65

Hubo un día, con las primeras rachas otoñales, en que los pendones y los estandartes del campamento del valle empezaron a ondear y los clarines hicieron oír su voz metálica hasta lo alto de la cuesta donde se encontraba el castillo. Al advertirlo, la Bruja supuso que la banda había llegado a Red Windmill y que estaba recibiendo una acogida digna de un rey.

—Si han llegado tan lejos, no querrán esperar —dijo—. Ve, Killyjoy, ve a buscarlos y enséñales el camino más corto hasta aquí.

Soltó al viejo perro y fueron tan calurosas sus exhortaciones que toda la jauría salió corriendo tras él, aullando de alegría y ansiosa por cumplir con su deber.

—¡Nana! —gritó la Bruja—. ¡Ponte unas enaguas limpias y cámbiate el delantal, porque al anochecer tendremos visita!

Pero los perros no regresaron en toda la tarde ni después del crepúsculo, y la Bruja pudo ver por qué. A través de un ojo telescópico montado en un tubo cilindrico (inventado por ella a partir de las investigaciones del doctor Dillamond sobre lentes enfrentadas), observó conmocionada la matanza. Dorothy y el León temblaban a un costado, junto al Espantapájaros, mientras el Hombre de Hojalata decapitaba uno tras otro con su hacha a sus perros. Killyjoy y sus lobunos parientes quedaron dispersos como soldados muertos en el campo de la derrota.

Incapaz de estarse quieta por la ira, la Bruja llamó a Liir.

—Tu perro está muerto. ¡Mira lo que le han hecho! —gritó—. ¡Mira y comprueba que no han sido sólo imaginaciones mías!

—Bueno, de todos modos, ese perro ya no me gustaba mucho —dijo Liir—. Además, vivió muchos años y los vivió muy bien —añadió temblando, pero en seguida volvió a dirigir el catalejo a la ladera.

—¡Eres un tonto! ¡Más te vale no mezclarte con esa tal Dorothy! —gritó la Bruja, arrancándole el instrumento de las manos.

—Estás terriblemente nerviosa, para ser alguien que espera visita —señaló él con expresión sombría.

—Se supone que vienen a matarme, no sé si lo recuerdas —replicó la Bruja, aunque ella misma lo había olvidado, del mismo modo que había olvidado su deseo de conseguir los zapatos hasta que volvió a verlos en el espejo. ¡El Mago no se los había quitado a Dorothy! ¿Por qué no? ¿Qué nueva campaña de intrigas era aquélla?

Comenzó a dar vueltas por la habitación, pasando las páginas de la Grimería adelante y atrás. Recitó un conjuro, se equivocó, lo intentó otra vez y después se giró e intentó aplicarlo a los cuervos. Aunque hacía tiempo que los tres cuervos originales se habían desplomado con el cuerpo rígido desde lo alto del marco de la puerta, seguía habiendo muchos en el castillo, todos emparentados entre sí y bastante tontos, pero tan estúpidamente sugestionables como una muchedumbre.

—¡Adelante! —dijo la Bruja—. Mirad con vuestros ojos más cerca de lo que yo puedo ver y quitadle la máscara al Espantapájaros, para que sepamos quién es. Traédmelos aquí, pero antes arrancadle los ojos a Dorothy y al León. Y, tres de vosotros, id a buscar a la princesa Nastoya a las Praderas Milenarias, porque pronto llegará el momento en que todos nosotros nos reuniremos. ¡Con la ayuda de la Grimería, el Mago será por fin derrotado!

—Últimamente no entiendo nada de lo que dices —comentó Liir—. ¡No puedes sacarles los ojos!

—¿Ah, no? ¡Mira y verás! —gruñó la Bruja.

Los cuervos se alejaron volando en una negra nube y se precipitaron como postas de plomo desde el cielo, por los escarpados precipicios, hasta alcanzar a los viajeros.

—Bonito atardecer, ¿verdad? —dijo Nana, entrando en la habitación de la Bruja en uno de sus raros paseos, con Chistery de asistente, como de costumbre.

—¡Ha enviado a los cuervos a sacarles los ojos a los invitados que vienen a cenar!

—¿Qué?

—¡PIENSA SACARLES LOS OJOS A LOS INVITADOS QUE VIENEN A CENAR!

—Bueno, supongo que de ese modo se evita tener que pasar el plumero.

—¿Queréis callaros, lunáticos? —exclamó la Bruja, temblando como aquejada de un trastorno nervioso, con los hombros aleteando, como si ella misma fuera un cuervo. Cuando por fin los encontró en el espejo, soltó un largo aullido.

—¿Qué, qué? ¡Déjame ver! —dijo Liir, arrebatándole el espejo. Se lo explicó a Nana, porque para entonces la Bruja estaba casi sin habla—. Bueno, supongo que el Espantapájaros sabe espantar pájaros, es evidente.

—¿Por qué? ¿Qué ha hecho?

—Sólo diré que no volverán —dijo Liir, mirando de soslayo a la Bruja.

—Todavía podría ser él —dijo la Bruja por fin, respirando pesadamente—. Aún puede que consigas tu deseo, Liir.

—¿Mi deseo?

El chico no recordaba haber pedido un padre, ni la Bruja se molestó en recordárselo. Nada le indicaba aún que el Espantapájaros no fuera un hombre disfrazado. ¡Ya no necesitaría el perdón, si Fiyero no había muerto!

La luz agonizaba y el extraño grupo de amigos avanzaba a buen ritmo por la ladera. Venían sin escolta de soldados, quizá porque los soldados creían de verdad que una Bruja Malvada gobernaba Kiamo Ko.

—¡Vamos, abejas —dijo la Bruja—, trabajad conmigo ahora! ¡Todas juntas, dulces abejas mías! Necesitamos vuestros aguijonazos, vuestro brío, necesitamos cierta maldad, ¿podéis darnos algo así? ¡A nosotros, no! ¿Por qué no escucháis cuando hablo, tontainas? A la niña que sube por la cuesta. ¡Viene a matar a vuestra abeja reina! Y cuando hayáis terminado vuestro trabajo, bajaré y recogeré esos zapatos.

—¿De qué está hablando ahora esa arpía? —le preguntó Nana a Liir.

Las abejas, que sólo prestaban atención al timbre de voz de la Bruja, levantaron el vuelo para salir en enjambre por la ventana.

—Vigila tú. Yo no puedo mirar —dijo la Bruja.

—La luna parece un bonito melocotón asomando detrás de las montañas —comentó Nana, aplicando al telescopio el ojo afectado de cataratas—. ¿Por qué no plantamos uno o dos melocotoneros, en lugar de todos esos manzanos infectos del huerto del fondo?

—Las abejas, Nana. Quítale el catalejo, Liir, y cuéntame lo que pasa.

Liir le hizo un relato pormenorizado.

—Están bajando en picado. Parecen el genio de la lámpara, porque vuelan formando un cúmulo enorme, terminado en una cola irregular. Los viajeros las ven venir. ¡Sí, las han visto! El Espantapájaros se está sacando paja del pecho y de las piernas, y la usa para cubrir al León y a Dorothy. También hay un perrito. Ahora las abejas no pueden atravesar la paja y el Espantapájaros está tirado por el suelo, partido en trozos.

No era posible. La Bruja le arrebató el catalejo.

—¡Liir, eres un sucio mentiroso! —gritó. Su corazón rugía como el viento.

Pero era cierto. No había nada, salvo paja y aire, dentro de la ropa del Espantapájaros. ¡Adiós al amante escondido que volvía a casa, adiós a la última esperanza de salvación!

Y las abejas, sin nadie más que atacar excepto el Hombre de Hojalata, se arrojaron contra él y fueron cayendo al suelo en negros montones, como sombras chamuscadas, con los aguijones aplastados contra la superficie metálica del leñador.

—Tendrás que reconocer que nuestros invitados son ingeniosos —dijo Liir.

—¿Podrás callarte antes de que te haga un nudo con la lengua? —replicó la Bruja.

—Creo que debería bajar y empezar a preparar unos entremeses; tendrán apetito después de superar todas esas pruebas que les estás poniendo —dijo Nana—. ¿Tienes alguna preferencia entre galletas con queso y hortalizas crudas con salsa de pimienta?

—Yo prefiero queso —dijo Liir.

—¡Elphaba! ¿Tú qué opinas?

Pero ella estaba demasiado ocupada, investigando en la Grimería.

—Tendré que decidirlo sola, como siempre —dijo Nana—. Siempre me toca hacer todo el trabajo. A mi edad, se supone que debería estar llorando de felicidad. Debería poder descansar, al menos una vez. Pero no. Siempre la dama de honor, nunca la novia.

—Siempre el padrino, nunca el Dios padre —dijo Liir.

—¿Me dejaréis en paz, vosotros dos? ¡Vete de una vez, Nana, si es que vas a irte!

Nana se encaminó hacia la puerta con tanta rapidez como sus viejas piernas se lo permitieron.

—¡Chistery —dijo la Bruja—, deja que se vaya por sus propios medios y quédate! Te necesito aquí.

—¡Muy bien! ¡Deja que me despeñe por la escalera y me mate! ¡Encantada de servirte! —exclamó Nana—. Y a propósito, será queso.

La Bruja le explicó a Chistery lo que quería.

—Esto es una tontería. Dentro de poco se hará de noche, caerán por un precipicio y se matarán. No quisiera que acabaran así los pobrecitos. Bueno, imagino que el Hombre de Hojalata y el Espantapájaros pueden caerse todo lo que quieran sin que les pase gran cosa. Un buen hojalatero puede reparar un torso abollado. Pero tráeme a Dorothy y al León. Dorothy tiene mis zapatos y yo tengo una cita con el León. Somos viejos amigos. ¿Podrás hacerlo?

Chistery bizqueó, asintió, sacudió la cabeza, se encogió de hombros y escupió.

—Bueno, inténtalo. ¿De qué me servirías si no lo intentas? —dijo la Bruja—. Anda, vete, y llévate a tus compañeros.

La Bruja se volvió hacia Liir.

—Ahi lo tienes, ¿estás contento? No les he pedido que los maten. Los escoltarán hasta aquí como invitados nuestros. Cuando haya conseguido los zapatos, dejaré que sigan su camino. Después me iré con esta Grimería a las montañas y me quedaré a vivir en una cueva. Tú ya eres mayor para cuidarte solo. Podemos acabar con todo esto. ¿Para qué quiero ahora el perdón? ¿Eh, qué me dices?

—Vienen a matarte —dijo él.

—¡Sí y tú no ves la hora de que lo consigan!

—Te protegeré —dijo él, incómodo—, pero no hasta el extremo de hacerle daño a Dorothy —añadió en seguida.

—¡Bah, ve a poner la mesa, y dile a Nana que olvide las galletas con queso y sirva las hortalizas! ¿A qué esperas? ¡Vete! —exclamó, amenazándolo con la escoba—. ¡Vete, si te digo que te vayas!

Cuando se quedó sola, se desmoronó. O bien esos viajeros tenían una suerte fenomenal, o bien reunían entre todos suficiente valor, cerebro y corazón como para salir airosos de todas las pruebas. Claramente, la Bruja había elegido un enfoque erróneo. Debería recibir a la niña, explicarle con amabilidad la situación y hacerse con los condenados zapatos mientras pudiera. Con los zapatos y con la ayuda de la princesa Nastoya, quizá aún pudiera vengarse del Mago. En cualquier caso, de un modo u otro, la Grimería quedaría oculta. Y los zapatos, fuera del alcance del Mago.

Pero con el impacto de la muerte de sus animales, la sangre corría fría por sus venas. Podía sentir sus pensamientos y sus intenciones dando tumbos unos sobre otros. Y no estaba segura de lo que haría cuando estuviera cara a cara con Dorothy.