10
Cuando al día siguiente llegó Ama Clutch, con el pie vendado hasta triplicar su tamaño natural, Elphaba ya había deshecho su escaso equipaje. Sus pobres pertenencias colgaban como harapos de los ganchos del armario: batas informes vergonzosamente arrinconadas por las amplias enaguas, las blusas almidonadas, las hombreras generosas y las coderas almohadilladas del vestuario de Galinda.
—Me alegro de ser también tu ama; no me importa en absoluto —dijo Ama Clutch, dirigiéndole a Elphaba una amplia sonrisa, antes de que Galinda se la llevara aparte para pedirle que se negara.
—Piensa que mi padre te paga para que seas «mi» ama —le dijo Galinda con intencionado énfasis.
Ama Clutch le respondió:
—No tanto, chiquitina, no tanto. Yo tomo mis propias decisiones.
—Ama —dijo Galinda, en cuanto Elphaba se hubo marchado para usar los mohosos lavabos—, ama, ¿estás ciega? Esa niña del País de los Munchkins es verde.
—Qué raro, ¿no? Yo creía que todos los munchkins eran enanos, y ella en cambio es de estatura normal. Supongo que los hay de muchos tamaños. ¡Ah, ya sé! Te molesta el verde. Quizá sea bueno para ti, si tú te dejas. ¡Si tú te dejas! Vas por ahí con aires de princesa, Galinda, pero aún no conoces el mundo. A mí me parece divertido. Sí, ¿por qué no? ¿Por qué no?
—¡No te corresponde a ti, Ama Clutch, organizar mi educación, ni juzgar si conozco o no el mundo!
—Claro que no, cariño —dijo Ama Clutch—. Tú sólita te has metido en este lío. Yo solamente intento ayudarte.
De modo que Galinda no pudo zafarse. Tampoco la breve entrevista de la noche anterior con la señora Morrible le había proporcionado ninguna vía de escape. Galinda había llegado pronto, ataviada con falda de morfelina de topos y corpiño de encaje, una visión de ensueño —como ella misma se dijo—, en violetas nocturnos y azules de medianoche. La señora Morrible la hizo pasar a la salita, donde un grupo de butacas de cuero y un canapé se arracimaban en torno a un fuego innecesario. La directora sirvió té de menta y jengibre cristalizado envuelto en hojas de frutaperlo. Le indicó a Galinda que se sentara en una de las butacas, pero ella permaneció de pie junto a la chimenea, como una aficionada a la caza mayor.
Al principio, en la mejor tradición de la clase alta paladeando sus lujos, bebieron el té y saborearon los dulces en silencio. Galinda tuvo ocasión así de comprobar que la señora Morrible se asemejaba a un pez no sólo en el semblante, sino en la indumentaria: su traje de foxilina crema flotaba como una enorme y etérea vejiga, desde el fruncido cuello alto hasta las rodillas, donde se ceñía estrechamente para luego caer en línea recta hasta el suelo, envolviendo las pantorrillas y los tobillos en bien definidos y sobrios pliegues. Parecía más que nada un pez carpa gigante de visita en un club masculino, y para colmo parecía una carpa común y corriente, ni siquiera una Carpa con alma.
—Hablemos ahora de su ama, querida. De la razón por la cual no puede supervisar dormitorios colectivos. Soy toda oídos.
A Galinda le había llevado toda la tarde preparar la respuesta.
—Verá, señora directora, no quise decirlo en público, pero Ama Clutch sufrió una caída terrible el año pasado, mientras estábamos de excursión por los montes Pertha. Se estiró para coger un ramillete de tomillo silvestre de las montañas y se despeñó por un precipicio. Estuvo varias semanas en coma y, cuando volvió en sí, no conservaba ningún recuerdo del accidente. Cuando le preguntaban algo al respecto, ni siquiera sabía de qué le hablaban. Amnesia por traumatismo.
—Ya veo. ¡Qué contrariedad para ustedes! Pero ¿en qué sentido la incapacita eso para desempeñar el trabajo que propuse?
—Se le ha reblandecido la mente. A veces le cuesta distinguir entre lo que tiene Vida y lo que no la tiene. Se pone a hablar con una silla, por ejemplo, y después nos cuenta la historia del objeto. Sus aspiraciones, sus temores…
—Sus alegrías, sus penas… —prosiguió la señora Morrible—. ¡Qué intrínsecamente novedoso! La vida sentimental del mobiliario. Nunca lo habría imaginado.
—Pero aunque eso es una tontería e incluso nos brinda muchas horas de esparcimiento, la dolencia tiene un corolario bastante más alarmante. Debo decirle, señora Morrible, que a veces Ama Clutch olvida que las personas están vivas. O los animales.
Tras una pausa, Galinda añadió:
—O incluso los Animales.
—Continúe, querida.
—A mí no me importa, porque Ama Clutch ha sido mi ama toda la vida y la conozco. Conozco su forma de ser. Pero a veces se le olvida que tiene una persona delante, o que esa persona la necesita, o que es una persona. Una vez, limpiando un armario ropero, volcó el mueble encima de un criado y le partió la espalda. No reparó en los gritos del pobre chico, que estaba allí mismo, justo a sus pies. Se puso a plegar la ropa de dormir y tuvo una conversación con el camisón de mi madre, al que formuló toda clase de preguntas impertinentes.
—¡Qué dolencia tan fascinante! —dijo la señora Morrible—. ¡Y qué irritante para ustedes!
—Yo no podía permitir que se hiciera cargo de otras catorce chicas —declaró Galinda—. Para mí sola, no hay ningún problema. En cierto modo, quiero mucho a esa vieja tonta.
—Pero ¿qué me dice de su compañera de habitación? ¿Está dispuesta a poner en peligro su comodidad y su salud?
—Yo no la he pedido. —Galinda fijó en la directora una mirada fría, sin pestañear—. La pobre munchkin parece habituada a una vida de contrariedades. Se adaptará, creo, o acabará pidiéndole a usted que la cambie de habitación, a menos, claro, que usted considere su deber trasladarla de alojamiento por su propia seguridad.
—Supongo —dijo la señora Morrible— que si la señorita Elphaba no puede vivir con lo que le ofrecemos, abandonará Crage Hall por su propia iniciativa, ¿no le parece?
Le llamó la atención el «nosotros» implícito en «lo que le ofrecemos».
La señora Morrible estaba reclutando a Galinda para una campaña. Las dos lo sabían. Galinda intentó mantener su autonomía, pero sólo tenía diecisiete años y apenas unas horas antes había sufrido la ignominia de la exclusión en la Gran Sala. No sabía qué podía tener la señora Morrible en contra de Elphaba, salvo su aspecto. Pero había algo, era evidente que había algo. ¿Qué? Intuía que no podía ser nada bueno.
—¿No le parece, querida? —repitió la señora Morrible, inclinándose un poco hacia adelante, como un pez que se arqueara en un salto a cámara lenta.
—Oh, sí, desde luego, tenemos que hacer lo que podamos —dijo Galinda, con tanta ambigüedad como pudo. Pero parecía que fuera ella el pez, atrapado en un anzuelo particularmente taimado.
Entre las sombras de la salita apareció un pequeño artefacto tiktokista, de casi un metro de alto, de bronce bruñido, con una placa de identificación atornillada al frente. Hombre Mecánico Smith & Tinker, rezaba la florida inscripción de la placa. El autómata sirviente recogió las tazas vacías y se fue con un runrún. Galinda no sabía cuánto tiempo llevaba allí, ni lo que había oído, pero nunca le habían gustado las criaturas tiktokistas.
* * *
Elphaba era un caso agudo de lo que Galinda llamaba «cráneos lectores». No podía hacerse un ovillo (era demasiado huesuda), pero se plegaba sobre sí misma, con la ridícula nariz verde y puntiaguda metida entre las páginas mohosas de un libro. Mientras leía, jugueteaba con el pelo, enrollándolo en torno a unos dedos tan finos y vegetales que casi parecían formar parte de un exoesqueleto. Su pelo nunca se rizaba, por mucho que Elphaba se lo enrollara en las manos. De una manera extraña y horrible, era un cabello hermoso, con un brillo semejante al del pelaje de un vigoroso dorantílope. Seda negra. Café hilado. Lluvia nocturna. Galinda, que en general no era dada a las metáforas, encontraba cautivante el cabello de Elphaba, particularmente por la patente fealdad de la joven en todo lo demás.
No hablaban mucho. Galinda estaba demasiado ocupada forjando alianzas con chicas mejores, que en justicia deberían haber sido sus posibles compañeras de habitación. Estaba segura de poder cambiar de alojamiento al final del semestre o por lo menos al siguiente otoño. Así pues, Galinda solfa dejar sola a Elphaba y bajar corriendo a la sala, para chismorrear con sus nuevas amigas. Milla, Pfannee y Shenshen. Como en los libros infantiles sobre internados elegantes, cada nueva amiga era más rica que la anterior.
Al principio, Galinda no mencionaba a su compañera de habitación y Elphaba no parecía esperar la compañía de Galinda, lo cual era un alivio. Pero las habladurías tenían que empezar tarde o temprano. La primera oleada de conversaciones sobre Elphaba tuvo por tema su guardarropa y su manifiesta pobreza, como si sus condiscípulas estuvieran por encima de cualquier comentario acerca de su color enfermizo y repulsivo.
—Me han contado que la señora directora ha dicho que la señorita Elphaba es la tercera heredera de la casa de Thropp, de Nest Hardings —dijo Pfannee, que también era munchkin, pero de dimensiones reducidas y no de talla normal como la familia Thropp—. Los Thropp gozan de un gran prestigio en Nest Hardings, e incluso fuera. El Eminente Thropp organizó a las milicias de la región para destrozar el camino de Baldosas Amarillas, que el regente de Ozma estaba construyendo cuando éramos pequeñas, antes de la Revolución Gloriosa. No había ni pizca de inmadurez en el Eminente Thropp, ni en su esposa, ni en su familia, incluida su hija Melena, de eso podéis estar seguras.
Cuando hablaba de «inmadurez», Pfannee se refería, lógicamente, al color verde de la piel.
—Pero ¡qué bajo deben de haber caído! Va harapienta como una zíngara —observó Milla—. ¿Habéis visto alguna vez vestidos tan baratos y vulgares? Deberían despedir a su ama.
—No tiene ama, creo —dijo Shenshen.
Galinda, que lo sabía con certeza, no dijo nada.
—Dicen que ha vivido algún tiempo en el País de los Quadlings —prosiguió Milla—. ¿Habrá tenido que exiliarse su familia por algún crimen?
—O quizá fueran traficantes de rubíes —apuntó Shenshen.
—¿Dónde está entonces su fortuna? Los traficantes de rubíes se hicieron muy ricos, señorita Shenshen. Nuestra señorita Elphaba no tiene ni dos fichas de trueque que frotar para darse calor.
—¿Será una especie de vocación religiosa? ¿Pobreza voluntaria? —sugirió Pfannee y, ante semejante absurdo, todas gorjearon de risa, echando la cabeza hacia atrás.
Cuando Elphaba entró en la cantina a buscar un café, los gorjeos aumentaron de volumen hasta convertirse en un coro de estruendosas carcajadas. Elphaba no las miró, pero casi todas las estudiantes levantaron la cabeza para mirarla a ella, deseando cada una de las jóvenes compartir la jovialidad con el pequeño grupo, lo cual hizo que las cuatro nuevas amigas se sintieran muy bien.
* * *
A Galinda le costó adaptarse al ritmo del estudio. Había considerado su admisión en la Universidad de Shiz como una especie de reconocimiento de su brillantez, y pensaba adornar las aulas con su belleza y sus ocasionales salidas ingeniosas. Suponía, displicente, que ella iba a ser algo así como un busto de mármol con vida: «He aquí la Joven Inteligencia, ¡admiradla! ¿No es preciosa?»
No se le había ocurrido que había más cosas que aprender y que además se suponía que tenía que aprenderlas. Lógicamente, la educación que todas las chicas nuevas ambicionaban tenía muy poco que ver con la señora Morrible o con Animales parlanchines dictando cátedra desde un estrado. Lo que las chicas querían no eran ecuaciones, ni citas, ni discursos. Querían al propio Shiz. La vida en la ciudad. La extensa y agresiva panoplia de la vida y de la Vida, entrelazadas sin límite aparente.
Para Galinda fue un alivio que Elphaba no participara nunca en las excursiones que organizaban las amas. Como a menudo hacían un alto en alguna posada para tomar una comida modesta, la cuadrilla semanal pasó a ser conocida informalmente con el nombre de Sociedad del Puchero y de la Marcha. El distrito de la universidad ardía en colores otoñales y no sólo a causa de las hojas muertas, sino por los estandartes de las fraternidades, que flameaban sobre las torres y los tejados.
Galinda absorbía la arquitectura de Shiz. Aquí y allá, principalmente en el interior de los colegios y en las callejuelas secundarias, se inclinaban aún las viviendas más antiguas, con viejos muros de adobe y cañas, y armazón de madera vista, apoyadas como abuelas paralíticas sobre sus primas más jóvenes y fuertes de los lados. Después, en embriagadora sucesión, una serie de glorias incomparables: Medieval Calcedónico; Mértico (tanto el Menor como el más estrafalario Tardío); Galantino, con sus simetrías y su sobria moderación; Galantino Reformado, con sus curvas decadentes y sus frontones quebrados; Resurgimiento Piedra Azul, Imperial Fastuoso e Industrial Moderno, que los críticos de la prensa liberal llamaban estilo Tosco Hostil, por ser la forma difundida por el Mago de Oz, de mentalidad moderna.
Al margen de la arquitectura, las emociones no eran intensas, ni mucho menos. En una notable ocasión que ninguna chica de Crage Hill olvidaría jamás, los chicos mayores del Three Queens College, del otro lado del canal, por divertirse y demostrar su arrojo, se emborracharon de cerveza a media tarde, contrataron a un Oso Blanco violinista y bajaron a bailar juntos entre los sauces, sin nada más encima que los calzoncillos de algodón pegados a la piel y las bufandas de universitarios. Fue deliciosamente pagano, pues sobre un taburete de tres patas habían instalado una vieja estatuilla desportillada de Lurlina, la reina de las hadas, y la imagen parecía contemplar sonriente sus gráciles evoluciones. Las chicas y las amas fingieron escándalo, pero fingieron mal. Se demoraron un rato, mirando, hasta que los espantados celadores de Three Queens salieron precipitadamente para dar caza a los juerguistas. El hecho de que fueran medio desnudos era una cosa, pero el culto público a Lurlina (aunque fuera de broma) era otra muy distinta, algo propio de mentes intolerablemente retrógradas e incluso monárquicas. Y eso no se podía permitir bajo el mandato del Mago.
* * *
Una noche de sábado, en una de las pocas noches libres de las amas, cuando éstas se habían marchado para acudir a un mitin de la fe del placer en el Circo Ticknor, Galinda tuvo un breve altercado sin importancia con Pfannee y Shenshen, después de lo cual se retiró temprano a su habitación, quejándose de dolor de cabeza. Elphaba estaba sentada en la cama, envuelta en la manta marrón del economato.
Estaba inclinada sobre un libro, como siempre, y el pelo le colgaba como un par de paréntesis a ambos lados de la cara. A Galinda le pareció uno de esos grabados que se veían en los libros de historia natural, en los que extrañas mujeres montañesas del País de los Winkis ocultaban su rareza cubriéndose la cabeza con un chai. Elphaba estaba mordisqueando las pepitas de una manzana, después de haberse comido todo lo demás.
—Se te ve muy cómoda, señorita Elphaba —dijo Galinda, desafiante.
En tres meses, era el primer comentario sociable que le dirigía a su compañera de habitación.
—Las apariencias son sólo apariencias —dijo Elphaba sin levantar la vista.
—¿Perturbaré tu concentración si me siento aquí, junto al fuego?
—Me harás sombra.
—¡Oh, cuánto lo siento! —dijo Galinda, cambiándose de lugar—. No debemos hacer sombra, ¿verdad?, cuando hay palabras urgentes que esperan a ser leídas.
Elphaba había vuelto a enfrascarse en su libro y no respondió.
—¿Se puede saber qué pamplinas lees, noche y día?
Pareció como si Elphaba subiera a respirar, desde el fondo de una laguna aislada de aguas tranquilas.
—No siempre leo lo mismo, ¿sabes?, pero esta noche estoy leyendo algunos de los discursos de los primeros padres unionistas.
—¿Cómo es posible que alguien quiera leer algo así?
—No lo sé. Ni siquiera sé si quiero leerlos. Simplemente, los leo.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué, por qué, señorita Elphaba la Delirante?
Elphaba miró a Galinda y sonrió.
—Elphaba la Delirante. Me gusta.
Antes de que pudiera reprimirse, Galinda le devolvió la sonrisa, al tiempo que una ráfaga de viento arrojaba un puñado de granizo contra el cristal y rompía la aldabilla de la ventana. Galinda se incorporó de un salto para cerrar el batiente, pero Elphaba corrió a refugiarse al rincón más apartado de la habitación, lejos de la humedad.
—Dame la correa del equipaje, Elphaba. Está dentro de mi mochila… ahí, en el estante, detrás de las cajas de sombreros… sí, ahí… Intentaré arreglar esto, hasta que venga mañana el conserje a repararlo.
Elphaba encontró la correa, pero al ir a buscarla derribó las cajas, y tres sombreros multicolores cayeron rodando por el suelo frío. Mientras Galinda se encaramaba a una silla para intentar que la ventana volviera a quedar cerrada, Elphaba devolvió los sombreros a sus cajas.
—¡Oh, no, pruébatelos! ¡Pruébate ése! —dijo Galinda.
Su propósito era tener un motivo de risa, para luego contárselo a Pfannee y Shenshen y poder recuperar así su simpatía.
—No, no me atrevo, Galinda —dijo Elphaba, disponiéndose a guardar el sombrero.
—Sí, por favor, insisto —dijo Galinda—. Por divertirnos. Nunca te he visto con algo bonito.
—Yo no uso ropa bonita.
—¿Qué mal puede haber en que te lo pruebes? —preguntó Galinda—. Sólo aquí dentro. No es preciso que te vea nadie más.
Elphaba estaba de pie, de cara al fuego, pero giró los hombros y volvió la cabeza, para mirar largamente y sin pestañear a Galinda, que todavía no se había bajado de la silla. La joven munchkin llevaba puesto su camisón, una especie de saco sencillo, sin el beneficio de una orla de encaje ni unos cordoncillos de adorno. La cara verde parecía casi resplandeciente sobre el tejido gris, y la gloriosa cabellera negra y lisa le caía hasta donde debería tener los pechos, si es que algún día revelaba algún indicio de poseerlos. Por su aspecto, Elphaba parecía estar a medio camino entre un animal y un Animal, como si tuviera algo más que vida, pero sin llegar a la Vida. Había en ella expectativa, pero no intuición —¿sería eso?—, como si a un niño que no recuerda haber soñado nunca le hubiesen deseado felices sueños. Casi podía describirse como cruda, sin refinar, pero no en el sentido social, sino más bien como si la naturaleza no hubiese completado su trabajo con Elphaba, como si no hubiese conseguido que se pareciera lo suficiente a sí misma.
—¡Oh, por favor, ponte ese condenado sombrero, de verdad te lo pido! —insistió Galinda, que no solía conceder márgenes muy amplios a la introspección.
Elphaba aceptó. El elegido fue el precioso sombrero redondo comprado en la mejor sombrerería de los montes Pertha. Tenía festones anaranjados y una red amarilla de encaje, que se podía bajar sobre la cara para conseguir diferentes grados de ocultación. Le habría quedado espantoso a cualquiera que no tuviera la cabeza adecuada, y Galinda esperaba tener que morderse los labios para no estallar en carcajadas. Era el tipo de prenda ultrafemenina que se ponen los chicos cuando se disfrazan de chicas para una pantomima.
Pero Elphaba se colocó el meloso bonete en lo alto de la extraña cabeza puntiaguda y miró a Galinda por debajo del ala ancha. Parecía una flor rara: su piel, una especie de tallo de suave brillo perlado, y el sombrero, un tumulto botánico.
—¡Oh, Elphaba! —exclamó Galinda—. ¡Qué escondido te lo tenías, malísima! ¡Eres guapa!
—Y ahora tú has mentido, así que tendrás que ir a confesarte al sacerdote unionista —replicó Elphaba—. ¿Hay algún espejo?
—Claro que sí, al final del pasillo, en los lavabos.
—Ahí, no. No voy a dejar que esas tontas me vean con esto.
—Entonces —decidió Galinda—, encuentra un ángulo para no tapar el resplandor del fuego e intenta ver tu reflejo en la ventana oscura.
Las dos contemplaron el espectro verde y florido reflejado en el viejo cristal acuoso, rodeado de negrura y acuchillado por la lluvia salvaje que caía fuera. Una hoja de arce frutal en forma de estrella de puntas romas o de corazón asimétrico, arrojada de pronto del seno de la noche, fue a pegarse al reflejo del cristal, con un reverbero rojizo que devolvía la luz del fuego en el punto exacto donde debía estar el corazón, o al menos así lo vio Galinda desde el ángulo donde se encontraba.
—Fascinante —dijo—. Tienes cierta extraña cualidad de belleza exótica. Nunca lo habría pensado.
—Sorpresa —replicó Elphaba, y luego casi se ruborizó, si es que un verde más oscuro puede considerarse rubor—. Quiero decir que es la «sorpresa», no la belleza. Te has llevado una sorpresa. «¡Oh, quién lo habría dicho!» No es belleza.
—¿Qué sabré yo de belleza? —dijo Galinda, acomodándose los rizos y poniéndose deliberadamente en pose, lo cual arrancó una carcajada a Elphaba, a la que se unió Galinda, parcialmente horrorizada de lo que estaba haciendo. Entonces Elphaba se quitó el sombrero y lo guardó en su caja, y cuando volvió a coger su libro, Galinda dijo—: ¿Qué es lo que lee entonces la Belleza? Te lo pregunto de verdad. ¿Por qué lees esos viejos sermones?
—Mi padre es un clérigo unionista —respondió Elphaba—. Siento curiosidad por saber qué es eso. Nada más.
—¿Por qué no se lo preguntas?
Elphaba no respondió. Su rostro asumió una expresión firme y expectante, como la de una lechuza a punto de precipitarse sobre un ratón.
—¿De qué tratan? ¿Algo interesante? —preguntó Galinda. No tenía sentido darse por vencida. No tenía nada más que hacer y estaba demasiado alterada por la tormenta como para dormir.
—Éste habla del bien y del mal —explicó Elphaba—, sobre si realmente existen o no.
—Oh —bostezó Galinda—. El mal existe, lo sé; se llama Aburrimiento y los clérigos tienen más culpa que nadie de que exista.
—Eso no lo crees realmente, ¿verdad?
Galinda no solía pararse a pensar si de verdad creía lo que decía; para ella, lo único importante era que fluyera la conversación.
—No pretendía insultar a tu padre; seguramente sus prédicas serán la mar de amenas y animadas.
—No, me refiero a si piensas que el mal existe realmente.
—¿Cómo puedo saber lo que pienso?
—Pregúntatelo a ti misma, Galinda. ¿Existe el mal?
—No lo sé. Dímelo tú. ¿Existe?
—Yo no espero saberlo.
Su mirada se tornó sesgada y en cierto modo vuelta hacia el interior, ¿o sería el efecto del pelo, que volvía a colgarle delante de la cara como un velo?
—¿Por qué no se lo preguntas a tu padre? No lo entiendo. Él debería saberlo, es su trabajo.
—Mi padre me enseñó mucho —dijo Elphaba lentamente—. Es muy culto. Me enseñó a leer y escribir, a pensar, y más cosas. Pero no lo suficiente. Yo pienso, como nuestros profesores aquí, que los buenos clérigos saben hacer preguntas que te hacen pensar. No creo que forzosamente deban tener las respuestas. No necesariamente.
—Pues vete a decírselo al plasta de clérigo que tenemos en mi pueblo. Tiene todas las respuestas y además cobra por dártelas.
—Quizá haya algo en lo que has dicho —prosiguió Elphaba—. El mal y el aburrimiento. El mal y el hastío. El mal y la falta de estímulos. El mal y la sangre estancada.
—Estás escribiendo un poema, o al menos eso parece. ¿Por qué razón iba a interesarse una chica en el mal?
—Yo no me intereso. Es sólo el tema de los primeros sermones. Yo sólo pienso en lo que dicen. Eso es todo. A veces hablan de la dieta y de que no hay que comer Animales, y entonces pienso en eso. Me gusta pensar en lo que leo. ¿A ti no?
—Yo no sé leer muy bien, por lo que tampoco debo de pensar muy bien —sonrió Galinda—. Pero me visto de maravilla.
No hubo respuesta de Elphaba. Galinda, habitualmente satisfecha con su habilidad para convertir cualquier conversación en un panegírico de sí misma, estaba perpleja. Prosiguió sin convicción, contrariada por tener que hacer el esfuerzo:
—Bueno, ¿y qué pensaban entonces esos viejos salvajes acerca del mal?
—Es difícil decirlo exactamente. Parecían obsesionados por localizarlo en alguna parte: un manantial maligno en las montañas, un humo maligno, sangre maligna en las venas transmitida de padres a hijos… En cierto modo, se parecían a los antiguos exploradores de Oz, sólo que sus mapas estaban hechos de materia invisible y coincidían muy poco entre sí.
—¿Y dónde se localiza el mal? —preguntó Galinda, dejándose caer en su cama y cerrando los ojos.
—No se pusieron de acuerdo, ¿no crees? Porque, de otro modo, ¿para qué iban a tener que escribir sermones presentando sus argumentos? Algunos decían que el mal original era el vacío causado por Lurlina, la reina de las hadas, cuando se fue y nos dejó. Cuando el bien se retira, el espacio que ocupaba se degrada y se convierte en mal, y quizá se fragmenta y se multiplica. Entonces cada cosa maligna es un signo de la ausencia de la deidad.
—Pues yo no sería capaz de reconocer una cosa maligna aunque me cayera encima —dijo Galinda.
—Los primeros unionistas, que eran mucho más lurlinistas que los unionistas de ahora, sostenían que había una bolsa invisible de corrupción flotando cerca, descendiente directa del dolor que sintió el mundo cuando Lurlina se marchó. Como un remiendo de aire frío en una noche serena y calurosa. Alguien perfectamente agradable podía atravesar esa bolsa, infectarse y después ir y matar a su vecino. Pero ¿podía esa persona considerarse culpable de haber atravesado caminando una bolsa de maldad? ¿Si no podía verla? No hubo ningún concilio de unionistas que decidiera en un sentido o en otro, y actualmente hay mucha gente que ni siquiera cree en Lurlina.
—Pero siguen creyendo en la maldad —dijo Galinda con un bostezo—. ¿No es gracioso? La deidad se ha quedado anticuada, pero sus atributos y sus implicaciones permanecen…
—¡Estás pensando! —exclamó Elphaba.
Galinda se irguió sobre los codos, ante el entusiasmo que había en la voz de su compañera de habitación.
—Yo ya me voy a acostar, porque todo esto es profundamente aburrido para mí —dijo Galinda, pero Elphaba sonreía de oreja a oreja.
* * *
Por la mañana, Ama Clutch las entretuvo con historias de su salida nocturna. Había una talentosa bruja joven, que no llevaba puesta más que ropa interior de color rosa fuerte, adornada con plumas y lentejuelas. Cantaba para el público y recogía en el canalillo las fichas de alimentos que le daban los ruborizados estudiantes de las mesas más cercanas. Hizo un poco de magia casera: convirtió agua en zumo de naranja, transformó repollos en zanahorias y le clavó unos cuchillos a un cerdito aterrorizado, que en lugar de sangre manaba champán. Todos bebieron un sorbo. Después apareció un hombre horrible, gordo y con barba, que se puso a perseguir a la bruja como si fuera a besarla. ¡Fue tan divertido! ¡Divertidísimo! Al final, la compañía y el público, todos juntos, se pusieron de pie y cantaron «Lo que se prohibe en los salones está a la venta en las pensiones». Las amas lo habían pasado fabulosamente bien, todas y cada una de ellas.
—¡Qué quieres que te diga! —dijo Galinda con altivo desprecio—. La fe del placer es tan… tan vulgar.
—Pero ¿qué es eso? Se ha roto la ventana —dijo Ama Clutch—. Espero que no hayan sido los chicos intentando trepar.
—¿Estás loca? —dijo Galinda—. ¿Con la tormenta que hubo?
—¿Qué tormenta? —replicó Ama Clutch—. No sé de qué me hablas. Fue una noche serena como la luz de la luna.
—¡Ja, sí que te trastornó el espectáculo! —exclamó Galinda—. Estabas tan absorta en la fe del placer que perdiste la chaveta, Ama Clutch.
Bajaron juntas a tomar el desayuno, dejando a Elphaba aún dormida o quizá fingiendo que dormía. De todos modos, mientras caminaban por los pasillos, viendo el sol que entraba por los anchos ventanales y dibujaba rejas de luz en el frío suelo de pizarra, Galinda se preguntó por qué estaría el tiempo tan caprichoso. ¿Sería posible que una tormenta se abatiera sobre una parte de la ciudad y no tocara siquiera la otra? ¡Había tantas cosas en el mundo que ignoraba!
* * *
—Lo único que hizo fue hablar del mal —les contó Galinda a sus amigas mientras tomaban suspiros con mantequilla y mermelada de abéstola—. Se le abrió algún grifo interior y empezó a brotar la cháchara. Y, ¡chicas!, cuando se probó mi sombrero, casi me muero. Parecía la tía solterona de alguien, acabada de levantar de la tumba. ¡Ridícula y anticuada como una Vaca! Me aguanté solamente por vosotras, para poder contároslo todo; de lo contrario, me habría desparramado de risa allí mismo. ¡Era tan fuerte!
—¡Pobrecita! ¡Tener que aguantar a esa langosta de compañera de habitación, sólo por ser nuestra espía! —dijo Pfannee con unción religiosa—. ¡Eres demasiado buena!