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El día siguiente prácticamente no amaneció, sombrío de lluvia y agobiado por el peso de unas nubes informes.

En la salita, esperando a que Nana saliera y siguiera cumpliendo con su obligación de entretenerlas, las hermanas y Sarima analizaban los nuevos datos que habían conocido sobre la Tiíta Invitada.

—Elphaba —dijo Dos en tono meditativo—. Es un nombre bastante bonito. ¿De dónde viene?

—Yo lo sé —dijo Cinco, que en cierta ocasión había atravesado una fase vagamente religiosa, cuando comprendió que sus probabilidades de matrimonio eran cada vez más remotas—. Hace tiempo tuve una Vida de los santos. Santa Aelphaba de la Cascada fue una mística del País de los Munchkins, que vivió hace seis o siete siglos. ¿No os acordáis? Quería rezar, pero era tan hermosa que los hombres del lugar no dejaban de importunarla para conseguir sus atenciones.

Todas suspiraron a coro.

—Para preservar su santidad, se fue al monte, con sus sagradas escrituras y un racimo de uvas. Las bestias salvajes la amenazaban y los hombres salvajes la perseguían, y ella estaba terriblemente angustiada. Entonces llegó a una enorme cascada que caía por un despeñadero y dijo: «Ésta es mi cueva.» Se quitó toda la ropa y atravesó andando la atronadora cortina de agua. Del otro lado había una caverna, excavada por la propia fuerza del agua. Se sentó allí y, a la luz que se filtraba a través de la catarata, se puso a leer su libro sagrado y a reflexionar sobre asuntos espirituales. De vez en cuando, comía una uva. Cuando finalmente se le acabaron las uvas, salió de la cueva. Habían pasado cientos de años. Había surgido una aldea a orillas del río e incluso había una presa que alimentaba una aceña. Los aldeanos huyeron espantados, porque todos habían jugado de niños en la caverna de detrás de la cascada; infinidad de amantes habían celebrado allí sus encuentros; en la cueva se habían cometido asesinatos y actos innobles, y en su interior se habían enterrado tesoros. Pero nadie había visto nunca a santa Aelphaba en su bella desnudez. Sin embargo, bastó que santa Aelphaba abriera la boca y hablara la vieja lengua para que todos supieran quién era y construyeran una capilla en su honor. La santa bendijo a los niños y a los ancianos, escuchó las confesiones de los de edad mediana, curó a algunos enfermos, dio de comer a varios hambrientos y ese tipo de cosas, y después volvió a desaparecer detrás de la cascada, con otro racimo de uvas. Un poco más grande que el anterior, creo. Y nadie volvió a verla nunca más.

—Entonces puedes desaparecer y no haber muerto —señaló Sarima, mirando por la ventana con expresión ligeramente soñadora, a través de la lluvia.

—Si eres una santa —replicó Dos en tono mordaz.

—Si crees en santos —dijo Elphaba, que había entrado en la salita hacia el final del relato—. La reemergente santa Aelphaba muy bien pudo ser alguna pelandusca del pueblo vecino con ganas de reírse de la credulidad de los aldeanos.

—¡Ay, cómo es la duda! Arranca la esperanza de todas las cosas —dijo Sarima desdeñosamente—. Hay veces que llega usted a irritarme, Tiíta, le aseguro que llega a irritarme.

—Creo que sería bonito llamarla Elphaba —dijo Seis—, porque es una historia muy bonita. Además, es agradable oír su verdadero nombre en boca de Nana.

—Ni siquiera lo intenten —dijo Elphaba—. Si Nana no puede evitarlo, está bien; es vieja y le cuesta cambiar. Pero ustedes no.

Seis frunció los labios, como para iniciar una discusión, pero justo en ese momento se oyó un ruido de pasos por la escalera y Nor e Irji irrumpieron en la habitación.

—¡Hemos encontrado a Liir! —dijo—. ¡Venid! ¡Parece que está muerto! ¡Se ha caído al pozo de los peces!

Todos bajaron precipitadamente la escalera hasta el sótano. Lo había encontrado Chistery. El mono nival había arrugado la nariz al pasar junto al pozo en compañía de los niños y había empezado a chillar y a gemir, tratando de empujar la tapadera para abrirla. Nor e Irji pensaron que sería divertido bajar al mono dentro del cubo; pero nada más desplazar la tapa, el espeluznante reflejo de la luz sobre la carne humana los había aterrorizado.

Manek acudió corriendo cuando oyó el alboroto de su madre y las demás mujeres lanzando exclamaciones alrededor del pozo. Sacaron a Liir. El nivel del agua había subido, lo cual no era de extrañar, teniendo en cuenta el deshielo y las lluvias continuas. Liir estaba hinchado como un cadáver abandonado en un torrente.

—¡Ah, entonces estaba ahí! —dijo Manek con una voz extraña—. ¿Os acordáis que una vez dijo que quería bajar al pozo de los peces?

—Apartaos, niños, esto no es para vosotros. Volved arriba —dijo Sarima, con el tono que usaba para regañarlos—. ¡Obedeced! ¡Volved arriba ahora mismo!

Los niños no sabían qué era lo que estaban mirando y tenían miedo de mirar demasiado de cerca.

—No me lo puedo creer, es demasiado terrible —dijo Manek, entusiasmado, mientras Elphaba le lanzaba una afilada mirada de odio.

—Obedeced a vuestra madre —les ordenó secamente, y Manek le hizo una mueca desagradable, pero Irji, Nor y él subieron ruidosamente la escalera, y se quedaron agachados arriba, junto a la puerta, para espiar.

—¿Quién tiene en sus manos el arte de la medicina? ¿Usted, Tiíta? —preguntó Sarima—. ¡Démonos prisa! ¡Puede que aún estemos a tiempo! ¿No es cierto que usted conoce el arte? ¿No ha estudiado las ciencias de la vida? ¿Qué puede hacer?

—¡Irji! —gritó Elphie—. Ve a buscar a Nana y dile que es una emergencia. Lo llevaremos con mucho cuidado a la cocina. No, Sarima, yo no sé lo suficiente.

—¡Use sus hechizos, use su magia! —exclamó Cinco.

—¡Tráigalo de vuelta! —la urgió Seis.

—¡Puede hacerlo! ¡Ahora no hace falta que disimule y se oculte! —añadió Tres.

—Yo no puedo traerlo de vuelta —dijo Elphaba—. ¡No puedo! No tengo aptitudes para la hechicería. No las he tenido nunca. ¡Fue sólo una tonta campaña de la señora Morrible, que yo rechacé!

Las seis hermanas la miraron con recelo.

Irji llevó a Nana a la cocina, Nor trajo la escoba, Manek trajo la Grimería, y Sarima y sus hermanas transportaron el cuerpo chorreante e hinchado de Liir y lo depositaron sobre la mesa de carnicero.

—Vaya, ¿quién es éste ahora? —murmuró Nana, pero puso manos a la obra, bombeando piernas y brazos, e indicando a Sarima que le presionara el vientre.

Elphaba pasaba las hojas de la Grimería con expresión crispada y se golpeaba las sienes con los puños, mientras se lamentaba en tono plañidero:

—No tengo ninguna experiencia personal con las almas. ¿Cómo voy a encontrar la suya, si ni siquiera sé qué aspecto tienen?

—Está todavía más gordo que de costumbre —comentó Irji.

—Si le pinchas los ojos con una paja mágica de la escoba mágica, su alma volverá —dijo Manek.

—Me pregunto por qué se habrá metido en el pozo de los peces —dijo Nor—. Yo jamás lo habría hecho.

—¡Santa Lurlina, ten piedad de nosotros, ten piedad! —decía Sarima entre lágrimas, mientras las hermanas comenzaban a murmurar la oración de los muertos, alabando al Dios Innominado por la vida que los había abandonado.

—¡Nana no puede hacerlo todo! —exclamó Nana secamente—. ¡Elphaba, ven a ayudarme! ¡Te comportas igual que tu madre en medio de una crisis! Pon tu boca sobre la suya e insufla aire en sus pulmones. ¡Vamos, date prisa!

Elphaba enjugó la humedad de la pastosa cara de Liir con el borde de la manga. La cara no reaccionó y se quedó donde la había empujado. Elphaba hizo una mueca de disgusto, estuvo a punto de vomitar, y al final escupió algo en un cubo, pero después hundió la boca entre los labios del niño y sopló, insuflando en los rancios conductos aéreos su propio aliento rancio. Sus dedos se tensaron a los lados de la mesa de carnicero, arrancando astillas, como en un éxtasis de tensión sexual. Chistery acompasó su respiración con la de Elphaba.

—Huele como un pez —señaló Nor en un susurro.

—Si ése es el aspecto que tienes cuando te ahogas, prefiero morir quemado —comentó Irji.

—Yo no pienso morir —dijo Manek—, y nadie podrá obligarme.

El cuerpo de Liir empezó a sofocarse. Al principio pensaron que era una reacción mecánica, que era aire de la boca de Elphaba que se embolsaba y volvía a salir, pero después hubo una pequeña corriente de alguna repugnante sustancia amarilla. A continuación, los párpados del niño se movieron y su mano se agitó con voluntad propia.

—¡Oh, alabado sea el cielo! —murmuró Sarima—. ¡Es un milagro! ¡Gracias, Lurlina! ¡Bendita seas!

—Aún no estamos fuera de peligro —dijo Nana—. Todavía puede morirse de frío. ¡Rápido, quitadle la ropa mojada!

Los niños contemplaron la tonta indignidad de unas mujeres hechas y derechas arrancándole la túnica y los pantalones al estúpido de Liir. Lo untaron de pies a cabeza con manteca de cerdo, motivo suficiente para que los niños sufrieran un ataque de risa floja y para que Irji se sintiera muy extraño por debajo de los pantalones por primera vez en su vida. Después, envolvieron a Liir en una manta de lana, que quedó terriblemente pringosa, y lo prepararon para meterlo en la cama.

—¿Dónde duerme? —preguntó Sarima.

Todos se miraron entre sí. Las hermanas miraron a Elphaba y Elphaba miró a los niños.

—Oh, a veces en el suelo de nuestra habitación y otras en el suelo del cuarto de Nor —dijo Manek.

—También quiere dormir en mi cama, pero yo lo echo a empujones —explicó Nor—. Está demasiado gordo y no quedaría espacio para mí ni para mis muñecas.

—¿Ni siquiera tiene una cama? —le preguntó Sarima a Elphaba con frialdad.

—A mí no me lo pregunte; es su casa —replicó Elphie.

Entonces Liir se agitó un poco y dijo:

—El pez me hablaba. Yo le hablaba al pez. El pez de colores me hablaba. Era una chica. Me dijo que…

—Calla, pequeño —dijo Nana—. Ya habrá tiempo después —añadió, mientras miraba con fiereza a las mujeres y los niños que había en la cocina a su alrededor—. No debería ser la pobre Nana quien le encuentre una cama, pero si no hay otra para él, puede venir a mi habitación y yo dormiré en el suelo.

—¡Desde luego que no! ¡La sola idea…! —empezó Sarima, echando a andar.

—¡Bárbaros! ¡Sois todos unos bárbaros! —soltó Nana.

Nadie en Kiamo Ko se lo perdonó jamás.

* * *

Sarima regañó a la Tiíta Invitada por lo sucedido a Liir. Elphaba intentó decir que no lo había hecho ella y que por tanto la culpa no era suya.

—Ha sido una travesura de niño, un juego, un desafío —dijo.

Cuando se hubieron extinguido las acusaciones, pasaron a hablar de las diferencias entre los chicos y las chicas.

Sarima le contó a la Tiíta Invitada lo que sabía acerca del rito de iniciación de los chicos de la tribu.

—Los llevan a las praderas y los dejan solos, sin nada más que un taparrabos y un instrumento musical. Se supone que tienen que invocar a los espíritus y los animales de la noche, para conversar con ellos, aprender de su sabiduría, consolarlos si necesitan consuelo y luchar con ellos si necesitan luchar. El niño que muere durante la noche demuestra carecer del discernimiento necesario para saber si quien está con él necesita consuelo o necesita luchar. Es justo, por tanto, que muera joven y que su insensatez no sea una carga para la tribu.

—¿Qué cuentan los chicos de los espíritus que se les acercan? —preguntó la Tiíta Invitada.

—Los chicos hablan muy poco, en particular del mundo de los espíritus —respondió Sarima—. Aun así, una se va enterando de cosas, y yo creo que algunos espíritus son muy pacientes, muy fatigosos, muy obcecados. Según la tradición, debería haber conflicto, hostilidad y batalla, pero yo me pregunto si para tratar con los espíritus no necesitará el niño una buena dosis de cólera fría.

—¿Cólera fría?

—Sí, ¿no conoce la distinción? Las madres de la tribu siempre les dicen a sus hijos que hay dos tipos de cólera: caliente y fría. Los chicos y las chicas experimentan las dos; pero, a medida que crecen, los tipos de cólera se diferencian según el sexo. Los chicos necesitan cólera caliente para sobrevivir. Necesitan ser proclives a la lucha, sentirse impulsados a hundir el cuchillo en la carne, poseer la energía y la iniciativa de la furia. Es una exigencia de la caza, la defensa, el orgullo y quizá también del sexo.

—Sí, lo sé —dijo Elphaba, recordando.

Sarima se sonrojó y pareció infeliz, pero continuó:

—Las niñas, en cambio, necesitan cólera fría. Necesitan la ebullición a fuego lento, el rencor permanente, el talento para eludir el perdón y no transigir nunca. Necesitan saber que cuando dicen algo nunca se echarán atrás, nunca jamás. Es su compensación por un territorio de acción más limitado en el mundo. Si te enfrentas a un hombre y luchas, uno de los dos gana, y entonces sigues adelante o mueres y te quedas atrás. Si te enfrentas a una mujer, el universo entero cambia, porque la cólera fría requiere vigilancia eterna en todos los aspectos de los desaires y las ofensas.

Miró fijamente a Elphaba, asaeteándola con silenciosas acusaciones sobre Fiyero y Liir. Elphaba meditó al respecto. Meditó acerca de la cólera caliente y la cólera fría, y si era cierto que diferenciaba a los sexos, y cuál de las dos sentía ella, si es que alguna vez había sentido alguna. Pensó en su madre, que había muerto joven, y en su padre con sus obsesiones. Pensó en la cólera del doctor Dillamond, una cólera que lo había impulsado a estudiar e investigar. Pensó en la cólera que la señora Morrible difícilmente podía disimular, cuando intentaba seducir a las alumnas de su colegio para que sirvieran secretamente al gobierno.

Estuvo pensando al respecto a la mañana siguiente, mientras contemplaba cómo la creciente fuerza del sol hacía desmoronar los montículos de nieve de los tejados inclinados, bajo su ventana. Estuvo mirando cómo el sol hacía sangrar agua de hielo a los carámbanos, el frío y el calor trabajando juntos para formar un carámbano, la cólera fría y la cólera caliente trabajando juntas para producir furia, una furia suficientemente poderosa para usarla como arma contra las viejas cosas que aún debían ser combatidas.

En cierto modo (aunque sin ningún medio de confirmarlo, por supuesto), siempre se había sentido capaz de alentar una cólera igual de caliente que la de cualquier hombre. Pero para tener éxito, era preciso disponer de las dos clases…

Liir sobrevivió, pero Manek no. El carámbano que estaba contemplando Elphaba mientras pensaba en las armas necesarias para combatir esos abusos cayó del alero partido como una lanza rota, se precipitó silbando y alcanzó al niño en el cráneo, cuando andaba en busca de alguna manera nueva de atormentar a Liir.