EL NACIMIENTO DE UNA BRUJA
3
Ya casi había anochecido cuando Frex reunió coraje para entrar en el destartalado caserío de Rush Margins. Estaba sudando profusamente. Dio unos taconazos en el suelo, golpeó el aire con los puños y, en tono bronco y monótono, llamó:
—¡Venid, hombres de poca fe! ¡Congregaos mientras podáis, pues de cierto os digo que la tentación está en camino y os pondrá a dura prueba!
Las palabras eran arcaicas e incluso ridículas, pero funcionaron. Aparecieron por un lado los pescadores taciturnos, arrastrando sus redes vacías desde el muelle y, por otro, los agricultores de subsistencia, cuyas pedregosas parcelas habían dado muy pocos frutos durante el año de sequía. Incluso antes de que Frex empezara, todos parecían tan culpables como el pecado mismo.
Lo siguieron hasta los raquíticos peldaños del taller de reparación de canoas. Frex sabía que todos esperaban la llegada de ese inicuo reloj en cualquier momento; los rumores eran más contagiosos que la peste. Los reconvino por su sedienta expectación.
—¡Sois necios como los bebés que tienden las manitas para tocar las brasas! ¡Parecéis fruto de la simiente de un dragón, dispuestos a mamar de las tetas del fuego!
Eran viejas imprecaciones tomadas de las escrituras y esa noche sonaron un poco huecas. Frex, cansado, no estaba en uno de sus mejores momentos.
—Hermano Frexspar —dijo Bfee, el alcalde de Rush Margins—, ¿podrías moderar el tono de tu arenga hasta que tengamos ocasión de averiguar qué nueva forma asumirá la tentación?
—No tenéis temple para resistir nuevas formas —escupió Frex.
—¿Acaso no eres nuestro maestro desde hace años? —replicó Bfee—. ¡Nunca hemos tenido una oportunidad tan buena de ponernos a prueba contra el pecado! No vemos la hora… de enfrentarnos a esa prueba espiritual.
Los pescadores rieron y prorrumpieron en gritos sarcásticos, mientras Frex intensificaba su expresión de enojo, pero el sonido de unas ruedas desconocidas en las pedregosas rodadas del camino hizo que todos volvieran la cabeza y guardaran silencio. Frex había perdido la atención de su grey, antes incluso de empezar.
El reloj venía arrastrado por cuatro caballos y escoltado por el enano y su comitiva de jóvenes matones. Su amplio techo estaba coronado por el dragón. ¡Qué bestia! Por su pose, parecía listo para saltar, como si en su interior alentara de verdad la vida. El exterior de la caja estaba decorado con colores festivos y revestido de pan de oro. Cuando se acercó, los pescadores quedaron boquiabiertos.
Antes de que el enano anunciara la hora de la función y de que los jovencitos pudieran sacar las porras, Frex saltó al escalón más bajo del artefacto, un escenario cerrado con bisagras.
—¿Por qué lo llaman reloj a esta cosa? La única esfera de reloj que tiene es chata y gris, y se pierde entre un millar de detalles que distraen. Además, las manecillas no se mueven. ¡Mirad, comprobadlo con vuestros propios ojos! ¡Están pintadas, para que marquen siempre un minuto antes de la medianoche! Todo lo que veis aquí, amigos míos, es pura mecánica. Lo sé con certeza. Veréis maizales mecánicos madurando, lunas creciendo y menguando, y un volcán escupiendo un suave paño rojo, que lleva cosidas lentejuelas rojas y negras. Y con tantos engranajes, ¿por qué no colocar un par de manecillas móviles en la esfera del reloj? ¿Por qué no? Os lo pregunto, sí, te lo pregunto a ti, Gawnette, y a ti, Stoy, y a ti, Perippa. ¿Por qué no hay aquí un reloj de verdad?
Ni Gawnette, ni Stoy, ni Perippa lo estaban escuchando, ni tampoco los demás. Estaban demasiado ocupados, mirando con expectante anticipación.
—La respuesta, desde luego, es que este reloj no está hecho para medir el tiempo del mundo, sino el tiempo del alma. El tiempo de la redención y la condenación. Para el alma, cada instante es un minuto menos para el juicio final.
»¡Un minuto menos para el juicio final, amigos míos! Si murierais en los próximos sesenta segundos, ¿os gustaría pasar la eternidad en los sofocantes abismos reservados a los idólatras?
—¡Cuánto ruido hay en el pueblo esta noche! —dijo alguien en la sombra, y los demás se echaron a reír.
Por encima del clérigo, que se volvió para mirar, se había asomado por una puertecita la marioneta de un perrillo ladrador, de pelaje oscuro, con rizos tan apretados como los de Frex. El perro botaba movido por un muelle, y el timbre de sus ladridos era de una agudeza irritante. Las risas aumentaron. Había oscurecido aún más, y a Frex ya no le resultaba fácil distinguir quién reía y quién le gritaba que se hiciera a un lado y dejara ver.
Como se negaba a moverse, fue apartado sin ceremonias de su plataforma, como un fardo. El enano pronunció un poético discurso de bienvenida.
—Todas nuestras vidas son actividad sin sentido; nos metemos como ratas en la vida; como ratas correteamos por la vida, y al final nos arrojan en la tumba como a ratas. ¿Por qué no habríamos de oír de vez en cuando una voz profética o ver una función milagrosa? ¡Bajo el aparente fraude y la indignidad de nuestras vidas de ratas, todavía queda una humilde pauta, un sentido! ¡Acercaos, buena gente, y ved lo que un poco de conocimiento añadido puede presagiar sobre vuestras vidas! ¡El Dragón del Tiempo ve lo que hay antes, después y en el transcurso de estos años desgraciados que estáis viviendo! ¡Mirad lo que os enseña!
La gente empujó para adelantarse. Había salido la luna y su luz era como el ojo de un dios airado y vengativo.
—¡Soltadme, dejadme! —gritaba Frex.
Aquello era peor de lo que había previsto. Nunca había sido zarandeado por su propia congregación.
El reloj narró la historia de un hombre piadoso en público, de lanuda barba y apretados rizos oscuros, que predicaba sencillez, pobreza y generosidad, pero tenía un cofre de oro y esmeraldas… oculto en la abundante pechera de una irresoluta mujer, hija de la buena sociedad. El canalla fue atravesado con un largo espetón de hierro y servido sin la menor contemplación a su hambrienta parroquia, como «carne asada de ministro».
—¡Es una apelación a vuestros instintos más bajos! —gritó Frex, con los brazos cruzados y el rostro magenta de ira.
Pero ahora que la oscuridad era casi total, alguien se le acercó por detrás para hacerlo callar. Un brazo rodeó su cuello. Se volvió para averiguar qué maldito feligrés se tomaba tamaña libertad, pero todas las caras estaban ocultas por capuchas. Le propinaron un rodillazo en la entrepierna que lo hizo doblarse y dar con la cara en la tierra. Un pie lo golpeó directamente entre las nalgas y sus intestinos se aliviaron de su carga. Pero el resto del gentío no le prestaba atención. Estaba aullando de regocijo ante algún otro espectáculo montado por el Reloj del Dragón. Una mujer compasiva, con pañoleta de viuda, lo cogió por el brazo y se lo llevó de allí; él estaba demasiado sucio y dolorido como para enderezarse para ver quién era.
—Te pondré en la bodega de las patatas, debajo de una arpillera, ya lo creo que sí —canturreó la comadre—, porque tal como vienen dadas las cosas, esta noche saldrán por ti empuñando las horcas. Irán a buscarte a tu cabaña, pero no mirarán en mi bodega.
—Melena —graznó él—. La encontrarán…
—Habrá quien cuide de ella —dijo su vecina—. Las mujeres podemos con esto, creo yo.
* * *
En la cabaña del clérigo, Melena estaba a punto de perder el conocimiento, mientras ante sus ojos se enfocaba y desenfocaba la imagen de un par de comadres: una pescadera y una vieja medio paralítica, que se turnaban para palparle la frente, atisbar entre sus piernas y mirar de reojo las bonitas baratijas y los escasos tesoros que Melena había logrado traerse consigo de Colwen Grounds.
—Mastica esta pasta de hojas de pinlóbulo, anda, bonita. Te quedarás inconsciente antes de que te des cuenta —dijo la pescadera—. Ya verás cómo te relajas, te sale el bebé y por la mañana todo está bien.
Pensé que olerías a rosas y a rocío de la mañana, pero apestas lo mismo que todos nosotros. Sigue masticando, bonita, sigue masticando.
Al oír que llamaban a la puerta, la vieja, arrodillada, levantó la vista con gesto culpable del baúl que estaba revolviendo. Dejando que la tapa del baúl se cerrara ruidosamente, cerró los ojos y se puso en actitud de rezar.
—¡Adelante! —gritó.
Entró una doncella de piel tersa y mejillas sonrosadas.
—¡Ah, ya suponía que habría alguien con ella! —exclamó—. ¿Cómo está?
—Casi inconsciente, y el bebé, casi fuera —respondió la pescadera—. Una hora más, calculo.
—Bien, me han pedido que venga a avisaros de que los hombres están borrachos y andan merodeando. Los ha azuzado el dragón ese del reloj mágico, ya sabéis cuál, y ahora están buscando a Frex para matarlo. El reloj les ha dicho que lo hagan. Probablemente llegarán tambaleándose hasta aquí. Deberíamos llevarnos a su mujer a algún sitio seguro. ¿Será posible moverla?
«No, no es posible moverme —pensó Melena—, y si los campesinos encuentran a Frex, díganles que lo maten bien muerto en mi nombre, porque nunca había sentido un dolor tan espantoso que me hiciera ver la sangre detrás de los ojos. Matadlo por haberme hecho esto.»
Con esa idea en la cabeza, sonriendo en un instante de alivio, perdió la conciencia.
—¡Dejémosla aquí y huyamos! —dijo la doncella—. El reloj ha dicho que también la maten a ella y al pequeño dragón que está a punto de parir. No quisiera que me atraparan.
—Tenemos unas reputaciones que mantener —dijo la pescadera—. No podemos abandonar a la elegante damisela en mitad del parto. Me da igual lo que diga ningún reloj.
La vieja, que había vuelto a meter la cabeza en el baúl, dijo:
—¿Alguna interesada en encaje auténtico de Gillikin?
—Hay un carro de heno en el terreno del fondo, pero será mejor que lo hagamos ahora mismo —prosiguió la pescadera—. Ven, ayúdame a traerlo. Tú, vejestorio, saca la cara de entre la ropa de cama y ven a humedecer esta bonita frente sonrosada. ¡Vamos, en marcha!
Pocos minutos después, la vieja, la pescadera y la doncella iban arrastrando trabajosamente el carro por un sendero poco transitado, entre los husos y los heléchos del bosque otoñal. El viento se había vuelto más intenso y silbaba sobre las cimas sin árboles de los montes Cloth. Melena, repantigada entre unas mantas, empujaba y gemía en inconsciente dolor.
Oyeron pasar a una turba de borrachos con horcas y antorchas, y se quedaron mudas y aterrorizadas, escuchando las maldiciones proferidas con voz pastosa. Después apuraron el paso con mayor urgencia, hasta llegar a un bosquecillo envuelto en la niebla, en el límite de un cementerio para cadáveres sin consagrar. Dentro distinguieron los contornos borrosos del reloj, que el enano había dejado allí para mayor seguridad. No era ningún tonto; había supuesto que aquel rincón concreto del mundo era el último lugar que los asustadizos aldeanos habrían visitado esa noche.
—El enano y sus chicos también estaban bebiendo en la taberna —dijo la doncella, sin aliento—. ¡Aquí no hay nadie que pueda detenernos!
—¿Así que has estado espiando a los hombres por las ventanas de la taberna, pendón? —dijo la vieja, mientras empujaba la puerta de la parte trasera del reloj.
Encontró un pequeño espacio donde andar a gatas. Había péndulos colgando ominosamente en la penumbra. Grandes ruedas dentadas parecían preparadas para rebanar como salchichas a los intrusos.
—Venid, arrastradla hasta aquí dentro —dijo la vieja.
Con el alba, la noche de antorchas y niebla cedió el paso a grandes peñascos de nubes de tormenta y a los danzarines esqueletos del rayo. Brevemente aparecían jirones de cielo azul, pero a veces llovía con tanta fuerza que se hubiese dicho que caían gotas de fango y no de agua. Las comadronas, a gatas sobre manos y rodillas, sobresaliendo por la parte trasera del carretón del reloj, recibieron por fin su pequeña descarga y protegieron al bebé de los goterones del canalón.
—¡Mirad, un arco iris! —dijo la mayor, sacudiendo la cabeza adelante y atrás. Una enfermiza bufanda de luz coloreada colgaba del cielo.
Lo que vieron al desprender de la piel las membranas y la sangre, ¿sería una ilusión causada por la luz? Al fin y al cabo, después de la tormenta, la hierba parecía palpitar con un color propio y las rosas zumbaban y flotaban sobre sus tallos en insólita gloria. Pero incluso teniendo en cuenta esos efectos de la luz y la atmósfera, las comadronas no podían negar lo que veían. Bajo las babas de los fluidos maternos, el bebé relucía con un escandaloso matiz verde esmeralda claro.
No hubo gemido ni chillido alguno de rabia recién nacida. El bebé abrió la boca, respiró y guardó silencio.
—¡Chilla, demonio! —dijo la vieja—. ¡Es tu primer trabajo!
El bebé rehuía sus obligaciones.
—Otro niño tozudo —suspiró la pescadera—. ¿Lo matamos?
—No seas tan mala con la criatura —replicó la vieja—; es una niña.
—¡Ja! —dijo la doncella de ojos turbios—. Mirad mejor, ahí está bien visible la veleta.
Estuvieron un minuto sin ponerse de acuerdo, incluso con la criatura desnuda delante. Sólo después de una segunda y una tercera limpieza, quedó claro que el bebé era efectivamente de sexo femenino. Quizá durante el parto algún trocito de efluvio orgánico quedara atrapado en su hendidura y se secara rápidamente. Una vez frotada con un paño, se observó que estaba hermosamente formada, con una elegante cabeza alargada, bracitos vueltos hacia afuera, bonitas nalgas respingonas que invitaban al pellizco, graciosos deditos y diminutas uñas rascadoras.
Y con un tono incuestionablemente verde en el semblante. Tenía un rubor asalmonado en las mejillas y el vientre, un matiz beige alrededor de los párpados apretados y una franja parda en el cuero cabelludo, que revelaba las líneas del cabello futuro. Pero el efecto predominante era vegetal.
—¡Mirad el pago a nuestros esfuerzos! —dijo la doncella—. Un trocito de mantequilla verde. ¿Por qué no la matamos? Ya sabéis lo que dirá la gente.
—Yo creo que está podrida —dijo la pescadera, mientras miraba si no tendría la raíz de un rabo, al tiempo que le contaba los dedos de las manos y de los pies—. Huele a estiércol.
—¡Es que es estiércol lo que estás oliendo, idiota! ¡Te has agachado sobre una plasta de vaca!
—Es un bebé enfermizo y débil, de ahí el color. Arrojémoslo a la charca, ahoguémoslo. Ella nunca lo sabrá. Tardará horas en salir de su desmayo de damisela elegante.
Las tres se echaron a reír, mientras acunaban a la niña en el hueco del brazo, pasándosela de una a otra, para comprobar su peso y su equilibrio. Matarla era lo más piadoso. El problema era cómo.
De pronto, la criatura bostezó, y la pescadera, sin pensarlo, le dio el dedo para que lo chupara, pero la niña se lo cortó de un mordisco, a la altura de la segunda falange. Casi se ahoga con el chorro de sangre. El dedo cayó de su boca al fango, como un carrete de hilo. Las mujeres entraron rápidamente en acción. La pescadera se abalanzó sobre la niña para estrangularla, pero la vieja y la doncella se interpusieron en su defensa. El dedo fue recuperado del lodazal y guardado en el bolsillo de un delantal, posiblemente para volver a coserlo en la mano que lo había perdido.
—Es un gallo de pelea, que acaba de averiguar que no tiene espolón —chilló la doncella, cayendo al suelo de risa—. ¡Oh, pobre del primer chiquillo estúpido que trate de divertirse con ella! ¡Le arrancará el tallo tierno, para quedárselo de recuerdo!
Las comadronas volvieron a entrar a gatas en el reloj y dejaron caer a la criatura sobre el pecho de su madre, temerosas de considerar el asesinato piadoso, por miedo a lo que el bebé les pudiera arrancar.
—Quizá le desmoche una teta a la madre; será la manera de que Su Frágil Majestad vuelva en sí —masculló la vieja—. Pero ¿qué niña es ésta, que bebe sangre antes de probar la leche materna?
Dejaron cerca un pucherito con agua y, resguardándose de la siguiente ráfaga de viento, se alejaron chapoteando, en busca de sus hijos, maridos y hermanos, para regañarlos y apalearlos si era posible, o sepultarlos si no lo era.
En la penumbra, la niña levantó la vista para mirar los aceitados y regulares engranajes del reloj del tiempo.