32

Era ya mediodía cuando la caravana se detuvo al borde del campamento scrow. Un comité de scrows había cabalgado hasta el límite de su reino doméstico, donde las tiendas del color de la arena cedían el paso a la hierba jamás hollada. Eran hombres y mujeres montados a caballo, unos siete u ocho, con cintas azules y brazaletes de marfil. También había una anciana de proporciones colosales, obviamente de alto rango, que viajaba en una especie de palanquín cubierto de velos, tambores y amuletos que tintineaban. La mujer dejó primero que el rafiqi y los notables de la tribu intercambiaran cumplidos o insultos. Al cabo de un rato, gruñó una orden y se descorrieron las cortinas del palanquín, para que pudiera ver. Tenía un labio colgante, tan grande que se doblaba sobre sí mismo como el pico de una jarra. Llevaba los ojos pintados con gruesas líneas de kohl. Sobre los hombros tenía posados dos cuervos de aspecto dispéptico. Llevaba los pies atados con grilletes de oro, encadenados al collar ornamental, sobre el cual se le habían derramado restos de la fruta que había estado comiendo mientras aguardaba. Tenía los hombros manchados de excrementos de cuervo.

—La princesa Nastoya —anunció finalmente el rafiqi.

Era la princesa más sucia y basta que nadie hubiese visto jamás, pero aun así conservaba cierta dignidad. Hasta el más ardiente demócrata de los viajeros le hizo una reverencia. Ella soltó una estridente carcajada y después ordenó a sus porteadores que la llevaran a otro sitio menos tedioso.

El campamento de los scrows estaba organizado en círculos concéntricos, con la tienda de la princesa en el centro, embellecida con extensiones de descoloridos baldaquinos de rayas por los cuatro costados. Era un palacio pequeño pero espacioso, hecho de seda y muselina de algodón. Los consejeros y concubinos de la princesa vivían aparentemente en el círculo adyacente (¡y qué escuchimizados parecían todos los concubinos! —pensó Elphie—, aunque quizá los seleccionaran por su timidez y su flacura, para hacerla parecer a ella aún más grande). Más allá de los aposentos de la princesa había cuatrocientas tiendas, lo cual apuntaba a una población total en torno al millar de personas. Mil seres humanos, con su piel de salmón hervido, sus ojos generalmente protuberantes (aunque sensibles, con los párpados delicadamente bajos para no cruzar la mirada), sus hermosas y grandes narices, sus nalgas generosas y sus anchas caderas, tanto los hombres como las mujeres.

La mayoría de los viajeros de la caravana permanecieron pegados a las puertas de sus carromatos, imaginando crímenes detrás de cada tienda. Pero a Elphie le resultó imposible quedarse quieta, con tantas cosas nuevas llamándola. Cuando salió a caminar, se abrieron huecos entre la gente y los adultos se retiraron tímidamente de su camino. Pero al cabo de diez minutos, tenía sesenta niños alborotando a su alrededor, siguiéndola o corriendo delante de ella, como una nube de mosquitos diminutos.

El rafiqi le aconsejó cautela, le aconsejó que volviera al campamento, pero su infancia en los yermos del País de los Quadlings no sólo había alimentado su audacia, sino también su curiosidad. Había más formas de vivir que las indicadas por los superiores jerárquicos.

Después de la cena, una delegación de rígidos dignatarios scrows de edad avanzada se acercó a la caravana de la Senda Herbácea para entablar un prolongado parlamento con el rafiqi. Al final, el rafiqi tradujo el mensaje: los scrows invitaban a un pequeño grupo de viajeros a acudir a su santuario (¿o sería que lo exigían o lo ordenaban?). Tardarían una hora en camello. Quizá por su llamativo color de piel o tal vez por haber tenido el valor de salir sola a pasear por el campamento de los scrows, Elphie debía incorporarse al grupo formado por Oatsie, el rafiqi, Igo (por su edad venerable) y uno de los comerciantes aventureros, que respondía al nombre de Arrancahierbajos, o quizá no fuera más que un apodo malicioso.

A la luz de antorchas de madera cetrina, los camellos brillantemente enjaezados iban dando tumbos y bandazos por el deteriorado sendero. Era como subir y bajar una escalera al mismo tiempo. Sentada por encima de las hierbas altas, Elphie ocupaba una posición de privilegio sobre la vasta superficie ondulante. Aunque el concepto de océano era mitológico, casi podía ver con sus propios ojos de donde procedía. Había pequeños halcones de los pastizales que surgían de entre la hierba, como peces saltando de la espuma, para atrapar luciérnagas al vuelo, devorarlas y volver a caer en seca zambullida. Los murciélagos pasaban, haciendo un ruido de chapoteo que finalizaba en un descenso en picado. La llanura misma parecía conjurar el color de la noche: primero heliotropo, después un verde broncíneo y en seguida un marrón grisáceo surcado por vetas rojas y plateadas. Salió la luna, una diosa opalescente derramando luz con su severa cimitarra maternal. No hubiese sido preciso que sucediera nada más; a Elphaba le parecía suficiente descubrirse capaz de tan insólito éxtasis ante la suavidad del color y la seguridad del espacio. Pero no. Había que seguir y seguir.

Finalmente, Elphie reparó en una plantación de árboles, meticulosamente cuidada en la devastadora amplitud del paisaje. Primero, un bosquecillo de abetos enanos, deformados por el viento en retorcidas figuras de corteza agrietada, agujas sibilantes y pagano olor a resina. Un poco más lejos, un seto vivo más alto, y después, árboles más altos aún. La disposición seguía el mismo patrón circular que el campamento de los scrows. La comitiva se adentró en silencio entre los árboles, como en un laberinto, siguiendo ondulantes pasillos de maleza susurrante y pasando de los círculos externos a los internos, iluminados con lámparas de aceite clavadas en unos postes labrados.

En el centro estaba la princesa Nastoya, ceñida en un traje tradicional de cuero y paja, vuelto más eficaz gracias a una tira de toalla blanca con franjas violáceas comprada a algún viajero. Estaba de pie, distraída y respirando sonoramente, apoyada en robustos bastones. A su alrededor, unos bloques de arenisca, semejantes a una boca en la que faltaran varios dientes, eran como una caja torácica por la que ella apenas podía pasar, debido a su corpulencia.

Los invitados se unieron a los anfitriones para comer, beber y fumar de una pipa con la cazoleta labrada en forma de cabeza de cuervo. Había cuervos por todas partes, posados en los bloques de piedra. ¿Serían veinte, treinta, cuarenta? A Elphie le daba vueltas la cabeza; la luna subía en el cielo; la llanura nocturna, invisible desde el jardín secreto del laberinto verde, giraba como una peonza. Casi podía oírla girar. Los ancianos scrows zumbaban un canto monótono.

Cuando el zumbido se extinguió, la princesa Nastoya levantó la cabeza.

Las enormes papadas de carne vieja que colgaban bajo su pequeña barbilla temblaron. La tira de toalla cayó al suelo. La princesa estaba desnuda; era vieja y fuerte. Lo que parecía aburrimiento resultó ser paciencia, memoria y control. Se sacudió el pelo y la cabellera se desplegó, cayendo por su espalda hasta desaparecer. Sus pies se movieron masivamente, como buscando mejor apoyo, como columnas, como pilares de piedra. Dejó caer los brazos hacia adelante y su espalda fue una cúpula, aunque la cabeza siguió erguida, con los ojos aún más brillantes y la nariz trabajando poderosamente. Era una Elefanta.

Una diosa Elefanta, pensó Elphie, mientras su mente se encogía de terror y delicia, pero la princesa Nastoya dijo:

—No.

Todavía hablaba a través del rafiqi, que obviamente ya lo había visto todo antes, pero a causa del alcohol tartamudeaba y se veía obligado a buscar las palabras.

Uno por uno, la princesa preguntó a los viajeros sus intenciones.

—Dinero y comercio —dijo Arrancahierbajos, conmocionado hasta la sinceridad: dinero, comercio, saqueo y pillaje a cualquier precio.

—Un lugar para morir, donde pueda descansar y dejar que mi espíritu siga su viaje —arriesgó Igo.

—Seguridad y movimiento, lejos del peligro —declaró Oatsie con acento valeroso, aunque estaba claro que quería decir «lejos de los hombres».

El rafiqi indicó que aún faltaba la respuesta de Elphie.

En presencia de tan imponente Animal, Elphie no podía mantenerse distante, de modo que habló lo mejor que pudo:

—Vengo a retirarme del mundo, después de comprobar que estén a salvo los familiares supervivientes de mi amante. A mirar a la cara a su viuda, Sarima, con mi culpa y mi responsabilidad, y a apartarme después de este mundo cada vez más oscuro.

La Elefanta ordenó a los demás, excepto al rafiqi, que se marcharan.

Levantó la trompa y olfateó el viento. Sus viejos ojos acuosos parpadearon lentamente y sus orejas se movieron adelante y atrás, rastrillando el aire en busca de matices. Orinó un colosal chorro humeante, con dignidad y despreocupación, sin apartar la vista de Elphaba.

Después, a través del rafiqi, la Elefanta dijo:

—Hija del dragón, yo también estoy hechizada. Conozco la manera de romper el conjuro, pero prefiero vivir con la forma cambiada. Los Elefantes son objeto de acoso en estos tiempos difíciles. Los scrows me aceptan. Han adorado a los elefantes desde los tiempos anteriores al lenguaje, desde antes de que empezara la historia. Saben que no soy una diosa. Saben que soy una bestia que ha escogido la mágica cárcel de la forma humana, en lugar de la peligrosa libertad de mi propia forma poderosa.

»Cuando los tiempos son un crisol, cuando la crisis está en el aire —prosiguió la Elefanta—, aquellos que conservan su propia identidad son las víctimas.

Elphie sólo podía mirar, no podía hablar.

—Pero la decisión de salvarse puede ser mortífera en sí misma —dijo la princesa Nastoya.

Elphie asintió con la cabeza, desvió la mirada y volvió a mirar.

—Te daré tres cuervos para que sean tus ayudantes —declaró la princesa—. Te ocultarás haciéndote pasar por bruja. Será tu disfraz.

Dijo unas palabras a los cuervos y acudieron tres aves de aspecto cruel y raído, que se quedaron esperando cerca.

—¿Una bruja? —dijo Elphaba. ¡Qué pensaría su padre!—. ¿De qué tengo que esconderme?

—Tenemos el mismo enemigo —replicó la princesa—. Las dos estamos en peligro. Si necesitas ayuda, envíame a los cuervos. Si aún sigo con vida, como vieja matriarca reinante o como Elefanta libre, acudiré en tu ayuda.

—¿Por qué? —preguntó Elphie.

—Porque ningún retiro del mundo puede enmascarar lo que hay en tu cara.

La princesa dijo más cosas. Hacía años, más de una década, que Elphie no hablaba con ningún Animal. Le preguntó a la princesa quién la había hechizado. Pero Nastoya se negó a revelarlo, en parte para protegerse, porque la muerte de quien formulaba un sortilegio a veces podía revocar el conjuro, y su maldición era a la vez su seguridad.

—Pero ¿merece la pena vivir la vida con la forma cambiada? —dijo Elphie.

—El interior no cambia —respondió la princesa—, excepto por ensimismamiento, que es algo que no debes temer, pero has de tratar con cautela.

—Yo no tengo interior —repuso Elphaba.

Algo les dijo a esas abejas que mataran al cocinero —dijo la princesa Nastoya, con un brillo en la mirada.

Elphaba sintió que empalidecía.

—¡No fui yo! —gritó—. ¡No, no pude ser yo! ¿Y tú cómo lo sabías?

—Lo hiciste, en algún nivel. Eres una mujer fuerte. Y yo oigo a las abejas, ¿sabes? Mis oídos son muy sensibles.

—Me gustaría quedarme aquí contigo —dijo Elphaba—. La vida ha sido muy difícil. Si puedes oírme cuando yo no puedo (algo que la mónaca superiora nunca consiguió), podrías ayudarme a no causar ningún daño en este mundo. Es lo único que quiero: no causar daño.

—Tú misma has reconocido que tienes un trabajo que hacer —dijo la princesa, curvando la trompa en torno a la cara de Elphaba, para sentir sus contornos y sus verdades—. Ve y hazlo.

—¿Podré volver contigo? —preguntó Elphie.

Pero la princesa no respondió. Empezaba a estar cansada; era vieja, incluso para una Elefanta. Su trompa iba y venía, como el péndulo de un reloj. Finalmente, la gran nariz que hacía las veces de mano se tendió hacia adelante y se posó con maravilloso peso y precisión sobre los hombros de Elphaba, ligeramente curvada en torno a su cuello.

—Escúchame, hermana —dijo la princesa—. Recuerda esto: nada está escrito en las estrellas. Ni en estas estrellas, ni en ninguna otra. Nadie controla tu destino.

Elphaba no pudo responder, porque era grande la conmoción que le producía el contacto. Retrocedió cuando la Elefanta la despidió, totalmente fuera de su mente.

Después fue el regreso a lomos de camello, a través de los temblorosos colores de la hierba nocturna: hipnóticos, vagos e inquietantes.

Sin embargo, la noche era una bendición. Y Elphaba también había olvidado las bendiciones, como tantas otras cosas.