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Sabía que no disponía de tiempo para organizar una persecución en toda la regla de esa tal Dorothy. Glinda tendría que haber contratado cómplices para rastrear esos zapatos; era lo mínimo que podía hacer, con su dinero y sus contactos. Aun así, la Bruja iba haciendo paradas por el camino de Baldosas Amarillas y en una ocasión preguntó a los parroquianos de una taberna de la carretera, que estaban tomando una copa vespertina, si habían visto a una niña con traje de cuadros azules y blancos, acompañada de un perrito. Se inició entonces una animada discusión, en la que los clientes de la taberna intentaron determinar si la Bruja verde pretendía hacerle daño a la niña (por lo visto, la pequeña tenía la rara virtud de cautivar a los desconocidos), y sólo cuando se convencieron de que tal cosa no era probable, se avinieron a responder. Dorothy había pasado por allí unos días antes y se decía que se había quedado a pasar la noche en casa de alguien, uno o dos kilómetros carretera abajo, antes de seguir su camino.

—Es una casa muy cuidada, con el techo amarillo abovedado —dijeron—, con una chimenea en forma de alminar. No tiene pérdida.

La Bruja la encontró, y también encontró a Boq, sentado en un banco en el jardín, columpiando a un bebé sobre sus rodillas.

—¡Tú! —dijo él—. ¡Ya sé por qué estás aquí! ¡Milla, ven rápido, mira quién ha venido! ¡La señorita Elphaba, de Crage Hall! ¡En persona!

Milla acudió, con un par de niños desnudos agarrados a las tiras de su delantal. Con la cara roja de hacer la colada, se apartó el pelo enmarañado de los ojos y dijo:

—¡Oh, y justamente hoy se nos ha olvidado ponernos nuestras mejores galas! ¡Mira quién ha venido a reírse de nuestra rústica condición!

—¿Qué te parece? ¿No está espléndida? —dijo Boq con cariño.

Milla conservaba su buena figura, aunque a su alrededor se veían cuatro o cinco retoños y seguramente habría alguno más. Boq estaba fondón y su pelo fino y desordenado se había vuelto prematuramente plateado, lo cual le confería una dignidad que nunca había tenido en su época de estudiante.

—Nos enteramos de la muerte de tu hermana, Elphie —dijo—, y le enviamos nuestras condolencias a tu padre. No sabíamos dónde estabas tú. Oímos decir que habías venido de visita cuando Nessie accedió al gobierno, pero no sabíamos a qué lugar volviste cuando te marchaste. Me alegro de verte.

La amargura que la Bruja había sentido por la traición de Glinda se disipó en parte, gracias a la gentileza natural y el lenguaje directo de Boq. Siempre lo había apreciado, por su apasionamiento y su cordura.

—Estás muy bien —le dijo.

—Rikla, levántate de esa silla y deja que nuestra invitada se siente —le indicó Milla a uno de los niños—. Y tú, Yellowgage, corre a casa del tío y pídele arroz, unas cebollas y un poco de yogur. ¡Vamos, rápido, para que pueda empezar a cocinar!

—No me quedaré a comer, Milla, tengo prisa —dijo la Bruja—. No te molestes, Yellowgage. Me encantaría quedarme un rato y enterarme de todas vuestras novedades, pero estoy tratando de localizar a una niña extranjera que, según dicen, pasó por aquí y se quedó una o dos noches.

Boq hundió las manos en los bolsillos.

—Así es, Elphie. ¿Qué quieres de ella?

—Quiero los zapatos de mi hermana. Son míos.

Boq pareció asombrarse tanto como se había asombrado Glinda.

—Nunca te han interesado mucho los atavíos y menos los zapatos de fiesta —dijo.

—Sí, es cierto, pero quizá esté considerando asistir por fin a un baile de debutantes en la Ciudad Esmeralda, para mi postergada presentación en sociedad. —Sin embargo, no le pareció bien dirigirse a Boq con tanta aspereza—. Es un asunto personal, Boq. Quiero esos zapatos. Mi padre los fabricó y ahora son míos. Glinda se los dio a esa chica sin mi consentimiento. ¡Y que el cielo se apiade del País de los Munchkins si llegan a caer en manos del Mago! ¿Cómo es esa tal Dorothy?

—Adorable —respondió él—. Llana y directa como las semillas de la mostaza. No creo que tenga problemas, aunque el camino es muy largo para una niña, de aquí a la Ciudad Esmeralda. Pero apuesto a que todos los que la vean, la ayudarán. Estuvimos charlando hasta que salió la luna: de su casa, de Oz y de lo que puede esperar del camino. Hasta ahora nunca había viajado.

—¡Qué encantador! —dijo la Bruja—. ¡Qué novedoso para ella!

—¿Estás preparando una de tus campañas? —preguntó de pronto Milla con expresión astuta—. ¿Sabes, Elphie? Aquella vez, cuando no regresaste de la Ciudad Esmeralda con Glinda, todos dijeron que te habías vuelto loca y que estabas tramando el asesinato de alguna persona importante.

—La gente siempre habla, ¿verdad? Por eso ahora me llaman bruja: la Malvada Bruja del Oeste, si queréis oír el título en toda su gloria. Como de todos modos la gente va a llamarme lunática, al menos quiero obtener algún beneficio. Así me libro de las convenciones.

—Tú no eres malvada —dijo Boq.

—¿Cómo lo sabes? ¡Ha pasado tanto tiempo! —replicó la Bruja, pero con una sonrisa.

Boq le devolvió la sonrisa con calidez.

—Glinda usaba sus collares relucientes y tú sacabas provecho del exotismo de tu aspecto y de tu pasado, ¿pero acaso no hacíais las dos lo mismo, intentando sacar partido de lo que teníais para conseguir lo que queríais? La gente que dice ser malvada no suele ser peor que el resto de nosotros —suspiró—. Pero la gente que dice ser buena, o mejor que los demás en algún aspecto, esa gente sí que es peligrosa.

—Como Nessarose —sugirió Milla con malicia; pero como estaba diciendo la verdad, todos asintieron.

La Bruja sentó en su regazo a uno de los hijos de Boq y se puso a canturrearle con la mente en otra parte. Los niños no le gustaban más que antes, pero varios años de trato con monos le habían proporcionado una perspectiva de la mentalidad infantil que antes no tenía. Haciendo un ruidito como de arrullo, el bebé mojó plácidamente los pañales. La Bruja se lo quitó de encima en seguida, antes de que los orines se filtraran hasta su falda.

—Al margen de los zapatos —dijo la Bruja—, ¿os parece correcto enviar a una niña indefensa como ésa directamente a las fauces del Mago? ¿Alguien le ha contado la clase de monstruo que es?

Boq pareció incómodo.

—Bueno, Elphie, a mí no me gusta hablar mal del Mago. Me temo que hay demasiadas paredes con oídos en este pueblo, y nunca se sabe quién está de parte de quién. Entre tú y yo, espero que la muerte de Nessa nos traiga algún tipo de gobierno sensato; pero si de aquí a dos meses nos derrota un ejército invasor, no quisiera que la gente fuera diciendo por ahí que yo hablaba mal de los vencedores. Hay rumores de reunificación.

—¡Oh, no me digas que tú también esperas que sea así! —dijo la Bruja—. ¡Tú no!

—Yo no espero nada, excepto paz y tranquilidad —replicó él—. Ya tengo suficientes dificultades para sacar una cosecha de estos campos pedregosos. Para eso fui a Shiz, ¿recuerdas? Para aprender agricultura. Dedico todo mi esfuerzo a nuestras pequeñas parcelas y lo único que consigo es ganarme la vida a duras penas.

Sin embargo, parecía orgulloso, y también Milla.

—Y supongo que tendrás un par de Vacas en el establo —dijo la Bruja.

—¡Ay, mira que eres gruñona! ¡Claro que no! ¿Crees que podría olvidar la causa por la que trabajamos Crope, Tibbett, tú y yo? Fue el punto culminante de una vida tranquila.

—No era preciso que tuvieras una vida tranquila, Boq —dijo la Bruja.

—No seas condescendiente. No he dicho que lamente nada, ni la emoción de una acción emprendida por una buena causa, ni la tranquilidad de vivir en una granja con mi familia. ¿Tuvo algún efecto positivo nuestra acción de entonces?

—Puede que no sirviera para otra cosa —replicó la Bruja—, pero al menos ayudamos al doctor Dillamond. Estaba muy solo en su trabajo, ya sabes. Además, el fundamento filosófico de la resistencia surgió de sus hipótesis pioneras. Sus descubrimientos le sobrevivieron, y aún perviven.

No habló de sus experimentos con los monos alados. Las aplicaciones prácticas descubiertas por la Bruja derivaban directamente de las teorías del doctor Dillamond.

—No advertimos que estábamos viviendo el final de una edad de oro —suspiró Boq—. ¿Cuándo fue la última vez que viste a un Animal ejerciendo una profesión liberal?

—¡Ah, no me hagas hablar! —replicó la Bruja, que se incorporó, incapaz de estarse quieta en la silla.

—¿Recuerdas que te guardaste aquellas notas del doctor Dillamond? Nunca me dejaste saber del todo qué contenían. ¿Te han servido de algo?

—Aprendí lo suficiente de sus investigaciones como para seguir haciéndome preguntas —dijo la Bruja, pero sus palabras le sonaron demasiado pomposas. Deseó no tener que hablar más, porque se sentía demasiado triste y desesperada.

Milla lo notó y, en un repentino arranque de caridad, salió en su ayuda.

—Todo eso, afortunadamente, es cosa del pasado. Éramos unos optimistas incurables. Ahora todos hemos engordado y llevamos a nuestros hijos a rastras y a nuestros padres a la espalda. Además, estamos al mando, mientras que los personajes que suscitaban nuestro temeroso respeto se están consumiendo de viejos.

—El Mago no —dijo la Bruja.

—La señora Morrible sí —replicó Milla—, o al menos eso cuenta Shenshen en su última carta.

—¿Ah, sí? —dijo la Bruja.

—Sí, así es —asintió Boq—, aunque desde su lecho de dolor, la señora Morrible sigue aconsejando a nuestro Mago Emperador sobre asuntos de educación. Me sorprende que Glinda no haya enviado a Dorothy a Shiz, a estudiar con la señora Morrible, en lugar de dirigirla a la Ciudad Esmeralda.

La Bruja no podía imaginar a Dorothy, pero por un momento vio la figura encorvada de Nor. Vio una multitud de chicas iguales que Nor, con yugos y cadenas, moviéndose en torno a la señora Morrible, tal como habían hecho las estudiantes hacía tantos años.

—Elphie, vuelve a sentarte, no tienes buen aspecto —dijo Boq—. Es un momento difícil para ti. Creo recordar que no te llevabas bien con Nessarose.

Pero la Bruja no quería pensar en su hermana.

—Dorothy es un nombre bastante feo —señaló—, ¿no creéis?

Se recostó pesadamente sobre el respaldo de la silla y Boq se acomodó en una butaca, a pocos palmos de distancia.

—No lo sé —respondió—. De hecho, hablamos con ella al respecto. Dijo que el rey de su país era un hombre llamado Teodoro. Su maestra le había explicado que el nombre significaba «regalo de Dios» y que eso indicaba que aquel hombre estaba predestinado para ser rey o primer ministro. La niña le dijo que su nombre, Dorothy, se parecía al de Teodoro, pero al revés. Pero la maestra lo había consultado y había averiguado que Dorothy significaba «diosa de los dones».

—Pues yo sé de un don que podría hacerme a mí —dijo la Bruja—: puede darme mis zapatos. ¿Estás intentando decirme que crees que esa niña es un regalo de Dios o alguna clase de reina o de diosa? Boq, tú no solías prestar atención a las supersticiones.

—No estoy diciendo nada de eso. Sólo estoy hablando del origen de las palabras —respondió con calma—. Ya se ocuparán otras personas más cultivadas que yo de estudiar los significados ocultos de la vida. Pero me parece interesante que el nombre de la niña se parezca tanto al nombre de su rey.

—Pues yo creo que es una niñita llena de santidad —dijo Milla—, tan santa y sagrada como cualquier niña de su edad, ni más ni menos. ¡Yellowgage, quita las garras del pastel de limón (te veo desde aquí), o no pararé de darte azotes hasta que me canse! Yo he pensado que esa niña, Dorothy, debe de parecerse a Ozma tal como era antes, o como quizá sigue siendo, si alguna vez se recupera del sueño profundo que dicen que le ha causado ese encantamiento.

—Pues a mí me parece que esa niña es un horror —dijo la Bruja—. Ozma… Dorothy… Toda esa cháchara sobre niñas salvadoras. Siempre la he detestado.

—¿Sabes qué? —intervino Boq, con aire pensativo—. Me ha venido a la mente ahora, hablando de los viejos tiempos. Me pregunto si recuerdas aquel grabado medieval que encontramos una vez en la biblioteca de Three Queens, aquel con una mujer que acunaba a una bestia. Había una especie de ternura y a la vez de horror en ese dibujo. Bueno, en Dorothy hay algo que me recuerda a aquel personaje innominado. Podrías llamarle incluso la Diosa Innominada. ¿Será sacrilegio? Dorothy tiene esa dulce caridad hacia su perro, una bes— tezuela bastante espantosa. ¡Y qué mal huele el animal! ¡No imaginas lo repugnante que es! Pero una vez Dorothy cogió al perrillo en brazos y se inclinó sobre él, canturreándole una cancioncilla, exactamente en la misma pose que aquella imagen medieval. Dorothy es una niña, pero tiene la solidez de un adulto en el porte, y una actitud grave que no es corriente en los jóvenes. Es encantadora, Elphie. A decir verdad, quedé muy impresionado —dijo, mientras partía unas cuantas nueces y unas macarandas orientales y las compartía—. A ti también te gustará, estoy seguro.

—Por lo que oigo, preferiría evitarla a toda costa —repuso la Bruja—. Lo último que me apetece en estos días es dejarme seducir por el encanto de la pureza juvenil. Pero insisto en recuperar lo que es mío.

—Son muy mágicos, esos zapatos, ¿verdad? —dijo Milla—. ¿O son sólo simbólicos?

—¿Cómo voy a saberlo? —replicó la Bruja—. Ni siquiera me los he probado. Pero si los consiguiera y pudieran sacarme de esta vida de peligros e incertidumbre, no lo lamentaría.

—Sea como sea, todos culpaban a los zapatos de la tiranía de Nessarose. Me parece bien que Glinda los haya mandado fuera del País de los Munchkins. La niña los está sacando de contrabando, sin saberlo siquiera.

—Glinda ha enviado a la niña a la Ciudad Esmeralda —dijo la Bruja, subrayando las palabras—. Si el Mago consigue los zapatos, se sentirá con licencia para invadir el País de los Munchkins. Y es una tontería que intentéis parecer neutrales, como si no os importara que os invada o no.

—Te quedarás a tomar algo, al menos un té —dijo Milla, intentando serenar los ánimos—. Mira, le he pedido a Clarinda que ponga una tetera nueva, y además tenemos crema de azafrán. ¿Recuerdas la merienda con crema de azafrán, después del funeral de Ama Clutch?

Por un instante, la Bruja respiró pesadamente, sintiendo un dolor en el esófago. No le gustaba recordar aquellos tiempos difíciles. En aquella época, Glinda había sabido perfectamente que la señora Morrible estaba detrás de la muerte de Ama Clutch; ahora, convertida en lady Glinda, formaba parte de la misma clase dominante. Era espantoso. Y esa Dorothy, cualquiera que fuera su origen, no era más que una niña, y la estaban utilizando para librar al País de los Munchkins de aquellos malditos zapatos totémicos. O para llevarle los zapatos al Mago, del mismo modo que la señora Morrible había utilizado a sus alumnas, convirtiéndolas en Adeptas.

—¡No puedo quedarme aquí, parloteando como una idiota! —exclamó, sobresaltando a todos y volcando al suelo el cuenco de las nueces—. ¿Acaso no desperdiciamos suficientemente el tiempo, matándonos a hablar en el colegio?

Tendió la mano para coger la escoba y el sombrero.

Sorprendido, Boq estuvo a punto de caerse de espaldas de la butaca.

—Pero, Elphie… ¿Por qué te ofendes?

Ella ya estaba más allá de toda respuesta. Convertida en un pequeño ciclón de falda y bufanda negras, salió a toda prisa en dirección a la carretera.

Echó a andar a paso vivo por el camino de Baldosas Amarillas, casi sin advertir que un plan comenzaba a cobrar forma en su cabeza. Estaba tan absorta en sus pensamientos que durante un buen rato olvidó por completo que llevaba la escoba, y sólo lo recordó cuando se detuvo para descansar y se apoyó en el palo.

Boq, Glinda e incluso Frex, su padre, ¡cuánto la habían decepcionado! ¿Habrían perdido todos ellos parte de su virtud con los años, o habría sido ella demasiado ingenua para verlos tal como eran en realidad? Se sentía disgustada con la gente y añoraba volver a casa. Estaba demasiado deprimida para buscar alojamiento en una posada; además, hacía calor y podía descansar a la intemperie.

Se acostó, pero sin dormirse, al borde de un campo de cebada. Salió la luna, enorme como suele ser a veces cuando acaba de asomar por el horizonte, e iluminó a contraluz una estaca con una barra atravesada, como a la espera de un cuerpo que crucificar o de un espantapájaros que colgar.

¿Por qué no se habría aliado con Nessarose para enviar ejércitos contra el Mago? Los viejos resentimientos familiares se lo habían impedido.

Nessarose le había pedido su ayuda para gobernar el País de los Munchkins y la Bruja se la había negado. En lugar de ayudarla, había vuelto otros siete años a Kiamo Ko. Había desaprovechado la oportunidad de unir sus fuerzas con las de su hermana.

Prácticamente todas las campañas que había iniciado sola habían terminado en fracaso.

Estuvo dando vueltas a la luz de la luna, hasta que a medianoche, torturada por el pensamiento de la muerte de Nessa —por fin el hecho físico de ser aplastada como un insecto comenzaba a tomar forma en su fantasía—, la Bruja se incorporó y emprendió un nuevo camino. Con seguridad, Dorothy seguiría el camino de Baldosas Amarillas para llegar a la Ciudad Esmeralda, y una persona tan exótica como ella sería muy fácil de localizar en cualquier punto de la ruta. La Bruja intentaría cumplir la tarea que le había sido asignada quince años antes. La señora Morrible aún no había sido asesinada.