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Quizá toda agrupación accidental de personas goza de un breve período de gracia, entre la timidez y los prejuicios iniciales, por un lado, y la eventual traición y el rechazo, por el otro. Para Boq, era como si su obsesión veraniega por la que entonces se llamaba Galinda sólo tuviera sentido por haber desembocado en la subsiguiente relación, más madura, con un círculo de amigos que empezaban a sentirse inevitable y permanentemente conectados.
Los chicos aún tenían el acceso prohibido a Crage Hall y las chicas no podían ir a los colegios de los chicos, pero el centro de Shiz se convirtió en una extensión de los auditorios y las aulas donde podían mezclarse. Por las tardes, después de las clases, o por la mañana, los fines de semana, se encontraban junto al canal con una botella de vino, o en un café o una taberna, o bien paseaban analizando las sutilezas de la arquitectura de Shiz o riéndose de los excesos de sus profesores. Boq y Avaric, Elphaba y Nessarose (con Nana), Glinda y a veces Pfannee, Shenshen y Milla, y en ocasiones Crope y Tibbett… Crope invitó una vez a Fiyero y lo presentó a los demás, lo cual hizo que a Tibbett se le congelara el gesto durante una semana, más o menos, hasta la tarde en que Fiyero dijo, en su tono formal y tímido:
—Desde luego, llevo cierto tiempo casado. En el Vinkus nos casamos jóvenes.
Los demás se quedaron atónitos y de pronto se sintieron infantiles para su edad.
Claro que Elphaba y Avaric siguieron lanzándose pullas sin el menor miramiento, Nessarose siguió poniendo a prueba la paciencia de los otros con sus diatribas religiosas, y Crope y Tibbett acabaron más de una vez en las aguas del canal, por sus comentarios maliciosos. Pero Boq advertía con alegría que su obsesión por Glinda comenzaba a disiparse. Ella estaba allí, sentada sobre el borde del mantel del picnic, con gesto confiado y evitando ser el tema de la conversación. Él adoraba a la chica deslumbrada por su propio encanto, pero ahora esa chica parecía haber desaparecido. Aun así, se alegraba de tenerla como amiga. En pocas palabras, él se había enamorado de Galinda y la chica que tenía ante sí era Glinda, alguien a quien ya no conseguía comprender del todo. Caso cerrado.
Era un círculo encantado.
* * *
Todas las chicas procuraban mantenerse lejos de la señora Morrible siempre que podían. Pero una tarde fría, Grommetik fue a buscar a las hermanas Thropp. Nana resopló, mientras se ataba a la cintura las cintas de un delantal limpio, y empujó a Nessarose y Elphaba para que bajaran a la salita de la directora.
—Detesto a Grommetik, esa cosa —dijo Nessarose—. A propósito, ¿cómo funciona? ¿Es mecánico, mágico o una combinación de ambos?
—Siempre he tenido la idea absurda de que hay un enano en su interior, o una acrobática familia de elfos, cada uno trabajando en una extremidad —respondió Elphaba—. Cada vez que Grommetik se acerca, mi mano siente una extraña hambre de martillo.
—No lo puedo imaginar —dijo Nessarose—. Me refiero a una mano con hambre.
—¡Silencio, vosotras dos! Esa cosa tiene oídos —dijo Nana.
La señora Morrible estaba hojeando los papeles de la contabilidad e hizo unas cuantas anotaciones en los márgenes, antes de prestar atención a sus alumnas.
—Será sólo un momento —dijo—. He recibido una carta de su estimado padre y un paquete para ustedes, y he pensado que lo más amable sería darles yo misma la noticia.
—¿Noticia? —preguntó Nessarose, palideciendo.
—Podría habernos escrito también a nosotras y no sólo a usted —dijo Elphaba.
La señora Morrible hizo como si no la hubiese oído.
—Escribe para interesarse por la salud y los progresos de Nessarose, y para anunciarles a las dos que piensa iniciar un período de ayuno y penitencia, por el regreso de Ozma Tippetarius.
—¡Oh, la bendita niña! —exclamó Nana, enterneciéndose con uno de sus temas favoritos—. Cuando hace tantos años el Mago se hizo con el Palacio y mandó encarcelar al regente de Ozma, todos pensamos que esa santa niña atraería el desastre sobre la cabeza del Mago. Pero dicen que la tienen escondida y congelada en una cueva, como a Lurlina. ¿Habrá encontrado Frexspar la forma de descongelarla? ¿Habrá llegado la hora de su regreso?
—¡Por favor! —dijo la señora Morrible a las hermanas, mientras dirigía una mirada acida a Nana—. Si las he mandado llamar, no ha sido para oír a su Nana disertando sobre las leyendas contemporáneas, ni injuriando a nuestro glorioso Mago. La transición del poder fue pacífica. Fue mera coincidencia que la salud del regente de Ozma flaqueara cuando estaba bajo arresto domiciliario, sólo una coincidencia y nada más. En cuanto al poder de su padre de ustedes para conseguir que la niña desaparecida despierte de algún supuesto estado de somnolencia, pues bien, ustedes mismas han admitido que su padre es una persona errática, cuando no demente. Sólo puedo desearle que conserve la salud en su empeño. Pero considero mi deber recordarles, señoritas, que en Crage Hall no contemplamos con simpatía las actitudes sediciosas. Espero que no hayan importado ustedes a los pabellones de esta institución los anhelos monárquicos de su padre.
—Nosotras nos encomendamos solamente al Dios Innominado, y no al Mago, ni a ningún posible superviviente de la familia real —dijo Nessarose con gesto altivo.
—Yo no opino sobre el asunto —masculló Elphaba—. Sólo creo que nuestro padre siente debilidad por las causas perdidas.
—Muy bien —dijo la directora—. Así debe ser. Tengo un paquete para ustedes. Creo que es para Nessarose —añadió, entregándoselo a Elphaba.
—Por favor, Elphie, ábrelo. Por favor —dijo Nessarose.
Nana se inclinó hacia adelante para mirar.
Elphaba desató la cuerda y abrió la caja de madera. De entre una pila de virutas de fresno, sacó primero un zapato y después otro. ¿Eran plateados? ¿Azules? ¿O más bien rojos? ¿Lacados con acaramelado brillo de esmalte? Era difícil decirlo, pero no importaba: el efecto era deslumbrante. Hasta la señora Morrible quedó boquiabierta ante tanto esplendor. La superficie de los zapatos parecía latir al ritmo de cientos de reflejos y refracciones. A la luz del fuego de la chimenea, era como contemplar hirvientes corpúsculos de sangre bajo una lente de aumento.
—Dice que los compró para usted a una vieja buhonera desdentada, en las afueras de Owels —dijo la señora Morrible—, y que los forró con cuentas plateadas de cristal que él mismo fabricó… o que alguien le ha enseñado a hacer…
—Corazón de Tortuga —dijo Nana con amargura.
—… y… —prosiguió la señora Morrible, dándole la vuelta a la carta y forzando la vista— dice que tenía la esperanza de regalarle a usted algo especial antes de que se marchara a la universidad, pero en las repentinas circunstancias de la enfermedad de Ama Clutch… bla, bla, bla… no estaba preparado. De modo que se los envía a su Nessarose, para que sus hermosos piececitos estén siempre calientes, secos y preciosos, y se los envía con todo su amor.
Elphaba hundió los dedos entre los rizos de las virutas. No había nada más en la caja, nada para ella.
—¿No son adorables? —exclamó Nessarose—. ¡Elphie, pónmelos, por favor! ¡Oh, cómo brillan!
Elphaba se arrodilló delante de su hermana. Nessarose estaba sentada, majestuosa como cualquier Ozma, con la espalda erguida y el rostro resplandeciente. Elphaba levantó los pies de su hermana, le quitó las zapatillas que usaba para estar por casa y le puso en su lugar los deslumbrantes zapatos.
—¡Qué considerado ha sido! —dijo Nessarose.
—Afortunadamente, tú te vales por ti misma —le dijo Nana a Elphaba en un murmullo, apoyando una mano condescendiente sobre la espalda de la joven, pero Elphaba sacudió los hombros para quitársela de encima.
—Son verdaderamente adorables —comentó Elphaba con voz ronca—. Nessarose, están hechos para ti. Te sientan como un guante.
—Oh, Elphie, no estés de malhumor —dijo Nessarose, mirándose los pies—. No arruines mi pequeña alegría con tu resentimiento, ¿quieres? Él sabe que tú no necesitas este tipo de cosas…
—Claro que no —repuso Elphaba—. Claro que no las necesito.
* * *
Esa noche, arriesgándose a llegar después del cierre de las puertas de sus respectivos colegios, los amigos pidieron otra botella de vino. Inquieta, Nana chasqueaba la lengua y murmuraba; pero no podía imponer su autoridad, porque seguía dando cuenta de su porción de vino igual que los demás. Fiyero contó cómo lo habían casado a la edad de siete años con una niña de una tribu vecina. Todos lo miraron boquiabiertos, ante su aparente descaro. Sólo había visto a su novia una vez, por accidente, cuando ambos tenían nueve años.
—No empezaré a convivir realmente con ella hasta que tengamos veinte años, y ahora sólo tengo dieciocho —añadió.
Con el alivio de pensar que probablemente seguía siendo tan virginal como todos los demás, pidieron otra botella de vino.
Las llamas de las velas temblaban; caía una llovizna otoñal. Aunque la sala estaba seca, Elphaba se arropó con la capa, como imaginando de antemano el camino a casa. Había superado el dolor de que Frex no la hubiese recordado. Nessarose y ella empezaron a contar anécdotas graciosas de su padre, como para demostrarse a sí mismas y a los demás que todo estaba en orden. Nessarose, que no estaba habituada a la bebida, se permitía reír a carcajadas.
—Pese a mi aspecto, o quizá precisamente por eso, siempre me llamaba «mi preciosa» —dijo, aludiendo por primera vez en público a su falta de brazos—. Me decía: «Ven aquí, preciosa mía, y déjame que te dé un trocito de manzana.» Entonces yo me le acercaba lo mejor que podía, tambaleándome y dando bandazos si no estaban Nana, Elphie o mamá para ayudarme, y caía sobre sus rodillas, levantaba la cara sonriendo y entonces él me dejaba caer en la boca trocitos de fruta.
—¿Y a ti cómo te llamaba, Elphie? —preguntó Glinda.
—La llamaba Fabala —intervino Nessarose.
—En casa, solamente en casa —aclaró Elphaba.
—Es cierto, eras la pequeña Fabala de papá —dijo Nessarose en un murmullo, casi para sus adentros, fuera del círculo de caras sonrientes—. Su pequeña Fabala, su pequeñita Elphaba, su pequeña Elphie.
—A mí nunca me llamó «preciosa» —dijo Elphaba, levantando la copa en dirección a su hermana—. Pero todos sabemos que tenía razón, porque Nessarose es la única preciosa de la familia. Por eso tiene unos zapatos tan bonitos.
Nessarose se sonrojó, aceptando el brindis.
—¡Ah, pero mientras yo atraía su atención a causa de mi problema, tú cautivabas su corazón cuando cantabas! —dijo.
—¿Que yo cautivaba su corazón? ¡Ja! Querrás decir que desempeñaba una función necesaria.
Pero los otros le dijeron a Elphaba:
—¡Ah! Pero ¿tú cantas? ¡Entonces hazlo! ¡Canta, canta, por favor! Otra botella, otra copa, separa la silla de la mesa y canta antes de que nos marchemos. ¡Tienes que cantar! ¡Adelante!
—Sólo si todos cantáis —señaló Elphaba en tono autoritario—. ¿Boq? ¿Algún spinniel del País de los Munchkins? ¿Avaric, una balada gillikinesa? ¿Glinda? ¿Nana, una canción de cuna?
—Nosotros nos sabemos una cancioncilla cochina. Si cantas, la cantaremos después de ti —dijeron Crope y Tibbett.
—Y yo cantaré un himno de caza del Vinkus —dijo Fiyero.
Todos gorjearon, complacidos, y le dieron unas palmadas en la espalda. Entonces Elphaba tuvo que incorporarse. Separó la silla de la mesa, se aclaró la garganta, emitió una nota en el interior de sus manos ahuecadas y empezó, como si estuviera cantando para su padre otra vez, después de tanto tiempo.
La tabernera golpeó con un trapo a unos viejos ruidosos para que callaran y los jugadores de dardos dejaron caer las manos. La sala quedó en silencio. Elphaba inventó una cancioncilla sobre la marcha, una canción de anhelos y extrañeza, de lugares distantes y días futuros. Los desconocidos cerraron los ojos para oír mejor.
También Boq. La voz de Elphaba no estaba mal. Vio el lugar imaginario que estaba conjurando, un país donde la injusticia, la crueldad cotidiana, el despotismo y el mezquino puño de la sequía no se confabulaban para tenerlos a todos cogidos por el cuello. No, no le estaba dando el reconocimiento que merecía. Elphaba tenía muy buena voz: controlada, sentida y nada histriónica. Escuchó hasta el final de la canción, que se desvaneció en el respetuoso silencio de la taberna. Después, Boq pensó que la melodía se había disipado como un arco iris después de la tormenta, o como el viento que por fin amaina, dejando tras de sí la calma, un mar de posibilidades y un gran alivio.
—¡Ahora tú! ¡Lo has prometido! —exclamó Elphaba, señalando a Fiyero, pero nadie quería cantar después de que ella lo había hecho tan bien.
Nessarose le pidió con un gesto a Nana que le enjugara una lágrima del rabillo del ojo.
—Elphaba dice que no es religiosa, ¡pero mirad con cuánto sentimiento canta a la otra vida! —dijo Nessarose y, por una vez, nadie sintió deseos de contradecirla.