47

Dormía de día en los rincones sombríos de los establos, sobre los aleros o junto a la cara oculta de las chimeneas, y viajaba por la noche. Abajo, en la oscuridad, se extendía Oz —ella volaba a unos veinticinco metros de altura, según sus cálculos—, y el paisaje efectuaba sus transformaciones geográficas con la facilidad con que cambian los fondos de escenario en un vodevil. Lo más difícil fue superar las abruptas pendientes de los Grandes Kells. Pero cuando dejó atrás las montañas, vio a Oz nivelarse en la fértil llanura aluvial del río Gillikin.

Volando sobre barcos mercantes e islas, siguió el curso del Gillikin hasta su desembocadura en Restwater, el lago más extenso de Oz. Se mantuvo sobre su orilla meridional y tardó toda una noche en atravesarlo, viendo cómo sus aceitadas olas, negras y sedosas, besaban incesantemente los cañizares y los pantanos. Le costó localizar la boca del río Munchkin, que vertía sus aguas en Restwater procedente del este; pero cuando lo consiguió, le resultó muy fácil encontrar el camino de Baldosas Amarillas. Más allá, el campo parecía aún más verde. Los efectos de la sequía, tan drásticos en su infancia, habían sido erradicados, y ahora las granjas lecheras y las pequeñas aldeas parecían prosperar con una felicidad de pueblecitos de juguete, bonitas y acogedoras en el ondulado país de suelo fértil y clima benigno.

Sin embargo, cuanto más avanzaba hacia el este, peor era el estado del camino. Había baldosas arrancadas con palancas de hierro, árboles talados y empalizadas interpuestas. Parecía como si algunos de los puentes menores hubiesen sido dinamitados. ¿Serían medidas de protección para prevenir las represalias del ejército del Mago?

Siete días después de partir de sus habitaciones en Kiamo Ko, Elphaba entró volando en el caserío de Colwen Grounds y se echó a dormir bajo un verde laurel. Cuando despertó, preguntó a un mercader por dónde se iba a la mansión, y el hombre, temblando como si se le hubiera aparecido un demonio, le señaló el camino. Tras comprobar que su piel verde seguía atemorizando a los munchkins, Elphaba recorrió andando los últimos dos o tres kilómetros y llegó a los portones de la mansión de Colwen Grounds, poco después de la hora del desayuno.

Había oído a su madre hablar de Colwen Grounds con melancolía y enfado, mientras chapoteaban con botas de goma en quince centímetros de agua, en los cenagales del País de los Quadlings. Los años transcurridos en la arrogante antigüedad de Shiz y la pompa de la Ciudad Esmeralda deberían haberla preparado suficientemente para el grandioso palacete. Pero quedó sorprendida y hasta escandalizada ante la majestuosidad de Colwen Grounds.

Los portones eran dorados, la explanada delantera estaba meticulosamente limpia de todo rastro de hierba o estiércol, y una fila de arbustos ornamentales podados con la forma de diversos santos, metidos en tiestos de barro cocido, se alineaba en el balcón que discurría sobre la puerta delantera. Dignatarios con insignias que denotaban prestigio y nuevos rangos en el Estado Libre de los Munchkins —según supuso Elphaba— formaban pequeños grupos a un lado de la puerta. Con tazas de café en la mano, parecían estar saliendo de una madrugadora reunión del consejo privado de la soberana. Superados los portones, unos guardias armados con espadas le cerraron el paso. Elphaba comenzó a protestar (se daba cuenta de que había sido catalogada instantáneamente como una lunática peligrosa), y estaba a punto de ser expulsada cuando una figura salió de detrás de un ornamento arquitectónico y ordenó a los guardias que la soltaran.

—¡Fabala! —dijo.

—Sí, papá, estoy aquí —respondió ella, con la cortesía de una niña.

Se volvió. Los dignatarios interrumpieron sus conversaciones pero en seguida las reanudaron, como comprendiendo que prestar oídos a lo dicho en el reencuentro habría sido el colmo de la grosería. Los guardias retiraron la barrera cuando Frex se acercó. El anciano tenía el pelo largo y fino, y lo llevaba recogido con un artefacto de cuero sin curtir, como siempre había sido su costumbre. Su barba era del color de la nata y, cuando abrió las manos y la soltó, le llegó hasta la cintura.

—Ésta es la hermana de Su Eminencia del Este —dijo Frex, mirando fijamente a Elphaba— y mi hija mayor. Dejadla pasar, queridos soldados, ahora y siempre que venga a esta casa.

Tendió la mano para coger la suya y ladeó la cabeza, como habría hecho un pájaro, para contemplarla con el ojo bueno. El otro, como ella pudo apreciar, estaba muerto.

—Ven, nos saludaremos en privado, lejos de tanta atención —dijo Frex—. ¡Es increíble, Fabala! ¡En todos estos años te has vuelto la viva imagen de tu madre!

El anciano la cogió del brazo y los dos entraron en la casa por una puerta lateral y se dirigieron a un pequeño salón acondicionado con sedas de color azafrán y cojines de terciopelo color ciruela. La puerta se cerró tras ellos. Trabajosamente, Frex se dejó caer en el sofá y palmoteo el tapizado a su lado para que ella se sentara. Así lo hizo Elphaba, cautelosa, cansada y sorprendida de la riqueza de sentimientos que experimentaba por el anciano. Lo necesitaba. «Pero eres una mujer adulta», se recordó a sí misma.

—Sabía que vendrías si te escribía, Fabala —dijo él—. Siempre lo supe —añadió, rodeándola rígidamente con sus brazos—. Creo que voy a llorar un momento.

Cuando hubo terminado, le preguntó a su hija dónde había ido, lo que había hecho y por qué no había vuelto.

—No estaba segura de tener un sitio adonde regresar —respondió ella, comprendiendo la verdad de lo que decía mientras lo estaba diciendo—. Cuando terminabas de convertir a un pueblo, papá, te ibas en busca de nuevos horizontes. Tu hogar estaba en los campos donde pastaban las almas; el mío, no, nunca. Además, yo tenía mi propio trabajo que hacer. —Se interrumpió un momento—. O eso creía —añadió después, en voz más baja.

Mencionó sus años en la Ciudad Esmeralda, pero no dijo por qué.

—¿Estaba Nana en lo cierto? ¿Eras mónaca? Yo no te he criado para la sumisión —dijo—. Estoy sorprendido. Tanta resignación y obediencia…

—No era más mónaca de lo que he sido unionista —replicó en amable tono burlón—, pero vivía con las mónacas. Hacían un buen trabajo, más allá de lo equivocadas o inspiradas que fueran sus creencias. Fue una época de recuperación, una difícil transición. Después, el año pasado, me fui al Vinkus, y supongo que ahora tengo allí mi hogar, aunque no sé decir por cuánto tiempo.

—¿Y qué haces? —dijo él—. ¿Estás casada?

—Soy una bruja —respondió ella.

Él se estremeció y fijó en ella la mirada del ojo bueno, para ver si hablaba en serio.

—Háblame de Nessie antes de que la vea, y de Caparazón —pidió Elphie—. Tu carta daba a entender que mi hermana necesita ayuda. Haré lo que pueda durante mi breve estancia aquí.

El anciano le habló del ascenso de su hermana a la dignidad de Eminencia y de la secesión consumada la primavera anterior.

—Sí, eso ya lo sé, pero no conozco los motivos —dijo ella, inquisitiva.

Entonces él le habló del incendio de una granja donde se celebraban reuniones de la oposición y de la violación de dos doncellas munchkins tras una fiesta organizada por las tropas del Mago acuarteladas en Dragón Cupboard. Mencionó la matanza de Far Applerue y los pesados impuestos que gravaban las cosechas.

—La gota que colmó el vaso —añadió él—, o al menos así lo vio Nessie, fue el torpe expolio por parte de los soldados del Mago de las sencillas casas de oración que había en el campo.

—Una gota bastante extraña —dijo Elphaba—. ¿Acaso no hay tanta santidad en el fondo de una mina de carbón como en una casa de oración? ¿No es eso lo que dicen las enseñanzas?

—Bueno, las enseñanzas… —Frex se encogió de hombros. Todas esas sutilezas ya lo superaban—. Nessie se puso furiosa, su ira se contagió y, antes de que ella misma pudiera darse cuenta, la chispa había saltado y se había encendido la yesca. Una semana después de enviarle una carta enfurecida al mismísimo Mago Emperador (un peligroso acto de sedición), la fiebre revolucionaria había cuajado a su alrededor. Ocurrió aquí mismo, en la explanada delantera de Colwen Grounds. Fue espléndido, y cualquiera habría adivinado que Nessie estaba preparada para la traición. Se dirigió a los jefes de las comunidades agrícolas de los alrededores y de más lejos. Como tuvo la sensatez de no hacer hincapié en sus inquietudes religiosas, su llamamiento para que la apoyaran recibió una respuesta arrolladora. La secesión fue aprobada por unanimidad.

Elphaba observó con sorpresa que su padre, con la edad, se había vuelto pragmático.

—Pero ¿cómo conseguiste burlar las patrullas fronterizas? —preguntó el anciano—. La situación está cada vez más… caliente, como dicen.

—Atravesé los controles volando, como un negro pajarito nocturno —respondió ella con una sonrisa, mientras tocaba la mano de su padre, que presentaba un aspecto glaseado con motas rosas, como una langosta lacustre después de cocerla—. Pero lo que no entiendo, papá, es por qué me has llamado. ¿Qué esperas que haga yo?

—Había pensado que podrías compartir con tu hermana su autoridad —dijo, con la ingenua esperanza de alguien cuya familia lleva demasiado tiempo separada—. Sé quién eres, Fabala. Dudo de que hayas cambiado mucho con los años. Conozco tu astucia y tu convicción. También sé que Nessie está a merced de sus voces religiosas y que podría tener un desliz y deshacer todo lo bueno que está contribuyendo a crear ahora, como una de las figuras centrales de la resistencia. Si eso ocurre, las cosas no irán bien para ella.

«Entonces, me quiere como cabeza de turco —pensó Elphaba—, quiere que sea la primera línea de defensa.» Su satisfacción se evaporó.

—Ni tampoco irán bien las cosas para ellos, sus entusiastas seguidores —dijo Frex, haciendo un vago gesto con la mano que abarcaba todo el País de los Munchkins. Su expresión se derrumbó (también la sonrisa le costaba un esfuerzo, pensó Elphaba fríamente) y sus hombros cayeron—. Hace más de una generación que esos granjeros viven bajo la benévola dictadura de ese canalla, nuestro Glorioso Mago (¡oh, hasta a mise me olvida que ahora vivimos en el Estado Libre de los Munchkins!), y estoy seguro de que subestiman la magnitud de las represalias finales. De hecho, Caparazón sabe de fuentes fidedignas que hay enormes reservas de cereales en la Ciudad Esmeralda y que durante cierto tiempo no será necesario que nos invadan. Aparte del envío de algunas divisiones de soldados a la frontera y del encarcelamiento de unos cuantos agitadores borrachos, por el momento la secesión está resultando particularmente apacible. Nos están engañando para que pensemos que estamos a salvo. Creo que también Nessie está cayendo en el engaño. Pero tú… Siempre he pensado que tú eres más lúcida. Tú puedes ayudarla a prepararse, puedes aportarle equilibrio y ofrecerle apoyo.

—Siempre lo he hecho, papá —repuso ella—. Cuando éramos niñas y en la universidad. Pero me han contado que ahora se vale por sí misma.

—Te han hablado de mis preciosos zapatos —dijo él—. Se los compré a una vieja decrépita y los arreglé con mis propias manos para Nessie, con las técnicas de vidriero y metalúrgico que Corazón de Tortuga me enseñó hace mucho tiempo. Los adorné para darle una sensación de belleza, pero no sospechaba que estuvieran hechizados por otra persona. Tampoco lo lamento, pero ahora Nessa cree que ya no necesita a nadie para mantenerse en pie, ni para ayudarla a gobernar. Escucha menos que nunca. Creo que en ciertos aspectos esos zapatos son peligrosos.

—¡Ojalá los hubieras hecho para mí, papá! —dijo ella con voz serena.

—Tú no los necesitabas. Tenías tu voz, tu fuerza, e incluso tu crueldad como protección.

—¡Mi crueldad! —exclamó ella, retrocediendo.

—¡Oh, eras una criatura diabólica! —dijo Frex—. Pero los niños cambian cuando crecen. Eras el terror de todos cuando empezaste a mezclarte con otros niños. Sólo te calmaste cuando comenzamos a viajar y tenías que llevar al bebé en brazos. Fue Nessarose quien te domesticó, ¿sabes? Tienes que agradecérselo a ella, que ha sido una bendición y ha estado llena de santidad desde el día de su nacimiento. Incluso siendo un bebé, consiguió mitigar tu salvajismo con sólo ser una criatura tan evidentemente necesitada. Supongo que no recuerdas nada de eso.

Elphie no era capaz de recordar, ni de pensar en nada de eso. Incluso la idea de ser cruel se le escapaba. En cambio, estaba intentando sentir aprecio por su padre, pese al desánimo de ver que le ordenaba una vez más que hiciera de lugarteniente de su hermana, que otra vez estuviera al servicio de la querida y necesitada Nessarose. Decidió concentrarse en la preocupación de su padre por los ciudadanos del País de los Munchkins. El anciano seguía teniendo sensibilidad pastoral. Aunque rechazaba su teología, lo adoraba por su entrega.

—Algún día querré que me hables un poco más de Corazón de Tortuga —dijo en tono ligero—, pero supongo que ahora debería ir a saludar a mi hermana. Te prometo que pensaré en lo que me has dicho, papá. No puedo imaginarme formando parte de una troika de gobierno, con Nessarose y tú, o de una junta gubernamental, si Caparazón también participa. Pero de momento no me pronunciaré. Y a propósito de Caparazón, papá, ¿cómo está?

—Detrás de las líneas enemigas, dicen —respondió Frex, mientras ella se incorporaba para marcharse—. Es un muchacho muy temerario y estará entre los primeros en caer, cuando esto empiece de verdad. Se parece a ti en algunos aspectos.

—¿Se ha vuelto verde?

—Es obstinado como las manchas del pecado —contestó.

* * *

Nessarose estaba encerrada en una sala del piso de arriba, sumida en su meditación matinal. Frex se aseguró de que Elphaba gozara de completa libertad para recorrer la casa y la finca. Después de todo, en otra configuración de las circunstancias, podría haber sido (o aún podía ser) la Eminente Thropp, la Eminencia del Este, la máxima autoridad del Estado Libre de los Munchkins. Frex vio cómo su verde hija se alejaba por los pasillos de mármol, arrastrando tras de sí la escoba como una limpiadora, entre dorados ornamentos, cortinajes de damasco, flores frescas, sirvientes en librea y antiguos retratos. Sintió, como siempre, una punzada de dolor en lo profundo del pecho, por los errores ocultos e incognoscibles que había cometido en su educación. Pero se alegraba de que por fin hubiera llegado.

Elphaba encontró el camino hasta una capilla privada, al final de un pasillo de lustrosa caoba. Más que antigua, era barroca, y estaba a mitad de una reforma. Nessarose debería haber ordenado que encalaran los frescos, quizá porque las exuberantes imágenes podían distraer a los fieles de sus meditaciones. Elphie se sentó en un banco lateral, entre cubos de cal, pinceles y escaleras de mano. Ni siquiera fingió rezar, aunque se sentía muy incómoda por toda la situación. Para concentrar la mente, fijó deliberadamente la mirada en una gran sección de pared, donde aún se veían las imágenes, entre ellas, varias rotundas criaturas angélicas, que levitaban gracias a sus voluminosas alas. Observó que sus prendas de vestir habían sido modificadas, para adaptarlas a la irregularidad anatómica. Aunque las criaturas eran matronas de generosas curvas, las alas no presentaban abultadas arterias, ni parecía que fueran a romperse. El artista había calculado la longitud y el ancho de ala óptimos para mantener en el aire a unas orondas señoras. La fórmula parecía ser el triple del largo del brazo para la longitud del ala, con algunas correcciones atendiendo a la corpulencia. Si era posible acceder a la Otra Tierra batiendo las alas, Elphaba se preguntó si también sería posible llegar con la escoba. Entonces notó que debía de estar muy cansada, porque normalmente habría cortado de raíz toda especulación absurda sobre cualquier tontería unionista, como la Otra Vida, el Más Allá o la Otra Tierra.

«Debería recordar mis lecciones de aquel curso de ciencias de la vida —pensó—, todas las devastadoras fronteras del conocimiento que el doctor Dillamond estaba a punto de atravesar. Casi conseguí entender un poco de todo aquello. Podría coserle unas alas a Chistery para que venga a volar conmigo. ¡Qué gracioso!»

Se incorporó y fue a buscar a su hermana.

* * *

Nessarose se sorprendió menos de ver a Elphaba de lo que ésta habría esperado, quizá —pensó Elphie— porque Nessa se había habituado a ser el centro de atención. Sin embargo, siempre había sido el centro de atención.

—¡Elphie, querida! —dijo Nessarose, levantando la vista de un par de libros idénticos que algún asistente le había puesto sobre la mesa, uno junto a otro, para que pudiera leer cuatro páginas seguidas, sin tener que pedir ayuda para pasar la página—. Dame un beso.

—Oh, sí, desde luego —dijo Elphie, dándoselo—. ¿Cómo estás, Nessie? Tienes buen aspecto.

Nessarose se puso en pie, con sus preciosos zapatos y una sonrisa radiante.

—La gracia del Dios Innominado me da fuerzas, como siempre —declaró.

Pero Elphaba se sentía inmune a la irritación.

—Has ascendido —dijo—, y no sólo porque eres capaz de ponerte de pie. La Historia te ha asignado un papel y tú lo has aceptado. Estoy orgullosa de ti.

—No me hace falta tu orgullo —replicó Nessarose—, pero gracias de todos modos, querida. Pensé que probablemente vendrías. ¿Te ha arrastrado padre hasta aquí para que me cuides?

—Nadie me ha arrastrado, pero es cierto que papá me escribió.

—¡Tantos años solitarios y, finalmente, la agitación política te saca a la luz! ¿Dónde estabas?

—Por ahí.

—Pensamos que habías muerto, ya sabes —dijo Nessarose—. Ponme ese chal por los hombros y sujétalo con un broche, por favor, así no tendré que llamar a la doncella. Me refiero a los días tan terribles que pasé cuando me dejaste sola en Shiz. Todavía estoy furiosa contigo por eso, acabo de recordarlo.

Arqueó el labio en una graciosa mueca y Elphaba se alegró de que al menos conservara un residuo de sentido del humor.

—Éramos jóvenes entonces y quizá yo estaba equivocada —dijo Elphie—. En cualquier caso, el daño que te haya podido causar no ha sido permanente. Al menos, no se nota.

—Tuve que aguantar yo sola a la señora Morrible durante dos años más. Glinda me sirvió de ayuda por un tiempo, pero después se graduó y se marchó. Nana fue mi salvación, pero ya era vieja incluso entonces. Últimamente se ha ido a vivir contigo, ¿no? Pues bien, en aquella época, yo me sentía terriblemente sola. Únicamente mi fe me dio fuerzas para continuar.

—Bueno, para eso sirve la fe —señaló Elphie—, si la tienes.

—Hablas como alguien que aún vive en las tinieblas de la duda.

—A decir verdad, creo que tenemos cosas más importantes que tratar además del estado de mi alma o de su ausencia. Tienes una revolución entre manos (¡oh, perdón, creo que he perdido el hábito de hablar contigo!), y eres la comandante en jefe. ¡Enhorabuena!

—¡Oh, sí, esos fastidiosos acontecimientos del mundo, que no hacen más que distraerme! —se lamentó Nessarose—. ¡Mira, están preciosos los jardines! Vamos a dar un paseo y respiremos un poco de aire fresco. Se te están poniendo verdes las agallas…

—De acuerdo, me lo merecía…

—… y tenemos tiempo de sobra para hablar de asuntos diplomáticos. Tengo una reunión dentro de un rato, pero hay tiempo para un paseo. Tienes que conocer este lugar. Déjame que te lo enseñe.