39
Una mañana, cuando Seis hubo intentado y renunciado una vez más a impartir algún tipo de clases a los niños, Irji propuso jugar al escondite dentro del castillo. Lo echaron a suertes y Nor sacó la pajita más corta, de modo que tuvo que taparse los ojos y contar. Cuando se aburrió de la espera, gritó «¡Cien!» y empezó a buscar.
Primero encontró a Liir. Aunque era propenso a desaparecer durante horas, Liir no tenía habilidad para esconderse cuando se lo pedían. Los dos se pusieron a buscar juntos a los chicos mayores y encontraron a Irji en el solárium de Sarima, agachado detrás de los volantes suspendidos de la percha de un grifo disecado.
Pero no pudieron hallar a Manek, el más hábil para esconderse.
No estaba en la cocina, ni en la sala de música, ni en las torres. Agotadas las ideas, los niños se atrevieron a bajar a los sótanos mohosos.
—Hay túneles que van desde aquí hasta el infierno —dijo Irji.
—¿Dónde? ¿Por qué? —dijo Nor, y Liir repitió sus palabras como un eco.
—Están escondidos, no se sabe bien dónde. Pero todos lo dicen. Preguntadle a Seis. Creo que fue porque antes estuvo aquí la administración de las obras hidráulicas. ¡Eso es! Hay tanto fuego y hace tanto calor en el infierno que los demonios necesitan agua y por eso construyeron túneles para llegar aquí.
—Mira, Liir —dijo Nor—, ahí está el pozo de los peces.
En el centro de una sala abovedada de techos bajos, con perlas de humedad condensada en los muros de piedra, había un pozo rodeado de un brocal bajo con tapa de madera. Había un sencillo dispositivo compuesto por una cadena y una piedra, para quitar y poner la tapadera. Destaparlo fue un juego de niños.
—De ahí abajo vienen los peces que comemos —dijo Irji—. Nadie sabe si es sólo un lago o si no tiene fondo y puedes seguir bajando hasta el infierno.
Agitó la tea y apareció un círculo de agua negra que reflejaba la llama formando astillas y anillos de gélida luz blanca.
—Seis dice que hay una carpa dorada ahí abajo —explicó Nor—. La vio una vez. Es tan grande que la confundió con una tetera de latón flotando en la superficie, pero entonces el pez se volvió y la miró.
—Quizá era una tetera de latón —apuntó Liir.
—Las teteras no tienen ojos —replicó Nor.
—Sea como sea, Manek no está aquí —dijo Irji—. ¿O sí está? —Se puso a llamarlo—. ¡Hola! ¡Manek!
Y el eco se fue rodando y se disolvió en la oscuridad acuosa.
—Quizá Manek bajó al infierno por uno de esos túneles —dijo Liir.
Irji volvió a tapar el pozo de los peces.
—Pero ahora te toca a ti, Nor. Yo no pienso volver a mirar ahí abajo.
De pronto sintieron miedo y subieron la escalera a la carrera. Cuatro les gritó por hacer tanto alboroto.
Al final, Nor encontró a Manek en la escalera, junto a la puerta de la Tiíta Invitada.
—¡Chis! —dijo cuando los otros se hubieron acercado.
Pero de todos modos, Nor lo tocó y exclamó:
—¡Tú la paras!
—¡Chis! —repitió él, en tono más perentorio.
Hicieron turnos para espiar a través de una grieta en el desgastado grano de la puerta.
La Tiíta tenía un dedo apoyado en un libro y murmuraba algo para sus adentros, articulándolo primero en una dirección y después en otra. A su lado, sobre un aparador, estaba acuclillado Chistery, guardando un silencio incómodo y obediente.
—¿Qué pasa? —preguntó Nor.
—Está intentando enseñarle a hablar —dijo Manek.
—Déjame mirar —pidió Liir.
—Di espíritu —decía la Tiíta con voz amable—. Di espíritu. Espíritu. Espíritu.
Chistery torció la boca a un lado, como si lo estuviera pensando.
—No hay ninguna diferencia —dijo la Tiíta para sí, o quizá se lo dijera a Chistery—. Las hebras son las mismas, las madejas idénticas; la piedra recuerda; el agua tiene memoria; el aire tiene un pasado del que es responsable; la llama se renueva como un pfénix. ¿Qué es un animal, si no un ser hecho de piedra, fuego y éter? Recuerda cómo se habla, Chistery. ¡Eres un animal, pero el Animal es tu hermano, maldita sea! ¡Di espíritu!
Chistery se sacó una liendre del pelo del pecho y se la comió.
—Espíritu —cantó la Tiíta—, hay espíritu, lo sé. ¡Espíritu!
—Espitu —dijo Chistery, o algo semejante.
Irji empujó a Manek a un lado y los niños casi derribaron la puerta para ver a la Tiíta riendo, bailando y cantando. La Tiíta cogió a Chistery y lo abrazó con fuerza, diciendo:
—¡Espíritu, oh, espíritu, Chistery! ¡Hay espíritu! ¡Di espíritu!
—Espitu, espitu, espitu —dijo Chistery, sin que su hazaña pareciera impresionarlo—. Espito.
Pero Killyjoy se despertó de la siesta, al oír el sonido de una voz nueva.
—Espíritu —dijo la Tiíta.
—Esperóte —dijo Chistery pacientemente—. Espira. Esperado. Esputo, esputo, esputo. Pata, peto, pito. Espido, espurio, espote.
—Espíritu —repitió la Tiíta—. ¡Oh, mi querido Chistery! ¡Aún encontraremos un vínculo con los trabajos del doctor Dillamond! ¡Hay un designio universal en todos nosotros, si profundizamos lo suficiente como para verlo! ¡Las cosas no son en vano! ¡Espíritu, amigo mío, espíritu!
—Sport —dijo Chistery.
Los niños no pudieron contener la risa. Bajaron corriendo la escalera, se metieron en el dormitorio y estallaron en carcajadas entre las mantas.
No mencionaron lo que habían visto a Sarima ni a las hermanas. Temían que detuvieran el trabajo de la Tiíta, y todos querían que Chistery aprendiera a hablar lo suficiente como para jugar con ellos.
* * *
Un día sin viento, cuando todo hacía pensar que si no salían de Kiamo Ko morirían de aburrimiento, Sarima tuvo la idea de ir a patinar a una laguna cercana. Las hermanas estuvieron de acuerdo y sacaron a la luz los viejos patines oxidados que Fiyero había traído de la Ciudad Esmeralda. Prepararon bizcochitos de caramelo y termos de chocolate caliente, e incluso se adornaron con cintas verdes y doradas, como si fuera una segunda Natividad de Lurlina. Sarima se atavió con una túnica marrón de terciopelo con cuello de piel; los niños se pusieron más pantalones y blusas, e incluso Elphaba se unió al grupo, con una gruesa capa de brocado púrpura, pesadas botas arjikis de piel de cabra y manoplas para empuñar su escoba. Chistery se acomodó en la cesta de albaricoques secos. Las hermanas, vestidas con los discretos abrigos que usaban los hombres de la tribu, ceñidos y abotonados, cerraban la marcha.
Los aldeanos habían despejado la nieve del centro de la laguna, convertida en plateada pista de baile, grabada con graciosas curvas de mil arabescos y acolchada alrededor con montículos de nieve, para ofrecer reposo seguro a los patinadores que olvidaran cómo se frenaba o se giraba. En la desaforada luz del sol, las montañas destacaban con afilada nitidez sobre el azul del cielo, y en lo alto volaban en círculos garzas nivales y grifos de los hielos. La pista ya era un alboroto de niños gritones y adolescentes tambaleantes, que aprovechaban la menor oportunidad para caer amontonados en las más sugerentes posturas. Los mayores se movían más lentamente, formando una procesión en torno al hielo. La muchedumbre guardó silencio cuando vio que se acercaba la familia real de Kiamo Ko, pero los niños son niños y el silencio no duró mucho.
Sarima se aventuró por el hielo, mientras sus hermanas formaban una cadena a su alrededor, con los brazos entrelazados. Al ser más bien corpulenta y de tobillos débiles, tenía miedo de caer. Pero al cabo de poco tiempo recordó cómo funcionaba todo (primero un pie y después el otro, en largas zancadas lánguidas), y el incómodo encuentro entre clases sociales pudo consumarse. Elphaba parecía uno de sus cuervos: sus rodillas apuntaban hacia afuera, sacudía los codos, sus andrajos ondulaban al viento y sus manos enguantadas arañaban el aire buscando equilibrio.
Cuando las personas mayores consideraron que ya habían tenido suficiente diversión (aunque los niños no habían hecho más que empezar), Sarima, las hermanas y Elphie se dejaron caer sobre unas pieles de oso que los aldeanos habían desplegado para ellas.
—En verano —dijo Sarima— encendemos una gran hoguera y matamos algunos cerdos, antes de que los hombres bajen a las llanuras o los chicos suban a las laderas para cuidar las cabras y las ovejas. Todos acuden al castillo para comer un poco de carne de cerdo y beber unas jarras de cerveza. Y también, por supuesto, cada vez que hay un león de las montañas o un oso particularmente peligroso, abrimos a la población las puertas del castillo, hasta que la bestia es abatida o se marcha.
Sonrió con orgullo, como diciendo «nobleza obliga» y con la mirada puesta en las distancias medias, aunque los aldeanos ya no prestaban atención a la gente del castillo.
—Tiíta, querida —prosiguió—, tenía usted un aspecto impresionante con esa capa y blandiendo esa escoba.
—Liir dice que es una escoba mágica —dijo Nor, que se había acercado corriendo para arrojar una bola de nieve a la cara de su madre.
Elphaba giró rápidamente la cabeza y se levantó el cuello de la capa, para evitar que la nieve la salpicara. Nor lanzó una risotada descortés, que por su musicalidad recordaba el sonido de una flauta, y se marchó corriendo.
—Cuéntenos entonces cómo llegó a ser mágica su escoba —dijo Sarima.
—Nunca he dicho que fuera mágica. Me la regaló una mónaca anciana, la madre Yackle. Me acogió bajo su protección, cuando aún tenía lucidez suficiente, y me dio… no sé, supongo que podríamos llamarlo orientación.
—Orientación —repitió Sarima.
—La vieja mónaca dijo que la escoba me serviría de vínculo con mi destino —recordó Elphie—. Supongo que quiso decir que mi destino era doméstico. Pero no mágico.
—Como el de todas nosotras —dijo Sarima bostezando.
—Nunca supe si la madre Yackle estaba loca o perfectamente cuerda, la vieja profética… —dijo Elphie, pero como las demás no le estaban prestando atención, se quedó callada.
Al cabo de un momento, Nor volvió otra vez para dejarse caer en el regazo de su madre.
—Cuéntame un cuento, mamá —pidió—. Esos niños son tontos.
—Los chicos son criaturas irritantes —convino su madre—. A veces. ¿Quieres que te cuente la historia de cuando naciste?
—No, ésa no —dijo Nor bostezando—. Cuéntame un cuento de verdad. Cuéntame otra vez el de la Bruja y los zorritos.
Sarima protestó, porque sabía bien que los niños llamaban bruja a la Tiíta Invitada. Pero Nor era obstinada, y Sarima cedió y le contó el cuento. Elphaba escuchó. Su padre le había enseñado preceptos morales y la había sermoneado sobre sus responsabilidades. Nana solía chismorrear y Nessarose lloriqueaba. Pero nadie le había contado cuentos cuando era pequeña. Se inclinó un poco hacia adelante, para poder oír entre el rumor de la multitud.
Sarima recitaba la historia con escaso sentimiento dramático, pero aun así Elphaba sintió una punzada cuando oyó la conclusión. «Y allí se quedó la vieja y malvada Bruja durante mucho, muchísimo tiempo.»
—¿Ha salido alguna vez? —recitó Nor, con los ojos brillantes por la diversión del ritual.
—Todavía no —respondió Sarima, mientras se abalanzaba sobre su hija y fingía que le mordía el cuello. Nor chilló, se soltó de los brazos de su madre y salió corriendo para reunirse con los niños.
—Aunque sólo sea un cuento, me parece bochornoso proponer una vida después de la vida para el mal —dijo Elphaba—. Cualquier concepto de vida después de la vida es una manipulación y una concesión. Es bochornosa la forma en que tanto los unionistas como los paganos se empeñan en hablar del infierno para intimidar y de la Otra Tierra como recompensa.
—No diga eso —replicó Sarima—. Tenga en cuenta que allí es donde Fiyero me está esperando. Y usted lo sabe.
Elphaba se quedó boquiabierta. Cuando menos lo esperaba, Sarima siempre parecía dispuesta a desconcertarla con un ataque sorpresa.
—¿En la otra vida? —dijo Elphie.
—¡Usted siempre está en contra! —replicó Sarima—. Me compadezco de la gente que tenga que recibirla a usted en la otra vida. ¡Siempre tan amargada!