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Ya era la hora del almuerzo cuando los skarks y el carromato iniciaron el difícil ascenso final que conducía hasta la reja del castillo y sus puertas de roble y jaspe. La gente del pueblo salió de sus casuchas y se apoyó con todo su peso contra el carromato, para ayudarlo a superar las rodadas de barro y hielo, hasta que por fin alcanzó el puente levadizo y pudo atravesarlo. Elphaba, tan picada por la curiosidad como los demás, estaba de pie junto a la Princesa Viuda de los Arjikis y sus hermanas, en un parapeto sobre la puerta delantera toscamente labrada. Los niños esperaban abajo, en el patio empedrado, todos excepto Liir.

El jefe de la caravana, un joven de aspecto recio, hizo una levísima reverencia en señal de respeto a Sarima, mientras los skarks defecaban pesadamente en el empedrado, para deleite de los niños, que nunca habían visto estiércol de skark. Después, el jefe se dirigió al carromato, abrió la puerta y subió. Su voz sonaba a un volumen muy alto, como para hacerse oír por alguien duro de oído.

Esperaron. El cielo era de un azul punzante, casi primaveral, y los carámbanos colgaban de los aleros como peligrosas dagas, fundiéndose a marchas forzadas. Las hermanas escondieron la barriga, lamentando haber tomado aquel último trozo de pan de jengibre y las tazas de café con nata y miel, y prometieron enmendarse. ¡Por favor, dulce Lurlina, que sea un hombre!

El jefe de la caravana volvió a salir y tendió una mano para ayudar al pasajero a bajar del carromato. Era una vieja de articulaciones chirriantes, con una triste falda oscura y un gorrito espantosamente anticuado, incluso para el gusto provinciano.

Pero Elphaba se había inclinado hacia adelante y hendía el aire con su afilada barbilla y su nariz de hacha, olfateando como un animal. La visitante se volvió y el sol le iluminó la cara.

—¡Por la gloria eterna! —exclamó Elphie, casi sin aliento—. ¡Si es mi vieja Nana!

Y abandonó el parapeto para correr a abrazar a la anciana.

—¡Tiene sentimientos humanos! ¿Lo habéis visto? —dijo Cuatro desdeñosamente—. No la habría creído capaz.

De hecho, la Tiíta Invitada estaba sollozando de alegría.

* * *

El jefe de la caravana no quiso quedarse a comer, pero era evidente que Nana, con sus maletas y sus baúles, no tenía intención de seguir el viaje. Se instaló en una pequeña habitación mohosa, justo debajo de la de Elphaba, y dedicó el tiempo interminable que dedican las ancianas a lavarse y arreglarse. Cuando estuvo preparada para hacer vida social, la cena estaba lista. Una gallina vieja medio salvaje, más correosa que suculenta, yacía en una floja salsa de pimienta, servida en una de las bandejas buenas de plata. Los niños lucían sus mejores galas y por una vez se les permitió cenar en el comedor de las grandes ocasiones. Nana entró del brazo de Elphaba y se sentó a su derecha. Como se trataba de una visita para Elphie, las hermanas habían colocado amablemente el aro de su servilleta en el extremo opuesto a la cabecera de la mesa, frente a Sarima, una plaza que habitualmente se dejaba vacante en memoria del pobre difunto Fiyero. Fue un gran error, como muy pronto advertirían, porque Elphaba nunca renunciaría a la nueva posición. Pero por el momento todo eran sonrisas y amable hospitalidad. La única pequeña molestia (al margen de que Nana no fuera un joven príncipe heredero en busca de esposa) era que Liir aún persistía en su campaña de hosca desaparición. Los niños no sabían dónde estaba.

Nana era una anciana cansada y extravagante, con la piel agrietada como jabón seco, el pelo fino y las manos de un blanco amarillento, con venas tan prominentes como las cuerdas en torno a un buen queso de cabra arjiki. Respirando ruidosamente y haciendo numerosas pausas para recuperar el aliento y reflexionar, contó que en la Ciudad Esmeralda, a través de alguien llamado Crope, se había enterado de que Elphaba, su antigua protegida, había estado cuidando a Tibbett en su agonía, en el convento de Santa Glinda, en las afueras de la capital. Hacía muchos años que nadie de la familia tenía noticias de Elphaba, y Nana había decidido hacerse cargo de su búsqueda. Al principio las mónacas no habían querido decirle nada, pero Nana había insistido y al final había tenido que esperar a que hubiera una nueva caravana lista para partir. Las mónacas le hablaron de la misión de Elphaba en Kiamo Ko y Nana reservó plaza en una caravana que partía en primavera. Y allí estaba.

—¿Y qué nos puede contar del mundo? —preguntó Dos ansiosamente. Ya se contarían ellas los chismes familiares cuando estuvieran solas.

—¿A qué se refiere? —replicó Nana.

—¡La política, la ciencia, la moda, las artes, la vanguardia! —canturreó Dos.

—Bueno, nuestro formidable Mago se ha hecho coronar emperador —señaló Nana—. ¿Lo sabían?

No lo habían oído.

—¿Con qué autoridad? —preguntó Cinco en tono burlón—. ¿Y emperador de qué?

—No hay nadie que tenga más autoridad que él, según él mismo ha dicho —declaró Nana con calma—, ¿y quién podría discutírselo? Todos los años reparte títulos a diestro y siniestro, sólo que esta vez el agraciado ha sido él. En cuanto a emperador de qué, no sabría decirle. Hay quien dice que el título implica intenciones expansionistas. Pero no sé hacia adonde podría expandirse, sinceramente, no lo sé. ¿Hacia el desierto? ¿O más allá, hasta Quox, o Ix, o tal vez Fliaan?

—¿Tendrá pensado controlar mejor algunos territorios que ahora domina sólo nominalmente? —dijo Elphaba—. Como el Vinkus.

Sintió un escalofrío, como una vieja herida por debajo del esternón.

—Nadie está particularmente feliz —dijo Nana—. Se ha decretado el reclutamiento forzoso y la Fuerza Galerna amenaza con superar en número al Ejército Real. No se sabe si habrá una lucha interna por el poder, y el Mago se está preparando contra un eventual golpe de Estado. ¿Cómo vamos a tener nosotras una opinión al respecto? ¿Siendo mujeres y viejas como somos?

Sonrió, para incluirlas a todas. Las hermanas y Sarima le devolvieron la mirada más desdeñosa y juvenil que pudieron conjurar.