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Después se habló mucho de lo que la gente creyó que había sido. El ruido pareció venir a la vez de todas las esquinas del cielo.

Los periodistas, armados con el diccionario de sinónimos y las escrituras apocalípticas, hicieron torpes intentos de explicarlo, pero no lo consiguieron: «Una honda delicuescencia de aire trastornado y canalizado…», «Un volcán de lo invisible, oscuramente interpretado…».

Para los practicantes de la fe del placer con inclinaciones tiktokistas, fue el sonido de mecanismos de relojería que desplegaron sus resortes y funcionaron a una velocidad de vértigo. Fue la liberación de la energía vengativa.

Para los esencialistas, fue como si de pronto el mundo se hubiera sentido demasiado abarrotado de vida y las células hubieran empezado a estallar por miles de millones, las moléculas se hubieran disgregado hasta su aniquilación y los átomos hubieran empezado a agitarse en sus envoltorios con una fuerza devastadora.

Para los supersticiosos, fue el colapso del tiempo. Fue la exudación de los males del universo en un solo músculo crepuscular, concentrado en apuñalar al mundo hasta el fondo de una vez para siempre.

Para los religiosos más tradicionalistas, fue una guerra relámpago conducida por un ejército de ángeles vengadores, el espeluznante nombre del Dios Innominado resonando por fin —¡sorpresa!— y la evaporación de toda esperanza de misericordia.

Unos pocos quisieron pensar que eran escuadrones de dragones volando sobre sus cabezas, adiestrados para el ataque, rompiendo los amarres del cielo con el arrastre de sus alas trífidas.

En la estela de destrucción que causó, nadie tuvo la arrogancia, ni el coraje (ni tampoco la experiencia previa) de proclamar que conocía la naturaleza del acto terrorista: una columna de viento retorcida en trenzado vórtice.

En pocas palabras, un tornado.

* * *

Se perdieron las vidas de muchos munchkins, así como kilómetros cuadrados de suelo fértil tras cientos de años de cultivos. Las movedizas dunas del desierto oriental sepultaron varias aldeas sin dejar rastro y no hubo supervivientes que contaran la historia de su padecimiento. Girando sobre sí mismo como un objeto de pesadilla, el embudo de viento ingresó en Oz a cincuenta kilómetros al norte de Stonespar End y maniobró delicadamente en torno a Colwen Grounds, sin mover un pétalo de rosa ni arrancar una espina. El tornado seccionó el Gran Granero, devastando el fundamento de la economía del país rebelde, y finalmente se disipó, como a propósito, no sólo en el extremo oriental del camino de Baldosas Amarillas, mayormente abandonado, sino en el lugar preciso (el caserío de Center Munch) donde, a las puertas de una capilla local, Nessarose estaba entregando premios por asistencia perfecta a unas clases de educación religiosa. La tormenta le dejó caer una casa encima.

Todos los niños sobrevivieron para rezar por el alma de Nessarose en el servicio religioso celebrado a continuación. Nunca la asistencia había sido tan perfecta.

Naturalmente, el desastre inspiró numerosos chistes. «No puedes esconderte del destino —decían algunos—. Ni siquiera en casa estás a salvo.» «¡Cómo era esa Nessarose! Estaba pronunciando un discurso tan apasionante sobre clases de religión que la casa se vino abajo!» «Todos tenemos que crecer y marcharnos de casa, ¡pero a veces la casa se enfada y te persigue!» «¿Qué diferencia hay entre una estrella fugaz y una casa que cae? Que la estrella te concede un-de… seo y la casa te hunde… en el suelo.» «¿Qué cosa es grande, espesa, hace temblar la tierra y quiere aprovecharse de ti? No lo sé, pero me la podrías presentar.»

Nunca se había visto en Oz una vorágine semejante. Varios grupos terroristas la reivindicaron, especialmente cuando se supo la noticia de que la Malvada Bruja del Este (o la Eminente Thropp, dependiendo de las tendencias políticas de cada uno) había perecido. Al principio no todos entendieron que la casa transportaba pasajeros. La mera presencia de una casa de diseño exótico, aterrizada casi intacta en un estrado preparado para recibir a unos dignatarios, ya exigía un esfuerzo monumental de credulidad. Que además unas criaturas hubieran sobrevivido a la caída era manifiestamente increíble, o bien un claro indicio de que la mano del Dios Innominado había intervenido en el suceso. Como era de esperar, varios ciegos gritaron de pronto «¡Puedo ver!», un Cerdo cojo se irguió sobre las patas traseras y bailó una polca, aunque en seguida se lo llevaron, y cosas así. Sólo por haber sobrevivido, la forastera —que se hacía llamar Dorothy— fue elevada a los altares de la santidad. El perrito era simplemente un fastidio.