosofía, pero se contuvo. Si Avaric estaba suficientemente irritado, las amonestaciones de niñera de Boq podían ser contraproducentes e impulsarlo a acudir a ese lugar.
Avaric se adelantó y le dio un beso en cada mejilla y otro en la frente, una costumbre de la clase alta norteña que a Boq siempre le provocaba una profunda incomodidad. Después, con un guiño y un gesto obsceno, se marchó.
La habitación de Boq daba a una calleja empedrada, por donde Avaric y sus amigos ya bajaban tumultuosamente. Boq se echó atrás en la ventana, para situarse en la sombra, pero no debería haberse preocupado, porque sus camaradas ya no pensaban en él. Habían llegado a la mitad del período de exámenes y disponían de un par de días libres. Cuando terminaran los exámenes, no quedaría nadie en el campus, excepto los profesores más desorientados y los estudiantes más pobres. Boq ya lo había vivido antes. Aun así, prefería estudiar, antes que rascar viejos manuscritos con un cepillo de piel de teco de cinco pelos, que era para lo que había sido contratado durante todo el verano en la biblioteca de Three Queens.
Del otro lado de la callejuela se extendían los muros de piedra azul de unos establos privados, dependencias de alguna mansión situada a varias calles de distancia, en una plaza elegante. Más allá del tejado de los establos, se veían las copas redondas de los árboles frutales del huerto de Crage Hall y, por encima, las iluminadas ventanas ojivales de los dormitorios y las aulas. Cuando las chicas olvidaban correr las cortinas, lo cual sucedía con sorprendente frecuencia, era posible contemplarlas en diferentes fases de desvestimiento. Nunca desnudas de cuerpo entero, desde luego, porque en ese caso Boq habría desviado la mirada o se habría conminado firmemente a hacerlo cuanto antes. Pero los blancos y rosados de los refajos y las camisolas, la complicada ornamentación de los corsés, el frufrú de las enaguas, el palpitar de los corpiños… Cuando menos, era un curso en lencería. Boq, que no tenía hermanas, simplemente miraba.
El dormitorio de Crage Hall estaba justo a una distancia que no le permitía reconocer individualmente a las chicas. Y Boq ardía en deseos de volver a ver a la dueña de su corazón. ¡Maldición y dos veces maldición! No podía concentrarse. Lo expulsarían si no aprobaba los exámenes. Defraudaría a su padre, el viejo Bfee, y a su aldea, y a las otras aldeas.
Demonios y más demonios. La vida era difícil y la cebada no alcanzaba para todos. De pronto, para su propia sorpresa, Boq saltó por encima del escabel, agarró su capa de estudiante, recorrió como una tromba los pasillos y bajó precipitadamente la escalera espiral de piedra que había en la torre de la esquina. No podía esperar más. Tenía que hacer algo y se le había ocurrido una idea.
Saludó con una inclinación de la cabeza al conserje de guardia, torció a la izquierda del portal y siguió a toda prisa por la calle, entre sombras, eludiendo lo mejor posible los generosos montones de estiércol de caballo. Ahora que sus amigos habían salido de juerga, al menos no haría el tonto dentro de su campo visual. No quedaba nadie en Briscoe, de modo que giró a la izquierda, otra vez a la izquierda, y no tardó en llegar a la calleja que discurría junto a los muros de las cuadras. Una pila de leña, el borde sobresaliente de unos postigos hinchados, el brazo de hierro de un mástil… Además de ser pequeño, Boq era ágil, y, casi sin arañarse los nudillos, se encaramó al canalón de hojalata del establo y comenzó a subir como un cangrejo por la abrupta pendiente del tejado.
¡Aja! ¡Llevaba semanas, quizá meses pensando en hacerlo! Pero esa noche todos los chicos habían salido de juerga; esa noche tenía la certeza de no ser visto desde Briscoe Hall. Tenía que ser esa noche, quizá la única noche. Alguna fuerza del destino debía de haberlo impulsado a resistirse a la invitación de Avaric, porque ahora estaba subido al tejado de los establos y el viento corría entre las hojas mojadas del árbol de bayas cangrejeras y de los perales, con un ruido de suave fanfarria. Las chicas estaban entrando en su dormitorio, como si hubiesen estado esperando en el pasillo a que él se situara correctamente, ¡como si hubiesen sabido de su llegada!
Vistas de cerca, no eran tan bonitas, después de todo, como…
Pero ¿dónde estaba ella?
Y bonitas o no, se veían con claridad: ¡los dedos que se hundían entre lazos de satén, para desatarlos, los dedos que quitaban guantes y desabrochaban ingeniosas filas de botones que eran otras tantas perlas diminutas, los dedos que se prestaban unas a otras, en los encajes interiores y los íntimos rincones que los chicos del colegio sólo conocían como parte de una mitología! ¡Qué suaves parecían las manchas de inesperado vello! ¡Qué aspecto tan maravillosamente animal! Las manos de Boq se crispaban y se aflojaban, por iniciativa propia, anhelando lo que él apenas conocía. Pero ¿dónde estaba ella?
—¿Qué demonios está haciendo ahí arriba?
De modo que se resbaló, claro, porque se sobresaltó, y porque el destino, tras haber tenido la generosidad de regalarle ese éxtasis, iba a resarcirse matándolo. Perdió pie e intentó agarrarse a la chimenea, pero falló. Dando volteretas, cayó rodando como un juguete infantil y se golpeó con las protuberantes ramas del peral, lo cual probablemente le salvó la vida, al detener su caída. Aterrizó con un golpe seco en un cuadro de lechugas, expulsando ruidosamente el aire, para su bochorno, por todos los orificios disponibles.
—¡Oh, fantástico! —dijo la voz—. Los árboles están dejando caer pronto sus frutos este año.
Había conservado una última esperanza, ahora perdida, de que la persona que le hablaba fuera su amada. Intentó parecer compuesto y educado, aunque sus gafas habían salido despedidas hacia algún sitio.
—Hola, ¿qué tal está, señorita? —dijo en tono confuso, mientras se erguía y se sentaba—. No pretendía llegar de este modo.
Descalza y cubierta con un delantal, la chica salió de detrás de un emparrado de uvas rosadas de Pertha. No era ella, no era su amor. Era la otra. Podía verlo incluso sin gafas.
—¡Ah, es usted! —dijo, intentando no parecer desolado.
La joven llevaba un colador lleno de uvas diminutas, el tipo de uvas amargas que se echan a las ensaladas primaverales.
—¡Ah, es usted! —dijo ella, acercándose un poco más—. Lo conozco.
—Boq, para lo que guste mandar.
—Querrá decir Boq, para aplastar mis lechugas —dijo ella, mientras recogía las gafas de él entre las judías verdes y se las devolvía.
—¿Cómo está, señorita Elphie?
—Ni tan rozagante como un racimo de uvas, ni tan aplastada como una lechuga —respondió ella—. ¿Y usted, señor Boq?
—Yo estoy considerablemente abochornado —dijo él—. ¿Tendré problemas aquí?
—Puedo arreglarlo, si quiere.
—No vale la pena. Saldré por donde he entrado. —Levantó la vista, mirando el peral—. ¡Pobre árbol! Le he partido unas cuantas ramas de buen tamaño.
—Una pena por el pobre árbol. ¿Por qué lo ha hecho?
—Me sobresalté —respondió él— y no me quedó más remedio que proyectarme como una ninfa de los bosques a través de las hojas, o bajar calladamente hasta la calle por el otro lado del establo y volver a mi vida normal. ¿Qué habría hecho usted?
—¡Ah, ése es el dilema! —replicó ella—. Pero siempre he sabido que lo primero es cuestionar la validez de la pregunta. Si yo me hubiera sobresaltado, no habría bajado calladamente hasta la calle, ni me habría precipitado ruidosamente en dirección al árbol y las lechugas. Me habría vuelto del revés como una media, para volverme más ligera, y me habría quedado flotando, hasta que la presión del aire exterior se hubiera estabilizado. Sólo entonces habría permitido que la cara interior de mi piel se asentara en el tejado, apoyando de uno en uno los dedos de los pies.
—¿Y entonces volvería a darle la vuelta a su piel? —preguntó él, entretenido.
—Dependería de quién estuviera allí y de lo que quisiera, y de que a mí me importara o no. También dependería del color que tenga el interior de mi piel. Como nunca me he vuelto del revés, no lo sé con certeza. Siempre he pensado que debe de ser horrible ser blanca y rosa como un cerdito.
—A menudo lo es —dijo Boq—, sobre todo en la ducha. Te sientes como si te faltara un golpe de horno… —Se interrumpió, porque el sinsentido se estaba volviendo demasiado personal—. Le ruego que me disculpe —dijo—. La he asustado y no era ésa mi intención.
—Supongo que estaría inspeccionando las copas de los árboles frutales, para ver los brotes nuevos. Era eso, ¿verdad? —preguntó ella, divertida.
—En efecto —respondió él con frialdad.
—¿Ha visto el árbol de sus sueños?
—El árbol de mis sueños pertenece a mis sueños y no hablo de él con mis amigos, ni con usted, a quien apenas conozco.
—¡Oh, pero si tú me conoces! Jugábamos juntos de niños, tú mismo me lo recordaste cuando coincidimos el año pasado. Prácticamente somos hermanos. Descríbeme a tu árbol favorito y yo te diré si crece por aquí.
—Se burla de mí, señorita Elphie.
—No era mi intención, Boq. —Insistió en el tratamiento más informal, como para subrayar su observación de que eran casi hermanos—. Sospecho que buscas noticias de Galinda, la chica gillikinesa que conociste en la carnicería poética de la señora Morrible, el otoño pasado.
—Quizá me conoces mejor de lo que yo creía —suspiró él—. ¿Puedo abrigar esperanzas de que piense en mí?
—Sí, podrías tener esperanzas —respondió Elphaba—, pero sería más eficaz preguntárselo a ella y acabar con el dilema. Al menos lo sabrías.
—Pero tú eres su amiga, ¿no? ¿Tú no lo sabes?
—No te conviene depender de lo que yo pueda saber o no —replicó Elphaba—, o de lo que afirme saber. Podría estar mintiendo. Podría estar enamorada de ti y traicionar a mi compañera de habitación, mintiéndote sobre ella…
—¿Es tu compañera de habitación?
—¿Te sorprende mucho?
—Bueno, no… Solamente… Solamente me alegro.
—Las cocineras se estarán preguntando qué conversaciones estaré teniendo ahora con los espárragos —dijo Elphaba—. Si quieres, podría traer aquí una noche a Galinda. Cuanto antes, mejor, para matar de manera más radical y completar tu alegría, si es eso lo que te espera —añadió—, porque, como ya te he dicho, no puedo saberlo. Si no soy capaz de predecir de qué será el pudín de la cena, ¿cómo voy a predecir los sentimientos de alguien?
Concertaron una cita para tres noches después y Boq le dio las gracias a Elphaba fervientemente, estrechándole la mano y sacudiéndola con tanta fuerza que las gafas le saltaron sobre el puente de la nariz.
—Sigues siendo mi vieja amiga Elphie, aunque haga quince años que no nos vemos —le dijo, renunciando definitivamente al tratamiento formal. La joven se retiró tras las ramas de los perales y se marchó por el sendero. Boq encontró el camino para salir del huerto y volver a su habitación y a sus libros, pero el problema no se había solucionado, no, nada de eso. Se había exacerbado. No podía concentrarse. Seguía despierto cuando oyó el ruidoso traqueteo, los susurros, los golpes y los sofocados cánticos de sus achispados amigos, cuando volvieron a Briscoe Hall.